sábado, 4 de julio de 2026

HISTORIA DE MANUEL (teología de la imaginación)

 ÍNDICE GENERAL: Pulsando el siguiente enlace, se llega a un índice general de leyendas:  http://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2023/01/indice-de-leyendas-de-la-mota-del.html

Los capítulos se desarrollan en un texto escrito en negro y se acompañan de imágenes con un amplio comentario explicativo (recogido en rojo y cuya finalidad es razonar ideas). Si desea leer el artículo entre líneas, bastará seguir las letras negrillas y las rojas destacadas.

Prefacio: La leyenda de hoy, tiene su origen en un relato corto que escribí a los dieciséis años y que encantó a mi padre; por lo que comúnmente lo llevaba en el bolsillo, para narrarlo a sus amigos. Pero un día, alguien hizo desaparecer la copia que guardaba; dejando en su lugar un aviso. Un extraño escrito, redactado en tono amenazador; advirtiendo que debía olvidarlo y no contar eso en público. Mi progenitor se asustó y yo no quise hablar más del tema (destruyendo el original). Hoy, casi cincuenta años después, libre de temores y dudas; intentaré recuperar “La historia de Manuel” (ambientándola en Mota del Marqués, cambiando fechas y algunos datos).



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Arriba, silueta de Mota del Marqués y su triste torre teutona; durante un amanecer de verano. Al lado, vista de la población desde el alto del castillo. En primer lugar, observamos: la ermita de San Salvador (antes de que sus ruinas fueran consolidadas). Detrás y al fondo, el pueblo y sus campos; con la iglesia de San Martín en el centro. Abajo, Mota fotografiada desde Aldea Colorada y sus cultivos de girasoles.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, casa solariega del protagonista del relato. Se trata de un edificio que actualmente solo conserva la fachada; pero que antaño fue una casona noble, de familiar de La Inquisición (aún mantiene el escudo y las rejas de época). Abajo, el blasón coronado que luce el frente del edificio, rodeado de lambrequines adornado con angelitos y niños. El escudo lleva por bordura un cordón, lo que quizás habla de una jurisdicción propia o de un hogar con derecho a protección ante el Santo Oficio y jueces. En su parte alta, vemos los símbolos de La Inquisición: Cruz, espada y pluma (aunque -en verdad- esta última debía ser una rama de olivo). Nunca sabremos a qué títulos nobiliarios -o familias- pertenecía originalmente la casona; porque fueron borrados los tres escudos heráldicos de su zona baja. Pero sí conocemos el nombre y apellido de su último propietario, que fue labrado posteriormente, en el exterior del sillar con el blasón. Donde leemos en semi bustrófenon: Manuel Latibar Tabares Rodríguez Menoyo. Personaje que el pueblo recuerda como un famoso sacerdote y párroco de Mota; que habría morado aquí, a comienzos del siglo XIX. Quien sería hermano o tío, de los tatarabuelos del protagonista de nuestra leyenda de hoy.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, la casona de Manuel Latibar Tabarés y Rodríguez Menoyo, tal como se conserva en nuestros días -el coche y el contenedor, en imagen; nos hacen ver su gran tamaño-. Habla el relato de las familias que llegaron a Mota del Marqués en tiempo de los Comuneros; con la victoria de las tropas imperialistas. Un hecho cierto, pues tras la derrota de los rebeldes, se establecieron en esta población y sus alrededores, muchos de los que ganaron la batalla de Villalar. Llegando a cambiar de nombre algunos municipios; como el de Pedrosa, que pasó a llamarse del rey. Debido a la ayuda que prestaron sus habitantes a Carlos I, logrando acabar con los sublevados. Por lo que se supone que el linaje de los Latibar de los Tabares y de los Rodríguez-Menoyo (procedentes del Norte de España); podría tener este origen. Tal como sabemos que sucede con otros apellidos del lugar, que aún se conservan en Mota; como son los: Meléndez, Justo, Barajas, Alonso, Porquerizas y Figueroa. Abajo; subida a la calle de Platerías (donde está la casona de Manuel Latibar Tabarés), que termina en la Plaza Mayor. Al fondo de la imagen, el Ayuntamiento; detrás, los restos de la ermita de El Salvador y los del castillo.



I- Orígenes:

         Todo cuanto voy a narrar, me viene a la mente y deseo recogerlo; porque estoy redactando mis últimas palabras. Ya que un Consejo de Guerra me ha condenado a morir, durante el amanecer de mañana viernes; por lo que apenas tengo unas horas, para terminar de escribir mis recuerdos y voluntad. Memoria, ideas y vivencias; que podré guardar en unas cuartillas, gracias a que mi fiel amigo Pedro ha logrado que mis carceleros me permitan tener papel y lápiz. Autorizándome escribir, hasta el día previo a mi ejecución. Asegurando mi buen compañero, que recogerá cuanto redacte y lo conservará; haciéndolo llegar a quien le ordene. Por cuanto -primero- pensé en dirigir varias cartas a mis familiares en España; aunque -después de meditar- creí que mejor era no hacerlo. Deseando se les comunique que me fugué del cuartel donde fui destinado y me perdí en la selva (tras adentrarme en las montañas). Sin revelar a nadie de los míos, que realmente fui fusilado al ser considerado un traidor. Condenado y juzgado, por un tribunal; del que nada entiendo y al que nunca podré responder. Pues me acusaron de facilitar la deserción de cuatro soldados y promulgar ideas contrarias a la guarnición, en la que serví durante casi un año y como capellán castrense. Cargos que pudiendo ser ciertos, no son delictivos; por lo que tan solo me queda, perdonar a quienes así me sentenciaron y a los que me darán muerte. Porque no saben lo que hacen, ni conocen los motivos por los qué me matarán. Aunque yo bien sé las razones por las que seré ejecutado. Hechos y casos, que paso a relatar; narrando, cómo y por qué llegué a esta situación.

         Nací en los montes Torozos, que así se llaman porque pertenecieron a Toro; urbe de los godos, antaño denominada Gotoro. Fue Mota del Marqués el pueblo donde vi la luz primera; por lo que soy motano y no moteño. Como algunos se dicen, para engolarse de haber venido al Mundo en este altozano de Valladolid; aunque los moteños son del Cuervo y no toresanos. Mi familia era de clérigos y por el lado de madre se apellidaban Rodríguez-Menoyo, mientras los de mi progenitor se conocían como Latibar y Tabares. Linajes de origen vasco, que conservaban el recuerdo de haber llegado a Mota, en tiempos de los Comuneros; asentándose en esta población, tras la victoria de Villalar (por su apoyo al césar Don Carlos). Siendo en este tiempo cuando el lugar creció, ganando gran fama; gracias a su vinculación con el emperador, cuyo mayordomo y hombre de confianza fue Luis de Quijada. Señor de Villagarcía y esposo de Da. Magdalena de Ulloa (hermana del primer marqués de la Mota); quienes durante un tiempo fueron padres adoptivos de Jeromín -el vencedor de Lepanto-.

