ÍNDICE GENERAL: Pulsando el siguiente enlace, se llega a un índice general de leyendas: https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2023/01/indice-de-leyendas-de-la-mota-del.html
Los artículos se desarrollan en un texto escrito en negro y se acompañan de imágenes con un amplio comentario explicativo (recogido en rojo y cuya finalidad es razonar ideas). Si desea leerlo entre líneas, bastará seguir las letras negrillas y las rojas destacadas.
En memoria de mi abuelo materno, Angel Santafé; que fue asesinado hace noventa años, un 21 de agosto de 1936 (en Canet de Berenguer, Valencia).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, de nuevo, detalle de la última fotografía de la emperatriz Eugenia de Montijo. La imagen fue tomada en la zona de Villa Miranda (Carabanchel) que regaló a Nicolás Santafé. Se fecha en mayo de 1920, cuando ella vino a Madrid a operarse de cataratas; cirugía que realizó el doctor Barraquer con éxito. Destacamos en la imagen, a los que acompañaron a la emperatriz hasta Valladolid y Mota del Marqués, en la Semana Santa de 1905 -según relata el texto-. Un viaje que se realizó mientras preparaban la boda de Alfonso XIII con Ma. Victoria Eugenia -ahijada de Eugenia de Montijo-; y celebrada el año siguiente. En la fotografía vemos a: Benigno Vega-Inclán; Nicolás Santafé, el duque de Peñaranda y el de Tamames (sobrinos nietos de la emperatriz). Al lado, Benigno de la Vega-Inclán; cuando era adolescente (hacia 1869). Abajo, Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses; fotografiada en 1858, en un estudio de París.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Nicolás Santafé Arellano, hacia 1905; con un purito. El relato comienza narrando como durante la noche anterior, salió a fumar a la terraza del palacio de los Ulloa (en Mota del marqués). Observando desde el segundo piso; el Vía Crucis, que brillaba iluminado en la ladera de la colina (subiendo desde la ermita de El Salvador, hacia el castillo). Abajo, su hijo, mi abuelo materno, Angel Santafé, entorno a 1915 (con unos veinte años); fotografiado en casa de su padre -sita en C/ Pérez Galdós 3; Madrid-. Fue asesinado un 21 de agosto de 1936 (en Canet, Valencia); bajo la acusación de ser católico y haber dirigido los Altos Hornos de Sagunto -como ingeniero-. Pese a que jamás perteneció a una facción o partido político y su familia siempre había apoyado ideas liberales o sociales, promovidas por José Canalejas. Luchando en las mejoras del “cuarto estamento” y colaborando para crear el Banco Hipotecario; con el fin de que los trabajadores pudieran comprar una casa propia y crear pequeñas empresas.
Introducción:
Este capítulo, es la continuación de otros dos, que se recomienda leer. Al comienzo del primero, se expone y explica su origen, trama y desarrollo. Para leer detalladamente esa explicación, recomendamos ver el referido artículo, pulsando el siguiente enlace (https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/08/eugenia-de-montijo-en-motacapitulo-i.html). Cuanto se recoge en ellos, procedería de un cuaderno, con apuntes tomados por Nicolás Santafé Arellano; durante una excursión realizada en Semana Santa de 1905. Viajando a Valladolid, junto a la que fue emperatriz de los franceses; acompañado por dos de sus sobrinos y el marqués de la Vega-Inclán. Las anotaciones, se redactaron en los siete días de recorrido, mientras visitaron la capital pinciana, el palacio de Mota, San Cebrián y La Santa Espina. Aunque, su autor las guardó hasta el verano de 1920; por orden de Eugenia de Montijo, que pidió no se dieran a conocer mientras viviese. De ese modo, fueron conservadas y tras la muerte de la emperatriz, Nicolás Santafé comenzó a ordenarlas, para redactarlas. Deseando preparar un libro sobre la gran estadista, casada con Napoleón III; que gobernó la mejor Francia del siglo XIX. Publicación que finalmente decidió no editar, debido a la privacidad de los hechos que se refieren y por haber sido persona muy cercana a ella (junto a algunos de sus parientes más próximos). Actuando como financiero y administrador de las familias Montijo, Baviera, Tamames o Alba (entre otras); trabajando -asimismo- como cofundador y gobernador del Banco Hipotecario. Lo que impediría relatar secretos y opiniones que Da. Eugenia le había transmitido.
El capítulo primero, intitulado EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA “Un mundo sin santos, camino del abismo”, recoge la parte inicial de la excursión; ver enlace antes citado (https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/08/eugenia-de-montijo-en-motacapitulo-i.html). Comienza desde que parten de la casa de la emperatriz (en Carabanchel), hasta su llegada a Valladolid; donde les recibe el marqués de la Vega-Inclán. En este episodio, Da. Eugenia narra su primera infancia y la historia de su quinta madrileña (llamada Villa Miranda); finca desde la que salieron, hacia la estación madrileña de Príncipe Pío. Una hacienda que antes fue de los Cabarrús y en la que nació Teresa; conocida en Francia como “la señora del buen socorro” o Madame Thermidor (princesa de Chymai). Famosa dama, que salvó a miles de la guillotina y cambió el curso de la Revolución durante El Terror. En este primer capítulo, la emperatriz relata su juventud hasta que llegó por primera vez a Francia, en 1834 (con unos ocho años de edad); huyendo de una epidemia de cólera que asolaba España y de las Guerras Carlistas. Asimismo, refiere el recuerdo de los santos a los que protegió, mientras mantuvo el trono francés; entre los que destacó Bernardette de Lourdes. Al final del mismo, la emperatriz y sus acompañantes llegan a Valladolid; donde Benigno Vega-Inclán les hospeda en su palacete y les muestra la Semana Santa pinciana. Al día siguiente, visitarán junto a él la futura Casa de Cervantes; que este mecenas deseaba comprar, para crear una institución en memoria del creador de El Quijote.
La segunda parte, que podemos consultar pulsando el siguiente enlace (https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/09/eugenia-de-montijo-en-mota-capitulo-ii.html). Comprende la estancia en la bella Pucela y el traslado hasta Mota del Marqués, pasando por Simancas y Tordesillas. Tratando sobre la arquitectura antigua y la rehabilitación de monumentos; mencionando a Viollet-le-duc y a Sureda. Dos grandes restauradores de iglesias y fortalezas, con los que la emperatriz acometió numerosos proyectos (entre los que destacó, la recuperación de Notre Dame de París y la de su castillo en Belmonte -Cuenca-). Por su parte, Vega-Inclán invita a Vicente Lampérez, para que se incorpore al grupo, al día siguiente; ya que por entonces era considerado en España, el que mejor rehabilitaciones realizaba en los edificios antiguos. El texto refiere como salieron todos hacia Tordesillas, mientras la emperatriz narra sus años de adolescencia (en el extranjero). Mencionando que en casa de sus padres, realizaban a diario tertulias artísticas y literarias, donde asistían personalidades como Victor Hugo, Stendhal, Balzac y Mérimée. Siendo este último, el encargado de organizarlas; ya que Don Próspero fue el mejor amigo de sus progenitores; cumpliendo las funciones de tutor y preceptor de las dos niñas (Paca y Eugenia). Sigue contando la emperatriz, como más tarde y durante dos años, tuvieron que vivir en Bristol (Inglaterra); de cuyo colegio guardaba el peor de los recuerdos. Regresando en 1838 a París, donde su casa se convirtió nuevamente en un centro de reuniones culturales y de fiestas españolas; debiendo regresar a España su padre (para atender negocios y por motivos de salud). Poco después, la madre (Da. Manuela) se vio obligada a regresar a Madrid, al enfermar el progenitor; quedando solas las dos hijas, bajo la tutela de Mérimée. En esos días, Stendhal le confesó secretamente que estaba enamorado de ella; pese a que les separaban cuarenta y tres años (la adolescente Eugenia, tenía doce; y él, cincuenta y cinco). Manteniendo un prohibido idilio platónico a través de cartas, que perduró hasta que llegó la noticia del fallecimiento del padre (D. Cipriano). Por lo que ambas hermanas regresaron a España, sin ver más a Stendhal; entrando el literato en un estado melancólico, escribiendo “La Cartuja de Parma” (inspirado en la desesperación que vivía). Aunque Mérimée, poco antes había retirado a su amigo Henri Beyle del hogar de los Montijo; al conocer la extraña situación, para que no tratase con la niña (sabiendo que la cortejaba secretamente). Llevándolo a su apartamento y obligándole a que redactase lo que sentía; sin dirigir más cartas a la pequeña. En esos días, D, Próspero también inició su novela “Carmen”; siguiendo un argumento que le relató la madre (Da. Manuela) o bien la hija -considerado por ellas, hechos reales acontecidos en Andalucía-.
Sigue el segundo episodio, narrando la llegada de ella y de su hermana a nuestro país, en 1838, para cumplimentar el luto por el padre. Cuatro años más tarde, tras acabar el duelo, la viuda y sus hijas se integraron en la Corte de Isabel II. Celebrándose en 1844 la boda entre la mayor (Paca) y el duque de Alba. Lo que rompió el corazón de la pequeña Eugenia, que entró en una etapa de desesperación y rebeldía. Finalmente, la madre decide volver con ella a Francia y reabrir su casa de París, con la ayuda de Mérimée y bajo su tutela; al considerar que la hija menor había “enfermado de melancolía”. En 1849 son invitadas a una fiesta en el Elíseo, donde conocen a Luis Napoleón; que todavía era Presidente de la Segunda República gala. Pero pronto, aquel Bonaparte muestra sus ambiciones imperiales y depone la República; proclamándose emperador de los franceses, bajo el nombre de Napoleón III. Decidiendo por entonces casarse, para obtener un heredero al trono; eligiendo a Eugenia de Montijo como esposa. Llega este segundo capítulo hasta la boda de la emperatriz; aunque incluye un final donde se trata sobre la arquitectura, la recuperación de monumentos y el significado del patrimonio artístico, para una civilización. Por cuanto se intitula: “EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA (Una Sociedad que abandona su patrimonio, camina hacia el abismo)” -para leerlo pulsar: (https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/09/eugenia-de-montijo-en-mota-capitulo-ii.html)-
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, son conocidos los amaneceres y atardeceres, en Mota del Marqués; que en sus tonos, podremos diferenciar los de otoño, primavera, invierno y verano. Componiendo cielos rosas y verdes, los primeros; mientras los de invierno tienden al rojo y los de estío, al gris. Al lado, ocaso en Mota; visto desde el arco del campanario, en la ermita de El Salvador (subida al castillo). En el centro de la imagen, iglesia de San Martín, de la que el texto habla. Abajo, otro atardecer en Mota; en este caso, en días cercanos al invierno; de ello su tono rojizo.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, atardecer en a la ermita del Humilladero (en primer término) y la iglesia de Nuestra Señora de Castellanos (al fondo). El texto habla de que Nicolás, Benigno y Vicente Lampérez, salieron de paseo por Mota -durante el amanecer- para disfrutar de sus cielos. Abajo, otro ocaso, en Mota. En primer término (a nuestra izquierda) la ermita del humilladero. A la derecha de la imagen, la iglesia de San Martín, con su torre campanario. Al fondo y sobre la colina, los restos del castillo.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Galerías laterales en el palacio de los Ullóa, de Mota del Marqués. El relato anterior mencionaba que Nicolás Santafé dormía en este ala y sale a su terraza durante la noche, para fumar; observando el Vía Crucis de antorchas, ascendiendo por la colina. Al lado y abajo, balaustra del lado Este, donde el texto sitúa la escena de la visión del Vía Crucis.
5)- Día quinto:
H) Sábado Santo; salida desde Mota del marqués:
Era un 22 de abril y aquella mañana el cielo estaba encapotado; me levanté antes de que amaneciera, pese a que durante la noche había permanecido horas en la terraza, viendo el Vía Crucis (sobre la colina del castillo). Lo observé casualmente, cuando salí a fumar un cigarro; al no desear dejar olor de tabaco en la habitación. Me habían asignado un cuarto en la segunda planta del ala Este; junto al de Vega-Inclán y Vicente Lámperez. Así fue como durante la noche deambulaba por la terraza -puro en mano-; y no queriendo hacer ruido, me dirigí hacia la balaustrada que da a la iglesia de San Martín. Donde pronto divisé una línea de fuego que bajaba por la mota, formada por las catorce antorchas del Vía Crucis. Eran más de las nueve de la noche y lucían con fuerza sus llamas; mientras numerosos fieles caminaban, parando en ellas para rezar (portando grandes cirios). La imagen semejaba el ascenso de un pueblo a los Cielos; durante un momento en que la Luna llena y esas velas, era el único brillo que les guiaba. Aquel claro de Luna, llegado desde el Universo; parecía el mismo espíritu de Cristo iluminándoles. Allí estuve observando, mientras fumaba; comenzando a pensar sobre la Semana Santa y la luz que en esos días refleja Selene, cuando el cielo está abierto. Viniéndome a la memoria el origen judeo converso de mi familia. Recordando como en mi casa decían, que el primer calendario fue lunisolar y por ello lo usaban los hebreos; al ser el pueblo más antiguo del mundo. Después, reflexioné acerca de mi profesión; porque entre los míos, todos habían sido músicos o comerciantes. Al menos, desde que se bautizaron y dejaron su trabajo como rabinos en Tarazona. Por lo que, quizá esos ancestros israelitas, me llevaban a admirar tanto la Luna llena durante Semana Santa; con la que estaba sintiendo una unión plena con el Gólgota. Pensando en Jerusalén y en el pasado de la Humanidad; tan unido a aquella tierra, que desde tiempos de Tito no ha conocido la paz. Siendo así, como pasaron las horas; hasta que me sentí cansado, dirigiéndome a la habitación, para asearme y dormir.
Pese a haber trasnochado, a la mañana siguiente me levanté antes de que amaneciese, deseando ver las primeras luces; porque comentaban que las alboradas en Mota del marqués, eran una obra de arte. Me arreglé con prisas -camino del exterior- y al salir del cuarto, escuché hablar en la estancia contigua. Era -sin duda- la voz de Lampérez, que debía estar charlando con alguien; pero al ser tan pronto, tuve dudas para llamar a su puerta. Aunque, oí una segunda persona; que parecía Benigno y me atreví a hacerlo; abriéndome el arquitecto. Me invitaron a entrar, pero les advertí que deberíamos ver la salida del Sol; pues sabía que eran bellísimos los amaneceres y los ocasos en esta zona de Castilla. Encaminándonos los tres hacia la calle y comenzando a pasear por el pueblo; disfrutando del maravilloso juego de luces que se producía. Combinaba ese nacimiento del astro rey; el rojo y el negro de la noche, transformándolos gradualmente en rosas, verdes, amarillos y azules (hasta que nacía el cielo). Mientras observábamos esa alborada, me comentó Vega-Inclán haber visto varias grietas en la iglesia de San Martín y algunos daños en las paredes (que le preocupaban). Hablaban sobre ello, en la habitación de Vicente; considerando que debería visitar el templo, antes de salir hacia La Santa Espina. Ya que la noche anterior y durante el Oficio de Tinieblas; el arquitecto no pudo apreciar aquellos asientos en los muros. Por cuanto, decidimos ir a la iglesia, para estudiar las grietas; después del desayuno y antes de partir hacia San Cebrián.
Regresamos al palacio y en su comedor se hallaban la mayoría de los invitados, acompañados por los anfitriones. Sentada a la mesa, estaba la emperatriz; churro en mano, con un chocolate bien espeso y disfrutando de su antojo mañanero. Al vernos entrar, muy sonriente, nos advirtió de que había churros; atreviéndose la marquesa de Valderas a preguntar, por qué no se llevaba a Inglaterra una cocinera que supiera hacerlos. Ofreciéndose ella misma, enseñar al servicio de La Señora; el modo de amasarlos y freírlos perfectamente. Ante lo que Da. Eugenia contestó que, como decía Gracián: “Lo bueno, si breve; dos veces bueno”; por lo que cuando venía a España, tenía esa alegría al despertarse. Pero si disponía de ellos a diario, no sabrían igual. Aseverando, que -además- en Inglaterra no se podía “mojar el churro”; por lo que debería tomarlos a escondidas. Pues si alguien introducía, en una taza llena; una galleta, una tostada -o lo que fuera-, para luego morderlo. Le consideraban un salvaje; como si se comiese un filete a bocados, o con las manos. Nos produjo risa ese comentario; aunque alguno de la mesa destacó que era totalmente cierto. Conociéndose peleas y rifirrafes en las casas españolas, donde uno de los cónyuges era inglés y el otro mojaba los churros. Ante esas palabras, se produjo un breve cambio de opiniones entre los comensales; interviniendo Peñaranda (sobrino de la emperatriz) comentando que los protocolos en la mesa, a veces eran absurdos. Narrando lo que había sucedido en el Palacio Real; durante un almuerzo, al que asistió el embajador de un país lejano. A quien le dejaron un “bol” (junto a los vasos); para enjuagar el postre y limpiarse las manos. Pero aquel extranjero, desconociendo lo que era un lavafrutas; tomó el recipiente, se bebió el agua, comiéndose las flores y el limón que allí flotaban. Momento en que el resto de asistentes comenzó a reír. Pero, pronto, el rey hizo lo mismo que el confundido invitado; cogiendo el “bol” suyo, para ingerir todo el contenido. Debiendo imitarle el resto de comensales; cabizbajos y con cara de asombro. Al terminar Peñaranda esta anécdota, que sorprendió a muchos de los presentes; la emperatriz aseveró, que siendo así y conforme a protocolo; todos teníamos el deber de “mojar el churro”. Provocando nuevamente la sonrisa de cuantos allí estábamos (especialmente entre los hombres).
Tras ello, dimos por terminado el desayuno; quedando en partir hacia San Cebrián, cuando hiciera menos frío y luciera el Sol. Teniendo así tiempo, Vicente Lampérez, para visitar la iglesia de San Martín y estudiar sus grietas. Lo que hicimos tras levantarnos de la mesa; dirigiéndonos al templo, situado a unos metros del muro del palacio. Allí, nos abrió el sacristán (en espera del párroco) y el arquitecto comenzó a revisar esos asientos en las paredes y los daños que se observaban en la torre; llegando a la conclusión de que tenían dos orígenes. En primer lugar, las grietas de los muros, procedían de aguas interiores, que se acumulaban bajo los cimientos; debido a que en las cercanías habían construido casas y los habitantes usaban menos, los pozos del pueblo. El segundo problema, que se observaba en la torre; se debía a un añadido del siglo XVIII, cuando construyeron una elevación sobre ella. Levantando casi dos alturas más, quizás para aumentar la primacía del campanario; decorándolas con una extraña cúpula, que actuaba como un ariete contra la resistencia de las paredes. Por lo que aquellos daños se podrían solucionar, quitando la parte alta de la torre y liberando el suelo de la iglesia, de las aguas que se acumulaban en su interior. Advirtiendo el arquitecto, ser conveniente que se mantuviera siempre abierta, la fuente situada en las cercanías del edificio y frente al palacio (aunque quedase seca). Todo lo que explicó al sacerdote del lugar; que con gran interés y agradecimiento, oyó las palabras de aquel experto en monumentos. Quien advirtió, asimismo; que la fachada sufría “mal de piedra”; algo que muy mal arreglo tenía. Después de aquel breve estudio del edificio y de los consejos de Lampérez; regresamos al palacio, en cuya puerta estaban dispuestos dos coches de caballos (de seis plazas); para salir hacia San Cebrián.
ARRIBA, Vista general de Mota, tomada desde las cercanías del palacio. Al fondo, restos del castillo; mientras en primer término vemos la torre y la iglesia de San Martín. El templo es obra de la familia Gil de Hontañón, llevada a cabo por su cantero Alonso de Pando. Su autoría se reconoce al observar el parecido con la Universidad de Alcalá, que sería el siguiente proyecto de los Gil de Hontañón (conforme a datación). En el relato, Vicente Lampérez visita este templo, para inspeccionar sus grietas y advierte al sacerdote que la fachada tiene “mal de piedra”.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Iglesia de San Martin; durante el comienzo de la noche. En el capítulo anterior (segundo), se narraba un Oficio de Tinieblas, llevado a cabo en este templo; el Viernes Santo de 1905. En el presente episodio (tercero), se menciona la visita del especialista en restauración de monumentos, Vicente Lampérez; que inspecciona su estado. Al lado, fachada principal de la Iglesia de San Martín, en Mota; donde se observan los efectos del “mal de piedra”. La imagen está tomada durante sus obras de rehabilitación, hace unos diez años. El texto habla de que Lampérez ya advirtió este problema en 1905. Abajo, torre campanario de la Iglesia de San Martín, mientras se restauraba; como estaba, un decenio atrás. Podemos comprobar que tiene enormes problemas y asientos; grietas que todavía no han podido ser solventadas del todo. El relato menciona que Vicente Lampérez diagnostica tales daños, procedentes de haber levantado dos pisos más sobre ella (en el siglo XVIII). Una planta y una cúpula, que deberían ser quitadas, ya que actuaban derribando el campanario.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos fotografías del Palacio de los Ullóa y la Iglesia de San Martín, en Mota del Marqués; anteriores a 1920. Al lado, el patio del palacio de los Ullóa; tras este, observamos la torre del campanario coronada por una cúpula. En el texto, Vicente Lampérez determina que los asientos en los muros del templo, se deben a las aguas interiores, aconsejando usar los pozos y dejar abierta la fuente, existente frente al palacio. Por su parte, afirma que los primeros problemas de la torre, donde también aparecían grietas; se deben a un piso y una cúpula, que se han elevado sobre ella en época barroca. Aconsejando, quitar peso a la torre y no acercar casas, para que las aguas interiores dejen de afectar a los cimientos del templo. Al lado, la iglesia de San Martín, vista desde la carretera; como se hallaba hace más de cien años (sin casas alrededor). El asfaltado de las calles y la construcción de viviendas próximas, fueron impermeabilizando el terreno; hasta que a principios del siglo XXI, tuvo enormes problemas de estabilidad. Por fortuna, desde 2010 se comenzó una costosa obra de recuperación, que impidió la caída de sus paredes y bóvedas. En la foto se observa que, por entonces, la torre está bastante entera y apenas tiene grietas, por cuanto todo se debería al alto nivel freático, que destroza la cimentación.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes del interior de la Iglesia de San Martín, en Mota; durante sus obras de restauración (desde 2010 a 2015). Agradecemos a los párrocos de esta población (D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez), nos permitan divulgarlas. Al lado, el fondo del templo, zona bajo la torre; mientras se rehabilitaba. Abajo, vista de sus bóvedas, antes de su restauración; observemos las “estrías” producidas por la inestabilidad de los muros laterales (que se estaban abriendo).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: la Iglesia de San Martín, en Mota; durante sus obras de restauración (desde 2010 a 2015). Agradecemos a los párrocos de esta población (D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez), nos permitan divulgarlas. Al lado, ventanas bajas de la torre; donde se observa su penoso estado. Abajo, pilares y bóvedas interiores, con los problemas que presentaban (sus apoyos estaban abiertos y cediendo).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, imagen actual y aérea; en la que se observa el asfalto y la proximidad de algunas casas; lo que ha podido afectar gravemente a los cimientos del edificio, estrangulando el curso y salida de las aguas interiores. Creando un estanque bajo la iglesia, que fue degradando sus cimientos. Abajo, fotografía de Mota del Marqués, realizada por Ortiz-Echagüe, hacia 1950. En ella se observa la Iglesia de San Martín, con la cúpula ya quitada; para restar peso al campanario. Lo que supone que el edificio había sufrido daños estructurales antes de esta imagen; asimismo se puede comprobar que todavía no hay muchas casas alrededor del templo y tampoco asfalto. Lo que permitiría liberar las aguas interiores. En la imagen, también se aprecia la subida a la colina del castillo, con la ermita de El Salvador; que en esos años estaba en buen estado. Actualmente se ha rehabilitado (consolidado), tras su destrucción, sucedida en los años sesenta; cuando se abandonó el tejado y se dejó caer. El castillo presenta los daños que se atribuyen al ejército de Napoleón, que dinamitó y disparó con cañones sobre sus muros. Aunque en el siglo XVI ya hay un informe de Juan de Álava; indicando su comienzo de ruina. Momento en que el primer marqués de la Mota, pide a ese arquitecto renacentista un proyecto para su recuperación; sin llegar a realizarlo, ni pagárselo.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, la Iglesia de San Martín, en Mota; durante sus obras de restauración (desde 2010 a 2015). Agradecemos a los párrocos de esta población (D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez), nos permitan divulgarlas. En imagen, la zona posterior del templo, bajo la torre; tal como estaba hace unos veinte años. Abajo, parque sito frente al edificio de los Ulloa, conocido como “corro de palacio”. En la fotografía, vemos -en primer término- una fuente de la que nos habla el texto (aconsejando Lampérez que se deje abierta, para evitar que las aguas interiores del pueblo, dañen la iglesia). Hemos de considerar que antaño fue un abrevadero; donde pararían las carrozas que llegaban al palacio y los carruajes que venían desde el Camino Real (Tordesillas-Benavente; hoy identificado con la A-6). Al fondo de la imagen, se observa la entrada principal al palacio de los Ulloa (adquirido por los marqueses de Viesca, a finales del siglo XIX).
I) De Mota a San Cebrián de Mazote:
Habían ordenado que en el primer carruaje fuera la emperatriz, con los dos anfitriones, junto a la marquesa de Valderas y sus padres; marchando nosotros en el siguiente (Peñaranda, Tamames, Lampérez, Benigno y yo). Pero, antes de subirnos, la marquesa de Viesca manifestó no poder venir; debiendo quedarse, para organizar la cena y adecuar bien nuestros aposentos. Por cuanto, La Señora me hizo llamar, advirtiendo que debía subir con ellos, llevando la libreta de apuntes en mano; porque iba a hablar sobre su vida. Así lo hice y tomando el cuaderno de notas, me senté en el primer coche. Pronto iniciamos el trayecto hacia San Cebrián, en un día soleado y maravilloso; raro en los meses de abril. Aunque ya se sabe que cuando la Semana Santa es de cielos abiertos, parece más calurosa que el verano. Íbamos con las capotas abiertas y al dejar los muros del Palacio, el cochero nos informó que aquel camino era el de Jerusalén a Santiago. Una ruta que venía desde Tierra Santa, llegaba a Valencia, paraba en Toledo, subía por Ávila y terminaba en la tumba del Apóstol (pasando justamente, junto al palacio de la Mota). Nos interesó el comentario del conductor y le pregunté cuántas leguas habría hasta Santiago; contestándome que unas sesenta, lo que suponía más de una semana de viaje. Ante lo que intervino la emperatriz, cuestionando la distancia a Jerusalén. Respondiendo el cochero; que eso, la única que lo sabría, sería La Señora; que había viajado y recorrido medio mundo. Momento en que ella recordó la vez que fue a Egipto, para inaugurar el Canal de Suez; un año antes de ser derrocada del trono. Pensando esos días en que llegó a El Cairo, que jamás volvería hasta un lugar tan lejano. Pero después de su destitución, tras quedarse viuda y morir su único hijo; decidió comprarse un gran velero, para recorrer los mares. Quizás, con el fin de huir de su pasado; habiendo llegado navegando, hasta La India.