          Me parieron el primero de enero, fiesta de Emmanuel; sobrenombre de Nuestro Señor, cuyo significado es “Dios con nosotros”. Así fue profetizado por Isaías, quien siglos antes de Cristo, escribió que El Mesías sería conocido como Emmanuel; aunque se le llamó Jesús, que se traduce por “Dios salva”. De forma parecida, todos piensan que mi nombre procede de la fecha en que nací; pero me pusieron Manuel al ser común en la familia y porque mi padre sentía un fervor especial por Don Miguel de Unamuno. Al que veneraba como filósofo y admiraba como maestro; habiendo sido su discípulo en Salamanca, durante la etapa de estudiante. Donde leyó su novela “San Manuel Bueno mártir”; en la que se trata el existencialismo de nuestra fe, como esencia de la tragedia humana. Por lo que quiso mi progenitor que el primero de sus hijos, se llamase como el santo protagonista de ese relato. Siendo así, como vine a la vida; cuando se cumplían veinte años desde que este libro fue por vez primera publicado (en 1951). Llamándome Manuel, en memoria del personaje creado por Unamuno.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes de la Colegiata de San Luis en Villagarcía de Campos (a la que agradecemos nos permita divulgarlas). Arriba, entrada principal del templo, con su escalinata exterior. Al lado, altar mayor, con los cenotafios de Magdalena de Ulloa y de su marido, Luis de Quijada. Ambos fueron padres adoptivos de Jeromín, hasta que este hijo natural de Carlos I, es reconocido por su hermano (Felipe II). No tuvieron descendencia y ella legó su fortuna a la Compañía de Jesús, para levantar esta colegiata. Fue la primera fundación jesuita; logrando educar a miles de niños y centenares de sacerdotes, que más tarde profesaron su fe por todos los rincones del Mundo. Aunque desde mediados del siglo XVIII quedó en el abandono, tras las diferentes expulsiones de la Orden; siendo reconstruida tras la vuelta definitiva de la Compañía a España (en 1952; con su consolidación jurídica, el reconocimiento y la normalización al estatus anterior). Abajo, parte posterior, en la nave central de esta iglesia apodada “El Escorial de Tierra de Campos”; ya que la levantaron Gil de Hontañón y dos discípulos de Herrera (Pedro de Tolosa y Giussepe Valeriano). Fue el primer templo contrarreformista de España, por lo que tuvo una enorme relevancia religiosa y artística; convirtiéndose en un modelo, que se estableciera como ejemplo de la arquitectura jesuita.



JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes de la Colegiata de San Luis en Villagarcía de Campos (a la que agradecemos nos permita divulgarlas). Al lado, cenotafio de Luis Méndez de Quijada; mayordomo del emperador D. Carlos y uno de los hombres de su mayor confianza. Como señor de Villagarcía de Campos, descendía de las estirpes castellanas de los Méndez de Figueredo y de los Quiñones; que habían logrado reconquistar la zona, entre el Órbigo y el Duero. Abajo, cenotafio de Da. Magdalena de Ulloa, esposa de Luis de Quijada y hermana del primer marqués de La Mota. Estas dos esculturas que decoran los laterales del templo, se realizaron unos cien años después de la muerte de los señores de Villagarcía; por mano de Cristóbal Ruiz de Andino. Ya que las tumbas de los fundadores, se sitúan bajo el altar mayor; tal como sucedía con el primer sepulcro del emperador Don Carlos (en Yuste). Enterrado bajo el lugar donde a diario se oficiaban las misas, en este monasterio de La Vera.


II- Formación:

         Tantas veces oí hablar a mi padre sobre aquel “San Manuel Bueno mártir” de Unamuno, y tal era la pasión al relatar su historia; que desde niño me aficioné a los temas sagrados y a La Biblia. Naciendo en mí, pronto, la vocación de ser cura; camino que me fue fácil seguir, porque estudiaba en la Colegiata de Villagarcía de Campos. Escuelas donde acudían todos los jóvenes de la zona; al menos los que podían hacerlo. Fundación jesuita, elevada gracias al patrocinio de Da. Magdalena de Ulloa; dama piadosa que legó su fortuna a la Compañía. Quien, como dijimos, fue madre adoptiva del famoso Don Juan de Austria y hermana del primer marqués de la Mota. Siendo así, como desde la infancia, tuve pleno contacto con esos lugares y gentes, donde inicialmente se difundió la orden de San Ignacio; que me formó y guió hacia el oficio de sacerdote. Pudiendo hacerlo en aquel pueblo tan cercano al mío; ya que entre Villagarcía y Mota, apenas hay tres leguas (lo que hoy dicen, unos veinte kilómetros). Por lo que durante los meses de buen tiempo, iba y venía a diario. Viendo en mi camino a caballo, como cada año -tristemente- la dejadez y el expolio, iba reduciendo el patrimonio de la zona. Años en los que cayó gran parte de la ermita de El Salvador -en mi pueblo- junto a numerosas iglesias (como la de Almaraz y varias en Tiedra). Mientras, también, fueron desapareciendo lienzos, tejados y paredes; de castillos tan importantes como el de Villagarcía, el de Mota, el de Tiedra; y parte de las murallas de Urueña.

        Por todos es conocido lo difícil que es llegar a cantar misa en la Congregación de Jesús y el largo periodo de estudios que necesita un sacerdote jesuita, para completar su formación. Lo que en mi caso, comenzó al cumplir los diecisiete; ingresando en el prenoviciado, donde permanecí dos años. Más tarde, me licencié en Historia por la Universidad de Salamanca; regresando un lustro después a Villagarcía, para llevar a cabo mi fase de magisterio. Allí estuve otro trienio, enseñando en las escuelas; pasando posteriormente a Comillas, para graduarme en teología (dedicado a ello tres años más). Finalmente, realicé mi “Probación” durante la que me doctoré en Historia, especializándome en las diferentes expulsiones y persecución de los jesuitas, sucedidas desde mediados del siglo XVIII. Tras lo que hube de estudiar otros cuarenta meses; logrando así ser considerado un sacerdote, autorizado y formado. Todo lo que me llevó a poder completar mi carrera a la edad de Nuestro Señor; que fueron treinta y tres años, de los que dieciséis pasé dedicado a mi preparación. Después de los que solicité ir a Hispanoamérica, a evangelizar y cumplir mi voluntad y la de Dios.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes de las ruinas del castillo y de la ermita de El Salvador, en Mota del Marqués. Las fotos son de hace varios años, por lo que vemos los edificios como estaban antes de que la ermita se consolidase; aunque los restos de la torre del castillo siguen empeorando.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Otros dos monumentos de Mota. Al lado, campanario de la iglesia de San Martín; durante los años en que restauraban el templo (pese a ello, esta torre continúa cada día en peor estado). Abajo, ermita del Cristo del Humilladero; lugar en que paraban los viajeros a su paso por los camino; que actualmente siguen el trazado de la A-6. Senderos que antaño unían en Norte con el Sur (Toledo y Madrid, con León y Santiago); y el Este con el Oeste (Burgos y Valladolid, con Zamora y Portugal).




III- Misión:

       Tal como decíamos, al terminar mis estudios, pedí ser enviado a Centro América; deseando atender a las gentes que sobrevivían en las muchas guerras civiles que aquí sucedían. Preocupado por mi tiempo, que se dicen años de tanto progreso; aunque, los unos y los otros, venden armas a todas las gentes que pueblan esta otra zona del Mundo. Quienes se matan del modo más cruel y en nombre de diferentes políticas e ideas; sin saber por qué ni para quién luchan. Sucediendo lo que escribo, en este siglo XX que es el más adelantado de la Historia; tanto, que en Europa, una mayoría vive en pleno confort. Pese a lo que esta parte central de América, ha sido convertida en un verdadero infierno. Un lugar satánico el que, cuando un chico cumple catorce años, le ponen un fusil en la mano y le encaminan al frente; enseñándole las artes del maligno. Llegando a producirse en tan reducido territorio, las peores matanzas y atrocidades imaginables; ya que el odio se arraiga en la incultura y el hambre en los gatillos. Materializando la desesperación de estas gentes, convertida en impiedad y venganza, de un modo infrahumano. Extrañando a cualquiera, que en esta zona del Planeta, falte de todo; menos pistolas, metralletas, munición y cuanto sirva para asesinar o destruir. Careciendo las gentes de agua, de alimentos, de sanidad y hasta de la más mínima higiene; pese a lo que nunca desaparecen las armas y las bombas. Que llegan a todos los lugares, sin que nadie sepa quién las trae, ni como pueden enviarlas hasta los puntos más recónditos e inaccesibles. Apareciendo fusiles, explosivos y hasta tanques; donde hasta ahora no se conoció ni la vida humana.

         Así llegué en un vuelo desde España, que me trasladó a San José; donde me esperaba mi tía y madrina. A la que hacía tiempo que no veía; desde que marchó de Valladolid, tras casarse con un costarricense, cuya familia era originaria de Vega de Valdetronco (un pueblecito que dista apenas cinco kilómetros de Mota del Marqués). De ese modo, la hermana de mi madre me recibió con gran ilusión en su hogar; deseando que estuviera unos días con ellos, antes de irme a la misión. Creyó que me habían destinado a una zona pobre, pero tranquila; preocupándose mucho al enterarse de que me iba a un país vecino, donde no cesaban los conflictos armados. Por lo que me advirtió de todos los peligros que podía correr; comentando más tarde que deseaba darme algún objeto importante, para que actuase como talismán y pudiera sacarme de un apuro (si me veía en problemas). Diciendo esto, abrió la vitrina del salón, donde su marido guardaba una colección de joyas precolombinas, halladas en la región costarricense de Diquis. Entregándome dos de ellas, comentando que eran de oro y que por su peso en ese metal, valían unos mil dólares; pero al ser objetos con más de quinientos años, su precio era incalculable. No quise aceptarlos, tras lo que mi tía insistió, advirtiendo que era mi madrina y no había podido regalarme nada cuando “canté misa”. Aseverando que podría necesitarlos; para escapar o huir, en caso de precisar dinero y ayuda. Añadiendo que no me daba dólares en metálico, porque en mi destino como misionero, había gente con perros adiestrados para localizar billetes y robarlos. Tras ello, me abrazó y se despidió sollozando, balbuceando entre lágrimas que me cuidase en extremo; pues me dirigía a un lugar sin ley y pleno de odio. Donde las armas, la injusticia, el mal y las drogas; campaban por doquier. Le respondí que no comentase nada a mi familia de España (por no preocuparles); que todo saldría bien y que mi deber era ir donde me habían ordenado.

         Casi veinte meses llevo ya en estos parajes, donde vine como párroco y asistente espiritual; intentando aliviar el dolor de aquellos a los que obligan a vivir en guerra permanente. Gentes, en su mayoría civiles, cuyos pueblos se hallan en un frente eterno; forzados a entregar sus jóvenes, que desde adolescentes son reclutados sin remisión. Chicos y chicas, captados casi de niños, por facciones que los preparan para matar y morir; de las que nadie conoce el origen de su mando, ni el significado de su poder. Generando una conflagración en la que solo ganan quienes traen armas y los que venden las drogas que en estos campos se cultivan. Justificando ese tráfico de estupefacientes, como medio de obtener beneficios para pagar el armamento. De este modo, todos han creado un Mundo basado en el mal; donde unos argumentan el dolor que generan con la guerra, porque servirá para liberar a su pueblo. Mientras los contrarios, aducen el derecho de acabar con un enemigo salvaje, que desea erradicar los Estados legalmente establecidos. Provocando la mayor miseria espiritual y humana conocida; donde, desde hace más de año y medio, intento crear algún atisbo de esperanza. Al menos, dando consuelo a los que ven morir a sus parientes y a quienes sufren con enorme temor, los ataques enemigos. Pues la única verdad, es que nadie sabe el por qué de tanto dolor, ni el origen cierto del conflicto.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
mapa donde hemos marcado las poblaciones que refiere el relato: Mota del Marqués (en rojo); Villagarcía de Campos (en azul); Vega de Valdetronco (en verde). Se trata de un área muy rica en monumentos e Historia; donde se desarrolló una fase importante de la Compañía de Jesús (durante sus inicios). Debido que era muy visitada por San Francisco de Borja (confesor de Juana I -apodada La Loca-); que estaba recluida en Tordesillas. Asimismo, la hija del duque de Gandía y fundador de Los Jesuitas; se casó con el primogénito del marqués de Alcañices, cuyo palacio se situaba en Toro y tenía propiedades en pueblos como Villalar o Mota (al haber vencido a los Comuneros). Pero además, Francisco de Borja (duque de Gandía), era un gran amigo de Luis de Quijada; y ambos fueron los hombres de mayor confianza para el emperador Don Carlos. Lo que explica que Magdalena de Ulloa esposa del señor Quijada) legase la fortuna, para fundar la Colegiata de Villagarcía. Al lado y abajo, dos fotografías de Mota durante el atardecer; tomadas desde las proximidades de Vega de Valdetronco. Narra el relato que la madrina y tía de Manuel (el protagonista); se casó con un Costarricense, cuyos orígenes familiares estaban en este pueblo, sito a unos cinco kilómetros de Mota del marqués.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de Vega de Valdetronco;
población que se sitúa en el kilómetro 195 de la A-6 (Madrid-Coruña). Al lado, iglesia en ruinas de Nuestra Señora de Canteces. Desde la Carretera de la Coruña se divisan sus llamativos arcos, que han soportado desnudos el paso de los siglos (de forma increíble). Abajo, parroquia de Vega de Valdetronco, dedicada al Arcángel San Miguel.