Vio nuestro anfitrión (el marqués de Viesca) que La Señora volvía a recordar malos trances; por cuanto quiso regresar a la noticia del momento. Preguntando si creía ella que Don Alfonso y la nieta de la reina Victoria, podrían tener un matrimonio feliz. A lo que Da. Eugenia aseveró que los monarcas no disfrutan de un mundo con iguales planteamientos que la gente común. Ni tampoco, los reyes vivían como las familias organizadas y unidas; en una felicidad que solo tienen las personas normales. Pues, pese a que gozan de grandes privilegios; no pueden elegir sus amigos, las relaciones, ni siquiera los parientes a tratar; y menos aún a sus cónyuges. Por lo que esta boda de Alfonso XIII con Ena; era como todos los enlaces reales: Una lotería. Así, sabiendo lo difícil que es ganar en la lotería; puede esperarse que -al menos- les den el reintegro. Añadiendo, que si les tocase la pedrea, sería maravilloso; aunque no suena del todo bien eso de “una pedrea matrimonial”. Volvieron a hacernos reír sus palabras; mientras se oyeron algunas carcajadas de los que guiaban el coche (que no gustaron mucho al anfitrión). Tras lo que la marquesa de Valderas afirmó que Da. Eugenia, había logrado una boda por amor y subir a un trono; por lo que nada era imposible. Ante lo que ella aseveró que así fue realmente; pues se había casado completamente enamorada de Luis Napoleón. Pero el noviazgo de Ena y Don Alfonso, no era lo mismo; ya que apenas se conocían, tenían dieciocho años y casi no podían elegir otra persona. Tras lo que nos dijo que deseaba hablar sobre su boda. Explicando a quienes no viajaban con nosotros, en las jornadas previas; como en los días anteriores, nos iba relatando su biografía, para que yo fuera tomando notas. Habiéndolo dejado justamente en esta parte de su vida; cuando se iba a casar con el emperador de los franceses. Por cuanto saqué el cuaderno, preparando bien los apuntes; pero antes de empezar a hablar, La Señora advirtió con voz alta a los cocheros, que no cotilleasen mucho sobre lo que iban a oír (porque no se podía divulgar, hasta que ella estuviera en “el otro mundo”).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, el camino desde Mota a San Cebrián de Mazote; por el que transitaron los protagonistas del relato, viajando en carruaje a visitar la iglesia de San Cipriano y La Santa Espina. Observemos como actualmente, en algunos tramos, todavía conserva el empedrado de época (también mencionado en el relato). Era la antigua Ruta de Santiago, del Suroeste; viniendo desde Alicante a Benavente, pasando por Tordesillas y con destino León. Al lado, otra imagen del mismo tramo entre San Cebrián y Mota; en este caso, durante un atardecer. Abajo, Mota del Marqués en una bella Puesta de Sol; de las que en numerosas veces habla el texto.
BAJO ESTAS LÍNEAS: Mota del marqués, fotografiada en el Camino a San Cebrián. Junto a la iglesia de San Martín (a nuestra derecha) se llega a apreciar un edificio, que es el palacio de los Ulloa.
Comenzó La Señora, narrando que su marido la había elegido, por tres motivos; todos ellos, ajenos a la atracción física. Pues ella no se consideraba muy bella y él (tristemente) tenía las novias más guapas de Europa -que mantuvo después de casarse-. El primero, fue una gran la amistad nacida entre ambos; el segundo era el parecido entre Da. Eugenia y las mujeres de la familia Bonaparte (en especial, la madre y abuela de Luis Napoleón). El tercero y muy curioso, consistió en una serie de casualidades que fueron sucediendo durante el noviazgo; que él consideraba mágicas o sobrehumanas. Algunas de esas coincidencias, que a Napoleón III le parecieron sobrenaturales; ya nos las había referido el día anterior. Aunque, lo que más llamó la atención del emperador, fue saber que la finca de los Montijo (en Madrid) era antes la quinta de los Cabarrús. Habiendo nacido Teresa Cabarrús, en la misma casa donde años más tarde se crió y vivió Da. Eugenia. Todo lo que consideraba un signo y una señal del Más Allá; pues “La Cabarrús” fue quien salvó de la guillotina, a su abuela Josefina. Tal como nos había narrado días antes; relatando la historia de aquella española, hija de un famoso financiero, que con dieciséis años llegó a Francia, para casarse. Aunque, pronto se vio sola en París, al ser repudiada por su marido; quien tras gastarse la dote y saber que el padre de ella estaba mal de dinero, se vmarchó a Inglaterra (aduciendo miedo a los revolucionarios). Necesitando Teresa ir a Burdeos, para solicitar un pasaporte; intentando regresar a España (junto a su progenitor). Ya que en esa ciudad, famosa por sus vinos; tenían los Cabarrús numerosos parientes. Pero al no conseguir pronto el salvoconducto; contactó con varios familiares, que le pidieron ayuda, temiendo ser guillotinados (deseando salir del país). De ese modo, la buena de Teresa, se atrevió a interceder ante las autoridades por ellos; sin conocer que se había promulgado la “ley de sospechosos”, que permitía encarcelar -y hasta ejecutar- a los posibles contra revolucionarios. Viéndose en grandes problemas, al solicitar la libertad de sus parientes y que les dejasen ir a Madrid (al ser medio españoles). Un intento por redimirles, que la convirtió en sospechosa; lo que suponía por entonces la cárcel, y hasta la pena capital.
En ese trance, la conoció Tallien; Secretario de La Comuna y miembro de la Convención Nacional, que gobernaba Burdeos. Mandatario que se enamoró perdidamente de ella y le dio cobijo en un hotel; donde vivieron un apasionado romance. Situación que Teresa Cabarrús aprovechó para ayudar a cuantos podía; intercediendo por infinidad de condenados a la guillotina, logrando que les conmutaran la pena o les declarasen inocentes. Por lo que la denominaban “nuestra señora del buen socorro” o el “ángel de Burdeos”. Aunque, muy pronto, Robespierre hizo llamar a su amante, al observar que el patíbulo de esa ciudad había reducido enormemente sus ejecuciones. En ese trance, mientras Teresa seguía a Tallien hasta la capital francesa; fue encarcelada y mandada a la prisión de La Force, pasando mas tarde a la de Carmes, donde conoció a Rose de Beauharnais (la que más tarde sería Josefina Bonaparte). Allí entablaron una gran amistad, pese a vivir hacinadas, en celdas con decenas de prisioneros y en las peores condiciones imaginables. Ambas esperaron durante meses, ser juzgadas y seguramente ejecutadas; lo que se confirmó cuando llevaron al patíbulo al marido de Josefina Rosa. El vizconde de Beauharnais; quien pese a haber sido un alto cargo durante La Revolución, terminó decapitado. Cinco días más tarde, supieron que iban juzgar a Teresa, escribiéndole una última misiva a Tallien; donde le llamaba cobarde por no enfrentarse a Robespierre. Advirtiendo que todos terminarían igual, si no derrocaban a ese tirano. Logrando aquella carta despertar el ánimo de su amante, que se atrevió a levantarse contra el mandatario que implantó El Terror; consiguiendo Tallien que el resto de La Convención le siguiera. Propiciando la caída y ejecución de Robespierre, dos días después; siendo así liberadas Teresa Cabarrús y a su amiga Josefine Rose de Beauharnais. Que años más tarde, se casaría con Napoleón I; pasando a llamarse Josefina Bonaparte y fue la abuela de su marido, Luis Napoleón.
Terminó la emperatriz este relato sobre La Cabarrús; que ya había referido días antes. Narrando, como -en su opinión-, fue ella la única persona con la que se portó muy mal el emperador. No sabiendo si sería por celos, o por despecho; ya que Teresa le había “dado calabazas”. Rechazando las propuestas de amor de un Napoleón, que tan solo tenía veintiséis años; y aunque no quiso su noviazgo, la Sra. de Tallien le ayudó mucho. Pues le admiraba y sintió pena por él; al saber que cargaba con los gastos de su familia (lo que le llevaba a estar siempre falto de dinero). De tal manera, ella financio trajes y galas del corso, durante esos primeros años en los que el militar se intentaba situar entre las élites de París. Dejándole dinero y presentándole a dignatarios; incluso, recomendando a Josefina Rosa que atendiera a sus peticiones. Considerando que podría ser un buen padre, para sus dos huérfanos. Pese a ello, cuando Napoleón ascendió al poder; prohibió a Josefina tratar con su amiga Teresa, advirtiendo que no debía volver a verla. Extrañada por la falta de noticias, La Cabarrús se dirigió hacia las Tullerías; para hablar con su antigua compañera. Siendo apresada en la entrada y hasta vapuleada por los soldados de guardia; que tenían orden de expulsarla y encarcelarla si entraba en el palacio. Haciendo que Teresa Cabarrús se posicionara en las facciones contrarias a Bonaparte; casándose con el príncipe de Chimay, uno de los grandes enemigos del emperador.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, lienzo que ya habíamos publicado y representa a Teresa Cabarrús en la prisión de La Force. Desde esta, pasó a la de Les Carmes, donde esperaban su triste destino, los infelices que iban a ser guillotinados. Allí, conoció a los Beauharnais (Josefina y Alejandro) y vivió la decapitación del marido. Unos días después de que fuera llevado al patíbulo el vizconde de Beauharnais, avisaron a Teresa que iba a ser presentada ante el juez; lo que suponía la condena inmediata a morir. Se sabe que en esta tesitura, escribió a Tallien (su amante), llamándole cobarde y reclamando que se enfrentase a Robespierre. La sublevación de Tallien sucedió al día siguiente, promoviendo la caída del tirano y el fin de El Terror. El óleo fue pintado en 1796 por Jean-Louis Laneuville y perteneció -hasta no hace mucho- a los descendientes de La Cabarrús (príncipes de Chimay). Aunque actualmente se halla en colección privada, a la que agradecemos nos permita divulgarlo (fuente Wikipedia). Al lado, detalle del cuadro anterior, donde podemos ver que Teresa Cabarrús tiene unos mechones de pelo entre sus manos. No sabemos si pertenecen a ella, o son de alguna compañera de celda, a la que cortaron la coleta, para adaptar bien su cuello a la guillotina. Se dice, que cuando escribió a Tallien, en vísperas de su juicio; metió en el sobre una daga y un mechón de pelo. Quizá insinuando que en breve se lo cortarían, para subirla al patíbulo. Abajo, dibujo satírico del pintor Louis-Léopold Boilly, fechado hacia 1797. Refleja las fiestas de la Sra. Tallien y sus amigas; vemos en la escena a Teresa y a Josefina, quienes se hacían llamar las Incroyables y Merveilleuses. Este grupo de mujeres generó un movimiento de libertad, contra El Terror; imponiendo la moda grecorromana y vistiéndose como las diosas helenas. Pese a las críticas que tuvieron que soportar; su liberación supuso la de otras mentes, como la de Napoleón Bonaparte. Que se enamoró perdidamente de una de ellas, al observar la inteligencia y el valor que tenían.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, libro de Paul Reboux sobre Teresa Cabarrús; el autor fue un conocido escritor y humorista literario francés. Es una biografía novelada sobre la fascinante y turbulenta vida de esa dama nacida en Carabanchel (en 1773) y fallecida en Chimay (en 1835). Recoge una imagen de ella, joven y retratada con el pecho al aire; cuadro que le valió el calificativo de prostituta. Todo lo que demuestra la incapacidad intelectual de algunos zoquetes, que juzgan a los personajes históricos con los valores del presente y con sus complejos personales. Sin llegar a comprender que se trata de un bellísimo retrato, de una mujer joven; que a los dieciocho años salvó a miles de personas de la guillotina; y poco después, tuvo que enfrentase al hecho de ser condenada a muerte (por esa labor de rescate y ayuda, que realizó durante meses). Logrando librarse milagrosamente y cambiar el curso de la Historia; cuando su amante se enfrentó a Robespierre. Abajo, el ciudadano Jean Lambert Tallien, uno de los grandes mandatarios en tiempos de El Terror (grabado de F. Bonneville del Sculp). Tras caer Robespierre y ser liberada Teresa; se casó con ella y tuvieron una niña, que se llamó Rosa Thermidor; siendo amadrinada por Rosa de Beauharnais (Josefina Bonaparte).
Acerca de cómo se adquirió esa hacienda, donde nació La Cabarrús; que luego fue llamada Villa Miranda, por uno de los ducados de los Montijo. Narró la emperatriz el modo en que pasó a propiedad de su padre; tras sucesivas y muy curiosas coincidencias históricas. Pues, como nos había dicho, Teresa era la hija de Francisco Cabarrús; uno de los grandes financieros y emprendedores del siglo XVIII. Empresario que acometió las obras del Canal de Cabarrús, gracias al que Madrid tuvo agua; obra que después se llamó Canal de Isabel II (cuando su creador cayó en desgracia). Asimismo, el padre de Teresa, generó el procedimiento y el modo fiduciario para crear el Banco de España, desde el de San Carlos (que había dirigido su suegro). Todo ello, tras asentarse en Carabanchel; donde de joven abrió una fábrica de jabones y compró aquella finca, que por entonces se llamaba Castillo de San Pedro (después adquirida por los Montijo). Llegando a Madrid gracias a su fama como emprendedor y economista, por lo que al poco tiempo fue llamado por Carlos III; acometiendo numerosos proyectos con su gobierno, siendo finalmente nombrado ministro. Aunque, al comenzar La Revolución en Francia, es considerado un individuo sospechoso; llegando a ser detenido, perdiendo todos los cargos y honores (sometido a la Inquisición). Viniendo su hija Teresa desde París, a ayudarle; logrando sacarle de la cárcel de Batres (hacia 1790). Por lo que después de aquel trance, Francisco Cabarrús comenzó a pensar como en su país de origen; odiando a los Borbón y convertido en un afrancesado de por vida. Advirtiendo la emperatriz, que ello le llevó a ser uno de los principales hombres de José Napoleón; cuando el hermano de Bonaparte es coronado rey de España. De tal modo, fue nombrado ministro de José I; a la vez que su hijo (Domingo) también ocupó carteras en el mismo gobierno. Aunque el padre tuvo la fortuna de morir en 1810; cuando todavía no había sido derrocado el monarca de origen francés. Manteniéndose el hijo (Domingo Cabarrús), fiel al rey napoleónico, hasta su destitución; por lo que fue encarcelado en 1814, acusado de haber servido al enemigo. Siendo incautados todos sus bienes (incluida la finca de Carabanchel) y enviado al exilio, junto a otros cuatro mil afrancesados. Llegando a tierras galas, donde le ayudó su hermana Teresa; que por entonces era princesa de Chimay y pudo liberarle de numerosos cargos.
Muy tortuosa fue la vida de Domingo Cabarrús, que ya había sido apresado a comienzos de la Revolución Francesa. Sufriendo cárcel, como su padre; al proclamarse allí La República y solo por ser de origen francés. Todo lo que les convirtió en verdaderos afrancesados; considerados personas de especial confianza por José I (debido a la antigua amistad de Josefina con su hermana Teresa). Pero quedó en la ruina, tras la caída de José Napoleón; debiendo marchar al país vecino con sus dos hijos (el mayor, del mismo nombre y una niña llamada Paulina). Incluso, los restos de su padre -Francisco-; fueron expoliados y tirados al Guadalquivir (al profanar su tumba en la catedral de Sevilla). Narraba la emperatriz el modo en que Domingo marchó junto a su familia a Francia; donde fue apresado nuevamente. Esta vez como partidario de Napoleón. Cuando que ella creía que conoció a su padre (D. Cipriano); también encarcelado en París, por no haberse rendido en las Tullerías y mantenerse fiel al emperador. Siendo el conde de Teba, el último en disparar cañones contra las tropas que asediaban París, para derrocar a Napoleón. Añadiendo Da. Eugenia que su progenitor se quedó “solo y al pié del cañón”; pese a que había perdido meses antes, un ojo, media pierna y parte de un brazo (luchando en Arapiles, a favor de los franceses). Pero, continuando con la vida de Domingo Cabarrús y con su hacienda de Carabanchel; sabía que tras ser liberado en Francia, marchó a Inglaterra; donde residió varios años. Pudiendo regresar a España entorno a 1828 -al ser perdonado por Fernando VII-; momento en que creen que vendió la casa de Carabanchel, que llevaba unos quince años embargada. Todo lo que -seguramente- se tramitó, porque el hijo de Domingo Cabarrús (también llamado Domingo) se casó con una prima de la madre de la emperatriz (Enriqueta Kirkpatrik). Ello, unido a que Teresa estaba ya muy enferma desde 1829; pudo ser el motivo para que esa familia vendiera la casa y los terrenos. Que compró el conde de Teba en estas fechas; para convertirla en Villa Miranda (dándole este nombre por el ducado de Miranda, que era mayorazgo de su familia).
Después de este pequeño relato histórico, que ya había referido -en gran parte- la emperatriz unos días antes; quiso explicarnos por qué se relacionaba tanto La Cabarrús con su unión a Luis Napoleón. Ya que su marido era enormemente supersticioso y le interesó de un modo inusitado, que esa finca de los Montijo en Carabanchel; fuera donde nació y vivió Teresa Cabarrús, hasta los dieciséis años. Una dama, cuyos arrojos y contactos, salvaron a su abuela. Añadiendo que otro hecho más la hizo ser elegida por Napoleón III; consistente en el parecido entre Da. Eugenia y las mujeres de la familia Bonaparte. En especial, con su madre (Hortensia) y su abuela (Josefina); que tenían un enorme valor y una gran cultura. Pero también eran muy alegres y sociables; animando las fiestas -cantando, tocando instrumentos y bailando-. Pese a lo que, desde muy jóvenes, ambas fueron capaces de enfrentarse a cualquier fatalidad; sin temor alguno. Habiendo logrado superar grandes calamidades; sin que ello les hubiera quitado un atisbo de felicidad o de pasión, por seguir disfrutando de la vida. Tras esas explicaciones, nos dijo la emperatriz, que para hacérnoslo comprender mejor iba a explicar algunos hechos. Contando como era realmente la abuela de su marido (Josefina Bonaparte) y su madre (Hortensia). Con las que se comparaba en valor, amor y arrojos; tras lo que quiso recordar lo que hizo al enamorarse del marqués de Alcañices y del duque de Alba (sin ser correspondida). Cuando, no pudiendo casarse ella con ninguno, se intentó quitar la vida por dos veces; con apenas dieciséis años. Lo que nos podía hacer ver su carácter; tan romántico como indomable e inconsciente. Añadiendo que poco tiempo después de aquel desencanto doble, apareció un noble inglés en su casa, proponiéndole matrimonio. Era un verdadero baboso, al que rechazó con malas formas; ante lo que el pretendiente afirmó que las mujeres no tenían valor y no sabían elegir, por lo que era mejor enseñarlas a amar. En ese momento, se le acercó, queriendo besarla; tomando ella un corta plumas de la mesa, que puso junto a la cara del chico, con actitud amenazante. Tras lo que él pidió que le cortase el rostro, ya que no la temía y así podría comprobar su valor y el amor que sentía. Momento en que La Señora decidió clavárselo a sí misma, dejándolo pinchado en uno de sus brazos; diciendo a gritos que prefería recibir ese punzón, que un beso suyo. Ante lo que el baboso salió espantado de la habitación, al ver como brotaba la sangre de la joven. Luego y entre risas; nos comentó como ella se mostró impávida, ni se inmutaba, pese a tener media punta metida en su antebrazo izquierdo.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, grabado de Vicente Urrabieta que representa la llegada de la Emperatriz Eugenia a la Quinta de Miranda, en Carabanchel (publicado por la revista LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA Y AMERICANA; 25 de septiembre de 1871; Año XV, número 27, página 465). Como hemos dicho; uno de los hechos que más impresionó a Luis Napoleón, fue que Eugenia de Montijo vivió en la misma casa donde nació y residió Teresa Cabarrús -hasta los dieciséis años-. Ambas, pasaron su infancia en esta villa, a las afueras de Madrid; y las dos fueron cruciales en el desarrollo de la Historia de Francia (durante el siglo XIX). La finca, había pertenecido antes a Francisco Cabarrús, que la compra hacia 1770 al trasladarse a Madrid como empresario y crear una fábrica de jabones en Carabanchel. Finalmente, fue incautada, cuando expulsan a los Cabarrús de España, por afrancesados (en 1814). Aunque hacia 1827 fueron perdonados, pudiendo regresar a Madrid; momento en que venderían la hacienda. Es de destacar, que los Cabarrús tenían su centro de operaciones empresariales en el puerto de Málaga, donde conocieron a los Kirkpatrik. Habiéndose casado en 1824 Domingo Cabarrús (hijo), con Enriqueta Kirkpatrik; una prima de Manuela Kirkpatrik (la madre de Eugenia de Montijo). Un hecho que puede explicar la compra de la quinta de Carabanchel, pocos años más tarde. Al lado, retrato de Domingo Cabarrús (hijo de Francisco), pintado en 1808 por Goya. Como sabemos, Goya fue otro afrancesado, que terminó sus días en Burdeos; aunque el exilio del artista se produjo en la segunda oleada de venganzas llevadas a cabo por Fernando VII (en 1824; después del Trienio Liberal). El cuadro y la imagen son de colección privada; la divulgamos agradeciendo a sus propietarios nos permitan hacerlo y desde la fuente Wikipedia; VER https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Portrait_de_Domingo_Cabarrus_par_Francisco_de_Goya.jpg
Abajo, óleo de Eugenio Lúcas Velázquez; intitulado “la llegada de aguas del Lozoya” (tal como se expone en el Museo del Romanticismo, al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). Este pequeño lienzo, representa el momento en que el Canal de Cabarrús trajo el agua clara y limpia, desde el río Lozoya hasta Madrid (una ciudad que carecía hasta entonces de canales limpios y se abastecía de pozos). Más tarde, aquel canal fue llamado de Isabel II; al ampliar sus acometidas y crear el gran embalse del Atazar. Pese a que el proyecto fue diseñado y financiado por Francisco Cabarrús; quien desde 1814 fue considerado un enemigo de la patria al haber servido a José I.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, retrato de Francisco Martínez de la Rosa, por Rafael Benjumea (tal como se expone en el Museo del Romanticismo, al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). La nieta de Francisco Cabarrús, se casó con un hermano de Martínez de la Rosa. Como hemos dicho; el primer conde de Cabarrús tuvo dos hijos: Domingo (el mayor) y Teresa (conocida como “Mme. Thermidor” o la “princesa de Chimay”). Por su parte, la descendencia de Domingo (hijo) fue: Un varón con el mismo nombre y una niña que se llamó Paulina. A su vez, Domingo (nieto de Francisco Cabarrús), se casó en 1824 con una prima de Manuela KirkPatrik (madre de Eugenia de Montijo). Tras permitirles regresar a España, para llevar sus negocios; cuyo centro se situaba en el puerto de Málaga -donde residían los KirkPatrik-. Por su parte, Paulina Cabarrús, contrajo matrimonio con el hermano de Francisco Fernández de la Rosa (conocido político y literato). Familia originaria de Granada, donde se establecieron los condes de Teba; en los días en que nació Eugenia de Montijo. Abajo, vista de Madrid, desde el Parque del Oeste, en 1902; óleo de Fernándo Labrada (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid, al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). Como podemos observar; esta zona tenía numerosos estanques y caídas de agua. Que seguramente procedían de las fuentes que se abastecían del Lozoya; yendo finalmente a parar al Manzanares (situado bajo el Parque del Oeste).
Quedamos todos asustados con el relato del pretendiente inglés y el cortaplumas; dándonos cuenta de que el cochero iba atento a la narración. Cuando advirtió al que llevaba a su lado, que La Señora era de “armas tomar”. Le produjo risa a la emperatriz el cotilleo de los conductores; aunque al marqués de Viesca no le gustó la situación. Pidiéndoles que fueran algo más rápido y sin oír nuestras conversaciones. Tras lo que el palafranero aseveró que si daba más ritmo al carruaje, iríamos muy incómodos; pues el empedrado del camino estaba muy mal. Repitiendo el marqués -en tono adusto- que acelerasen, porque iban a paso de tortuga, para escuchar lo que hablábamos; siendo así como tomaron algo de velocidad los caballos. Después, la emperatriz comentó que nos iba a hablar de Josefina Bonaparte (la abuela de su marido). Resumiendo su vida, desde los orígenes; para que comprendiéramos el carácter, la familia y educación, que tuvo Luis Napoleón. Comenzando por su nacimiento en La Martinica; algo de todos sabido. Aunque apostilló, que seis años antes de venir al mundo Josefina; sucedió un hecho que marcaría su vida, cuando el marqués de Ferté-Beauharnais fue nombrado gobernador de esas islas. Tomando el cargo en 1757 este noble marino francés, por entonces casado y con un hijo; pero que muy pronto se enamoró de Marie-Euphémie-Désirée de Tasher de la Pagerie. Cuyo nombre no nos dice nada, a menos que recordemos como se llamaba el padre de Josefina: Joseph-Gaspard de Tascher de la Pagerie. Es decir, la amante del gobernador, era la tía paterna de Josefina; lo que supuso un destino en la vida de la mujer de Bonaparte. Todo lo que sucedió, incluso tres años antes de que ella naciera (en 1760); cuando vino al mundo el segundo hijo del marqués de Ferté-Beauharnais, al que pusieron por nombre Alejandro. Cuya madrina fue la referida concubina del progenitor; algo que completaba la historia de amor entre el gobernador y la tía de Josefina. Por su parte, la amante (Marie-Euphémie-Désirée) se casó un año antes de nacer ese niño al que amadrinó; aunque no cortaron la relación de amancebamiento, pese a la boda. Un matrimonio que solo duró hasta 1767; cuando el marqués enviudó y ella se fue a París, junto a su novio.