IV- Sacerdote castrense:

          Desde los primeros meses, cuando arribé a esta misión en el infierno; intenté crear un vínculo de amistad con cuantos viven en la aldea. Un campamento base, donde habitan familias y campesinos; que en su gran mayoría, son muy desconfiados con los forasteros (por no decir, temerosos y asustadizos). Ayudé cuanto pude a las familias, en numerosas labores; además de actuar como párroco y director religioso. Celebrando misa en campo abierto, para lograr la asistencia de la mayoría; dejando que en los oficios bailasen y cantaran sus músicas tradicionales. Así, mi vida fue adaptándose al lugar, pese a que nunca pude acostumbrarme a recibir regularmente heridos y caídos; llegados del frente, cada vez que se producía un avance de posiciones. Donde las escaramuzas y tiroteos se oían casi a diario, ya que la primera línea apenas distaba cincuenta kilómetros del pequeño villorrio al que me destinaron. Por lo que en infinidad de ocasiones se escuchaban explosiones y bombazos, venidos de aquel Averno. Momento en que los habitantes del poblado se alteraban; sabiendo que pocas horas después, llegarían los heridos y -posiblemente- algunos muertos. Ello, si no venían fuerzas aéreas del enemigo, atacando la aldea. Consecuentemente, aunque fuera noche cerrada; ante el sonido de la guerra, todos se guarecían en unas grutas cavadas en las afueras del lugar (esperando que la batalla cesara). Más tarde, cuando paraba el tronar del enfrentamiento y viendo que no aparecían aviones, ni helicópteros; salían del escondite. Esperando a los que traían con prontitud del frente; viniendo antes los que necesitaban ser curados. Llegando después, los que no habían sobrevivido al ataque. Siendo mi misión primera, ayudar a los heridos, en la medida que pudiese; pues el hospital, los doctores y los medios de los que disponíamos, eran ciertamente escasos. Pasando a dar las extremaunciones y orar junto a los fallecidos. Al día siguiente, todos andaban cabizbajos, con mirada de culpa y durante la mañana, se enterraba a los muertos -tras oficiar una misa por sus almas-. Siendo también mi función, escribir a los familiares (en caso de que no fueran originarios de la zona). Mandando unas palabras de consuelo, que firmaba como párroco de una población muy distinta y distante, a esta en que nos hallamos. Con el fin de que ningún pariente -ni terceras personas- localizase la situación del campamento base, ni la organización operativa de nuestro destacamento revolucionario.

         En este primer destino, lo más triste era soportar los comentarios de algunos mandos; quienes se declaraban ateos, pero me conminaban a despertar la fe de “sus chicos”. Pues habían observado que los soldados más creyentes, luchaban y morían mejor; temiendo menos, perder la vida. Mientras los que tenían grandes dudas sobre la redención, entraban en batalla con mayor cautela y miedo, de ser aniquilados. Todo lo que para mí comenzó a convertirse en un horror, sin poder criticar a los superiores en su postura; pues argumentaban que conmigo, los soldados tenían una esperanza y podían triunfar mejor en la guerra. Por cuanto decidí irme al frente y cesar en mi oficio como preparador y guía espiritual de estos adolescentes; a quienes asesoraba y ayudaba, antes de que los enviasen a primera línea. De tal manera, para lograr ese nuevo destino, necesité hacerme enfermero; estudiando los primeros auxilios, aprendiendo a coser heridas, escayolar huesos rotos, administrar los más sencillos medicamentos y hasta inyectar morfina a los que no tenían solución. Tardé unos tres meses en completar esas enseñanzas básicas de medicina y fui nombrado camillero; pudiendo huir así del campamento base, marchando al frente. Todo lo que me liberaba de mis funciones como “asesor religioso”; para que los chicos muriesen con fe y luchasen mejor. Por cuanto, dirigirme a primera línea, por muy terrible que fuera; resultaba una liberación. Además, sabía que siendo cura estaría a salvo; pues si caía en una emboscada o me hacían prisionero, me respetarían por esa condición y al ser súbdito español.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas); con piezas áureas costarricenses, anteriores a la llegada de los españoles. Arriba, ídolo en oro precolombino, de Costa Rica; hallado en Chiriquí (subregión de Diquis). Está fechado en el Periodo V al VI, entre los años 700 al 1500 d.C.. Representa un humanoide, con vegetales y dos aves. Al lado, colgante del mismo periodo, fecha y procedencia que el anterior; con forma de batracio. Abajo, otro ejemplar de igual lugar y data; que representa un humano con cabeza de Quetzalcoatl y alas. A mi juicio, sería un sacerdote de este dios, llamado entre los mayas Kukulcán; por lo que -quizás- podemos fechar la figura entorno al siglo XII d.C.. El relato narra que la madrina de Manuel, le regaló dos ídolos similares, para que los llevase como amuleto y le sirvieran de moneda, en caso de que necesitase dinero (para escapar o resolver un grave problema).




V- En el frente:

         En cuanto puse mis pies en este infierno, al que llamaban primera línea; supe que me había equivocado. Pronto me di cuenta de que -quizás- no lo soportaría; ya que la vida entre trincheras y fusiles, era muy distinta a la del campamento base. La droga aquí corría por doquier y cuando los chicos no la estaban consumiendo, es porque bebían alcohol o se entretenían con mujeres (en ocasiones de pago; y en otras, forzadas). Sin preocuparse por su futuro, que daban por perdido; menos aún, por el resto de compañeros. Así que ninguno quería hablar -ni pensar- sobre temas de importancia; no digamos ya religiosos. Por lo demás, nos sentíamos como una manada de ganado, esperando ir al matadero; sin tener siquiera derecho a un nombre. Pues los soldados eran llamados con un número; al igual que los mandos se identificaban solo por el rango y una cifra de tres dígitos. Siendo el jefe de nuestro destacamento el Comandante 111; quien me advirtió de que no podría usar mi apellido -siquiera el antropónimo- para evitar ser localizado en la vida civil. De tal manera, me instó a darme a conocer por un alias, comentando que los sacerdotes solían tomar su lugar de origen como seudónimo; por lo que pasé a llamarme el cura “Mota”. Con el fin de que nadie me reconociera y no pudieran tomar represalias, el día de mañana; cuando dejase la misión. Después de todo aquello, comprendí cual era el gran problema de los que aquí permanecían reclutados. Ya que nadie quería imaginar que la jornada siguiente, podría ser el último día; ni menos, pensar que la muerte les podía sobrevenir de un modo terrible. Para ello, era necesario desprogramar el cerebro; por cuanto, si no mascaban hoja de coca, o fumaban lo que había a mano; bebían chicha, cerveza y cuanto les ofrecieran. Ya que la vida de aquellas gentes no valía nada, y meditar en ese lugar era de locos. Pero lo peor, es que ninguno de los soldados superaba mi edad (de treinta y cinco años); teniendo en su mayoría, menos de veinte. Debido a lo que me veían como una persona mayor; que normalmente identificaban con su padre.