De este modo vivían en La Martinica, el gobernador, con sus dos niños y su amante (felizmente casada). Donde vio la luz en 1763, María Josefina Rosa de Tascher de la Pagerie; la que luego sería conocida como Josefina Bonaparte. Quien vino al mundo como primogénita de tres chicas; engendradas por los dueños de una plantación de azúcar. Una niña que se crió entre cañas y esclavos. Jugando con las hijas de los sirvientes y con los chavales de la calle; por lo que había quienes la llamaban “la salvaje”. Viviendo entre esos cultivos, logró tener las mayores caries imaginables, porque le encantaba cortar y mascar caña de azúcar. Lo que le hizo sufrir varias extracciones dentales, desde adolescente; sin temer nunca el dolor de esos alicates (con los que antaño sacaban las muelas, sin opiáceos). Todo lo que nos hace entender, por qué desde muy joven, Josefína tenía cara de anciana; ya que le faltaban varias piezas (rasgos que podemos comprobar en sus retratos). Sus padres eran ricos, cuando ella vino al mundo; pero la madre llevaba los pantalones, dirigiendo la plantación y la fábrica de azúcar (el ingenio). Porque el progenitor tenía mala salud y era aficionado al juego. Pese a esa prosperidad inicial; cuando apenas contaba tres años, sufrieron un terrible huracán. Que destrozó la empresa y sus instalaciones; sin lograr nunca reponerse del todo. Momento y desastre tras el que el marqués de Ferté-Beauharnais (gobernador de las islas), decide volver a París, con sus dos hijos; enviudando en esos días. Por lo que la tía de Josefina, Marie-Euphémie-Désirée, abandona al marido, marchando a Francia, para vivir junto a su amado. Conviviendo en el palacio de la familia Beauharnais y educando a su prole; actuando como una segunda madre. Pese a esa relación absolutamente estable, tardaron treinta años en casarse; contrayendo matrimonio en 1793. Probablemente, ante el peligro de muerte que El Terror supuso para toda la nobleza francesa.
Siguió narrando la emperatriz, la historia de Josefina (que por entonces era llamada Rosa); desde 1767, cuando se había producido un huracán devastador en La Martinica. Después de aquello, sus padres intentaron rehacerse económicamente, sin lograrlo del todo; lo que unido a la afición del progenitor por el juego, provocó grandes quebraderos de cabeza a su madre. En lo que se refiere a hechos sobrenaturales; dicen que cuando Josefina Rosa todavía era adolescente, una hechicera que atendía como santera a los esclavos, leyó su mano. Vaticinando que se casaría dos veces, siendo infeliz en el primer matrimonio, que acabaría de forma sangrienta. Aunque su segundo esposo, la colmaría de gloria, convirtiéndola en más que una reina. Terminando por añadir Da. Eugenia, que a ella le pasó lo mismo y por dos veces; la primera de niña, con una gitana de Granada que estudió sus líneas quirománticas; prediciendo que sería emperatriz, viviría un siglo y moriría en las sombras. La segunda vez, con un abad donde estudiaba en Francia; que conocía el arte de leer las manos y le pronosticó algo similar. Tras esta explicación, siguió narrando la infancia de la abuela de su marido (Josefina); que fue por primera vez al colegio, a los diez años (en la isla capital). Donde estudió con las monjas, aprendiendo a leer, escribir, bordar y cantar; todo lo que muestra una muy básica preparación para una dama de la época. Más tarde y a los dieciséis años, comienzan a buscarle pretendientes; momento en que su tía Marie-Euphémie-Désirée desea casar a su ahijado (Alejando de Beauharnais) con alguna de sus sobrinas de La Martinica. Tras varias vicisitudes; se decide que será Josefína Rosa la que irá a París a contraer matrimonio con el menor de los Beauharnais (el citado Alejandro, al que le darán el título de vizconde). Pese al compromiso admitido, aquel noble -que por entonces tenía diecinueve años- se dedicaba a coleccionar amantes; entre las que destacaba una casada, dos lustros mayor que él. Sin mostrar Alejandro interés alguno por su mujer, a la que siempre despreció, considerándola una criolla paleta, educada en Colonias (humillándola y maltratándola públicamente).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, retrato de Josefina Bonaparte, por Andrea Appiani, quien ejerció como el pintor oficial de la corte de Napoleón, en Italia. El lienzo es de propiedad privada, a los que agradecemos nos permitan divulgarlo. Se fecha en 1808; por lo que la emperatriz tendría unos cuarenta y cinco años (esplendorosos). Aunque observamos el rasgo en la dentadura; debido a las caries que sufrió desde niña, por mascar de continuo caña de azúcar. Al lado, otro retrato de Josefina; fechado en 1809, pintado por Antoine-Jean (propiedad del Museo de Malmaison). En este caso, se aprecia perfectamente el gesto en la boca, señalando la falta de piezas dentales. Abajo, retrato del vizconde Alejandro de Beauharnais, pintado por Georges Rouget y propiedad del Museo de Versalles. Se fecha en los días en que fue nombrado general, por los mandatarios de La Revolución Francesa. Unos años más tarde, perdió la batalla de Maguncia y fue apresado en Les Carmes (como “sospechoso”); para ser llevado a la guillotina.
Continuó Da. Eugenia, con el relato de la abuela de su marido (Josefina de Beauharnais). Señalando que una vez casada (en 1779), tuvo que ver como su esposo apenas mostraba interés por ella; recibiendo alguna vez lo que denominaba “rápidos abrazos”. Quedando embarazada en los primeros “encuentros”, un año más tarde; del que nació su primer hijo (en 1781) y al que llamaron Eugenio. Un niño, que cuando creció, se convertiría en el más fiel ayudante y colaborador Napoleón Bonaparte; al que jamás traicionó, siempre admiró y amó como padre adoptivo. Pero volviendo al momento; a Josefina Rosa le resultaba casi imposible concebir otra vez; pues el marido estaba siempre ausente -en campañas militares o bien con sus queridas-. Por fortuna, no vivía sola en París y estaba con el pequeño Eugenio, en el palacio del suegro; junto a su tía (pareja del marqués y madrina de su marido, Alejandro). Sin encontrar un medio para que la familia corrigiera el terrible comportamiento de aquel esposo y padre; cargado de amantes. Cuando él regresó a París de sus viajes y líos; descubrieron que había tenido un hijo con una de sus concubinas (prima de los Beauharnais). Fruto de su arrepentimiento, o del enfado de sus parientes; parece que el matrimonio se reconcilió un poco, quedando embarazada de nuevo Josefina Rosa (en 1782). Naciendo una niña siete meses después; a la que pusieron por nombre Hortensia, que fue la madre de Napoleón III. Siendo aquella pequeña, otra de las personas que jamás abandonó, ni traicionó al emperador Bonaparte; al que siempre sería fiel y al que quiso hasta el final, como padre y señor. Pero cuando la pobre Hortensia nació, su verdadero progenitor consideró que -por su condición de sietemesina- era fruto de una infidelidad de la madre. Un hecho, que le ratificaron sus amantes; aseverando ser expertas en ese tipo de menesteres; demostrándole que la niña no era suya (con toda seguridad). Decidiendo el vizconde Alejandro, repudiar legalmente a Josefina Rosa (sin motivo alguno); afirmando públicamente y por escrito, que le era infiel. De ese modo y sin justificación cierta, expulsó a su mujer del palacio de los Beauharnais; debiendo buscar ella un convento para vivir, junto a sus hijos. Aunque el marido, al ver que se había llevado también a Eugenio (el mayor); al que reconocía como vástago verdadero. Decide hundir socialmente a su mujer; para lo que contrata en La Martinica a personas, que le mandarán falsos testimonios, asegurando que conocían a Josefina durante su adolescencia y era una cualquiera. Obteniendo cartas, en las que se afirmaba documentalmente, que ella había tenido relaciones con otros hombres; antes de casarse. Intentando demostrar que no llegó virgen a la boda y había “alternado” con esclavos. Comprando el marido voluntades, encontrando hasta un trabajador de la plantación, que aseveraba haber sido su amante, antes de la boda. Tras aquellas falsas pruebas; escribió a Josefina, que vivía refugiada en el convento, con sus hijos; acusándola de ser una ramera. En esta tesitura, ella buscó un abogado y pudo demostrar la falsedad de esas acusaciones. Tanto, que el esclavo supuestamente amante; tenía cinco años, cuando Josefina y Alejandro contrajeron matrimonio. Logrando que cuantas personas de La Martinica la conocían desde niña; enviaran misivas, afirmando que era una mujer buena y virtuosa. Lo que le permitió obtener una pequeña pensión del marido, para sobrevivir en París.
Siguiendo con la vida de la abuela de Napoleón III; narró que después de ese varapalo judicial, su marido tuvo que pasarle algo de dinero. Por lo que secuestró al niño Eugenio, llevándoselo del convento. Lo que supuso un tremendo trance para la madre; sin conocer durante días lo que había sucedido al pequeño (en fechas anteriores a La Revolución). Finalmente, acordaron que ella se quedaría con la niña -a la que el padre aborrecía-; mientras el hijo iría al palacio de los Beauharnais (donde se educaría, junto a su familia). De ese modo, decide Josefina regresar a La Martinica, con lo poco que mensualmente le daba su marido. Ya que los fondos personales de los que disponía, se los había gastado en el abogado y en alquilar las celdas del convento (donde vivió quince meses). Aunque en ese año y medio, aprovechó la amistad de otras esposas repudiadas, que vivían en la misma institución; aprendiendo allí: Danza, costumbres, protocolo social y en la mesa, maquillaje, moda y todo lo que se exigía a una dama parisina. Intentando ser readmitida por su marido; que la consideraba una criolla pueblerina. Afirmando públicamente Alejandro, que no abría ni las cartas de su mujer; al ser ilegibles, debido a las faltas ortográficas. De tal manera, no hubo acuerdo y se separaron definitivamente; marchando ella hacia su tierra de origen, con la pequeña Hortensia. Que por entonces, era una niña de apenas dos años; y que en un futuro sería la madre de Napoleón III. Una pobre chica, que vino al mundo repudiada por el padre; sin motivo alguno y en base a su nacimiento sietemesino. Pese a lo triste de la situación, parece ser que Hortensia tuvo una infancia feliz en las islas caribeñas, donde convivía con todos (tal como hizo su progenitora). Aprendiendo a bailar como los africanos, a cantar y danzar como los criollos y a tocar los instrumentos que por entonces dominaban el folclore Suramericano. Lo que le acuñó un carácter muy marcado y comenzó a fraguar su enorme cultura; llegando a ser una gran bailarina, una magnífica compositora de música, intérprete de piano y arpa, además de gran escritora y poetisa.
Pero de nuevo comenzaron los problemas, tras la Toma de la Bastilla; cuando los aires de libertad llegaron a La Martinica y se iniciaron revueltas en las plantaciones. Produciéndose un levantamiento de esclavos, que hizo temer a muchos por sus vidas. De tal manera, Josefina Rosa, prefirió huir de la isla; debido a que no consideraba El Caribe un lugar seguro. Pero, además, al conocer que su marido había optado por apoyar a los revolucionarios; habiendo sido nombrado un alto cargo en esos días. Por lo que, estando segura de que su suegro la protegería, decidió volver a París. Así lo hizo, logrando el apoyo de su tía; pudiendo vivir a solas con Hortensia y visitando los domingos a su hijo Eugenio. Por fortuna para ella, en ese tiempo, el apellido de su esposo se hizo famoso; debido a la toma de posiciones políticas. Debido a que el hijo mayor del marqués (llamado Francisco) estaba a favor del rey Luis XVI. Mientras su marido, era un fiel seguidor de los principios jacobinos; tanto, que muy pronto llegó a ocupar puestos de máxima importancia, en Francia. Pero el tiempo pasó, los hechos en París se fueron recrudeciendo y lo que comenzó como una simple revuelta; se convirtió en un movimiento radical, que deseaba terminar con el monarca y con todos sus partidarios. En esos días, cuando se temía ya por la vida de los reyes; su cuñado Francisco -como fiel seguidor de la corona- pretendió liberarlos de prisión. Fracasando en el intento, debiendo huir a Inglaterra; dejando a su mujer e hijos en París (a más de un mal nombre para la familia Beauharnais). Pese a todo, el vizconde Alejandro (esposo de Josefina), siguió considerado una autoridad en la Francia republicana; hasta que fue enviado a Maguncia como general y perdió una cruenta batalla. A su regreso, instaurado ya El Terror por Robespierre; fue encarcelado como “sospechoso”; ante lo que la pobre esposa se apiadó de él. Escribiendo a las autoridades, informando que era un fiel servidor de La Revolución; solicitando su libertad. Lo que supuso ser detenida, bajo la misma acusación de sospecha. Pues poco antes habían apresado a su cuñada (la mujer de Francisco, el mayor de los Beauharnais); cuyo marido -ya dijimos- que era un realista huido a Inglaterra. Sometiéndola pronto a juicio sumarísimo y siendo decapitada; por el apoyo a la corona de su esposo, que participó en el intento de liberar al rey.
Con cara de horror refería la emperatriz estas historias, narrando que Josefina Rosa pasó más de tres meses en la prisión de Carmes; donde pronto llegó Teresa Cabarrús y con la que confraternizó sobremanera. Allí estuvieron presas largo tiempo; junto a Alejandro, el marido de Josefine Rose (cautivo en la zona masculina). Viviendo en celdas hacinadas, donde les entregaban diariamente una botella de agua, un trozo de pan y algo de alimento. Durmiendo sobre lechos de paja hedionda y humedecida; debido a que para las necesidades físicas, únicamente disponían de un gran cubo, que se vaciaba al llenarse. Aunque, lo peor eran las paredes manchadas de sangre por las torturas de anteriores reclusos. Un ambiente horrible, preparado para generar terror y que los pobres encarcelados delatasen a otras personas; intentando así salir y salvar la vida. Todo lo que se sumaba a los abusos de los carceleros sobre las mujeres; a más de la preocupación por su prole. Que en el caso de los Beauharnais, fue recogida por una condesa extranjera (antes contratada como niñera) y que logró dar con ellos. Llevando aquella amiga, al perro de Josefine Rose hasta la prisión; colocando en el collar cartas en la que describía el estado de sus hijos; misivas que la madre tomaba, al acariciar a su fiel mascota. Pese a la tranquilizadora noticia de que los niños estaban bien; pronto supieron que el vizconde Alejandro había salido de su celda. Recibiendo al día siguiente un impreso, en el que se recogían las ejecuciones; enterándose así Josefina Rosa, que había sido decapitado el 4 de Thermidor (20 de julio de 1794). Lo que ocurrió cuatro días antes de que Teresa Cabarrús fuera avisada para ir ante el juez; momento en que la reclusa supo que sería condenada a la guillotina. Escribiendo la famosa carta a su amante Tallien; acusándole de cobarde, por dejarla abandonada y camino del patíbulo. Lo que hizo reaccionar al famoso mandatario, que se enfrentó a Robespierre en los acontecimientos de Thermidor; que acabaron con el tirano. Saliendo Teresa Cabarrús al siguiente día de la prisión de Carmes; pero sin conocer Josefina Rosa el destino de su amiga, pensó que probablemente había ido a la guillotina. Una impresión que se hizo realidad, cuando ella fue llamada, para dejar la celda; desmayándose, al tener por seguro que iban a ejecutarla. Aunque, al salir de prisión, pudo saber que había sido liberada; gracias a la intervención de su compañera.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba y al lado, dibujo preparatorio y óleo final, con el retrato de Josefina Bonaparte, pintado en 1805 por Pierre-Paul Prud'Hon (propiedad del Museo de Malmaison, al que agradecemos nos permita divulgarlo; fuente Wikipedia). En este lienzo podemos ver la moda femenina imperio, con trajes de tipo grecorromano. Vestimentas de enorme elegancia, que descendían de aquellas que “las maravillosas” habían hecho famosas; cuando lucían muselinas y sábanas, a modo de peplo (asistiendo a las fiestas ataviadas como diosas griegas). Todo lo que supuso una premonición de lo que luego sería la vida parisina; basada en el regreso a las costumbres y estética de las civilizaciones antiguas. Abajo, extrusión de la caña de azúcar, en un “ingenio” fabricado con molinos de vientos -grabado tomado de la Enciclopedia Británica: “Diez vistas de la isla de Antigua”, de William Clark; Publicado en Londres, 1823-. Este era el negocio de la familia de Josefina, en La Martinica; basado tristemente en la esclavitud. Un origen y un destino, que le acompañó en París; cuando la Alta Sociedad le dio la espalda, al considerarla una criolla sin cultura. Aunque, tras ser elegida como esposa por Napoleón, su destino cambió; pese a que muchos continuaron hablando mal de ella y promoviendo el divorcio de ambos.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: al lado, portada del libro de la historiadora caribeña Andrea Stuart; una de las últimas biografías de Josefina (premio Enid McLeod en 2004). Abajo, otra de las “Diez vistas de la isla de Antigua”, de William Clark (Publicada en Londres, 1823). Representando el corte de la caña de azúcar. En este ambiente, entre esclavos, tifones y playas caribeñas; vivió su infancia Marie Josefine Rose de Beauharnais (finalmente conocida como Josefina Bonaparte).
Con alegría, pasó a contar Da. Eugenia, que Rosa de Beauharnais regresó a la vida en agosto de 1794 . Mientras las cárceles se iban vaciando paulatinamente; milagro que muchos atribuían a su amiga Teresa; apodada “el ángel de Burdeos” y “nuestra señora del buen socorro”. A la que también comenzaron a llamar Madame Thermidor o Madame Tallien; cuando se casó con el mandatario que la salvó, en agradecimiento a su liberación. Aunque el referido Tallien, no fue muy bien acogido por los que tomaron las riendas en la siguiente etapa de gobierno republicano (El Directorio). Al haber sido un gran colaborador de Robespierre; debido a ello, su boda con La Cabarrús, fue más una garantía para no perder sus credenciales y el poder; que un acto de amor. Pese a todo y suponiendo la poca atracción que sentía ella por aquel mandatario del régimen de El terror. Tras celebrar el matrimonio, quedó embarazada y tuvo una niña que amadrinó Josefina y a la que llamaron Rose Thermidor. En lo que se refiere a la política, tras los sucesos descritos; los seguidores de Robespierre fueron aniquilados y se llegó a El Directorio. Gobierno de cinco mandatarios, entre los que destacó Paul Barras; por su enorme astucia y capacidad de adaptación. Quien entabló una gran amistad con Josefina Rosa; debido a la inteligencia de ella y al interés del gobernante por conocer muchos secretos de quienes componían la Sociedad parisina. Algunos creyeron que eran amantes, pero la verdad es que Barras fue demasiado listo como para mezclar los asuntos de “información”, con temas de alcoba. Por lo que podemos pensar que tomó a Josefina Rosa como una buena colaboradora, para conocer lo que se movía en los salones franceses. Gracias a su olfato político, Barras estaba seguro de que no era una mujer retorcida, ni menos capaz de engañar al que le ayudaba. Por lo que comenzó a tener gran contacto con la viuda de Beauharnais y a congeniar con su íntima amiga (La Cabarrús).
Es entonces cuando Josefina Rosa, necesita mantener a sus hijos y pagar su educación; solo con sus fondos. Para ello, alquilará una gran casa en París, donde organiza lujosas fiestas y reuniones, con el fin de alternar con millonarios que puedan facilitarle recursos económicos. Mandando a su hija Hortensia a un internado, para que no viera la vida que llevaba; como cortesana, buscando el apoyo de hombres importantes. Fundando el grupo de “las maravillosas”, al terminar el embarazo de Teresa Tallien (Cabarrús). Un equipo formado por siete mujeres bellísimas, que se hacían llamar también las “celestiales” o las “increíbles” y que vestían como diosas griegas. Creando la moda del “peplo”, de la que desciende el corte de los trajes imperio. Aunque, al comienzo, vestían con sábanas y limusinas trasparentes, que llegaban a mojar para asemejar las estatuas helenas. De ese modo, enamorarán a medio París, asistiendo a eventos y fiestas, casi desnudas; cubiertas por aquellas gasas, que dejaban ver toda su figura. Lo que les valió más de una pulmonía, pues en la capital gala, lucir en invierno una sábana húmeda (como única vestimenta) puede suponer morir de congelación. Siendo Barras el más interesado en sus reuniones y en promocionar a “las maravillosas” y “celestiales”; que se convirtieron en sus mejores confidentes y en las grandes protagonistas de Francia. Pues, los más ilustres del país, eran capaces de gastarse una fortuna, para pasear acompañados de una de ellas. Por lo que debemos pensar; como las referidas “diosas”, proporcionaban a Barras una gran información sobre esos poderosos. Pudiendo el político determinar como debía actuar con cada uno de ellos.
Paró un momento la emperatriz su relato; para aseverar que Josefina Rosa no actuaba como una prostituta, tal como sus enemigos aseveraron. Sino, como una cortesana; o bien como una gran gestora social. Pues si aquel movimiento de las “maravillosas”, hubiese consistido en meras meretrices; nadie las hubiera valorado. Ningún hombre habría deseado aparecer junto a prostitutas, en los más importantes eventos de la Nación; ya que en esos días, las mujeres vendían su cuerpo por un pedazo de pan. Es decir, lo más fácil de hallar en París de El Terror y durante El Directorio; era una pobre ramera de pago. Pues, tristemente, La Revolución, las guerras y las cárceles; habían promovido la degradación total, dejando a los franceses en la mayor pobreza y falta de moral. Todo lo que aclaraba Da. Eugenia, por cuantas bobadas se habían escrito acerca de esta etapa de la abuela de su marido; debiendo comprenderse las penalidades que Josefina había pasado. No solo, tras el desprecio de su marido; que llegó a repudiarla y echarla de la familia. Sino, en la cárcel; donde no podemos ni pensar lo que vivió. Hechos que la dejaron estéril, tal como ella pensaba; sin haber narrado nunca los motivos de aquella infertilidad adquirida en prisión (si fue por torturas, enfermedades o abusos).
Tras ello, Da. Eugenia, tomó de nuevo el bastón y siguió hablando. Contando de modo obligado, que el joven Napoleón Bonaparte (con solo veinticinco años), intentó en esos días conquistar a La Cabarrús. Asistía a las fiestas de “las maravillosas” y aparentaba ser muy ambicioso; pensando -quizás- que si quitaba la mujer a Tallien, podría darse a conocer entre la Alta Sociedad. El hecho es que a Teresa no le gustó el tipo de persona, ni tampoco el carácter de Napoleón; aunque sintió lástima por él, al ver que se trataba de un militar de origen corso, sin recursos, nobleza, ni dinero. Por lo que, tras declinar su propuesta amorosa, le ayudó económicamente; ya que el general estaba siempre falto de dinero, al hacerse cargo de su familia. Tras recibir esa negativa de Madame Tallien, intentó conquistar a Josefina Rosa; a quien tampoco le atrajo el individuo. Pese a que él declaró estar perdidamente enamorado de ella; lo que no movió pasión alguna en la mujer. Pues además de ser un desconocido en París; tenía acento corso, unos rasgos muy marcados y vestía pobre, con gran desaliño. Carecía de encanto aquel militar para Josefina Rosa, hasta que llegó a su casa y conoció a los dos hijos -Eugenio y Hortensia-; que por entonces tenían catorce y doce años (octubre de 1795). Momento en que se mostró enormemente cariñoso con ambos, pese a que la niña le rechazaba. De ese modo, Napoleón intentó ganarse la amistad y el amor de ambos; que tan solo tenían doce años menos que él (posiblemente identificándolos con sus hermanos pequeños).
En esta tesitura, parece que la madre habló con Barras, que le recomendó unirse a ese hombre; no solo porque necesitaba un segundo padre para su prole, sino porque era un genio militar. De hecho, gracias a Napoleón, se había salvado El Directorio, unos días antes de la conversación entre Josefina y el mandatario. Tras haber sido atacado, el 3 de octubre de 1795, por fuerzas favorables a la Corona (anti revolucionarios). Comportándose el joven de manera heroica, lo que forjó una gran amistad con Barras; al que logró sacar indemne de la Convención. Siendo aquel consejo del jefe del gobierno, lo que realmente comenzó el romance; que a los cinco meses culminó en boda. Estando él absolutamente enamorado de Josefina; mientras ella, todo lo que sentía era cariño, al ver como trataba a sus dos hijos. Momento en el que paró Da. Eugenia, para aseverar que el cariño nunca muere, pero el amor puede tener fecha de caducidad. Por lo que si, se quieren los futuros novios; Alfonso XIII y Ena. Esa unión jamás podrá fracasar; ya que el enamoramiento puede perderse, pero el cariño jamás cesa (ni menos olvida). Siendo eso lo que hubo entre Napoleón y Josefina: Un enorme cariño; al margen de que él se enamoró perdidamente de ella, después de haber entrado en su alcoba. Pudiendo pensarse que aquel militar, quizás no había tenido relación con ninguna mujer, hasta que conoció a Josefina.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Napoleón en el Puente de Arcole, en 1796; pintado por Antoine-Jean Gros; propiedad del Museo de Versalles, al que agradecemos nos permita divulgarlo (fuente Wikipedia). El lienzo refleja una de las grandes victorias del general, cuando tan solo tenía veintisiete años; unos meses después de casarse con Josefina. Al lado, retrato imaginario y póstumo, de Napoleón joven. Pintado por Henri Félix Emmanuel Philippoteaux (propiedad del Museo de Versalles, al que agradecemos nos permita divulgarlo; fuente Wikipedia). Como decimos; el general asistió a las fiestas de “las maravillosas”, intentando cortejar a La Cabarrús. Quien no prestó interés por un militar tan joven, sin fortuna y procedente de Córcega (sin arraigos, ni relaciones en el París de entonces). Pese a todo, Teresa Cabarrús, tuvo una gran deferencia con él y le facilitó medios para integrarse en las altas esferas de la capital francesa. Tras ello, Napoleón cortejó a Josefina; que tampoco sintió atractivo alguno por el corso. Pese a todo y debido a la insistencia del pretendiente; parece que ella habló con Barras y siguió sus consejos; cuando este mandatario del Directorio le advirtió del genio militar napoleónico y de lo cariñoso que era con los niños. Casándose cinco meses después de conocerse; aunque Josefina tenía seis años mas que él, era viuda y famosa por sus importantes amantes (en los círculos parisinos). Con esa boda, quiso darle un nuevo padre a sus hijos; mientras él necesitaba una mujer inteligente, elegante y perfectamente integrada en la Alta Sociedad de Francia. Abajo, retrato de Paul Barras, jefe de El Directorio. Obra anónima, en colección privada; a cuyos propietarios agradecemos nos permitan divulgar la imagen (fuente Wikipedia). Curiosamente, apenas se conservan retratos de este gran mandatario de La Revolución (uno de los más importantes, antes de la llegada de Napoleón -general que le arrebató el mando-). Posiblemente, no se dejaba retratar, con el fin de poder huir fácilmente; sin ser localizado en caso de peligro. Pues se decía que a Luis XVI le reconocieron, mientras escapaba de Francia; comparando su perfil con el de una moneda. Todo lo que no es muy cierto; aunque sí podía convertirse en un problema, que conocieran tu efigie, cuando se caía en desgracia por entonces.
Preguntó Da. Eugenia si quedaba mucho para San Cebrián; ya que le habían asegurado antes de salir, que estaba muy cerca. Respondiendo el marqués de Viesca que todavía faltaba, porque los cocheros estaban entusiasmados con la narración y marchaban a paso de tortuga. Ella sonrió, añadiendo que cuanto contaba era Historia; por lo que nada importaba que lo escuchase un tercero. Entendiendo todos por qué en ese viaje no hablaba de su vida y había aprovechado para narrar la de su familia política. De ese modo siguió, comentando que Josefina era casi odiada entre la familia Bonaparte; especialmente, por la madre de Napoleón. Ya que él, cargaba con el peso de mantener a casi todos los hermanos; a más de pasar dinero a su progenitora. Lo que hacía desde que murió el padre; encargando antes de fallecer, a los dos mayores, que se hicieran cargo de la viuda y de los seis que quedaban huérfanos. Debido a que el progenitor había pagado los caros estudios a José y a Napoleón, en la escuela militar de París; debiendo corresponder a la familia, ayudando ellos al resto, que quedaban desamparados. En ese momento, la emperatriz me miró; añadiendo que Nicolás Santafé, sabe algo de eso, pues le sucedieron hechos parecidos. A lo que respondí, que efectivamente así fue; porque en 1863 murió mi padre, dejando seis hijos (el menor recién nacido). Por lo que me enviaron a Francia con catorce años -primero a Burdeos y luego a la capital-; para estudiar comercio y música, con el fin de colocarme en un banco y ayudar a mi familia. Todo lo que cumplí, como era mi obligación; haciéndome cargo especialmente de Juan (el menor) nacido el mismo año que falleció nuestro progenitor. Por lo que, con ese pequeño, guardaba una relación casi de padre e hijo; más que de hermanos.
Después de mi respuesta, siguió Da. Eugenia; comentando que ahora podemos entender por qué la familia Bonaparte odiaba a Josefina. Tras lo que de nuevo se dirigió a mí, preguntando a qué edad me casé. Debiendo reconocer que hacía poco y muy mayor; apenas quince años atrás y con los cuarenta más que cumplidos. Pues, como había dicho antes, debí dedicar mi juventud, ayudando a mi madre y hermanos; así que fui uno de los últimos en contraer matrimonio. Momento en que La Señora aseveró, que esa era un poco la vida de Napoleón; que sacaba adelante a su familia. Pero cuando apareció Josefina; los Bonaparte vieron en ella un rival. Por los hechos antes explicados, habían preparado su boda con una chica cercana. Era la antigua novia del primogénito (José) de la que el segundo dijo estar enamorado. De ese modo, el mayor decidió casarse con la hermana de su novia y renunciar a la guapa, que era Desiré y le gustaba a Napoleón. Un extraño hecho, que muestra las relaciones entre los Bonaparte y la dependencia que todos tenían de aquel que llegó a general, con veinticinco años. De tal modo, se preparó el matrimonio con la antigua prometida del primogénito; pasando a casarse José en 1795, con la mator, llamada Julia Clary (poco agraciada). Comprometiéndose Napoleón con la pequeña, muy bella y llamada Désirée Clary. Asegurándose así, que ambos seguirían haciéndose cargo de los Bonaparte (especialmente de los hijos menores y de la viuda). Manutención que pasaba, principalmente el segundo hijo, mientras estaba soltero. Pero la petición de mano entre Napoleón y Désirée se deshizo; comunicando el novio la ruptura de un modo poco elegante. Cuando ni siquiera advirtió a su familia, que se casaba con Josefina; transmitiendo el enlace una vez celebrado. Por lo que Désirée Clary, se sintió siempre desairada y deshonrada; pese a que finalmente se casó con el mariscal Bernadotte, que llegó a ser rey de Suecia y Noruega. Siendo este uno de los motivos por los que Bernadotte declaró la guerra a Francia; cuando Napoleón estaba vencido. Toda una traición militar, unida a un despecho de mujer.
Después, explicó Da. Eugenia, que para entender lo que el emperador hizo por su familia; iba a citar brevemente el legado que dejó a sus hermanos. Nombrando a José (el mayor); primero, rey de Nápoles y luego, de España. A Luciano, el tercero, príncipe de Canino y Musacciano. A Luis, el cuarto de los varones, le hizo rey de Holanda (fue el padre de su marido). A Jerónimo, el hermano menor; le elevó a rey de Westfalia. A Elisa, gran duquesa de Toscana; a Paulina, princesa de Sulmona y Guastalla; y a Carolina, la convirtió en reina de Nápoles. Tras ello, entre risas añadió que seguramente yo (Nicolás Santafé) no había dejado tan bien colocados a mis hermanos. Pese a lo que -de seguro- no tenía quejas de ellos; mientras los Bonaparte estaban todo el día haciendo la vida imposible al emperador. Distorsionándole a él, a Josefina, y hasta a los pobres niños; debido a los celos, porque para Eugenio y Hortensia el general era su modelo y su único padre. Adoraban al emperador los dos hijos de Josefina, de un modo inusitado; no porque los hubiera adoptado, sino por el trato que les daba. Sabiendo ambos, que el matrimonio se había sostenido, gracias al cariño que los dos sentían por esos chicos. Conocían perfectamente que ella se había casado para darles un progenitor y que él los quería como pocos padres hacían. Siendo Napoleón para Eugenio y Hortensia; el hombre mejor del Mundo. Un hecho que debía haber enorgullecido a los Bonaparte; pero, por el contrario, les provocaba celos. Sobre todo a la madre; que -según manifestó la emperatriz- era una bruja; pidiendo luego perdón a las brujas (porque, de seguro, eran mucho mejores que la “máma” y por lo menos, acertaban el futuro). Concluyendo que aquella madre desnaturalizada, siquiera fue a la coronación del emperador; faltando a esa celebración por no ver a Josefina entronizada. Tanto fue así, que los delató ante el Papa; advirtiendo a Pio VII, que no estaban casados por la Iglesia; por lo que un Pontífice no podía coronar a esa esposa civil. Debiendo preparar ambos, una boda católica a toda prisa; para que el Papa les diera su bendición y presidiera la subida al trono. No contenta con eso, la madre provocó que faltasen también dos hermanos a la ceremonia (Luciano y Jerónimo). Todo ello, tramado por ella; a la que solo le movían los celos y la maldad. Llamando ramera a todas horas a la pobre Josefina y comentando de su propio hijo, que era un cornudo. Procurando que los periódicos y las gentes, mentasen falsos idilios de la esposa; para provocar el divorcio. Terminando por decir Da. Eugenia: -“Una bruja; pero de magia negra”-.
Mientras pronunciaba La Señora estas palabras, los cocheros ya no disimulaban y tenían las cabezas vueltas. Estaban escuchando toda la conversación con tal interés, que no miraban al frente; por lo que el marqués de Viesca les recriminó, advirtiéndoles de que iban a provocar un accidente. Ante lo que esos conductores pidieron perdón y nos dijeron que estábamos llegando. Yo, viendo a la emperatriz un tanto alterada, le pregunté si podía guardar la carpeta de notas. Y ella respondió que sí; que era lo mejor, porque de lo contrario, iba a comenzar a soltar improperios. Rápidamente cerré el cuaderno, intentando desviar la conversación hacia otro tema. Comentando que San Cebrián era precioso y nos lo iba a explicar de un modo magistral Vicente Lampérez, junto a Benigno Vega-Inclán. A lo que Da. Eugenia respondió dando las gracias y pidiendo perdón a todos; porque había perdido un poco las formas. Aunque. cuantos íbamos en el carruaje, expresamos nuestro apoyo y comprensión. Sobre todo, la marquesa de Valderas, que aseveró: -“¡Nada de bruja; esa madre era una cerda!”-. Respondiendo la emperatriz -entre risas- que marrana, marrana, no era; pues obligaba a los hijos a bañarse diariamente (tal como ella hacía). En un tiempo, en que los más limpios tomaban un baño semanal y los normales, uno al mes. Luego, quedó La Señora mirando las calles del pueblo, mientras lo cruzábamos, hasta llegar a su parroquia; y no quería que viéramos su gesto de hilaridad, tras ese último y extraño comentario. Se hizo un silencio y nadie se atrevió a añadir palabra alguna; la emperatriz sonreía a solas y los dos cocheros nuevamente volvieron la cabeza, para ver qué sucedía. De eso modo, con el sonido de los cascos y el chirriar de los ejes, recorrimos San Cebrián de Mazote; hasta llegar a la iglesia de San Cipriano. Una vez allí, pararon las dos carrozas y fuimos bajando; dejando salir primeramente a Da. Eugenia. Quien al poner sus pies en tierra, se santiguó; y cerrando los ojos, dijo para sí misma: -“Cipriano. Así se llamaba mi padre; uno de los grandes amores de mi vida”-.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de la iglesia de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Son fotografías que actualmente están expuestas en el interior del templo; donde se exhiben varios paneles con la historia del descubrimiento y la restauración de la iglesia mozárabe. Agradecemos nos permitan divulgarlas a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (extendiendo nuestro agradecimiento también, a D. Aurelio; persona que se hace cargo del templo, lo mantiene y enseña; con el mayor cariño). Arriba, uno de los laterales del edificio, tal como estaba hace unos ciento treinta años. Al lado, púlpito y retablo, en la zona central; observemos que las columnas se hallan tapadas por paredes encaladas. Abajo, nave central, prácticamente en estado original. Hemos de destacar, que tras una restauración llevada a cabo en los años noventa; la nave sufrió “numerosos retoques”, desvirtuando sus líneas y el estilo mozárabe.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de la iglesia de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos nos permitan divulgarlas a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña; con el mayor cariño). Al lado, otra de las naves laterales del templo, con forma de basílica (en este caso la derecha). Abajo, fachada principal; exterior del muro que corresponde al altar mayor; tal como estaban hace más de cien años.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos nos permitan divulgarlas a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña; con el mayor cariño).Al lado, plano de Vicente Lampérez, con la planta general del edificio. Observemos la firma del arquitecto bajo estos dibujos, que publicó en su “Historia de la arquitectura cristiana española” Abajo, fachada exterior; zona de entrada, en la parte lateral de la iglesia.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos nos permitan divulgarlas a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña; con el mayor cariño).Al lado, los planos del templo, levantados por Vicente Lampérez; incluidos en su libro HISTORIA DE LA ARQUITECTURA CRISTIANA ESPAÑOLA, EN LA EDAD MEDIA (tal como se exponen actualmente en el interior de la iglesia). Abajo, preciosa foto de la nave central, donde se aprecia su forma de basílica.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos nos permitan divulgarlas a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña; con el mayor cariño). Al lado, panel expuesto en el interior, intitulado “El descubrimiento”; donde trata de los años en que el templo fue por primera vez estudiado y restaurado. Dos de sus capiteles, en fotos tomadas hacia 1902. Abajo, nave central y altar mayor, como se encontraba unos ciento treinta años atrás. Hemos de observar que en la rehabilitación de los noventa, han modificado -un tanto- la preciosa ventana central (triforio), que originalmente estaba rematada con un arco de herradura y culminaba el muro principal. Rehabilitación muy poco respetuosa, que encaló el marco del triforio, dejando sus lados rectos; haciendo perder el sentido original de la lucerna. Sería importante destacar, que en el rito mozárabe, tan solo los oficiantes tenían acceso directo al altar; por lo que solía existir un muro que separaba esa zona sagrada, del resto. Entendemos que al haber utilizado la iglesia como parroquia, durante siglos; tras cambiarse el rito al romano, hubieron de quitar ese parapeto (tan común en los templos más antiguos y los de tipo bizantino).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos a sus párrocos, nos permitan divulgarlas: A D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña, con el mayor cariño). Al lado, subida al altar, tal como estaba a principios del siglo XX. En este detalle se comprende el rito mozárabe (español); donde el oficiante daba la misa en un altillo, separado del resto de los asistentes. Existiendo incluso un panel de piedra (normalmente horadada), que marcaba la zona de acceso exclusivo para los que celebraban las Eucaristías. Siendo su ritual, cantar la ceremonia, vueltos de espalda; sin dar nunca el frente a los fieles y con melodías de tipo bizantino. Por lo que hemos de pensar que en el lugar donde vemos una silla (en la foto, bajo un repostero) hubo en sus primeros tiempos esa pequeña pared pétrea o de estuco. Abajo, fachada exterior, zona de entrada principal al templo (por donde hoy se accede).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de San Cipriano en San Cebrián de Mazote (Valladolid); tomadas entre 1900 y 1919, por Matías Vielba, Agapito Revilla y Manuel Gómez-Moreno. Agradecemos a sus párrocos, nos permitan divulgarlas: A D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña, con el mayor cariño). Al lado, panel expuesto en el interior, donde se muestran las fotos que Manuel Gómez-Moreno tomó hacia 1919; para publicarlas en su libro “Iglesias mozárabes de España”. Abajo, uno de los laterales de la iglesia, con arcos califales; que no sabemos dónde se halla actualmente (es posible que se encuentre en una zona posterior del templo, que no se enseña). Pertenecía al claustro del cenobio; pues, como hemos visto, San Cipriano se fundó como monasterio mozárabe. Hemos de destacar que esos arcos decorados, en blanco y rojo; nacen de un tipo de arquitectura árabe, que introducía dovelas de terracota entre las de piedra. De ese modo, está formado por sillares pétreos, a los que se añaden esas piezas de barro cocido (rojas); dovelas a modo de ladrillo, que son ligeras y permiten ajustar perfectamente la forma de herradura. Pudiendo crearse con este juego de terracota y piedra, arcos de todo tipo; llegando a mantener en la parte alta y abierta, casi 300 grados (prácticamente en una circunferencia total).
J) San Cebrián de Mazote:
Dejamos el carruaje, al tiempo que lo hacían los otros cuatro compañeros de excursión, que viajaban en el que nos seguía. Al llegar, nos esperaba el párroco de San Cebrián, que habitaba en una preciosa casa adosada al templo. El simpático cura, al saludarnos, narró que allí vivía y celebraba las misas como podía; debido a las excavaciones y al mal estado del edificio. Explicándonos que con la remodelación planteada, tendrían que vaciar la iglesia y trasladar los oficios (quizás atendiendo a los fieles en el ayuntamiento del pueblo). Entramos en ese magnífico recinto y Vicente Lampérez comenzó a narrar los pormenores del descubrimiento. Un hallazgo muy reciente, llevado a cabo gracias a unas primeras fotos tomadas por Matías Vielba (canónigo de la catedral de Palencia); cuando la visitó, junto a su obispo (Enrique Almaraz). Esas imágenes fueron publicadas cinco años antes (en 1900; en el Boletín Episcopal palentino) y estudiadas por Lampérez; observando que se trataba de una joya monumental. Quien pronunció poco después, una conferencia en Madrid; donde la presentó como una construcción visigoda. Atribución y datación, sobre la que el profesor de arquitectura nos manifestó que tenía grandes dudas; pensando que posiblemente se trataba de una iglesia mozárabe. Tras esa exposición realizada por el catedrático, en La Escuela de Arquitectos de Madrid; las referidas imágenes llegaron a numerosos expertos (que se interesaron por el templo). Llevando Vicente Lampérez al famoso fotógrafo Agapito Revilla; hasta San Cebrián. Que realizó un gran reportaje de San Cipriano (en 1902); para promocionar su estudio y restauración. Apareciendo la documentación de Revilla, en numerosos periódicos y publicaciones; por cuanto ese edificio ganó gran importancia y fama. Tras ello, Lampérez levantaría planos, proponiendo su excavación y rehabilitación; sobre todo lo que estaba preparando un profundo estudio, para el Boletín de la Real Academia de la Historia -según nos explicó-.
Finalmente, después de esta introducción, nuestro experto y guía, expresó que intentarían que se catalogase como “monumento nacional”. Pudiendo fecharse su fundación, entorno al año 916. Conforme a la documentación encontrada por Gómez-Moreno; donde se habla de ella en un privilegio de Ordoño II, del año 952. En el que se menciona a los frates de Castinaria que fuimus habitantes in Monzoute; monjes que habitaban en Mazote treinta y seis años antes de ir a San Martín de Castañeda (para el que se redacta el referido edicto). Por lo que él, ya consideraba que era un cenobio mozárabe (no visigodo); nombrado también en el pliego de origen de La Espina, donde se habla de los monjes inter sanctum Cyprianum de Mozoth et Castromonte. Documento de fundación de San Pedro de la Santa Espina, promovida por la infanta Doña Sancha y otorgado por su hermano Alfonso VII (el emperador; con fecha 6 de Abril de 1149). Continuó explicando Vicente, que estábamos ante un ejemplo de arquitectura visigodo-musulmana, tan solo comparable a otros templos como: San Miguel de Escalada, Bamba, Santiago de Peñalba, Santo Tomás de las Ollas, San Miguel de Celanova, Samos, San Pedro de la Nave y Venta de Baños (aunque estos dos últimos eran puramente godos). Teniendo San Cipriano el privilegio de no haber sido restaurada, ni excavada, hasta 1902; por lo que allí se podrían conocer todos los pormenores sobre la liturgia, los ritos y el arte mozárabe español.
Tras estas magistrales exposiciones del profesor Lampérez; Vega-Inclán, quiso añadir otros datos, que -bajo su consideración- eran de gran importancia. Mencionando de nuevo la relación de este monumento con la Batalla de Simancas; población que habíamos visitado el día anterior, donde Benigno nos explicó como fue el enfrentamiento entre Ramiro I y Abderramán III. Derrota del califa cordobés, que tuvo lugar a primeros de agosto del 939; por cuanto, hemos de suponer, que tras aquella victoria cristiana, un gran número de mozárabes huirían hasta estas tierras (al Norte del Duero). Ello, explicaría el florecimiento de esa iglesia de San Cebrián y la fundación de Mota del Marqués, en la ermita de Castellanos. Que, como el día antes había referido; era el templo donde se guardó el pendón que Fernán González portó en Simancas. Bandera con la imagen labrada de la Virgen, que salvó a los de Castilla y fue consagrada como Nuestra señora de Castellanos (patrona de Mota). Pero, asimismo, aquella batalla de Simancas, pudo dar origen a otros cenobios mozárabes, como el de Bamba (que ahora escriben Wamba). Levantado en el lugar donde Recesvinto tenía sus fincas de caza y llamado Gérticos; en las que murió ese monarca godo. Siendo en esa población elegido un nuevo rey; y coronándose a Bamba, sobre la sepultura del anterior (tal como acostumbraban los visigodos). Aunque el electo, en este caso, no quería ocupar el trono; debido a su gran sentido de la justicia y bondad. Por cuanto, viendo los de la Corte toledana que era un hombre noble y sin maldad; se dice que le drogaron con agua de esparto, llevándole hasta un estado cuasi agónico. Tras ello, tonsuraron y vistieron de monje a Bamba, lo que impedía su regreso al trono. Debido a que un guerrero nunca podía llevar hábitos, ni cortase el pelo como un clérigo; a menos que estuviera a punto de morir. En ese trance, fue acusado de borracho y mujeriego, por quien quería usurpar su corona (Égica); logrando que el rey claudicase y se retirara a un monasterio de Pampliega. Siendo en esos días cuando comenzaron las reyertas entre familias godas; por lo que Égica, al sentirse débil y ver peligrar el trono, casó a su hija con Ervigio y le cedió el reino. Este último, a más de su yerno, era sobrino de Wamba; por cuanto creyeron tener asegurada la legitimidad real. Aunque el hijo de Ervigio, fue el famoso Witiza; que muy pronto se enfrentó a las otras ramas familiares, en su reclamación por la corona. Siendo considerado Witiza, el último rey godo; antes de las luchas entre Agila y Don Rodrigo, que promovieron la llegada de los musulmanes a la Península (en el 711).
Tras estas lecciones magistrales de Historia, facilitadas por Benigno y Vicente; todos comprendimos que estábamos pisando tierras en las que se forjaron algunos de los episodios más importantes del pasado hispano. Poblaciones y lugares, que habían dado origen a gestas magníficas; por todos conocidas, aunque apenas se sabe que sucedieron en estos lares. Campos, que fueron cazaderos reales de los monarcas godos; cuyas poblaciones estaban fundadas por los monarcas más conocidos de la Hispania tardo-antigua. De ese modo, siguió hablando Benigno. Narrando que los montes donde se hallan San Cebrían, Mota del Marqués o La Santa Espina; se llaman Torozos, por haber pertenecido a la provincia y ciudad de Toro. Una noble villa, llamada en tiempos ibero romanos Albocela y más tarde Gotoro; debido a que fue refundada por los godos, de los que recibió el nombre. Cuyos monarcas y nobles se trasladaban a ese lugar, desde Toledo y durante los veranos (huyendo del calor estival, de la capital del reino). Residiendo varios meses, en tierras que antaño fueron suyas. Pues los visigodos se asentaron primeramente en esta zona de Castilla; por lo que se llaman campos góticos (más conocida como Tierra de Campos; que se extiende entre Palencia, Zamora, Valladolid y León). Donde esos bárbaros, expulsados de Francia huyeron y trabajaron con facilidad el trigo, gracias al buen hierro de sus arados. Convirtiendo el lugar en cultivos de cereal y tierra del pan; pero también en huertas de vides y zona de los mejores vinos. Como se produce en Toro; la villa que antaño se llamó Gotoro, capital del estío entre esos francos. A cuyas inmediaciones se retiraron reyes como Chindasvinto (que murió en San Román) y descansaron otros, como el mencionado Recesvinto (que falleció en Wamba).
Absortos estábamos ante el legado cultural que nos rodeaba; por cuanto el sacerdote de San Cebrián, decidió que debería también aportar su discurso -viendo nuestros gestos-. Indicando -que además- en esa población de Mazote, estaba el monasterio donde internaron a Bárbara Blomberg (la madre de Juan de Austria). Señalando unos muros que teníamos frente a nosotros, mientras narraba este curioso hecho. Explicando, que todo sucedió, porque muy cerca se había criado el vencedor de Lepanto; acogido por el matrimonio formado por Luis de Quijada y Magdalena de Ulloa. Esta última, hermana del primer marqués de la Mota; Rodrigo Ulloa, el que mandó construir el palacio donde dormíamos (luego adquirido por el marqués de Viesca). De tal manera, cuando vino a España aquel hijo secreto de Carlos I -al que llamaban Jeromín-; los Quijada le adoptaron, recogiéndole en Villagarcía como un vástago propio (tras morir el vihuelista que lo trajo a Madrid). Luis de Quijada era primer mayordomo del emperador y se ofreció a educar al niño; del que todos pensaron, era suyo. Por cuanto los señores de Villagarcía de Campos, cargaron con ese sambenito; escondiendo al bastardo de Carlos I. Pero antes de morir, el padre quiso reconocerlo; pidiendo a Luis de Quijada que llevase a Jeromín hasta Yuste. Tras ello y al morir el emperador, Felipe II también lo aceptó como hermano; encuentro que se produjo en el Monasterio de La Santa Espina (en los campos que rodean a San Cebrián, durante una cacería del rey). Desde ese momento, Don Juan de Austria, debió abandonar la casa de sus ayos, en Villagarcía; para ir a estudiar en Alcalá de Henares. Donde se convertiría en general; llegando a vencer muy joven, en Lepanto. Aunque su progenitora biológica, Bárbara Blomberg; no dejaba de ser un estorbo para todos, pues se dedicaba a zascandilear (por no decir, a divertirse con hombres). Consecuentemente, la madre adoptiva de Jeromín (Da. Magdalena de Ulloa) decidió enclaustrarla en el monasterio de San Cebrián de Mazote; para retirarla de fiestas y que no afectase a la imagen de Juan de Austria (mientras era Virrey en Flandes). Aunque, aquella cantante flamenca; saltó la valla del convento y se fue a Colindres, donde ya no hubo forma de controlarla (porque poco después, murió su hijo; el vencedor de Lepanto). Para terminar, el sacerdote de San Cebrián, explicó que la madre de Jeromín era una vocalista flamenca; pero flamenca de Flandes, no de Andalucía. Todo lo que le encantó a la emperatriz, que añadió: -“Gracias por la aclaración; porque estábamos pensando que Carlos I había tenido un affaire con una gitanilla, que le enseñaba el fandango”-. Comentario que no le gustó al pobre cura; intuyendo mucha ironía en todo aquello, sobre todo al ver nuestras caras tan poco serias.
SOBRE ESTAS LÍNEAS: Arriba, mapa de Tierra de Campos (señalada en verde); antaño conocida como Campos Góticos, por haber sido el primer lugar donde se asentaron los visigodos, tras ser expulsados de Francia (antes de conquistar el reino de Toledo). He marcado en rojo las capitales de provincia castellanas; señalando en azul y con una estrella, las principales poblaciones que menciona el relato: Mota del marqués, San Cebrián de Mazote, La Santa Espina y Villagarcía de Campos. Pueblos que distan entre ellos, una legua, aproximadamente (entre siete y diez kilómetros).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Estado actual de la iglesia de San Cipriano, en San Cebrían de Mazote. Agradecemos nos permitan divulgar nuestras fotos, a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña, con el mayor cariño). Arriba, Nave central. Al lado, parte posterior y entrada del templo; con sus paneles expuestos (me encuentro en medio de la imagen, para comprender la escala arquitectónica). Abajo, su nave central.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes comparativas de la iglesia de San Cebrían. Agradecemos nos permitan divulgar nuestras fotos, a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña, con el mayor cariño). Al lado, una foto antes publicada, perteneciente a la serie tomada entre 1900 y 1912. Abajo, la misma perspectiva, donde se aprecian las “innovaciones” añadidas en la restauración llevada a cabo en 1990. Entre las que destaca, cubrir con cal y pintura las dovelas de los arcos que recorren la nave; que originalmente eran califales, en rojo y blanco (como las de la mezquita de Córdoba). No haber respetado el marco de la ventana (triforio) sobre el muro central que abre el altar; lucerna originalmente hecha con líneas mozárabes, en forma de herradura. Recubrir la construcción original y bellísima, de paredes y arcos en ladrillo; poniendo sobre ella un mortero de cemento o de cal blanca. Inventarse tres triforios o ventanitas falsas, sobre el arco del altar; que originalmente quizás fueron claristorios, con salida al exterior (para iluminar esta zona principal del templo). Un sinfín de añadidos, durante su rehabilitación de los años noventa; que desvirtuaron completamente el templo.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes de las columnas y capiteles del fabuloso conjunto de San Cebrían. Agradecemos nos permitan divulgar nuestras fotos, a sus párrocos: D. Enrique Holgueras y D. Manuel García Domínguez (reiterando nuestro agradecimiento a D. Aurelio; persona que se hace cargo de la iglesia, la mantiene y enseña, con el mayor cariño). Al lado, Columna con fuste imbricado (a modo de escamas o palmas), coronada por un capitel también romano (cercano al siglo IV d.C.). Abajo, columnas y capiteles tardorromanos que decoran la iglesia (entorno a los siglos IV al V d.C.).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, otro fuste imbricado; con su capitel de época romana (aprox. siglo IV d.C). Este tipo de decoraciones en las columnas, a modo de escamas o palmas; tenían un significado trascendente, siendo usados especialmente en lugares sagrados. Se continuaron esculpiendo hasta época visigoda (incluida); aunque en este caso, parecen tardo romanos. Abajo, entrada al templo, tal como actualmente se visita.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, muros del antiguo convento de Santa Ma. De las Dueñas, en San Cebrián de Mazote. En este lugar fue recluida Bárbara Blomberg, cuando nombraron Virrey de Flandes a su hijo (Don Juan de Austria). Parece que Da. Magdalena de Ulloa (aya de Jeromín) logró traerla hacia Valladolid, para retirarla en este lugar apartado. Pretendiendo así, que cesaran los escándalos; pues la Blomberg, era famosa por alternar con hombres y estar presente en todos los saraos de la Corte. Abajo, entrada al convento; donde encerraron a la madre de Juan de Austria; aunque muy pronto logró escapar, para dirigirse a Colindres, refugiándose en la casa de los Escobedo. No volvieron a intentar encerrarla, debido a que en esos días murió su hijo y ya poco importaba lo que hiciera esta cantante “flamenca”.