         Pronto fui conociendo la muchos de estos pobres chicos, destinados a morir o matar en la selva. Llegando a entablar amistad con los que deseaban acercarse y relacionarse conmigo, considerándome su progenitor en la guerra. A través de los que supe la existencia de otro sacerdote; en este caso, destinado en un destacamento de las montañas próximas. Quien, en cuanto supo que había llegado a la zona, se acercó a conocerme; saludándome efusivamente al verme, preguntando mi “nombre de combate”. Le respondí que me llamaba “Mota”; ante lo que aquel compañero cuestionó si era del marqués o del cuervo. Cuando contesté que del marqués, comenzó a reír y a abrazarme, mientras añadía que él se llamaba “Íscar”, por su lugar de origen. Comentando con enorme alegría, que también era castellano y de un pueblo muy cercano al mío. Pese a todo, me extrañó su acento, claramente centroamericano; por lo que comenté que llevaría mucho tiempo en esas tierras, para hablar con tanto deje. Reconociendo que había llegado de niño y apenas recordaba las tierras de Íscar; de las que sus padres habían emigrado unos treinta años atrás. Entablando desde ese momento una buena amistad, viéndonos regularmente; visitando yo su Compañía o viniendo él a la nuestra. Pudiendo charlar y cambiar impresiones con un compañero, que dijo ser jesuita; aunque dudé de sus palabras, al observar en él una falta de formación y conocimientos. Pareciéndome extraño que comúnmente hablase de política y muy pocas veces de filosofía o de religión.

         Otro de los grandes camaradas que hice en este frente, fue mi fiel amigo Pedro; que gozaba de cierto “enchufe” -como decimos en España-. Pues al ser el hijo natural del Comandante 111, tenía muchos privilegios; entre los que destacaba manejar un gran todoterreno y actuar como chófer (para los mandos). Pudiendo acercarse al campamento base cuando lo deseaba; siendo su misión la de transmitir el correo, hacer de enlace o transportar mensajes y mercancías importantes. Viajando a diario desde nuestro destacamento de primera línea a esa unidad de retaguardia. Junto a él, se sumaron a mi grupo de amigos, otros cuatro soldados muy jóvenes; quienes dijeron querer ser “discípulos”. Viniendo a interesarse por mis palabras, mi oficio y mi persona; ayudándome en las labores sacerdotales y mientras atendía a los heridos o amortajaba a los fallecidos. Eran todos casi adolescentes -menores de veinte años-; pese a lo que tenían una inigualable madurez, generosidad, espíritu de servicio y una gran educación. Con ellos, compartía los momentos de ocio, tanto como los peores instantes del frente; viviendo los horrores de esa guerra, que despertaba cuando menos nos lo esperábamos. Produciéndose continuamente avanzadas o escaramuzas, que nos obligaban a escondernos, hasta que cesaban; tras las que nos buscábamos con desvelo, por ver si habíamos sobrevivido y estábamos todos bien. Pasado aquel horror, después de curar a los que necesitaban primeros auxilios y rezar por los que habían caído. Celebrábamos todos la vida, compartiendo el vino que me mandaban para oficiar; del que en el campamento base se quejaban, por tantas botellas como les pedía. Comentando a Pedro (el conductor) que debían ser muchas las misas ofrecidas, para necesitar más de una caja a la semana; aunque siempre se la daban. Del modo que narro, habíamos creado un maravilloso grupo de seis; con los que en pocos meses hice una verdadera familia.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas); con publicaciones que rememoran la evangelización y llegada de los españoles a América. Arriba, ceremonial de los reyes amerindios de la Florida (Bernard Picart; Amsterdam, 1721). Al lado, otro grabado del mismo libro, que representa al dios de los vientos, en las Islas Vírgenes (Bernard Picart; Amsterdam, 1721). Abajo, litografía intitulada “Hernán Cortés se opone a los sacrificios humanos”; inspirada en la ópera, Hernán Cortés, de Spontini (Nicolas Eustache, Francia, hacia 1820). Uno de los problemas a los que se enfrentaron quienes primero llegaron a tierras americanas, fue el de las antiguas religiones indígenas. Cultos ancestrales, que realizaban sacrificios humanos; destacando entre ellos, los aztecas, que necesitaban unas veinte mil víctimas al año, para sus ritos. Los sacerdotes católicos rápidamente intuyeron que en el Continente recién descubierto, no había nacido Cristo; por cuanto evangelizaron a sus habitantes. Sustituyendo las inmolaciones humanas, por el del pan y el vino. Logrando que la población indígena aceptara con enorme alegría y devoción la religión católica; que les liberaba de matar a inocentes y comer su cuerpo (tal como hasta entonces se hacía). Comprendiendo pronto que la consagración del pan y del vino, sustituía la necesidad de ofrecer humanos, para engullir su sangre y su carne. Entendiendo la ceremonia de La Eucaristía como una absoluta salvación; ya que imperios como los aztecas, obligaban a sus pueblos subordinados; entregar miles de jóvenes, para cumplimentar ese ritual de muerte (a cambio de no declararles la guerra o destruir sus poblaciones).



VI – La fuga:

        Uno de esos días en los que bebíamos, celebrando la vida; habiendo consumido más vino del que mi cerebro toleraba. Se me ocurrió hablar a mis “discípulos” sobre la posibilidad de que escapasen del frente. Lo hice durante una reunión en la que no estaba presente Pedro; que al ser hijo de un alto mando, no podía participar en tales ideas, ni conversaciones. Tras mi propuesta, los cuatro jóvenes, me dijeron que era imposible huir. Pues para viajar desde la primera línea hasta un posible lugar de fuga, habría que cruzar la selva y el campamento base. Por lo que serían cazados en cuanto salieran a la zona acordonada militarmente; en las colinas o en el llano. Además, aunque lograsen superar los campos y pasar la aldea base, todas las comunicaciones y fronteras permanecían vigiladas; resultando imposible alcanzar otro país. Consecuentemente, sin lograr salir de la nación, serían antes o después capturados, juzgados y fusilados. Tomando los mandos, posibles represalias contra sus familias y las gentes más cercanas a ellos. Aseverando al final, y con voz muy triste: -“Si no fuera así, todos escaparían; pero nadie puede salir de este infierno”-.

         Quedé mirándoles fijamente, y tras beber una copa más de vino; les propuse un plan de huida. Comentando que en un lugar secreto, yo escondía dos objetos de oro -que portaba como amuletos-; con los que esos cuatro chicos podrían tener un medio para cruzar a otra nación. Bastando llegar al mar y entregar a un pescador uno de esos talismanes de gran valor; logrando que les llevase en su barca hasta el litoral de un país vecino. Una vez superada la frontera, ya fuera del territorio; podrían utilizar el segundo idolillo de oro, para lograr un transporte hasta San José. Allí, vivía mi madrina, quien les protegería poniéndoles a buen recaudo (fuera de todo peligro y bien protegidos). Bastando para ello, que yo redactase unas cartas; pidiendo a mi tía que les acogiera y ayudase. Tras lo que ella les prestaría el mejor auxilio. Al escuchar mis palabras, aquellos cuatro chicos me miraron con cara de asombro y miedo; sin dar crédito a lo que oían. No podían imaginar siquiera la propuesta, ni aceptaban mi plan; preocupándose en ese momento por guardar la entrada y los exteriores de la tienda de campaña, vigilando por si algún extraño podía escucharnos. Después, repitieron varias veces que resultaba imposible llegar al mar, porque distaba unos cien kilómetros; estando el camino lleno de guerrilleros y vigilantes. Ante lo que contesté: -“Eso, si no tenéis un coche. Pero en un todoterreno, puede alcanzarse un pueblo costero y alejado del frente; en menos de dos horas”-.

         De nuevo, aquellos muchachos quedaron pasmados; sus bocas no se cerraban, mientras salían y entraban de la carpa, por ver si alguien oía lo que hablábamos. Tras ello, el más joven preguntó si yo también me sumaría a la fuga; a lo que respondí que nunca. Pues mi misión era estar en ese lugar y en el frente; tal como elegí. Pero ellos habían sido reclutados a la fuerza, en plena adolescencia; por lo que -a mi juicio- fueron raptados para hacer la guerra. Siendo así y viendo que lentamente accedían al plan; seguí explicando que me bastaba pedir a Pedro que dejase las llaves en el todoterreno, para que ellos escapasen con en el vehículo. Era muy fácil lograrlo, comentando al conductor que esa noche saldría de la Compañía; para visitar a mi colega (el cura Íscar). Pudiendo hacerse ellos durante la madrugada con el coche y huir; sin que se culpase a nadie de lo sucedido. Pues yo reconocería que fui quien encargué al chófer que no quitara las llaves; y vosotros, al verlas puestas, lo habríais usado en la fuga. De nuevo, los jóvenes, no podían imaginar lo que escuchaban; por cuanto uno de ellos aseveró: -“Eso, solo podré creérmelo; si veo los ídolos de oro y si me asegura alguien que Pedro va a dejar así el todoterreno”-.

         Abrí una botella de vino más, y mientras les servía la última copa, otro de los chicos aseveró que el plan era inviable. No podrían escapar, porque junto a ellos dormía un cabo, al que era imposible hacer partícipe de la fuga. Me quedé pensando, ideando una solución y muy pronto les respondí que ese último problema también podría solventarse. Bastando organizar aquella noche una pequeña fiesta, en la tienda donde tenían sus literas; invitando al cabo para que bebiera varios vasos de vino, al que añadirían una pastilla de somnífero -de las que tenía en mi botiquín-. Logrando así que el referido superior, entrase en el sueño de los justos durante horas (tras ingerir el “caldo”, con un poco de Dapaz). Dicho esto y al haber quedado mudos los cuatro muchachos; me fui hacia donde guardaba mi casulla y descosí un extremo. Sacando los dos ídolos áureos, de un bolsillo que había fabricado en ella. Me fui hacia los chavales, les enseñé esos amuletos y les dije que se los regalaba; y si querían quedarse con ellos, ese sería su destino. Pero si deseaban utilizarlos para huir; la próxima Luna Nueva, podría pedir a Pedro que dejase el coche con las llaves puestas. Asimismo, durante la tarde del día convenido, les proporcionaría el somnífero, un par de botellas de vino y las cartas dirigidas a mi madrina (de Costa Rica). Ninguno dudó en participar; preguntando rápido en qué fecha caía el cambio de Luna. Les fijé la jornada y quedó en hacerse todo aquella madrugada del martes al miércoles 9 de abril (de 1986); en que la tiniebla envolvió la noche para siempre.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas); en este caso, recogemos curiosos ídolos y esculturas, de tipo antillano, que continúan siendo un enigma. Arriba, cinturón ceremonial tallado en piedra, de la cultura Taina, fechado entre el 1000 y el 1500 d.C.. No se sabe con certeza su función aunque algunos consideran que eran cintos (Yuke), utilizados en el juego de la pelota (batú) para rebotarla. A mi juicio, también pudieron ser premios o condecoraciones, que se entregasen al ganador de estas competiciones, con las que resolvían los conflictos y luchas, las gentes de las Antillas. Al lado, ídolo también perteneciente a la cultura Taina y de misma datación. Tallado en forma triangular (trigonolito), se supone que representa un ave. Pudiendo tratarse -a mi juicio- de un hacha o maza ceremonial, con una figuración relacionada con el sexo (falo o vulva). Utilizada en ritos de fertilidad, como el matrimonio, el parto, o la siembra. Abajo, tres figuras en piedra antillanas, de igual fecha y cultura que las anteriores. Se considera que pudieron ser representaciones de cinturones (yuke) usados en el juego de pelota (batú); aunque a mi juicio, quizás fueron premios o condecoraciones, otorgadas a los vencedores de estas competiciones. Como venimos narrando, uno de los problemas que se encontraron los españoles al llegar a América en el siglo XVI, fue que en ese Continente “Cristo no había nacido”. Es decir, no conocían la religión cristiana, por lo que sus cultos eran ancestrales y en muchas ocasiones terribles. Entre los antillanos, el juego de batú servía para resolver conflictos y evitar confrontaciones; con doce participantes por equipo y una gran bola de caucho (desconocido para los europeos, hasta el momento). Aunque, entre los mayas y aztecas, el significado de esta competición era ritual y la pelota simbolizaba el Astro Rey; por cuanto no se podía golpear con manos, ni piernas, tan solo con la cabeza. Al final del partido, el equipo perdedor era sacrificado a los dioses; ofreciendo su sangre al Cosmos, para que renovasen la vida de los hombres.