J) De San Cebrián de Mazote a La Santa Espina:
Subimos de nuevo a los carruajes, ordenados como habíamos venido desde Mota; y pregunté a la emperatriz si era necesario mantener mi cuaderno a mano, para seguir tomando notas. Asintió ella con un gesto afirmativo, comentando que aquella visita le había reportado enormes recuerdos. Memoria que continuó, cuando partimos hacia La Espina; después de que el marqués de Viesca ordenase a los cocheros que cerrasen las capotas. Lo que hicieron de mala gana; porque habían venido muy entretenidos con las conversaciones. Debiendo ordenárselo con tono severo, argumentando que el Sol calentaba demasiado y el camino hasta el monasterio era muy polvoriento. Una vez conseguido, nuestro anfitrión nos advirtió de que así -con la carroza cubierta- los dos que la conducían, dejarían de oír cuanto hablábamos. Algo que suponía un riesgo, pues estaban volteando la cabeza continuamente, pudiendo estrellarnos; además, de ese modo irían a un paso más ligero.
Fue así como nos acomodamos y La Señora inició el relato; indicando que salíamos de una iglesia dedicada a San Cipriano, el nombre que llevaba su padre. Tras ello recordó como de niña estudió con su progenitor, dos mártires homónimos del santoral. El primero, más famoso y al que se venera comúnmente; fue obispo de Cartago, ciudad norteafricana desde la que se difundió el cristianismo hacia Hispania. Existiendo un segundo, considerado por el conde de Teba como su protector; llamado Cipriano de Antioquía. Famoso por haber sido nigromante en su juventud; siguiendo el camino que su familia le marcó desde que nació y cuando fue consagrado a Venus. Por lo que le dieron ese nombre, que significa “de Chipre”; la isla de Afrodita, diosa del amor y la belleza. Venía ese Cipriano, de una famosa saga de Antioquía, dedicada a la magia sagrada; y quisieron que el primogénito fuera sacerdote en el templo de Zeus. Pero aquel joven “chipriano”, tras haberse iniciado en Los Misterios y leer cuantos libros pusieron a su alcance; prefirió ganarse la vida practicando las técnicas del ocultismo, llegando a estudiar las más tenebrosas artes (llamadas en latín, Goecia). Diciendo la memoria, que para consagrarse a la nigromancia, estudió en todos los lugares del mundo por entonces conocido: En Caldea (entre los sacerdotes asirios y de Mesopotamia) en Egipto (entre los herederos de la sabiduría jeroglífica); llegando a Salamanca, donde se consagró al demonio. Todo lo que tiene una lógica histórica, pues esa capital española conserva una cueva, donde se reunían los nigromantes; emplazada entre los restos de una antigua iglesia dedicada a este santo. Así Cipriano, tras visitar todos los templos del maligno, regresó a su Antioquía natal; abriendo un obrador de Goecia en el interior de una caverna. Donde tomó contacto con el demonio, realizando sacrificios de animales y personas. Escribiendo allí su tratado sobre las mancias, conocido como El Libro de San Cipriano; cuyo texto ha sido conservado hasta nuestros días.
Conoció Cipriano en esos días, a un joven que no lograba hacerse con el amor de una bellísima mujer (llamada Justina); pese a que había encargado prepararle todo tipo de sortilegios. La pretendida era cristiana y quizás por ello no le afectaban los filtros; solicitando el enamorado ayuda al famoso mago, para lograr atraparla. Siendo así, como el nigromante se acercó hasta la bella Justina, para fabricar un hechizo. Pero al verla, Cipriano quedó perdidamente enamorado; por lo que comenzó a ingeniar decenas de remedios ocultos, intentando conquistarla. Sin éxito y viéndose perdido, totalmente abatido por el amor que sentía hacia Justina; invocó a Lucifer, para que le diera una solución. Tras lo que el diablo confirmó que la joven no quedaba unida a los hechizos, debido a su fe cristiana y a la cruz que le protegía. Recogiendo la hagiografía, que desde ese momento, el nigromante comprendió que había un poder superior al del demonio; liderado por Cristo y sus sacerdotes. Pidió así el mago a Justina, que le ayudara a convertirse y creer en esa fe; por lo que tras ser bautizado y gracias a sus conocimientos, fue nombrado diácono. Se dedicó luego, a predicar el Evangelio por toda Antioquía, llegando su labor pastoral a oídos de Diocleciano; que mandó martirizarle, junto a Justina. Historia y relato que muchas veces contaba el padre de la emperatriz; añadiendo que se encomendó a este santo, cuando se vio morir en la Batalla de Salamanca. Al ser herido, en Los Arapiles; perdiendo un ojo, media pierna y la movilidad de un brazo. Creyendo que moría, rogó a ese San Cipriano, que obrase un hecho mágico, para seguir viviendo. Por cuanto, tras ser recogido por sus compañeros de filas y llevado a un hospital de campaña; sintiendo que no moría, pensó que le había salvado ese viejo patrón de los nigromantes conversos. De lo que tuvo constancia, al verse del modo en que quedó: Tuerto, casi manco y cojo; tumbado junto a la cueva de Salamanca (donde se venera este santo).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes de la Cueva de Salamanca. Arriba, ábside de lo que fue la iglesia de San Cebrián, adosada a la muralla (edificio desaparecido unos quinientos años atrás); lugar donde la tradición dice que se reunían los nigromantes. Se atribuyó su origen a Hércules, rememorando que allí estudiaban los magos desde tiempos ancestrales. Aunque más tarde aseveraron que su fundación se debió al demonio; quien en ese lugar había vivido siete años y por ello estudiaban los nigromantes durante un mismo periodo de tiempo. Considerando que Enrique de Villena fue uno de los alumnos y maestros más destacados, que recibió e impartió lecciones en esta cueva. La memoria del recinto mágico, se extendió por toda la hispanidad. Llamándose “salamancas” a los puntos donde los hechiceros y chamanes americanos; celebraban aquelarres o compartían conocimientos. El hecho histórico que pudo motivar la identificación de este resto de ábside, con un tugurio nigromante; no solo reside en que allí se levantase un templo dedicado a San Cipriano (patrón de los brujos convertidos). A mi juicio, más bien pudo basarse en que Salamanca fue considerada la ciudad de los augures celtibéricos, antes y después de la conquista romana. Por cuanto, muchos afirman que el nombre antiguo de la urbe, sería de origen indoeuropeo -quizás latino-; significando “la de los magos”, es decir “illud mantica” (forma que se convertiría en Helmántica). Motivo por el cual, quizá se mantuvo la tradición de la existencia de un santuario a las “mancias” en el exterior de la ciudad; situando aquel templo del ocultismo en esta cueva (adosada en las paredes de la entrada).
Al lado, muralla de Salamanca, con la cueva y la torre de Villena; así llamada en alusión al marqués que se tenía como patrocinador de este lugar mágico. Pese a ello, el ocultista que refiere la leyenda de la caverna, no es el marqués de Villena; sino Enrique de Villena. Quien siendo heredero de este título aragonés, nunca lo recibió; debido a que permaneció incautado por la corona (al no cumplimentar sus deudas). Aunque, es posible; que tras ser derribada la iglesia salmantina de San Cebrián, en época de Isabel la Católica. Considerasen que fue el marqués de Villena, el hechicero malvado que patrocinaba este lugar. Confundiendo a Juan Pacheco (odiado por Isabel I, nombrado por su hermano Enrique IV marqués de Villena); con Enrique de Villena (famoso astrólogo y hombre culto al que llamaban el nigromante). Abajo, cuesta de Carvajal; donde se sitúa la cueva de Salamanca.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, ábside de la antigua iglesia de San Cipriano; con el que se abrió un vano de entrada, en la muralla salmantina. Este lugar y pasadizo, se considera punto de encuentro de los nigromantes; pese a que ya Miguel de Cervantes advierte, que todo ello no son más que historias inventadas y sin fundamento. Abajo, imagen partida; donde a nuestra derecha vemos la portada de una edición de “El Libro de San Cipriano (tesoro del hechicero)”. A la izquierda, recojo una placa situada junto a la cueva de Salamanca; donde se menciona a Enrique de Villena. Asimismo, se destaca el hecho de que denominasen “salamancas” a los lugares de brujos y chamanes, hispanoamericanos. También menciona a numerosos literatos, que han escrito sobre esta caverna; incluyendo ingleses como Walter Scott, que en The Ride to Melrose) redactó el poema, que traduzco del siguiente modo:
“Un brujo temible, que a todos hechizara;
en la Cueva de Salamanca estudiaba
y cuando movía su mágica vara;
las campanas de Notre Dame repicaban”.
Mucho nos entretenía La Señora con tan ingeniosas y cultas historias; pese a lo que el padre de la marquesa de Valderas, quiso recordar que antes de llegar a San Cebrián, venía hablando de la familia Napoleón. Por lo que todos habíamos quedado con la curiosidad de saber más acerca de Bonaparte, de Josefina y de esos hijos adoptados; a los que el emperador quería como propios. Sonrió Da. Eugenia al oír aquellas palabras, al ver que el conde de Plasencia quería conocer más, los entresijos, curiosidades y hasta las confidencias, de los Napoleón. Por lo que continuó hablando sobre la personalidad de Josefina, forjada en tres momentos de su vida: Primero, durante su infancia en una fábrica de azúcar, entre plantaciones y esclavos del Caribe. Más tarde, cuando se casó y fue repudiada, teniendo que regresar a su tierra natal. Finalmente, en los años que su marido llega a ser uno de los grandes mandatarios de La Revolución, pero cae en desgracia; siendo ambos apresados y él gillotinado. Comentando que esos tres momentos, hicieron a la mujer de Napoleón concebir la vida de un modo diferente a todo el resto de seres humanos. Habiendo recordado siempre sus orígenes, entre negros cautivos y campos de cañas. Su terrible primer matrimonio, donde el marido la repudió afirmando públicamente que le había sido infiel (negando la paternidad de su hija Hortensia). Pero lo que principalmente cambió su sentido de la realidad y la percepción del mundo; fue su estancia en la cárcel, esperando morir, viviendo meses entre podredumbre, hambre, dolor y terror.
Esos tres momentos vitales, dieron a Rosa de Beauharnais, un carácter muy parecido al de Bonaparte; que con solo veintiséis años, había pasado por la muerte numerosas veces. Viendo como mataban a sus compañeros de filas en infinidad de ocasiones; sintiendo el olor y el dolor de la guerra, casi desde niño. Por lo que, ambos tenían un umbral del miedo y de la angustia, muy distinto al resto de los humanos; no pudiendo comprender por qué las personas se entristecían o sufrían de melancolía, ante las adversidades. Ya que los dos, habían vivido verdaderos infiernos, en infinidad de ocasiones; saliendo del trance felices, por estar vivos. Debido a lo que su postura ante el peligro y su percepción de la realidad; se basaba solo en el hecho de poder sentirse en el mundo y saber superar los problemas. Asimismo, Josefina y Napoleón, procedían de la “periferia”; siendo despreciados por muchos de los parisinos “de bien”, debido a esos orígenes lejanos a la metrópoli. Lo que forjó en ambos el espíritu de aquellos que se hacen a sí mismos; sin preocuparse por opiniones ajenas y sin atender a la estupidez generalizada, que impera en las Altas Esferas. Debido a ello, Josefina hablaba en numerosas ocasiones sobre los esclavos, con los que había habitado de niña en Martinica; aseverando que normalmente eran mejores y más felices que la gente poderosa de Francia. Gozando de una vida y un corazón más noble aquellos africanos, que muchos de los ricos parisinos; a los que nada les conforma y teniéndolo todo, pretenden más. Ostentosos burgueses y nobles incultos, tan solo movidos por sus complejos o sus fobias; algo inexistente entre los que carecen de libertad y deben ganarse el poco pan que les dan, cortando cañas y manteniendo una plantación (en las condiciones más duras). Destacando Josefina siempre, que vio más felicidad entre esos negros prisioneros; que en muchos de los salones de la Alta Sociedad.
Añadía la mujer de Napoleón, que lo peor de haber nacido en Martinica y en esas condiciones; no era la poca preparación recibida para adaptarse a la élite francesa. Un círculo que consideraba a los criollos procedentes del Caribe; paletos y burdos, o nuevo ricos, sin refinamiento. Siendo aún más triste, comprender que el origen del dinero familiar, estaba en explotar gentes llegadas desde África; obligándolos a trabajar como animales. Aunque, destacaba que sus padres, eran los mejores amos de esas islas; conocidos como benevolentes y sencillos. Aseverando, que ese complejo de culpa, tan solo había podido lavarlo, cuando estuvo en la cárcel; esperando la muerte. Llegando a salir de allí, pensando que ya había purgado todos sus males del pasado; logrando con ello, ser muy diferente al resto de los hijos de otras personas que comerciaban o tenían esclavos. Habiendo comprendido que La Revolución tuvo varios principios buenos; pese a que su instauración fue un desastre, que llevó a El Terror. Destacando entre aquellos, el intento por liberar a los esclavos, como un hecho muy meritorio de los revolucionarios. Aunque, a su juicio, se hacía imposible emancipar a decenas de miles de personas, en islas como las caribeñas. Pues tras ser liberados, esos africanos no sabrían como organizarse, quien les daría trabajo, donde vivirían y etc.. Por lo que Bonaparte, en 1802, decretó que se necesitaba mantener cautivos en las colonias francesas, hasta que el tiempo y las leyes pudieran resolver el tránsito hacia su libertad. Momento en que la emperatriz deseó destacar que la esclavitud se abolió definitivamente, en tiempos del nieto de Josefina; cuando en 1848 se instauró la Segunda República y comenzó a gobernar su marido (Luis Napoleón III).
Pese a ello, fue cierto que en 1802 Bonaparte la reinstauró para las Colonias; debido a la presión de los ricos antillanos. Lo que resultó un pesar para Josefina; que tenía un gran recuerdo de los que trabajaban en la plantación de sus padres. Por lo que siempre la acompañó un gran complejo de “negrera”; tal como sucedía con otros que se hicieron ricos usando esa mano de obra cautiva. De tal modo, intentaba justificar que no podía darse la libertad a quienes no tenían trabajo, conocimientos, ni vivienda. Siendo mejor una cautividad protegida, que una libertad sin futuro. Pero defendiendo que debía prohibirse rigurosamente la venta y entrada de nuevos esclavos al Caribe. Tras estos aspectos sobre el carácter y complejos de la esposa de Bonaparte, destacó de nuevo la emperatriz que su marido fue uno de los artífices de la abolición de la esclavitud. Por lo que muchos de los que habían hecho fortuna con el tráfico de africanos, deseaban aparecer en eventos y fiestas junto a Luis Napoleón; ocultando así el origen de su dinero. Recordando como en París, frecuentaba los salones uno de los millonarios mas importantes de Cataluña, llamado José Xifré Downing. Cuyo padre era uno de los hombres más ricos de Europa, gracias al comercio de esclavos. Aunque su unigénito y casi homónimo, dedicaba los días a demostrar todo lo que le sobraba; con tanto complejo, como sentimiento de culpa. Por lo que se jugaba millones en los casinos y dilapidaba en fiestas lo que otros empresarios ganaban en años. Conocido por Da. Eugenia en los círculos de españoles poderosos que vivían en París; no compartía con ella aficiones, ni tenía el mismo nivel cultural. Ya que lo único que deseaba el joven Xifré, era demostrar cuánto le sobraba; tirando dinero a mansalva. Aunque mucho agradaba ese posible noviazgo, a la madre de Da. Eugenia; lo que le hacía más insufrible, tener la obligación de tratar con ese multimillonario, ludópata, excéntrico y acomplejado.
Años más tarde, cuando fue coronada emperatriz; José Xifré (hijo) no sería admitido en la Corte parisina; debido a que no gustaba a Luis Napoleón. Al presumir de haber sido novio de su mujer y por el origen de su fortuna; ya que el emperador fue uno de los más activos en contra de la esclavitud. Aunque el millonario no cesó en su intento por conservar gran contacto con el círculo más cercano a Da. Eugenia. Llegando a entablar gran amistad con Mérimée; que veía con asombro, como ese heredero derrochaba una fortuna. Por lo que tras casarse Xifré con una francesa (llamada Elisa Constanza Hamel), pidió al autor de “Carmen” que convenciera a su amigo Viollet-le-duc, para construirle un palacio en Madrid. Pero este arquitecto de gran fama, declinó el encargo, al tratarse de un edificio arabesco; realizando finalmente el proyecto Émile Boeswillwald. Lo que culminó como un palacete oriental, sito frente al Museo de El Prado y famoso por ser una “pequeña alambra”. Terminadas esas disertaciones y mientras Da. Eugenia relataba sus recuerdos; la joven marquesa de Valderas sintió curiosidad por saber si era el joven Xifré, aquel que la emperatriz rechazó clavándose un punzón en el brazo. Dejándola en silencio con la pregunta; La Señora añadió -tras una pausa- que tampoco se pinchó con el cortaplumas; solo se hizo un pequeño corte. Aunque, como antes los cocheros estaban oyendo la conversación; había querido impactarles, diciendo que se lo ensartó... . Además, este millonario catalán era medio americano; no inglés, como aquel otro al que dijo que prefería rajarse la piel, antes que recibir un beso suyo.
SOBRE Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes del palacio Xifré, tomadas hacia 1900 (del Archivo Biblioteca Regional de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlas). Fue levantado por el excéntrico millonario José Xifré Downing; hijo del multimillonario José Xifré Casas, cuya fortuna se debió -primeramente- al tráfico de esclavos. En algunas biografías de Eugenia de Montijo, se supone que Xifré Downing fue un pretendiente de importancia; con el que conservó amistad, tras casarse con Napoleón III. Pero, parece que realmente no tenía muy buen concepto la emperatriz de este joven Xifré; que dilapidaba el dinero a espuertas, en casinos y fiestas -en las principales capitales europeas-. El palacio mudéjar fue encargado a un arquitecto francés; lo que mucho molestó a los españoles, que lo bautizaron maliciosamente como “la bombonera china”. Se hallaba frente al Museo de El Prado y fue tristemente derribado en 1949, para levantar allí el edificio de Sindicatos (actualmente sede del Ministerio de Trabajo). Tras casarse Xifré en 1856, con Elisa Constanza Bellow Hamel Touri, y tener su único hijo en París; mandaron construir este palacete y regresaron a Madrid -quizás para que el marido dejase de gastar su capital en fiestas y en los casinos de Europa-. Finalmente, Xifré Downing, muere doce años más tarde (en 1868) y hereda la fortuna su hijo, llamado José Xifré Hamel; quien por entonces apenas tenía doce años. Al quedarse huérfano a la vez que se proclamaba la I República española, es llevado a París; donde estudia junto al futuro Alfonso XII (del que se hace muy amigo). En 1876, Xifré Hamel, contrae matrimonio con la que será segunda marquesa de Isasi (Ma. Joaquina Chacón y Silva-Bazán). Datos que detalladamente recogemos, para comprender que las novelas, e incluso las biografías de Eugenia de Montijo; suelen ser anacrónicas y poco verídicas. Pues refieren que el supuesto pretendiente de ella, llamado José Xifré Downing; contrajo nupcias con la marquesa de Isasi. Un hecho imposible, pues fue Xifré Hamel el marqués consorte de Isasi; que nació en 1856, cuando Eugenia de Montijo tenía treinta años y llevaba cuatro, coronada como emperatriz.
ABAJO: reseña de la novela biográfica sobre Eugenia de Montijo, escrita por Pilar Eyre (Pasión Imperial). Su trama está plena de anacronismos y de difamaciones e injurias, hacia la emperatriz y su familia. En ella, establece una relación sentimental y de amistad, entre José Xifré y Eugenia de Montijo; sin base argumental alguna. Considerando que este supuesto pretendiente, se casó luego con la marquesa de Isasi (lo que es cronológicamente imposible) Incluyendo en la trama, al millonario; como miembro del círculo más íntimo de Napoleón III y de su esposa. Haciendo aparecer al rico catalán, en la primera escena de la novela (pag. 12); llamándolo Joseíto. Describiendo la autora el modo en que Xifré, cabalgaba junto a los emperadores; acompañado de la marquesa de Isasi, con la que se acababa de casar. Un absoluto anacronismo, como se ha comentado; pues quien contrajo matrimonio con la heredera al marquesado de Isasi, fue el hijo de este “Joseíto”. Unigénito, nacido en París en 1856; llamado José Xifré Hamel; casado en 1876 con María Joaquina Chacón y Silva-Bazán (cuando Eugenia de Montijo llevaba más de un lustro destronada). Por su parte, Joaquina Chacón hereda el título en 1913; desde su madre y primera titular. Que fue, Joaquina de Silva-Bazán, casada con Juan Francisco Chacón, en 1857; suegros de Xifré Hamel. Todo lo que muestra la documentación tan poco fidedigna de este libro; al que deberíamos catalogar como “novela histérica” (nunca histórica).
Narra Pilar Eyre, en su novela histérica; las mayores barbaridades acerca de la familia Montijo. Afirmando que el verdadero padre de Paca y de Eugenia, era el diplomático inglés George Clarenton; amante de Da. Manuela Kirkpatrik, cuando su marido aún vivía. Añadiendo esta “periodista tan feminista”, que al progenitor (conde de Teba) le llamaban “cabrón” por las calles en Granada; sin que se inmutase. Pues aceptaba con agrado, que en su casa no dejasen de entrar hombres todas las noches; para acostarse con su mujer (pags. de la 23 a la 25). Describiendo minuciosamente y de un modo morboso; como el referido George Clarenton (supuesto padre de las niñas); intenta violar a Eugenia cuando la futura emperatriz comienza la pubertad. Haciendo ver que ese es el motivo por el que la madre se va a Francia con las dos hijas; sin dejar de ser amante del diplomático inglés (pag. 61 y ss.).
Para que veamos el grado de difamación, en este “libelo histérico” (que no, novela histórica); recogemos a continuación un párrafo, donde se habla sobre la madre de Da. Eugenia. Aseverando que era especialista en hacer decenas de felaciones a distintos hombres, en una misma noche; algo que ni las prostitutas más sórdidas se atrevían. Poniendo este hecho en boca de la misma Eugenia de Montijo, que se supone describe a su progenitora de tal forma: “como Cleopatra, era capaz de tener sexo oral con decenas de hombres, en una noche y al ser práctica que se negaban a hacer hasta las prostitutas más sórdidas, y no digamos las señoras nobles, mi madre era solicitada con auténtico frenesí, porque aquellos hombres que la probaban quedaban anudados a ella y al placer vicioso que les ofrecía para siempre ” (SIC pag. 34).
La marquesa de Valderas y sus padres, no conseguían que la emperatriz volviera al tema que les interesaba; siendo este, la vida y relaciones entre los Napoleón. Por lo que directamente preguntaron si en verdad, la madre de Bonaparte, se portó tan mal con su hijo. Respondiendo La Señora, que no solo con él; sino, despreciaba a Josefina de un modo cruel , cebándose con los dos nietos adoptivos (Eugenio y Hortensia). Intentando dañar la relación y el matrimonio, de forma terrible y continuada; inventando amantes o refiriendo infidelidades de ella. Lo que tramaba de manera insidiosa; haciéndole llegar ese tipo noticias, a través de los hermanos Bonaparte y mandando publicarlo en periódicos (a los que tenía acceso). De ese modo, al celebrarse la boda entre el general y Josefina -cuando él tan solo tenía veintiséis años-; no quiso invitar a ninguno de su familia. Casándose pronto, porque dos días después, había orden de marchar a una campaña en Italia; donde podía morir. Preocupándose la madre en difundir durante su ausencia, que su nueva nuera tenía varios amantes; siendo infiel a Napoleón mientras él se jugaba la vida. Apareciendo en numerosos diarios el comentario de que Bonaparte era el general más joven y más cornudo de Francia. Saliendo un chascarrillo en los círculos parisinos; donde comentaban que ganaba las batallas, atacando con sus enormes cuernos. No contenta con eso; viendo que el general regresaba en 1797, victorioso de las campañas de Italia y totalmente enamorado de Josefina (abrazando a sus hijos). La madre inició una nueva táctica de acoso y derribo; consistente en proclamar que ella era estéril, por lo que no tenían descendencia. Aseverando que la mujer era infértil, por lo que podía engañarle cuanto quisiera; afirmando aquella “máma” italiana, que Josefina sufría menopausia adelantada. A lo que el noble y bueno general respondió que su mujer había tenido dos hijos; por lo que la causa de que no vinieran niños era probablemente suya.
Advirtió Da. Eugenia que en se la había secado la boca; por la cuestión tan dura que trataba. Pidiendo un vaso de agua; que pronto sacaron del armario cantimplora. Pasando a referir como un año más tarde (en 1798), inició Bonaparte las campañas de Egipto; llegando a sus oídos que Josefina tenía un amante (noticia promovida por su familia, para separarles). El supuesto novio, parece que se llamaba Jean-Andoche Junot; del que no sabemos si fue un “petimetre”, como solían tener todas las damas de Corte. O bien un hombre joven, al que también llamaban “currutaco”; que paseaba a las casadas y las acompañaba, cuando el marido estaba ausente (cumpliendo funciones de asistente y no de amante). Pero los Bonaparte, se dedicaron a proclamar la infidelidad de Josefina, por doquier y pronto llegó a publicarse en los diarios de época; destrozando el corazón del que estaba luchando en África. Que escribió numerosas cartas a su esposa, acusándola de engañarle y refiriendo su terrible estado emocional. Además, en esos días, se encontraba en Egipto Eugenio (el hijo de Josefina); aprendiendo las tácticas militares y luchando junto a su padre adoptivo. El que, ante la triste situación, decidió regresar a París; para hablar con su progenitora y poder informar bien de lo que sucedía al general. Quien, al verse en esta tesitura; decidió tomar una amante junto al Nilo. Iniciando una relación con la esposa de uno de sus oficiales, llamada Paulina Fourès. Extraña mujer, que no deseaba separarse de su marido y por ello marchó junto a él, hasta África, vestida de hombre. Pero al llegar su barco a un puerto cercano a El Cairo, se descubrió que no era un soldado y fue llevada ante los superiores; donde la conoció Napoleón, quedando fascinado por ella. Mandando al marido a una misión exterior; para poder iniciar un romance, que logró culminar, pensando en casarse con ella y divorciarse de Josefina. Pese a todo y como la referida Paulina Fourès no se quedó embarazada; la relación no terminó en boda, porque el general deseaba tener hijos.