VII – Investigación y apresamiento:

         El plan fue realizado tal como se había ideado; por lo que aquella noche de Luna Nueva, pedí a Pedro que dejase el coche con llaves, ya que deseaba visitar a mi amigo el cura “Íscar”. Antes, había entregado a mis cuatro “discípulos”, un par de botellas de vino, una pastilla de somnífero y las cartas dirigidas a mi tía. Asimismo, les aconsejé que llevasen un mapa -de los muchos que nos entregaban en el ejército-; para localizar una población costera cercana, donde embarcar y salir hacia el país vecino. No pude conciliar el sueño ni un segundo, aunque permanecí en la cama, simulando estar dormido; llegando a emitir ronquidos, para evitar sospechas de gentes instaladas en carpas cercanas. Entorno a las dos de la mañana, escuché como arrancaba el todoterreno. Momento, en que mi corazón comenzó a latir de un modo que sus golpes reverberaban en mis tímpanos. Luego, corté la respiración y esperé; tras ello, volví a relajarme, al no oír más ruido, ni a personas moverse por el campamento. Así me mantuve a la espera hasta que amaneció; sabiendo que habían logrado escapar y que -posiblemente- ya habían alcanzado las orillas del océano. Finalmente salió el Sol y formaron a la Compañía, como era usual antes del desayuno. Pasaron lista y pronto se dieron percataron de que faltaban cuatro soldados y un cabo; mandando a un sargento ir a su tienda, para castigarles (por ausentarse a filas en diana). Allí encontraron solo al superior, completamente dormido y no hallaron rastro de los otros que faltaban. Tras despertar al cabo con agua fría, reconoció haber bebido demasiado; no sabiendo dónde estaba el resto de su patrulla. Momento en que se dieron cuenta de que podría tratarse de una deserción; por lo que el responsable de la tienda quedó bajo arresto y se tocó generala de alerta. En el mismo instante, apercibieron que faltaba el todoterreno y tuvieron la certeza de que los cuatro habían huido.

        Comenzaron los interrogatorios, tras detener también a Pedro; como conductor y responsable del coche. Formaron a la Compañía en pleno y los mandos se colocaron frente a los dos apresados, exigiendo que todos asistiéramos a esa triste ceremonia. El proceso comenzó de manera ejemplarizante; dando una fuerte paliza al cabo y al chófer, utilizando una vara de araucaria. Mientras preguntaban al primero, por qué se había emborrachado, hasta el punto de no percatarse de la huida. Mientras al otro le golpeaban, para que explicase porqué los desertores habían logrado arrancar el todoterreno. Pronto vi como brotaba la sangre de Pedro, entre sus ropas que se hacían jirones; momento en que di un paso al frente y dije haber sido yo el que le pidió que dejase las llaves puestas. Me preguntaron por qué razón y respondí que para ir a ver a mi amigo, el cura Íscar. Así dejaron de azotar al responsable del coche; mientras su padre, el Comandante 111, me miraba con cara de odio. Tras ello, este mando ordenó que todos permaneciéramos formados y se dirigió al edificio en que estaban sus puestos; donde, a través de la ventana, vimos que realizaba una llamada telefónica. Al rato, regresó a la Compañía y se dirigió a mí sonriendo, con sorna. Mientras me gritaba: -“¿Ayer ibas a ver al cura Íscar y por eso pediste a Pedro que dejase las llaves puestas?. ¡Pues acabo de hablar con ese sacerdote y dice que no se lo habías comentado, ni sabía nada de tu visita!”-.

          Me vi sin argumentos posibles y tan solo quedaba admitir que ni Pedro, ni el cabo; tenían algo que ver con la huida. Haciéndome responsable de lo sucedido. Tras ello, fui detenido y encerrado en un calabozo de unos seis metros cuadrados; con grandes muros de adobe, donde una puerta de metal roído, era la única entrada de luz y aire. Allí, junto a un cubo -que me dijeron se usaba como retrete- esperé mi destino. Mientras escuchaba desde fuera voces, que aconsejaban al Comandante 111, torturarme; para que confesase donde se habían dirigido los desertores. Por fortuna, el mando no respondía, ni accedía a las propuestas; mientras me surgían terribles dudas, al pensar si hablaría o no, ante el horror del suplicio. Viniéndome a la mente cuanto se contaba sobre estas latitudes; narrando que eran capaces de las mayores atrocidades para obtener información. Horas estuve en ese estado de incertidumbre, donde algunos militares exigían al padre de Pedro que me llevase a interrogar; aseverando que hablaría, tras algunas descargas eléctricas. Mientras escuchaba aquello, rezaba de rodillas, rogando a Dios que no me pusiera en tan terrible prueba; pensando que cada minuto transcurrido era tiempo que los huidos ganaban, para escapar del país. Por cuanto, al medio día; sin haber abierto nadie el calabozo y tras más de diez horas desde la fuga; pensé que si me martirizaban, ya podría narrar algo del plan. Pues al desconocer a qué lugar de la costa se habrían dirigido; no podrían seguirles. Siendo lo más probable, que ya estuvieran fuera del territorio y nunca más les encontrasen. Prometiéndome no decir nada sobre mi tía, ni acerca de Costa Rica; aunque me sometieran al más tremendo tormento.

          En esa tesitura y mientras oraba de rodillas en el calabozo; sonó la llave y rodó el pestillo. Comencé a temblar, pensando que vendrían para martirizarme; aunque al abrirse la puerta, apareció la silueta de mi fiel Pedro, portando un jarro de agua. Ofreciéndomela para beber, me comunicó que él había quedado libre de toda culpa, al igual que el cabo; pero que a mí me someterían a Consejo de Guerra, al día siguiente. En esos instantes, entró en la celda un mando, profiriendo gritos e insultos; tomándome por el cuello y aseverando que no hacía falta juicio, pues él mismo me iba a dar muerte con sus manos. Mientras intentaba evitarle, Pedro le propinó un tremendo golpe con el jarro; dejando a mi agresor malherido en su lado izquierdo de la cabeza. Luego, lo sacó arrastras del calabozo y cerró con llave la puerta, para que nadie más entrase. Tras ello, oí como advertía a todos los presentes, que yo era un preso extranjero y que no podía ser maltratado; debido a mi condición de sacerdote y de ciudadano español. Se inició una fuerte discusión, hasta que llegó un mando y confirmó lo que aseveraba el hijo del Comandante 111. Todo lo que llegó a tranquilizarme; más aún, cuando poco después mi amigo volvió a abrir el calabozo y me dijo que no me preocupase. Venía con unas cuartillas, lápices y algunas velas gruesas. Mostrando el modo en que podría escribir, reclinado sobre el jubón; aprovechando la poca luz que entraba por la cancela de metal. Asimismo, me facilitó una caja de fósforos, para que pudiera darme luz durante la noche (con los cirios). Me aconsejó dedicarme a anotar ideas, para tranquilizarme y no sufrir innecesariamente; ya que el juicio solo dependía de lo que Dios mandase. Por lo que me puse a redactar estas palabras; sin parar de hacerlo, con el fin de no pensar en más.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas); con piezas áureas costarricenses, anteriores a la llegada de los españoles. Arriba, conjunto de colgantes con deidades; procedentes de la región de Diquis, Costa Rica (periodo VI; fechados entre el 1000 y el 1500 d.C.). Representan humanos, alguno con cabeza y rasgos de ave rapaz. Otros con el sexo muy marcado, coronas y cuernos. Al lado, ídolos de igual procedencia y fecha (Costa Rica, Periodo VI; 1000 al 1500 d.C.). En este caso son antropomorfos, con figuras de pájaros, felinos y otros animales. Abajo, deidad de gran tamaño, fundida en oro; que representa un caimán sagrado (Costa Rica, Diquis, Periodo VI; 1000 al 1500 d.C.).