Siguió narrando Da. Eugenia; que tras esta situación, estaba feliz la “máma” de los Bonaparte. Al ver como su hijo se había separado emocionalmente de Josefina y finalmente podrían buscarle la mujer que su familia deseaba. Aunque no consiguieron que se divorciase y cuando Napoleón regresó a Francia, volvió con su esposa, junto a sus hijos adoptivos. Lo que -quizás- se produjo porque pensó que él era ciertamente estéril, al no haber dejado embarazada a su amante (mientras no había constancia de infertilidad en Josefina). Pero sobre todo, por no haber obtenido victoria alguna en Egipto; regresando derrotado de la campaña. Pese a ello, Napoleón se hizo poco después con el poder; siendo su caso, inusitado (por no decir, increíble). Pues tras perder la guerra, logra ascender a la cúspide; seguido por la totalidad de fuerzas políticas. Dando en noviembre de 1899 el famoso Golpe de Estado (18 de Brumario); disolviendo el gobierno de Directorio y proclamando el sistema de Consulado. Obligando dimitir a Barras y a los que se negaban a admitir el nuevo sistema (exiliando al que había sido su amigo); quedando él como cónsul principal, entre los tres que ostentaban el poder. Tres años más tarde, en 1802 fue declarado Cónsul único y vitalicio; subiendo al trono en 1804, como emperador de los franceses. Momento en que “la máma” decide que no debe coronarse a Josefina; negándose a asistir ella a la celebración y logrando que dos hermanos del emperador, hicieran lo mismo. Intentando la madre de Napoleón que la esposa no fuera entronizada por el Papa; comunicando al Vaticano que eran un matrimonio civil. Debiéndose casar Napoleón y Josefina, a toda prisa por la Iglesia; para que la ceremonia no se clausurase. Terminando Da. Eugenia esta exposición, aseverando que: -“La madre.... Cerda, no era; porque se bañaba a diario y obligaba hacer lo mismo a sus hijos, todas las noches. Aunque a bruja no le ganaba ni San Cipriano de joven”-. Lo que nos hizo reír a cuantos íbamos en el carruaje.
Volvió a poner agua en el vasito de plata, que tenía bien sujeto sobre el mueble cantimplora; y después de beberla, siguió. Apostillando que iba a explicar como habían terminado definitivamente con el matrimonio de Josefina y Napoleón. Siendo un hecho conocido, que desde las campañas de Egipto, el general había tenido numerosas amantes. Aunque desde ese momento, ella le quiso con locura y nadie pudo demostrar que Josefina le había engañado. Manifestando la emperatriz, que tras lo sucedido en África y viendo que Bonaparte regresaba al matrimonio, Josefina estaba perdidamente enamorada de ese hombre tan bueno. Perdonando sus deslices y comprendiendo las dudas que tenía sobre ella; de la que todos hablaban fatal. Pero en esos días, aprovechó la hermana menor del general, para ponerle en contacto con una amiga “muy especial”; logrando que tuviera un romance con ella. Sucedió en 1805, cuando la más pequeña de los Bonaparte -llamada Carolina- le presentó a su lectora. Hemos de destacar que esta hermana, había vivido a expensas del militar siempre y junto a su madre; siendo una famosa “buscavidas” de la que se comentaban peores cosas que de Mesalina. Aunque el general quería mucho a su hermana y casó a Carolina con Joaquín Murat, uno de sus hombres de confianza; pese a que ella, no dejó nunca de intrigar (manteniendo un matrimonio, donde había más infidelidades que longanizas). Por lo que, tras la coronación, exigió al emperador que también se les diera el título de Alteza Imperial; junto al gran ducado de Berg y Clèves. Logrando finalmente, que proclamasen reyes de Nápoles, a los Sres. de Murat.
En esos momentos históricos y durante una de las visitas del general a Italia, Carolina aprovechó para ponerle en contacto con Éléonore Denuelle de La Plaigne; bella joven recién divorciada, que quedó embarazada tras los primeros encuentros con el nuevo (y destacado) amante. Confirmando este hecho que Napoleón no era estéril y que el motivo de que no hubiera un heredero al trono de Francia; estaba en Josefina. Terminando por comentar Da. Eugenia que, muchos pensaban como aquella criatura que venía al mundo, cuya madre aseveraba era por obra del emperador. Posiblemente fuera un encargo de Murat, de un novio de Éléonore Denuelle, de su anterior marido; o hasta del párroco del lugar. Siendo así como nació en 1806 un niño al que no reconoció Napoleón, pero le concedió un título y una pensión vitalicia. Siendo llamado Carlos de León, conde de León; como abreviatura de conde Napoleón. Quien murió en la miseria, con setenta y cinco años y después de una terrible vida (plagada de infortunios, alcohol y vicios).
Tras este inciso, siguió narrando La Señora, que este fue el comienzo del fin entre Josefina y el emperador; lo que agradaba enormemente a la madre y a gran parte de los hermanos Bonaparte. Un final que se aceleró cuando el general fue a luchar a Polonia y conoció allí a la condesa Marie Walewska (en 1807). Enamorándose perdidamente de ella, por lo que la noble polaca dejó su vida y marido en Varsovia; marchando junto a Napoleón, a Francia. Quedándose embarazada en 1809; provocando la ruptura matrimonial entre Josefina y su marido. Naciendo de esa relación, otro niño, venido al mundo en Polonia; que tuvo por nombre Alejandro José. Criatura reconocida y adoptada por el que dio sus apellidos y que en este caso fue el infeliz marido de la noble polaca; llamándose conde Alejandro José Colonna Walewski. Título al que Napoleón añadió el trato de Alteza Imperial, en 1812; cuando el hijo tenía apenas tres años. Recordando La Señora, que estos Walewski siempre fueron cariñosos y buenos con Bonaparte; conservando gran admiración al padre biológico del chico y viajando hasta Elba, mientras el militar derrocado fue allí confinado. Actuando con gratitud, lealtad y amor, hacia el general; al que apoyaron hasta sus últimos días. Llegando a ser aquel conde Colonna-Waleswki un gran militar y diplomático; ocupando infinidad de cargos de enorme relevancia, durante el Segundo Imperio. Ya que, tuvo una gran amistad con su marido; que le reconoció como primo. Llegando a convertirse en un gran colaborador de Napoleón III, al que asesoró con fidelidad e inteligencia.
Tras esta exposición, la emperatriz, comentó que así terminó la relación matrimonial entre Josefina y Bonaparte; al que buscaron una hija de reyes, para casarse, tal como merecía un emperador. Celebrando matrimonio en 1810, con María Luisa de Austria; con la que todos sabemos que tuvo un hijo, al que dio el título de rey de Roma (tras nacer). Aunque el pobre Napoleón II, murió con apenas veinte años, en 1832. Añadiendo Da. Eugenia, que el final de Napoleón como estadista, comenzó con la separación de Josefina. Pues hasta 1910, el general había actuado de forma comedida e inteligente; pero después de abandonar los consejos de aquella mujer, cometió innumerables errores. Muchos, al seguir el asesoramiento de sus hermanos, a cual mas tonto (según nos advertía). Principalmente los de José y Luis; que fueron investidos reyes de España y de Holanda (por mor y virtud del emperador). Habiéndose portado José I en su trono, como un fantoche y un estúpido; permitiendo que las tropas francesas destrozasen y quemasen iglesias, vandalizando media Península Ibérica. Lo que supuso la indignación del pueblo español, que se levantó en armas contra el enemigo. Algo inverso a lo que hizo Luis; su hermano menor, al que dio el trono de los Países Bajos, tras casarlo con Hortensia (hija de Josefina). Decidiendo actuar de modo independiente; tras subir al trono, entrando en pugna con su hermano. Para colmo de males, Luis rechazó los vástagos que tenía con su esposa; argumentando que eran fruto de infidelidades. De tal modo, cuando como rey de Holanda, actuó en contra de los intereses franceses; provocó que Napoleón le destituyera. Pese a todo, tras la separación de Josefina, Napoleón tomó consejo desde su familia natural; lo que fue llevándole a cometer tremendos errores, que le llevaron a la derrota (como fue la campaña de Rusia).
En ese momento, se abrió el ventanuco de la capota -tras nuestras cabezas- y el cochero asomó su cara, advirtiendo en tono muy alto, que estábamos llegando a La Santa Espina. Dimos algunos un respingo, al oír esa voz recia a la espalda; sin saber qué era, pensando que se trataba de un aviso grave. Después de comprender que solo comunicaba estar próximos a destino; nos relajamos y pedí permiso a la emperatriz para cerrar el cuaderno. A lo que ella contestó, que si lo necesitaba; había visto en el mueble cantimplora, cognac y ginebra. Pudiendo echar un trago, para quitarme el susto que nos había dado el conductor; al sacar media cabeza por la ventanilla interior, gritando a toda voz, la llegada a próxima parada. Lo que -de nuevo- nos hizo reír a los que viajábamos en el coche.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de los hijos de Bonaparte. Arriba, Alexandre Florian, conde de Colonna-Walewski (foto tomada desde Wikipedia). Fue el segundo vástago natural, que conoció y aceptó el emperador (aunque no lo reconoció). Le otorgaron el título de alteza real y su madre le educó con gran esmero; siempre en el amor y la lealtad a su familia biológica. Aceptado como primo por Napoleón III; ocupó numerosos cargos de relevancia, durante el Segundo Imperio y su segunda mujer fue una de las damas de honor principales de Eugenia de Montijo. Al lado, Charles de León, primer hijo natural de Napoleón; nació en 1806 y fue nombrado conde de León, como abreviatura de Napoleón. Murió en la miseria, con setenta y cinco años y después de una terrible vida (plagada de infortunios, alcohol y vicios). Abajo, Napoleón II; hijo de Bonaparte y de Maria Luisa de Austria. Legítimo heredero; nacido en 1811 con el título de rey de Roma y fallecido en 1832. Retrato de Leopold Bucher, propiedad del Museo de Malmaison, al que agradecemos nos permita divulgar su imagen.
K) San Pedro de La Santa Espina:
Nos acercábamos al monasterio y el cochero dio aviso de que faltaba muy poco para bajar del carruaje. Advirtiendo -a voces- que ese lugar, junto al muro del convento; era donde se habían conocido el rey Felipe II y su hermano “postizo”. Añadiendo que aquel bastardo, era el famoso Don Juan; célebre por sus conquistas de mujeres y en tierra de moros. Sonreímos cuando escuchábamos lo del conquistador de féminas y turcos; quedando un tanto extrañados, ante el comentario referido por el conductor. Aseverando la emperatriz, que nos habían venido oyendo la conversación; pues poco antes estábamos hablando sobre los hijos ilegítimos de Napoleón. Aunque nuestro anfitrión, dijo que era imposible escuchar lo que se hablaba dentro; con la capota echada y a la velocidad que veníamos. Por cuanto Da. Eugenia añadió, que: -“Así sería y así eran las cosas del Mas Allá. ¡Inexplicables!”-.
La carroza fue reduciendo velocidad y lentamente cruzamos la portada de un espectacular muro; abierto por un arco, decorado con magníficos blasones. Paramos a la entrada de la hospedería, donde los hermanos de La Salle nos habían preparado unas mesitas con sillas de tijera; para que estirásemos las piernas y descansáramos del trayecto. El día era espléndido; con azul cielo de Castilla y Sol oro seco, de meseta. Mientras esperábamos al director del colegio, algunos clérigos nos ofrecieron limonada con unas rosquillas magníficas. Observábamos la imponente imagen del templo, junto al edificio monástico; entre bosques y jardines. Olía a árboles, flores, hierba y manantiales; porque en esos campos frondosos, nacen numerosos ríos, que van a parar al Duero (sito apenas a seis leguas). Mirábamos con asombro el entorno; contemplando las torres, los escudos y el jardín; embaucados por la belleza del lugar. Sin percatarnos que llegaba el director del centro, vestido de sotana y con su característico babero de La Salle (llamado Rabat). Le acompañaba un posible seglar, que lucía hábito morado; de los usados por quienes hacen penitencia o dedican promesa. El hermano principal, llegó hasta nosotros y se dirigió a la emperatriz, agradeciendo su visita; haciendo lo mismo con la marquesa de Valderas y sus padres (mecenas y benefactores de esa institución). Tras ello, añadió que llevaban semanas preparándolo todo; por lo que había venido desde Cuenca un antiguo miembro de la Congregación, que hablaba perfectamente francés. Tras lo que Da. Eugenia agradeció sobremanera tantas atenciones; aunque añadió (con un poco de sorna): -“Padre. Pero, es que yo nací en Graná y me recrié en Carabanchel Alto; por lo que el francés no es lo mío”-.
La respuesta de La Señora, produjo la risa de todos; y el pobre director del centro, quedó un tanto avergonzado. Ante lo que ella le pidió perdón; explicando, que después de haber sido destronada y salir de París a toda prisa (para que no la matasen). Prefería hablar español; lengua de gentes buenas, llevada a las Américas para cristianar a medio mundo. Agradeció el clérigo las explicaciones y pasó a presentarnos a la persona que tenía a su lado; comentando que ese hombre vestido de hábito seglar, era un antiguo hermano de La Salle. Que había dejado la Congregación, unos ocho años atrás; para dedicarse a la enseñanza, al ser uno de los mejores profesores de francés de la Orden. Por lo que con él habían preparado la visita; no solo porque dominaba la lengua de Dumas. También, porque podía ofrecer aspectos comparativos; entre la Historia y los monumentos del país vecino y el de La Espina. Tomó luego la voz aquel “sacerdote en excedencia”; presentándose como Eugenio García Tribados. Dirigiéndose primeramente a La Señora; exponiendo que no trataba de explicar en francés los pormenores del monumento, ni los de su pasado. Solo pretendía “afrancesar” la visita; pues sabía que el padre de ella había sido un gran afrancesado. Broma, que ella entendió como respuesta a lo de “nacida en Graná y recriada en Carabanchel Alto”; que recibió de muy buen tono. Tras lo que el referido hermano Eugenio; señaló que por esa razón y para recibirles, habían preparado los cocineros unas rosquillas francesas. A lo que la emperatriz contestó, con gracia; tratándole de “tocayo”. Apostillando: -“Tuvo que llegar Bárbara de Braganza de Portugal; para enseñarnos que las rosquillas tontas, eran totalmente idiotas y había que añadirles almendras”-. Respondiendo el interlocutor, que no sabía por qué se llamaban francesas; si las trajo una reina portuguesa. Aseverando la emperatriz, que fue debido a que la Braganza tenía fama de tragona; y nada que se relacionase con ella, lo comían las damas de la Corte (debido a los kilos que le sobraban).
Tras las referidas presentaciones, volvió a intervenir el director del centro; para indicarnos que el hermano Eugenio, iba a dirigir la parte histórica de la visita. Mientras él, nos explicaría los pormenores de la restauración y la gran obra de mecenazgo, realizada por los marqueses de Valderas. Destacando que el monasterio había sido desamortizado en tiempos de Mendizábal; aunque, previamente hubo intentos de subastarlo -en 1821, durante el trienio liberal-. Por lo que, tras la amortización, finalmente fueron desclaustrados los sacerdotes cistercienses en 1835. Tras ello, el edificio quedó abandonado; llegando a usarse como cantera artificial, lo que provocó en pocos años su ruina. Habiendo sido adquirido hacia 1880, por los marqueses de Valderas; padres y abuelos, de los que nos acompañaban en la visita. Quienes compraron el monumento, junto a unas tres mil quinientas hectáreas; con el fin de reformarlo y crear allí un colegio de las Escuelas Cristianas (La Salle). Centro que abrieron a sus expensas, los herederos de Da. Susana Montes Bayón (viuda del marqués). Señalando que se trataba de la madre de la duquesa de Castro Enríquez y abuela Da. Isabel Arróspide -actual titular del marquesado de Valderas-. Hija y nieta, allí presentes; que también habían apoyado de manera incondicional la creación del colegio. No solo rehabilitando el edificio, creando además infraestructuras de regadío y manteniendo el propio internado. Logrando abrir en La Espina y por su iniciativa, la primera escuela agraria de España; fundada en 1888, por los hermanos La Salle. Donde los chicos, lograban una alta capacitación; consiguiendo estudios de enseñanza media. Ayudando con becas a quienes no podían costearse la estancia y clases; todo lo que era una gran obra social, para la mejora del campo y los habitantes de pueblos cercanos.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de La Santa Espina, tal como la describe el texto. Arriba, vista exterior del monasterio y la arboleda que le rodea. Al lado, el muro y sus torres. Abajo, arco renacentista de entrada al recinto monumental; es obra del arquitecto Juan del Ribero Rada y se fecha entorno a 1574, tres años después de la victoria en Lepanto. Por lo que podemos considerarlo un arco de triunfo, quizás conmemorativo de esta batalla; ganada por Juan de Austria (reconocido junto a estos muros, como hermano de Felipe II). Las fotos muestran lo redactado en el relato, cuando refiere: “lentamente cruzamos la portada de un espectacular muro; abierto con un arco, decorado por magníficos blasones. Paramos a la entrada del convento, donde los hermanos de La Salle nos habían preparado unas mesitas con sillas de tijera; para que estirásemos las piernas y descansáramos del trayecto. El día era espléndido; con azul cielo de Castilla y Sol oro seco, de meseta”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, blasones y motivos decorativos, en la puerta de acceso a La Santa Espina. El arco tan solo conserva el escudo de Castilla y León (en su parte alta ); habiendo perdido las esculturas y otros motivos que tendría originalmente. Abajo, el templo y muro, desde el exterior.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Ara conmemorativa del encuentro entre Felipe II y D. Juan de Austria; el 28 de septiembre de 1559. Cuando el joven Jeromín fue reconocido hermano natural del rey, tal como se recuerda en la estela en imagen (que también rememora la victoria en Lepanto). Al lado, parte frontal de esta lápida, donde se conmemora la batalla de Lepanto y el nacimiento de Juan de Austria. Abajo, lado inverso, de la misma losa; en la que se menciona el encuentro entre los dos príncipes hermanos, junto a los muros de este monasterio. Nos dice el texto, que mientras iban llegando a La Santa Espina, el cochero advirtió que allí: “era donde se habían conocido el rey Felipe II y su hermano `postizo´. Añadiendo que aquel bastardo, era el famoso Don Juan; célebre por sus conquistas de mujeres y en tierra de moros”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, acceso a La Santa Espina, tras pasar el arco. Abajo, las torres de su templo; construidas como fachada Este, en tiempos barrocos y neoclásicos. Obra de la escuela de Ventura Rodríguez, modificando el trazado original, con arranque románico cisterciense y desarrollo renacentista, completado en época barroca. El texto dice: “Mirábamos con asombro el entorno; contemplando las torres, los escudos y el jardín; embaucados por la belleza del lugar”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, detalle del arco de entrada; obra de Juan del Ribero. Abajo, la iglesia, sus torres y los jardines que la rodean. Sobre los que el relato menciona: “Observábamos la imponente imagen del templo restaurado, junto al edificio monástico, rodeado de bosques y jardines. Olía a árboles, flores, hierba y manantial; porque en esos campos frondosos, nacen numerosos ríos que van a parar al Duero (sito apenas a seis leguas)”.
Paseábamos en grupo por el exterior del recinto, mientras el director de las escuelas repetía cuanto antes había referido; sobre la desamortización, destrucción del monasterio y la obra de mecenazgo de los marqueses de Valderas. Mostrándonos el ábside, las entradas al templo y claustro; recorriendo enteramente la fachada, llegando hasta un estanque con patos, desde el que partían numerosas acequias de regadío. Exponiendo, que aquella gran alberca no solo servía para dar agua a las diferentes huertas y terrenos; donde se enseñaba a los alumnos el modo de cultivo y recolección de muy distintas especies. Siendo utilizada también por los hermanos, como lugar de pesca; para alimentarse durante la Cuaresma. Observando el tamaño de la charca, que más parecía una poza de riego; preguntó uno de los visitantes si era suficiente, para obtener pescado durante los meses en los que no se comía carne. Advirtiendo el hermano Eugenio, que no solo se pescaban allí truchas o carpas; sino era también lugar donde se sacaban buenos gorrinos de agua. Extrañado el grupo, por el comentario del segundo guía; este aclaró que los monjes del Císter, tenían por costumbre tirar al agua cerdos, para luego sacarlos bien limpios y llevarlos a matar. Debiendo considerarse aquella carne, “pescada”; pudiendo consumirse en Cuaresma. Ante las risas generales, advirtió el director, que eso se decía; aunque -en verdad- había muchos monasterios que tenían bula de carne, debido a su lejanía al mar. Por cuanto, lugares como Meco o Alcalá, gozaban de ese privilegio, al ser puntos situados en el centro peninsular. Sucediendo lo mismo, en numerosos conventos de interior; donde el privilegio de bula era común. Aunque los monjes, para divertirse; narraban que tiraban los gorrinos al agua y luego se pescaban, con el fin de que no fuera pecado comerlos en “tempora sacra”.
Terminó el director, comentando, que la afluencia de agua en el lugar era enorme y procedía de los numerosos ríos que nacen en las cercanías. Existiendo la posibilidad de crear un embalse, en el origen del Bajoz; al ser un punto idóneo para hacer una gran presa y dar riego a toda la zona. Después de visitar del estanque y las acequias; entramos al edificio, por la zona de cocinas donde nos tenían preparado el almuerzo. Nos advirtieron que habían logrado dispensa para ese día; debido a que veníamos de viaje y muchos éramos personas mayores. Por lo que degustaríamos un buen menú, con “pescado terrestre”. Llegamos desde la zona de servicio hasta el corredor del claustro y a la sala capitular; en la que dispusieron un comedor para recibirnos. Allí, nos acomodamos con gran interés por probar las viandas; que pronto bendijo el hermano director, exculpándonos por alimentarnos con peces del campo. Exponiendo que el menú comenzaría por un aperitivo, compuesto de chacina variada y luego vendría una olla podrida (como plato único). Aseverando el padre Eugenio, que las carnes de gorrino a degustar; habían sido todas matadas, después de que nadasen suficientemente en la poza. Incidiendo en que, debido a ello; aunque fuera Sábado Santo, estábamos libres de “pescado y de pecado” (no solo por la dispensa).
Pronto sacaron los buenos caldos del lugar, para acompañar los alimentos; por lo que en la mesa comenzó a aumentar el tono de voz. Charlando los comensales con más alegría que un marrano en un charco (y valga la redundancia). Celebrando los magníficos embutidos de la zona; acompañados por panes lechuguinos, tan típicos de estas localidades vallisoletanas. Salió la olla podrida y comenzó la discusión sobre el origen de este plato ancestral; del que algunos opinaban que así se llamó, al contener mucho poder. Por lo que se dijo: “Olla poder ida” (poderosa). Mientras otros, aseveraban, que lo de podrida venía del romance “putrire” y del latín putrēre; cuyo significado es “descomponerse”. Debido a la cantidad y calidad de nutrientes que lleva; logrando el aspecto de un guiso descompuesto. Llamándose así, por su riqueza y exagerados condimentos; nombrada podrida, tal como se denomina al que tiene mucho dinero o gran poder. Terminando por aseverar la emperatriz, que todo aquello era verdad; pues el origen de poder y de pudrir era el mismo, ambos nacidos desde la descomposición y la corrupción.
Extrañados por aquella conclusión etimológica, que nos refería quien había sido Regente de Francia, en tres ocasiones; y emperatriz durante casi veinte años. Fuimos terminando el plato único, pasando a los postres; compuestos por una variedad de quesos castellanos, regados con miel del lugar. Todo lo que resultaba un lujo; máxime, después de dos días de ayuno penitencial y sin deber guardarlo en ese Sábado Santo. Tras ello, sacaron licor de café; bebida compuesta por aguardiente y extracto de esa infusión, endulzada. Que según algunos, había sido traída por Don Juan de Austria, tras vencer en Lepanto. Ya que en el siglo XVI el café era muy consumido por los turcos y apenas conocido en España; hasta que se cultivó en las Américas. Finalmente, pusieron sobre la mesa más rosquillas francesas (sobrantes de la mañana) y un cestillo; para la propina de los hermanos cocineros. Aunque la cantidad recaudada fue tal, que el director del centro advirtió que debían dejar una parte para el colegio; pues allí había dinero para comprar una piara de gorrinos nadadores y otra de guarros terrestres. Siendo así, como nos retiramos de la mesa; tras lo que nos llevaron hacia un salón, con una gran chimenea. Donde habían dispuesto numerosas hamacas, que usaban los alumnos para descansar, cuando hacían prácticas en el campo. Preparadas allí, para que pudiéramos echar una cabezada y tumbarnos un rato (bajando la comida); pensando -principalmente- en la edad y el posible cansancio de la emperatriz. Algunos, como yo, no pegamos ojo; por miedo a que nuestros ronquidos despertasen a los amigos del grupo. Aunque Da. Eugenia, pronto cayó dormida; sumida en un profundo sueño, que las ricas viandas, el vinillo y los licores, le proporcionaron. Echando una larga siesta, durante la que pudimos oír sus ronquidos y finalmente todo tipo de sonidos. Ruidos que llegaron a despertarla; preguntando asustada, qué había sido aquel estruendo. Sin que nadie se atreviera a explicar de dónde, ni de quién, procedían esas detonaciones de carga fusilera; provocadas por la olla podrida.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: El agua del río Bajoz, junto al monasterio de La Santa Espina. Arriba y abajo, dos imágenes del pantano que finalmente se hizo, a mediados del siglo XX; cuando la zona pasó a ser adquirida por el Ministerio de Agricultura y convertida en un pueblo de colonos. Momento en que, a iniciativa del ministro Rafael Cavestany, se creó un gran embalse; para alimentar el regadío de todo el área. Este pantano, llamado de La Santa Espina, es un lugar paradisíaco; donde la luz se une a las aguas y la belleza natural se mezcla con la ingeniería y la arquitectura del terreno. Al lado, el pequeño lago existente junto al monasterio; tal como se encuentra en nuestros días. Nos dice el texto: “llegando hasta un estanque con patos. desde el que partían numerosas acequias de regadío. Exponiendo que aquella gran alberca no solo servía para dar agua a las diferentes huertas y terrenos, donde se enseñaba a los alumnos el modo de cultivo y recolección de muy distintas especies. Siendo utilizada también por los hermanos, como lugar de pesca; para alimentarse durante la Cuaresma (…) Terminó el director, comentando, que la afluencia de agua en el lugar era enorme y procedía de los numerosos ríos que nacen en las cercanías. Existiendo la posibilidad de crear un embalse, en el origen del Bajoz; al ser un lugar idóneo para hacer una gran presa y dar riego a toda la zona”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, ventana de la Sala Capitular, donde el texto narra que les habían colocado las mesas para comer. Abajo, corredor del claustro, tal como se encuentra actualmente. La narración escribe: “Llegamos desde la zona de servicio hasta el corredor del claustro y a la sala capitular; en la que dispusieron un comedor para recibirnos”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, entrada a la Sala Capitular. Abajo, interior de la Sala. Es esta una de las zonas más antiguas del monasterio, con la sacristía. Son naves que conservan la arquitectura inicial, levantada en época de su fundación (fechadas entorno al 1175)
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de la Sala Capitular. Al lado, interior lateral. Abajo, detalle de sus antiquísimos capiteles, de tipo cisterciense.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, baquetones y capiteles en un paso, entre la sacristía y la Sala Capitular. Abajo, restos de un antiguo sepulcro expoliado y muy deteriorado; existente en el paso del claustro
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes del licor de café; tan típico de la zona. Al lado, taza con la bebida. Abajo, tarro con ese licor, del que se dice, vino con Juan de Austria, tras vencer en Lepanto. Cuando el café apenas se conocía en España y era una infusión muy consumida por los turcos. Echando alcohol en ella, para celebrar el triunfo sobre los otomanos.
Tras aquel accidentado despertar, salimos presto del salón; sonriendo pero sin desear avergonzar a La Señora. Que, como todo humano de cierta edad; necesita roncar y proferir otros ruidillos menos discretos, mientras duerme. Fuimos hacia la entrada del monasterio, donde nos había convocado el hermano Eugenio; para explicarnos la historia y orígenes del edificio. Allí, mientras esperábamos la llegada de todos; charlamos con el que creímos era clérigo. Quien nos contó que había dejado la Orden ocho años antes, para dedicarse a la docencia. Pero deseaba regresar, aunque prefería un destino más solitario; como el monasterio de Bujedo, en Burgos. Mientras narraba nuestro cicerone su vida e intenciones; apareció la emperatriz, con mirada distraída, simulando no haberse enterado del motivo por el cual había concluido la siesta (de un modo tan repentino). Así, para cambiar de tema o de ambiente, pronto se incorporó a la conversación; advirtiendo a su tocayo que debía volver a profesar como hermano de La Salle. Ante ese consejo, Eugenio quedó pensativo; comentando que tenía pensado incorporarse el próximo mes (que era mayo). Por lo que todos le animamos a hacerlo, invitando que nos escribiera cuando hubiera ingresado de nuevo en la Congregación. Tras lo que nuestro guía, preguntó qué nombre tomar, cuando entrase de nuevo; vistiendo otra vez los hábitos, para renacer en la Congregación. Comentando la emperatriz que debería llamarse Agustín; pues habíamos estado muy “agustito” con él, durante la visita. Rememorando de ese modo nuestro encuentro y debiendo volver a La Salle, como el hermano Agustín. Todo lo que recojo en este cuaderno de notas, pues al mes siguiente, recibimos una carta del clérigo; narrando que se había incorporado de nuevo y desde ese momento se llamaba Agustín María (García Tribaldos). Estando destinado en La Santa Espina, había pedido su traslado a Bujedo (en Burgos); señas y direcciones que nos facilitaba, por si parábamos en aquellos lugares y podía volver a vernos.
Comenzó la visita que nos tenía preparada Eugenio (quien más tarde fue el hermano Agustín). Narrando que el monasterio había sido fundado por la hermana de Alfonso VII, llamada la infanta Doña Sancha. Quien quiso hacerse con la Corona de Espinas de Cristo, llegando hasta Tierra Santa para comprarla; donde le comunicaron que esa reliquia estuvo en manos de mercaderes venecianos y había sido adquirida por el rey de Francia (trono que entonces ocupaba Luis VII “el joven”). Siendo así, como desde Israel, Doña Sancha se encaminó hacia El Vaticano; donde narró al Papa su viaje frustrado. Por lo que el Pontífice, se apiadó de la infanta, regalándole una falange del dedo gordo de San Pedro. Con aquella reliquia, pensó que ya podía crear una nueva Congregación en Castilla; marchando con ese fin hasta Claraval. Para solicitar ayuda a San Bernardo; que había logrado expandir y dar fama a la Orden del Císter (creando la del Temple). Ya en tierras francesas, pidió audiencia para visitar el palacio real y ver la Corona de Espinas; siendo recibida por Luis VII. A quien narró su intención de fundar monasterios en los dominios que gobernaba su hermano (Alfonso VII). Otorgándole el monarca francés el privilegio de que tomase una de las puntas, de la Corona de Cristo; que se custodiaba en el monasterio de San Dionisio (donde se había educado Luis VII, “el joven”). Más tarde, se encaminó de nuevo Doña Sancha, hasta Claraval; para que San Bernardo le otorgase el beneplácito y mandase monjes cistercienses, a la fundación que ella deseaba emprender (donando sus bienes en tierras que hoy son de La Santa Espina y antaño se llamaban de Aborridos).
Siguió el hermano Eugenio, narrando que de ese modo, se originó el monasterio donde estábamos; inicialmente llamado San Pedro de la Santa Espina. Porque en él se custodiaba la falange del dedo del primer apóstol de Cristo, que regaló el Papa a la infanta. Junto a la referida Espina de Jesús, que le dio el rey de Francia. Viniendo los monjes desde el país vecino, enviados de Claraval; entre los que se piensa, pudo llegar el hermano de San Bernardo. Pues el primer abad de La Santa Espina, se llamó Nivardo; nombre que coincide con el de ese familiar del santo, que expandió el Císter por toda Europa. Pensándose que la fundación de esta casa monástica, creada a expensas de Doña Sancha (en 1147); fue realizada por el referido Nivardo de Fontaines. Cuya historia narra que era el menor de la familia en que nació San Bernardo; donde todos los hijos profesaron como monjes. Por lo que, no queriendo dejar a los padres solos; encargaron al pequeño que se quedase al cuidado de sus progenitores (disponiendo plenamente de la herencia). Aunque aquel Nivardo, se negó a hacerlo; profiriendo la frase: -“¿vosotros elegís el Cielo y a mí me dais la Tierra?”-. Entrando así el menor, como maestro de novicios en Vaucelles. Considerándose cierto que vino a España, para fundar La Santa Espina. Existiendo también argumentos para creer que instituyó otras congregaciones, como la del Coto de San Bernardo, en Sacramenia.
Tras ello, nos explicó aquel atento hermano Eugenio, que el monasterio y la iglesia de La Espina, tuvieron varias fases de construcción y diversas reformas; como podía apreciarse a simple vista. Siendo obvio que la fachada principal era del siglo XVIII, realizada por la escuela de Ventura Rodríguez; tal como sucedía con la hospedería y gran parte del claustro. Correspondiendo la sacristía y la sala capitular (donde habíamos comido) a la parte más antigua; datada hacia 1175. Mientras la iglesia, que inicialmente fue del Cister, deberíamos fecharla cien años más tarde; promoviéndose por dos familias nobles, que allí fueron enterradas (la de Juan Alonso Téllez de Meneses y la de Martín Alonso de Alburquerque). Siguieron las reformas en el siglo XIII y el XIV; levantando las zonas góticas que aún conserva el templo (destacando en ellas, las tumbas de los Vega). Y más tarde, se añadió la parte renacentista, que va coronando la iglesia y donde veremos otros sepulcros; en este caso de otros grandes linajes de la zona. Llegándose finalmente a una capilla, del siglo XVII; donde se custodia la Santa Espina. Mostrándonos por último las zonas reconstruidas y añadidas, por la escuela de Ventura Rodríguez (en el XVIII; principalmente exteriores y de fachada). Tras ello, pasamos a ver la reliquia; preguntando algunos por la falange del dedo de San Pedro. Narrando Eugenio que se veneró hasta el siglo XIX, junto a la Espina; pero tras la desamortización y los avatares sufridos por el tiempo, se perdió.
Concluyó Eugenio su exposición, añadiendo que las diferentes rehabilitaciones neoclásicas se debieron a que el monasterio ardió prácticamente por entero, en 1731. Pero también hubo que recuperarlo, tras su destrucción a manos de las tropas napoleónicas (en 1812). Todo lo que, sumado a la desamortización y a su abandono, hasta arruinarse; nos hace entender lo que pudo ser antaño este lugar. Después de ello, nuestro guía pidió perdón a la emperatriz; por haber aludido a los ejércitos de Bonaparte. Ante lo que ella aseveró que no tenía que explicarle como eran los franchutes, cuando se ponían a destruir y matar. Acabando con todo y con todos, en el momento que estaban gobernados por un exaltado o un idiota. Como sucedió en España con José I; al que puso su hermano en el trono y nunca tomó control de las tropas (argumentando que solo el general debía mandar). Siendo por ello, llamado “el rey intruso” o “Pepe Botella; pues aunque era abstemio, se comportó como un bobo. Permitiendo el saqueo del patrimonio y dejando que se cometieran todo tipo de tropelías. Tanto, que cuando huyó de la Península y fue alcanzado en Vitoria; logrando escapar como un conejo (temeroso, saltando en el primer caballo que encontró). Las tropas que dieron caza a su enorme equipaje, vieron que José I se llevaba todo cuanto pudo robar y arramplar. Principalmente, la mayor parte de la colección real de cuadros; que luego pasaron a ser el Museo de El Prado; ello, unido a innumerables bienes de la corona española. Llegando a robar las joyas reales; que vendió y de las que vivió el resto de sus días. Aunque, no contento con eso; José entregó de nuevo la corona a Fernando VII y así evitó más problemas. Devolviendo al rey felón a su trono; generando todo tipo de conflictos en España. Tras ello, añadió, que pudiendo entender como su padre -Don Cipriano, conde de Teba- defendió a Napoleón. Jamás comprendió que apoyase a José I; quien llevó al desastre a su hermano, tras las barbaridades que permitió hacer en La Península.
Continuó hablando Da. Eugenia, narrando que ella también había sufrido aquellas hordas francesas enfurecidas. Necesitando salir de París a toda prisa, durante la noche y embarcándose en un pequeño velero, rumbo a Inglaterra. Llegando milagrosamente a tierras de Reino Unido, tras un temporal terrible, en el que casi volcó la nave. Logrando refugiarse en ese país vecino; pues, de lo contrario, no sabía qué habría hecho la muchedumbre parisina con ella. Escuchó atentamente Eugenio las palabras de La Señora, preguntando qué se siente cuando el pueblo te persigue y te acusa, en masa. Respondiendo ella, que nada; que solo se piensa en huir de esa chusma. No como hizo nuestro Señor, permaneciendo donde El Padre le ordenó estar, para sufrir el martirio. Pero como Cristo aceptó La Pasión, para salvarnos; cuando ella se vio en esa tesitura, solo deseaba salir del trance y lograr que no la matasen. Nos hizo reír de nuevo Da. Eugenia, con sus comparaciones y sus bromas.
Después, La Señora preguntó a nuestro guía, si había relación entre la Sagrada Espina y el concepto de imperio; pues solían estar unidos simbólicamente. Respondiendo él, que podía ser así; ya que el hermano de Doña Sancha era Alfonso VII, que se proclamó emperador. Coronándose como Imperator totius Hispaniae; el 26 de mayo de 1135 en la Catedral de León. Heredando ese título imperial desde su abuelo, Alfonso VI; el famoso monarca que chocó con el Cid. Tras esa respuesta, Eugenio nos invitó a salir un momento de la iglesia, para mostrarnos dos escudos originales, que se conservaba en la entrada de la hospedería (restaurada en el siglo XVIII). Enseñándonos aquellos blasones, sobre los que antes no habíamos reparado; donde se representa un águila bicéfala, con los símbolos de Castilla y León (invertidos, pues Alfonso VII fue antes monarca leonés que castellano). Ante estas dos representaciones heráldicas, quedó pensativa la emperatriz, expresando que la idea del imperio siempre estuvo ligada a la Corona de Cristo. Por lo que Carlomagno quiso hacerse con ella. De tal manera, a finales del siglo VIII, le regaló una parte de esa reliquia, la emperatriz Irene de Constantinopla (quien la guardaba en custodia, como símbolo de poder superior al de un rey). Llegando a Carlomagno ocho espinas, que mandó depositar en Aquisgrán; cuando fue entronizado emperador, en esa ciudad. Diciéndose que aquellas puntas, fueron luego trasladadas a Saint Denis (San Dionisio, junto a París). A las que se añadieron las que Luis VII, el joven compró en 1238; al adquirir otro fragmento de la Corona de Cristo. Por lo que no sabríamos nunca si la Espina que habíamos visto antes; procedía de Carlomagno o de la reliquia que trajo a Francia Luis VII (quien la regaló a Da. Sancha).
Quedó el grupo en silencio, asombrado por la cultura de Da. Eugenia y nuestro guía no pudo añadir palabra alguna. Todos nos mirábamos con esa expresión que siempre provocaba la emperatriz, al hablar sobre temas que dominaba. Dejando a sus interlocutores con cara de asombro, pero también con gran incertidumbre; porque cuanto refería, conducía hacia espectros e ideas desconocidas. De ese modo, comentó el hermano Eugenio que había quedado asombrado; pues nada sabía sobre los emperadores y las Coronas de Espinas. Menos aún, sospechaba; que aquella reliquia guardada en el monasterio vallisoletano, pudiera proceder de Carlomagno. Tras ello, nos invitó a pasar de nuevo a la iglesia; pues tocaban a misa y había que salir luego rápido, para llegar con luz a Mota. Fue así como volvimos al templo, donde el padre capellán celebró una liturgia muy breve, aduciendo que eran casi las cinco y a las ocho de la tarde, se venía la noche. Por lo que deberíamos partir cuanto antes; terminando en pocos minutos la misa, mientras los cocheros preparaban los carruajes y disponían todo para el retorno.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, de nuevo, última foto de la emperatriz, tomada en 1920 en los jardines de Carabanchel, que ella regaló a la familia Santafé. En imagen, hemos vuelto a señalar las personas que protagonizan el relato; incluyendo además, a Martín Santafé (hijo de Nicolás y hermano de mi abuelo Angel). Al lado, dibujo del Beato y mártir, Agustín María García Tribaldos; tomado de la página de la Diócesis de Cuenca (a la que agradecemos nos permita divulgarlo) -ver https://www.diocesisdecuenca.es/wp-content/uploads/2022/06/beato_agustin_maria_garcia.jpg -. Este sacerdote conquense, nació en 1877 y vistió los hábitos de los Hermanos La Salle desde 1893 (en Bujedo). Unos lustros después, salió de la Congregación, para dedicarse a la docencia; al ser profesor de francés. Regresando el 1 de mayo de 1905 a la Orden, ingresó primero en el Monasterio de La Santa Espina y luego fue trasladado a Bujedo (tal como menciona el relato). En 1933 y después de casi tres décadas en Burgos; fue destinado a Madrid, para dirigir la librería de la Congregación (llamada Bruno). El 30 de julio de 1936, un grupo de milicianos irrumpió en la tienda; tomando como rehenes a los cuatro hermanos que allí estaban. Tras ser torturados, para conocer si sabían algo sobre la sublevación; sucedida el día 18. Los llevaron maniatados durante la noche a la Casa de Campo, donde fueron asesinados a tiros (junto a otros dos clérigos, de otra Comunidad). Fue beatificado el 13 de octubre del año 2013, como mártir de la Iglesia.
Abajo, Hernando Fitz-James Stuart; XVI duque de Peñaranda y XI conde de Montijo. Uno de los sobrinos nietos más queridos de la emperatriz; fue el tercer hijo del XVI duque de Alba, Carlos Fitz-James Stuart y Portocarrero (primogénito de Paca, hermana de Eugenia de Montijo). Destacado por su carácter alegre y ser muy deportista; en el relato acompaña a su tía Eugenia, ironizando a menudo sobre las ideas de ella. Tuvo un destino similar al padre Agustín María García Tribaldos (tres meses más tarde). Fue apresado en verano de 1936, mientras estaba en La Gran Peña; un club de socios de tipo inglés, por entonces de moda (sito en la madrileña confluencia de La Gran Vía, con la Calle Alcalá). Entre el grupo que detuvieron, se hallaba su amigo Martín Santafé; hijo segundo de Nicolás Santafé. Siendo llevados hasta la cárcel de San Antón; donde recluyeron juntos a Hernando Fitz-James y a Martín Santafé, en una celda que apenas tenía seis metros cuadrados (2 x 3 mts). Martín tuvo la suerte de contactar con un antiguo amigo, convertido en alto cargo republicano; que había llegado hasta el penal, buscando posibles conocidos. Quien les prometió, iba a conseguir que les liberasen. Pero, tras meses de reclusión; un 7 de noviembre, sacaron a Hernando Fitz-James para llevarlo a Paracuellos, donde fue asesinado a tiros; junto a decenas de compañeros de prisión. Tras días de espera, viendo como se producían las “sacas”; Martín Santafé fue liberado por aquel viejo amigo, que logró sacarle de San Antón. Dicen que cuando llegó a casa de su madre, ella no podía creerlo; pues unos meses antes habían matado a su hijo mayor (mi abuelo Angel). Por cuanto daban al segundo ya por muerto, en Paracuellos. Al finalizar la Guerra Civil, Martín Santafé buscó a aquel que le había liberado de San Antón; demostrando a las autoridades que había logrado salvar a un gran número de presos. De esa forma, fue absuelto de los cargos que tenía; y tras ello, Martín le ayudó a buscar trabajo, evitando que sufriera represalias. Terminaron llamándose mutuamente “hermanos”; considerando que uno había salvado al otro y los dos pertenecían a una misma familia. Mi tío abuelo Martín, nos contó la historia repetidamente; pero nunca quiso revelar el nombre de su “hermano de guerra”, para no marcarle socialmente.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, interior de la iglesia, en La Santa Espina (a la que agradecemos nos permitan divulgar nuestras fotos). Observemos la sucesión de estilos; donde se mezclan remates renacimiento, arcos barrocos y una estructura gótica. Abajo, fachada neoclásica de la iglesia, construida en el siglo XVIII; donde podemos apreciar ese “cielo azul Castilla, con Sol de oro”.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado y abajo, capiteles cistercienses, bóvedas góticas, techumbres renacentistas, decoraciones barrocas y finales neoclásicos. Que se unen en esta iglesia de La Espina; fruto de quinientos años de construcción y reparaciones.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: otras imágenes donde observamos la conjunción de estilos en La Espina. El monasterio se llamaba inicialmente San Pedro de la Santa Espina; al conservarse en él una falange del dedo de San Pedro y la reliquia de la Corona. Pero, en el siglo XIX se perdió el dedo del Apóstol; por lo que hacia 1955 llegaron a cambiar de nombre el lugar. Dejando de denominarse San Pedro de La Santa Espina y pasando a llamarlo, San Rafael de La Santa Espina. Debido a que el ministro de agricultura (Rafael Cavestany) logró que lo comprase el Estado, para convertirlo en un pueblo colono. Dando treinta hectáreas de terreno, a los que allí se asentaban a vivir y reconvirtiendo el edificio en varias estancias. Donde se siguió manteniendo la escuela de Capacitación Agraria.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, el altar mayor, con cúpula gótica, sobre el ábside renacentista. Su retablo ha sido transportado desde la iglesia de Santa Ma. de Retuerta y es obra de Diego Marquina (hacia 1578). Abajo, detalle del retablo y del altar mayor en La Santa Espina.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Dos fotos de la zona gótica del templo; que se construyó a expensas de las familias Alburquerque, Alonso y Meneses (durante los siglos XIII, XIV y XV).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes de la reliquia de La Santa Espina, tal como se venera en el monasterio vallisoletano (agradecemos a la institución, nos permita divulgarlas).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, reliquia de la Corona de Espinas, conservada en Notre Dame de París (fuente y fotografía Wikipedia); imagen retocada, para apreciar mejor el estuche. Esta parte de la Corona de Cristo, fue comprada por Luis VII (el joven) y primeramente depositada en la Abadía de Saint Denis; lugar en que el monarca había estudiado. Más tarde, pasó a propiedad de Notre Dame de París, donde milagrosamente se salvó de las llamas, en el incendio de 2019. Abajo, grabado del siglo XVII; obra de Claude Chastillon; donde se representa la memorable abadía de San Dionisio (Sainct Denis). El relato menciona que las primeras Espinas de Cristo, llegaron a Francia regaladas por la emperatriz de Constantinopla a Carlomagno. Quien las depositó en la catedral de Aquisgrán, con motivo de su coronación como emperador. Mas tarde, aquellas reliquias fueron devueltas a Francia y custodiadas en la Abadía de San Denís. Donde estudio el futuro rey Luis VII; quien al subir al trono, adquirió el resto de la Corona; por entonces, en manos de mercaderes venecianos. Reliquia que el monarca donó a San Denís. Poco después, la hermana de Alfonso VII (el emperador) deseó adquirir una parte de ese objeto sagrado y habló con el rey de Francia, que accedió a regalarle una de sus “agujas”. Así fue como Doña Sancha tomó esta reliquia en San Denis; emprendiendo viaje hacia España, para fundar el monasterio de la Santa Espina (en sus tierras de Valladolid). Recibiendo para ese fin, la ayuda de Bernardo de Claraval; conservándose la tradición de que su hermano Nivardo vino hasta Castilla, dando origen al centro monacal. Por cuanto exponemos; no sabemos si la Espina conservada en Valladolid, procede de las “agujas” pertenecientes a Carlomagno o de la Corona comprada por Luis VII. Aunque, todo hace pensar, que el regalo de a Doña Sancha; pudo pertenecer a las ocho Espinas que el emperador de los francos recibió desde Constantinopla (donadas a Aquisgrán y luego llevadas a Saint Denis).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, entrada a la hospedería, restaurada en época neoclásica; conservando los escudos del rey Alfonso VII y del abad del monasterio. Abajo, los blasones de Alfonso VII (el emperador) y del abad de La Santa Espina. Observemos el águila imperial bicéfala; que antes representa a León que Castilla. Como podemos ver en el relato; la Corona de Cristo tiene un gran poder simbólico unido al concepto de imperio; por cuanto los emperadores siempre han deseado custodiar esta reliquia.
L) Regreso a Mota del marqués:
Se estaba haciendo tarde; por lo que nos dispusimos a volver, subiendo con prisa a los carruajes. Una vez en ellos y ordenados tal como habíamos venido; el marqués de Viesca mandó a todos los cocheros que dieran un poco de “aire” a los caballos, ya que debíamos llegar con buena luz a destino. Nos sentamos; cerrando bien las capotas y puertas, mientras los hábiles conductores giraban cabalgaduras y ejes, logrando sacar por el arco, nuestras berlinas. La marcha era muy distinta a la de venida y dentro del coche se viajaba de forma más incómoda; trasladándose la velocidad hacia nosotros. Creí que la emperatriz iba a aprovechar para dormir o tomarse una pizca de ginebra (que a veces degustaba, al final de la tarde). Pero me dijo que sacase de nuevo el cuaderno, pues había notas que tomar. Por cuanto volví a las páginas en blanco, que todavía había en el almanaque; para seguir apuntando cuanto nos decía. Aunque, en este caso, resultaba bastante incómodo, porque el carruaje vibraba con bastante agresividad.
Quedaron todos atentos a sus palabras, que comenzaron refiriendo hechos ya narrados, sobre Josefina y Napoleón (mientras veníamos a La Espina). Reiterando la idea de que tras su divorcio, empezaron los problemas para el general. Quien desde ese momento, tomó decisiones a solas, o bajo el consejo de sus familiares; lo que le llevó al fracaso en pocos años. Perdiendo en algo más de un lustro, todo lo que había logrado en su vida: Un imperio, una mujer y una familia que le adoraba. Pues los que verdaderamente querían a Napoleón eran los hijos de Josefina y ella misma; ya que el resto de cercanos, se adherían a su persona, atraídos por su poder o por el dinero. De tal manera, era evidente, que quienes más amaron y respetaron a Bonaparte fueron esos dos chicos que adoptó, después de casarse con su madre. Eugenio y Hortensia, a quienes conoció con catorce y doce años; llegando a quererles más que a un padre. Aunque, en los comienzos y cuando contrajo matrimonio con su progenitora; le rechazaban, sobre todo Hortensia. Pese a lo que él comprendió que era una actitud de adolescencia y fue ganándose a los chicos, con mucho cariño y grandes regalos.
Tras ello, nos dijo La Señora, que deseaba hablar sobre la madre de su marido; Hortensia Bonaparte. A la que muchos apellidan de Beauharnais, sin ningún fundamento; pues su padre la rechazó y abandonó desde que vino al mundo (en 1783). Tal como ya nos había contado, cuando relató el modo en que fue concebida, en uno de los breves encuentros entre Rosa Josefina y el vizconde. Quien, principalmente, atendía a sus numerosas amantes, por lo que desconfiaba de su mujer. Debido a ello, decidió que al nacer la niña prematura, era fruto de una infidelidad; todo lo que le explicó y razonó una de sus amantes. Escribiendo aquel vizconde una carta a la pobre Josefina, repudiándola como mujer; insultándola y echándola de casa. De ese modo, tuvo que pasar año y medio la pequeña Hortensia, viviendo en un convento junto a su progenitora. Mientras se resolvía la separación y lograba la esposa desahuciada, solucionar la manutención de su prole. Consiguiendo finalmente Josefina Rosa, demostrar que eran falsedades y calumnias, las acusaciones de su marido. Aunque, mientras estaban en el convento, él mandó robar al niño Eugenio; llegándose finalmente a un acuerdo, por el cual ella se quedaba con Hortensia y el esposo educaría al primogénito (de manera separada). Todo lo que hubo de ser un trauma para los menores, que estaban muy unidos.
De ese modo, Josefina regresó con su hija a La Martinica (en 1786) para vivir junto a su familia; educando a la pequeña en ese ambiente criollo. Donde Hortensia aprendió muy pronto a bailar y cantar al modo caribeño; desarrollando desde sus primeros años, un enorme sentido artístico y escénico. Lo que luego completaría en Francia, recibiendo importantes lecciones de danza y estudiando en profundidad música. Llegando a bailar de un modo que llamaba la atención de todo París, a la vez que dominó la interpretación al piano y en arpa. Pero, continuando con su estancia en La Martinica, dicen que los esclavos de la abuela, querían mucho a la niña; debido a su tez muy blanca y a los cabellos dorados. Por lo que la cuidaban, como si fuera una diosa; enseñándole sus bailes y canciones. Tras ello, paró un momento Da. Eugenia, para comentar que ya había narrado el modo en que tuvo que regresar a París Josefina Rosa; debido a las insurrecciones de los africanos. Llegando a la capital francesa con su hija, hacia 1790; en plena efervescencia revolucionaria. Asimismo, como nos dijo antes, el marido se había adherido al movimiento jacobino; convirtiéndose el vizconde de Beauharnais en un alto mandatario. Aunque, en 1893 cayó en desgracia, fue apresado y guillotinado; momento en que Josefina también esperó en la cárcel un igual destino; mientras sus hijos deambulaban por la calle (recogiéndolos afortunadamente, una amiga de la familia).
Tras salir de prisión, sabemos que Josefina alquiló una gran casa, donde organizaba fiestas y reuniones para los más poderosos de Francia. Eventos que no deseaba viera su hija Hortensia, por lo que fue internada en un colegio, donde siguió sus estudios y recibió una esmerada educación. En 1796, su madre tenía ya treinta y dos años, se casó con el general; que por entonces había cumplido los veintiséis. Mientras, la hija estaba en plena adolescencia, por lo que no aceptó bien esa boda; aunque Napoleón supo ganarse el amor de los dos niños. Pronto los adoptó como hijos propios; durante los días en que tuvo un ascenso imparable, logrando ser el hombre más importante de Francia. Comprando el castillo de Malmaison a su esposa, donde Hortensia tenía un teatro para interpretar sus obras y dar conciertos. Cuando la joven llegó a edad casadera, Josefina propuso que lo hiciera con uno de los hermanos menores de Bonaparte; concretamente con Luis. Pues como ella y Napoleón no tenían hijos, pensó que ese era el mejor medio para estabilizar la familia y darle herederos. Aunque, por entonces, Hortensia era novia de un hijo natural de Talleyrand (el conde de Flahaut); accediendo a renunciar a su amor y casarse con Luis Bonaparte. Pese a que no se guardaban ningún afecto y tenían un carácter completamente opuesto; siendo él famoso por retraído, tímido, desconfiado y triste.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes de Hortensia Bonaparte (o de Beauharnais). Arriba, Hortensia, reina de Holanda, con su hijo Napoleón Carlos Bonaparte; que de adulto fue coronado como Luis Napoleón III (esposo de Eugenia de Montijo). Óleo de Antoine-Jean Gros, pintado hacia 1808; en colección privada, a la que agradecemos nos permita divulgar la foto (fuente Wikipedia). Al lado, Retrato de Hortensia de Beauharnais, reina de Holanda; por François Gérard Museo; propiedad del museo Nacional de los Castillos de Malmaison (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen; fuente Wikipedia). Abajo, retrato de Hortensia, reina de Francia y su hijo mayor, Carlos; obra de Barón François Gérard y propiedad del Museo de Versalles, al que agradecemos nos permita divulgar la foto, fuente Wikipedia).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Luis Napoleón III, fotografiado hacia 1868 (fuente Wikipedia) Abajo, el duque de Morny; hijo natural de Hortensia y del conde de Flahaut. Nacido como ilegítimo y fruto del romance entre la hija de Josefina y un bastardo de Talleyrand. Vino al mundo tras el divorcio de Hortensia y Luis Napoleón; siendo educado con esmero por su padre. Conocería de adulto su verdadera familia y a su hermano Luis Napoleón. Con quien colaboró en sus proyectos políticos, convirtiéndose finalmente en uno de los principales hombres del Segundo Imperio. Ayudó con gran cariño a la emperatriz Eugenia, en el desarrollo de su cometido en el trono; para lo que apenas tuvo apoyo de franceses (al no ser aceptada en las Altas Esferas de París).
Continuó relatando Da. Eugenia que Hortensia y Luis se casaron en 1802 y sus diferencias jamás fueron salvadas; aunque el año siguiente, nació su primer hijo, al que llamaron Napoleón Carlos Bonaparte. Cuando en 1804, el general y Josefina fueron coronados emperadores de Francia; se decide que por faltar descendencia, el heredero de la dinastía sería aquel niño (hijo de Luis y Hortensia). Dos años después (en 1806) Bonaparte entrega a su hermano Luis el trono de Holanda; por lo que Hortensia pasa a ser reina consorte. Tiempo en que tuvieron otro hijo, al que llamaron Napoleón Luis; debiendo residir en La Haya, donde ella no encontró palacios confortables, ni una vida similar a la de París. A lo que se sumó las desconfianzas del marido, que le prohibía tocar el piano, censuraba sus lecturas, controlaba sus movimientos y dudaba de su fidelidad como esposa. Pese a todo, comenzaron a ganarse el cariño de sus súbditos; llegando también a identificarse con esos holandeses, que les trataban con gran educación y afecto. Pocos años después, murió el hijo mayor, sumiendo a Hortensia en una depresión; por lo que regresó a Francia. Donde fue Luis a visitarla, para intentar reconciliarse con ella; ya que nunca habían tenido una buena relación. Durante ese breve viaje, la esposa volvió a quedarse embarazada; pero el marido aseveraba que el niño no era suyo. Situación en la que vino al mundo Carlos Luis Napoleón en 1808; quien luego sería Napoleón III, casado en 1852 con Da. Eugenia.
Siguió relatando, que -como sabemos- en 1809 se divorciaron Josefina y Bonaparte; tomando él por esposa a Ma. Luisa de Austria, que pronto le dio un niño. Por cuanto, la herencia dinástica que hasta entonces recaía en los descendientes de Hortensia y de Luis; quedó en segundo plano. Pese a ello, la hija de Josefina fue gran amiga de la nueva esposa del emperador; al igual que Eugenio. Quienes siempre les quisieron, siendo leales a su padre adoptivo. Debido a ello, Bonaparte intentó que Luis se reconciliase con su mujer; obligando a Hortensia a ejercer de reina y volver a Holanda. Donde no llevó al pequeño Carlos Luis (luego Napoleón III), que dejó en Malmaison; educándose con su abuela Josefina, quien adoraba al niño. Por su parte, en Amsterdam, Luis la mantenía aislada y apenas hablaba con ella. Viviendo con el segundo hijo, al que el padre dedicaba la única atención. Deseando destacar, que Luis Napoleón, era sifilítico y estaba contagiado de gonorrea; lo que agudizaba su carácter irascible, triste y taciturno. Convirtiéndose poco a poco, en un extraño para su mujer; que vivía sola y aislada en un país extranjero. Pero, además; el hermano del emperador, tenía un gran problema desde su infancia. Pues nació durante unos meses en que su progenitor trabajaba fuera de Córcega; por cuanto, muchos afirmaban que no era hijo del que le dio apellidos, sino fruto de una relación extra conyugal de la madre. Todo lo que le convertía en un individuo acomplejado y complejo.
Lo anteriormente dicho, unido a la enfermedad venérea que contrajo al volver de las campañas de Egipto; tras renegar del modo de vida que tenía su hermano (el general). Hacían de Luis un ser cargado de dudas y con necesidad de ser querido por ajenos a su mundo. Convirtiéndose en un narcisista; ayudando a todos los desconocidos, pero maltratando a los de su familia. Portándose bien con los extraños y muy mal con los cercanos. Lo que hizo que ganase el amor de sus súbditos; quienes le apodaron “el bueno”. Aunque para llegar a ello, tuvo que traicionar los intereses del emperador, que le había dado el trono. Terminando por cansarse Napoleón de un imbécil como ese; que renegaba de su prole y aseveraba públicamente que eran hijos de otro (sin motivo alguno, más que su dolencia venérea). De ese modo, maltrataba psíquicamente a su mujer y a los niños. Mientras se complacía en ayudar a todos los holandeses, para que le siguieran llamando “Luis el bueno”. Logrando que el general le obligase a abdicar y entregar la corona de los Países Bajos (en 1810); ante lo que él nombró sucesor a su hijo (Napoleón Luis). Generándose una terrible pugna entre hermanos, por lo que el emperador se llevó al niño a Francia, para educarlo personalmente; evitando que fuera envenenado ideológicamente por su padre.
Continuó narrando Da. Eugenia, que tras la primera caída del general y su exilio a la Isla de Elba; el zar y los Borbón decidieron no tomar represalias contra Josefina, ni contra sus hijos. Por lo que dejaron seguir en Malmaison a la antigua esposa, concediéndole una pensión; haciendo algo similar con Hortensia. Quien pronto abandonó la vida de matrimonio y comenzó otro ciclo; donde regresó al mundo del arte, rodeada de amigas y algún amante. Volviendo junto a su novio de juventud (el hijo natural de Talleyrand; conde de Flahaut). En esos días, se produjo el divorcio y juicio por la custodia de los niños en común; llegando a ser un escándalo en París la situación entre los padres separados. Por lo que el rey y el zar de Rusia procuraron darle un título y tierras a Hortensia, para que pudiera sacar adelante a la familia. Aunque, en 1814, se produce el regreso de Napoleón desde Elba; los famosos cien días, durante los que el general fue totalmente apoyado por sus dos hijos adoptivos. Quienes habían visto morir a su madre, pocos meses antes. Por lo que, tras Waterloo y la caída final de Napoleón, Hortensia fue obligada a abandonar Francia; debiendo refugiarse en Suiza. Donde huyó con sus dos hijos y compró un castillo junto al lago Constanza. En ese trance y momento, volvió a quedarse embarazada; esta vez de su amante (el conde de Flahaut). Con el que tuvo un hijo ilegítimo; que fue llamado Charles de Morny y enviado a París, para educarse con la familia del progenitor. De adulto, Carlos Morny conoció a su hermano natural (Napoleón III) colaborando con él y llegando a ser uno de los asesores principales del Segundo Imperio. Además de una de las personas de mayor confianza para la emperatriz Eugenia; que siempre guardó el mejor recuerdo de aquel hermano de su marido.
Sobre la vida que llevó Hortensia, durante su exilio en Suiza; añadió Da. Eugenia que fue de enorme importancia su mundo intelectual y artístico. Decorando el castillo junto al lago, de un modo magnífico; creando estancias donde solo podían pasar mujeres. Salones con billares y muebles bodega, donde ellas bebían y fumaban cigarros, llegados del Caribe; al modo que hacían los hombres. Allí redactó sus memorias y varios libros, que se consideran joyas de la literatura francesa; al tiempo que recibía en sus salones a músicos, como Listz o a literatos como Lord Byron (grandes amigos de Hortensia). En lo que se refiere a los dos hijos suyos, decidieron muy jóvenes ingresar en política; haciéndose carbonarios en Italia (seguramente por influencia paterna). Aunque, el mayor murió poco más tarde, de enfermedad y con solo veintiséis años. Mientras el segundo (que luego se convirtió en emperador) fue perseguido por su ideología; debiendo huir de Italia, lográndolo gracias a la ayuda de su madre. Tras ello, intentó un Golpe de Estado en Francia; aunque en este primer intento, fracasó. Debiendo escapar de Europa; por lo que no pudo estar junto a su progenitora cuando ella murió, un año después (en 1837).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes relacionadas con la vida y reinado de Luis Bonaparte. Arriba, grabado publicado en la Colección Atlas Splitgerber (Archivo Municipal de Ámsterdam) donde se representa la alianza entre Francia y la República de Batava; en junio de 1785. Cuando los franceses vencen al ejército del rey Guillermo de Orange, que se ve obligado a huir a Inglaterra; aboliéndose la monarquía absolutista de esta Casa Real. Posteriormente, el territorio sería conquistado por el hermano menor de Napoleón (Luis); quien logra dominar los Países Bajos, sin batallas cruentas. Debido a ello, el general crea el trono de Holanda, para entregarlo a su hermano; que será conocido como Luis el bueno (debido a que reinó con gran justicia, mejorando la Sociedad y la vida de los súbditos). Al lado, Luis Bonaparte, rey de Holanda; escultura de P. Cartellier (1806) propiedad del Museo de Versalles (al que agradecemos nos permita divulgarla). Abajo, recibimiento de Luis “el bueno” en Ámsterdam, el año 1808; obra de Jan Anthonie Langendijk, propiedad del Rijksmuseum (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen). Este hermano del emperador y padre de Napoleón III, fue muy querido en los Países Bajos. Su ascenso al trono se debió a una primera alianza entre Francia y Batava; durante la que se expulsó al rey. Logrando posteriormente los Bonaparte hacerse con el dominio de la zona; nombrando a Luis su monarca.
Más tarde, Da. Eugenia quiso retractarse de algunas cosas que había comentado sobre el padre de su marido. Luis, el rey bueno de Holanda; del que deseaba narrar como fue realmente. Pese a que ella no le tragaba, debido a la mala vida que dio a su mujer; Hortensia de Beauharnais. Comenzando por su venida al mundo, en ausencia de su progenitor; por lo que muchos comenzaron a decir que era hijo de un extraño al matrimonio, lo que le marcó de por vida. Además, aun no siendo el más pequeño de la familia; era de los menores y el preferido de su madre. Que le protegía y mimaba en exceso, por su carácter dulce. Ello, unido a que tenía tan solo seis años, cuando quedó huérfano de padre; le confirió una personalidad insegura, necesitando siempre apoyo y ayuda. Lo que encontró en su hermano Napoleón, que le quiso y cuidó como a un hijo. En ese momento, la emperatriz aludió a mi persona (Nicolás Santafé). Añadiendo que en la saga de los Bonaparte, había algo en común con la vida de quien anotaba sus palabras; por lo que sin saber qué decir, comenté que en ese instante no era fácil escribir, debido al ritmo de los caballos. Recordando La Señora, que cuando iba a morir mi padre (en 1863) nació mi hermano menor (Juan); decidiendo mi progenitor que yo sería la cabeza de esa casa. Enviándome a Francia, con catorce años; para formarme bien y encontrar un buen trabajo en París, con el fin de ayudar a mi madre y hermanos. Añadiendo Da. Eugenia, que lo mismo sucedió cuando falleció el padre de los Bonaparte; tras haber logrado dar una esmerada educación a los dos mayores (José y Napoleón). Quienes debieron de hacerse cargo de la viuda y del resto de hermanos.
Siguió la emperatriz narrando, que así fue como el primogénito, José, tomó las riendas. Aunque sus dudas sobre el ingreso en milicia y la tardanza en su carrera de abogado, hizo que la familia entrase en ruina. Por lo que comenzó a ayudarles Napoleón; que con veinte años era un oficial de alta graduación y pagaba numerosos gastos. Finalmente, recogió a su hermano Luis; llevándolo desde Italia a Francia, para darle una gran preparación. De ese modo, el joven aprendió un buen francés, ingresando en una escuela militar; llegando a teniente con solo diecisiete años. Proahijándolo su hermano ya convertido en general -con tan solo veinticinco años-; llevándolo a las campañas de Italia en 1796, donde Luis logra comportarse como un valiente y salva a Napoleón de una terrible caída en el frente. Accidente en que el militar había quedado atrapado bajo su caballo, logrando el hermano menor sacarle del trance; un hecho que los unió enormemente. Volviendo ambos victoriosos de Italia, en 1797; por lo que un año más tarde, Luis también fue a la campaña de Egipto. Donde quedó decepcionado por las masacres que observó; dejando de creer en la misión y regresando sólo, a Europa.
Destacó Da. Eugenia que cuando Luis Bonaparte vuelve de África, estaba pleno de contradicciones, acerca de la vida militar; por lo que se dirige a Italia, para ver a su madre y descansar. Aunque durante ese viaje, debió de hacer mala vida; y el contacto con prostitutas le traería consecuencias nefastas. Al contraer gonorrea y sífilis; lo que le convierte en un enfermo crónico de por vida, con problemas de movilidad y melancolía enfermiza. Es así, como en ocasiones tomará decisiones inexplicables; entre ellas, la repudia de sus hijos menores, que no consideraba propios. Siendo posiblemente esas enfermedades, el motivo de los celos y la desconfianza hacia su mujer; vigilándola de manera obsesiva y acusándola de infidelidades. Algo que también procedía del matrimonio forzado con Hortensia. Pues -como nos había comentado- cuando Josefina vio que no podía darle un hijo al emperador; propuso a su marido que lo mejor era unir a su hija con Luis y así iniciar una dinastía que pudiera heredar la obra y el poder de Napoleón. De ese modo, se casaron el hermano y la hija adoptiva de el general; con el fin de dar un heredero a la saga Bonaparte. Tras ello, y viendo el emperador que Luis se había comportado como un militar compasivo, en la conquista de los Países Bajos; impidiendo toda masacre o abuso. Creó el trono de Holanda, nombrándole rey de este país. Cargo en el que Luis fue llamado “el bueno”, por sus súbditos; que le admiraban. Pues implantó el Código Civil napoleónico; añadiendo numerosas leyes, que obligaban un trato igual para ricos y pobres, nobles y plebeyos. Intentando eliminar la pena de muerte (sin éxito); pero erradicando la tortura en los interrogatorios y los enormes privilegios que los tribunales daban a los holandeses de élite. Cambiando el terrible destino que antes sufrían los ciudadanos más desfavorecidos; pudiendo ser condenados a penas durísimas, por robar simple comida. Asimismo, estableció medidas sociales, para la atención de enfermos sin recursos; y dio una solución a quienes no tenían trabajo, haciendo que colaborasen el las obras públicas (evitando con ello la delincuencia). Además, llevó agua limpia y mejoró el sistema de cloacas, en las grandes ciudades; preocupándose también por la enseñanza general y la manutención de los ancianos.
Por cuanto refería la emperatriz; el padre de su marido, fue llamado Luis “el bueno”; siendo adorado en los Países Bajos. Todo lo que le hizo enfrentarse al emperador, que le había dado el trono y -por ello- exigía actuar en favor de Francia. Pese a lo que, el hermano menor, gobernó de manera autónoma y solo favorable a su reino; generando un conflicto con las autoridades de París. Ello y la mala vida que daba a la hija de Josefina, a la que no permitía salir de palacio y vigilaba obsesivamente; acusándola de infidelidades. Hizo que Napoleón le hiciera abdicar; momento en que Luis nombró a su hijo mayor, rey de Holanda. Aunque el niño estuvo en el trono unos pocos días y fue llevado a tierras galas; tras lo que su país volvió a ser una provincia francesa. Después, Luis “el bueno” buscó refugio en Austria, donde dedicó sus días a escribir; mientras Hortensia comenzó a hacer su vida (al margen del matrimonio). Siendo así, como al caer Napoleón por primera vez, en 1814; se divorciaron y él marchó con los niños a Italia, donde siguió intentando el éxito como novelista. Mientras ella comenzó un romance con su novio de juventud, el conde de Flahaut (vástago ilegítimo de Talleyrand). Del que nació su hijo Morny; que llegó a ser el mejor amigo de su hermanastro (Napoleón III). Convirtiéndose finalmente en asesor principal del Segundo Imperio y el colaborador más importante que tuvo la emperatriz Eugenia.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Luis Bonaparte, rey de Holanda; obra de Charles Howard Hodges y propiedad del Rijksmuseum de Ámsterdam (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen, fuente Wikipedia). Al lado, Carlos de Morny; hijo de Hortensia y del conde de Flahaut; fue uno de los grandes amigos y colaboradores de Napoleón III. Abajo, retrato de Napoleón III; original perdido de Winterhalter, copia de taller, actualmente en el Museo de El Louvre (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen, fuente Wikipedia).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Juan Santafé Arellano, hacia 1910; entrando con su jaca, en la Quinta Miranda de Carabanchel (zona regalada por la emperatriz a su hermano Nicolás). En el relato, Eugenia de Montijo, a veces refiere la juventud de Nicolás Santafé, destacando que con catorce años fue enviado a Francia, para estudiar y hacerse cargo de su familia. Cuando en 1863, su padre (Martín Santafé) estaba al borde de la muerte y esperaba un último hijo, al que llamó Juan. Abajo, Juan Santafé, en casa de su hermano Nicolás y junto a sus sobrinos (foto tomada hacia 1910). De izquierda a derecha: Martín, Jaime y Teresa Santafé. En el centro, su tío, Juan Santafé. A su lado, María y Angel Santafé (mi abuelo). Como decimos, el trato entre Nicolás y Juan fue un poco de padre e hijo; pues el mayor se había hecho cargo del hermano pequeño, pagando sus estudios y procurándole una esmerada educación. Por lo que tras hacerse arquitecto, Juan ingresó en el Banco Hipotecario; que dirigía Nicolás. Unos hechos que en el relato destaca la emperatriz; comparando esa situación familiar con la que sufrieron los Bonaparte, cuando murió el progenitor, haciéndose cargo los mayores de la viuda y de los pequeños.
Iba hablando Da Eugenia y se le cerraban los ojos; por cuanto pedimos que descansase, porque ya faltaba poco para llegar a Mota y no merecía la pena seguir esforzándose tanto. Otro día, o durante la cena; podría seguir con la historia de los padres de su marido. Comentó entonces que le gustaba recordar y siempre hablaba del pasado, aseverando que cuando una Sociedad olvida su Historia; regresa al inicio de los tiempos. Añadiendo, como algunos afirman, que cuando se anula la memoria acontecida; esta volverá a repetirse. Aunque -a su juicio- eso sería un lujo. Pues lo que realmente sucede, cuando se borra el pasado; es la pérdida del pilar fundamental de la cultura y la destrucción de nuestra civilización. Pidió entonces una “pizca de ginebra”; lo que en el momento le preparó el marqués de Viesca; abriendo el mueble cantimplora. Ofreciendo también una copa, al resto de los que viajábamos en el coche; repartiendo una ronda para todos. Mientras la degustábamos, veíamos como La Señora se dormía profundamente; quedando cuantos íbamos en el coche, con los ojos fijos en su figura. Imagen, que de joven semejaba una faraona; pero, con la edad más parecía una reina de Egipto momificada. Tras tomarnos la ginebra, quedamos más relajados y observé como muchos se decían algo al oído, sin parar de reír. Pensé que la escena era consecuencia de los efluvios del alcohol. Pero comenzaron todos a cuchichear en voz muy baja; ocultando sus carcajadas y tapándose la boca. Por fin, una de las señoras me comentó el temor existente; por si la emperatriz volvía a sus maniobras de artillería. Recordando el modo en que había despertado de la siesta; advirtiendo, que en el carruaje no teníamos escapatoria, si se producía una nueva descarga de fusilería. Todo lo que me obligó a apretar los labios, intentando no reírme; por temor a despertarla. Al rato, se oyó la voz del cochero, que nos hablaba sin abrir el ventanuco; avisando que ya veía Mota. Me asomé al cristal, para observar la puesta de Sol; porque el cielo se había entornado en mil colores. De pronto, vi al fondo el castillo y la silueta del pueblo; por lo que pedí al conductor que me dejase bajar, para terminar la ruta andando y disfrutar de esa Puesta de Sol. El que manejaba los caballos, respondió que pararía; y al sentirse el freno, junto a la voz de “Sooo”; la emperatriz se despertó. Estaba bajo los efectos del alcohol, pero al verse rodeada de luces rosas, azules y violetas; dijo que creía estar en el cielo. Luego, volvió a cerrar los ojos y comentó que sería cosa de “la ginebra”; girándose para seguir durmiendo.
El carruaje paró y para bajarme necesité que saliera primero la persona de mi lado; quien al poner un pie en tierra, me advirtió de que mi huida era una cobardía. Pues no había que temer a la emperatriz, por mucho que fuera hija de un artillero. Sonreí de nuevo y aseveré que necesitaba fumar un puro y deseaba ver la Puesta de Sol; que no salía por miedo a las descargas imperiales. Ya que apenas quedaba un cuarto de legua para llegar (lo que hoy llaman kilómetro y medio) y las luces del atardecer eran inigualables. Allí me quedé, en el camino y bajo los efectos del ocaso; observando la grandiosidad de esa escena. Pronto llegó el otro coche, donde venía el resto del grupo; quienes solicitaron también bajar, para continuar a pie ese pequeño tramo y disfrutar del atardecer. Saqué entonces mi purera y tomé un cigarro, ofreciendo a los demás. Marchábamos andando, Tamames, Peñaranda, Vega-Inclán y Lampérez; bajo aquel juego de colores, que parecía nacido de la paleta de Sorolla. Mirábamos obnubilados la silueta de esa colina, con el castillo en su cima y la ermita al centro; coronada a los pies, por el pueblo de Mota. Fue entonces cuando Vicente Lampérez dijo: -“Se le ha olvidado a Eugenio, comentar que en Urueña hay una iglesia románica, de tipo lombardo; de las que solo existen en el Pirineo y que se hizo en tiempos de Da. Sancha”-. Yo iba un tanto bebido, con el cigarro en la mano y mirando ese cielo de Castilla; embravecido en tonos bermejos, oscuros, rosas y hasta negros. Por lo que me giré hacia el catedrático de arquitectura y respondí (en tono filosófico):-“Vicente, no me fastidies; que Dios es el único arquitecto”-.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Tres imágenes del atardecer en Mota del Marqués. Puesta de Sol, vista desde el camino de San Cebrián y de La Espina.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dice el texto: “Pronto llegó el otro coche, donde venía el resto del grupo; quienes solicitaron también bajar, para continuar a pie ese pequeño tramo y disfrutar del ocaso. Saqué entonces mi purera y tomé un cigarro, ofreciendo a los demás. Marchábamos andando, Tamames, Peñaranda, Vega-Inclán y Lampérez; bajo aquel juego de colores, que parecía nacido de la paleta de Sorolla. Mirábamos obnubilados la silueta de esa colina, con el castillo en su cima y la ermita al centro; coronada a los pies, por el pueblo de Mota”. Al lado y Abajo, Puesta de Sol, fotografiada desde el camino de San Cebrián y La Espina.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado y Abajo, Puesta de Sol, fotografiada desde el camino de San Cebrián y La Espina.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Eugenia de Montijo con cuarenta y cuatro años, retratada en 1868 por Winterhalter; copia de taller propiedad del Museo de Orsay (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen). El pasado 5 de mayo se ha celebrado el segundo centenario del nacimiento de la emperatriz; una de las españolas más importantes del siglo XIX. Mujer, cuyo legado debía haber sido destacado por el feminismo; debido a que logró ser independiente y libre; fue regente de Francia por tres veces y gobernó ese país como emperatriz, durante casi dos décadas. Los homenajes en este bicentenario, han sido prácticamente inexistentes; tanto en España, como en el país vecino. Donde la rechazaron, por el mero hecho de ser española y asesorar a su marido en temas sociales y de política. Recogemos una frase del texto, donde se dice: “le gustaba recordar y siempre hablaba del pasado, aseverando que cuando una Sociedad olvida su Historia; regresa al inicio de los tiempos. Añadiendo, como algunos afirman, que cuando se anula la memoria acontecida; esta volverá a repetirse. Aunque -a su juicio- eso sería un lujo. Pues lo que realmente sucede, cuando se borra el pasado; es la pérdida del pilar fundamental de la cultura y la destrucción de nuestra civilización”.
Abajo, iglesia de La Anunciada, en Urueña. Es el templo que refiere Lampérez en el relato, cuando dice: -“Se le ha olvidado a Eugenio comentar que en Urueña hay una iglesia románica, de tipo lombardo; de las que solo existen en el Pirineo y que se hizo en tiempos de Da. Sancha”-.





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