VIII – Mi Defensa:

        El siguiente día era jueves y fue el tercero en que no pude conciliar el sueño. La noche del martes al miércoles, me había mantenido en incertidumbre, atento y preocupado por la huida de los cuatro chicos. Mientras esta madrugada la viví encarcelado; escribiendo las notas, que casi voy terminando. Por fin se hizo de día y alguien llamó a la puerta del calabozo; me extrañó el aviso, debido a lo que pregunté quién era -con voz sorprendida-. Se trataba de mi colega, el padre Íscar; advirtiéndome de mi grave situación procesal, comunicando al entrar que actuaría como abogado, ante el Consejo de Guerra. Tras abrazarme, se sentó frente a mí y preguntó por qué había pedido ese destino; y qué motivos me habían llevado hasta este frente bélico. Le respondí que yo era un “miembro profeso” de la Compañía de Jesús y me había comprometido al “Cuarto Voto”. Observé que no entendía del todo mi explicación, viéndome obligado a recordarle que quienes habíamos completado totalmente nuestra formación y estudios en la Orden; profesábamos un cuarto designio. Jurando obediencia plena al Santo Pontífice, debiendo ir a las misiones donde nos destinasen. Tras mi contestación, vi que Íscar quedaba dubitativo; por lo que volvió a incidir en que explicase claramente los motivos que me habían llevado hasta ese lugar. Advirtiendo que en ello, basaría mi alegato de defensa.

         No sabiendo qué decir, ya que las causas y motivos de mi llegada hasta esa guerra, estaban más que razonadas con el Cuarto Voto. Comencé a exponer algunas circunstancias que pudieran ser útiles, para desarrollar su función como abogado frente al Consejo de Guerra. Narrando, que me había licenciado en Historia, logrando doctorarme al presentar una tesis sobre el significado y trascendencia de la expulsión de los jesuitas en Europa. Un trabajo que me llevó a identificar ciertos hechos del pasado, con lo que sucedía en nuestro presente. De tal modo, en mi estudio, llegaba a la conclusión de que la Compañía de Jesús había sido perseguida -casi erradicada desde mediados del siglo XVIII- debido a los intereses esclavistas promovidos por la Ilustración. Un movimiento intelectual que negaba la creación divina del ser humano y rechazaba El Génesis. Considerando que todo era fruto de una evolución o del paso del tiempo; tal como un siglo después escribiría Darwin. Aunque, ya desde 1740 se generalizó la idea de que la inteligencia y la habilidad, nacían a través de milenios de cultura, aprendizaje y civilización. Por cuanto, existían seres naturalmente inferiores, como los negros o los amerindios; y otras razas superiores, como las europeas (en especial, las rubias y de tez muy blanca). Una ideología ilustrada, que chocaba con los principios de la Iglesia y los que habían extendido los españoles, tras su llegada a América. Considerando que todo hombre era igual y un hermano, si se bautizaba y seguía los designios del catolicismo. Por lo que desde este tiempo en que se inició el racionalismo; comenzaron a perseguir a la Compañía de Jesús. Ya que iba en contra de los intereses coloniales y productivos, que se promulgaban durante el siglo de “Las Luces”.

         Me escuchaba absorto aquel “padre” Íscar; por cuanto seguí relatando que aquellas ideas de los ilustrados, no tenían siquiera una base intelectual o científica. Sino nacían del deseo por esclavizar a los negros y a los habitantes del Nuevo Continente; con fines industriales. Pues en aquellos días, daba sus primeros pasos la industrialización y se necesitaba mano de obra gratuita; para lo que era imprescindible justificar la existencia de humanos superiores (que debían dirigir el Planeta) y humanoides (cuya misión era servir, como simios). Consecuentemente, el rey Carlos III de España y sus “iluminados” ministros, firmaron un pacto con Portugal (en 1750); para cederles varias misiones jesuitas, principalmente las situadas en la frontera con Brasil. Aseverando que nuestra Orden estaba creando un país propio, donde educaba y dirigía a los amerindios, que habitaban allí. A consecuencia de este acuerdo hispano-luso, más de treinta mil guaraníes se enfrentaron a la esclavitud y quedaron sin protección; siendo perseguidos por “bandeirantes” (bandoleros portugueses, cazadores y traficantes de humanos). Mientras los gobiernos de Portugal y España, acusaban a los jesuitas de generar un Estado Guaraní; en las tierras que actualmente comprenden Paraguay. Aseverando los gobernantes europeos, que esos amerindios dependían de los clérigos y solo atendían a su poder (ajenos a la Corona). Como consecuencia de este tratado -llamado de Madrid- comenzó la destrucción de varias misiones, sublevándose cuatro años más tarde los indios; a los que proporcionaron armas los sacerdotes de la Compañía, que dirigían las llamadas “reducciones”. Comenzando una cruenta guerra en 1754; donde los españoles lucharon junto a los portugueses para destruir numerosas comunidades y pueblos fundados por los jesuitas. Conflicto que se extendió en el tiempo, donde durante más de un lustro, murieron decenas de miles de combatientes -de un lado y del otro-; logrando así los guaraníes, que los “bandeirantes” no les esclavizasen.

      Todo ello, llevó a extender el odio hacia los jesuitas, que fueron considerados una Nación, dentro del Estado; promoviendo su expulsión. Lo que se produjo en ese tiempo en que el protestantismo, el jansenismo y la masonería; se hicieron con el poder de las monarquías absolutistas reinantes. Debido a ello, cuando sufrió un atentado el rey de Portugal (en 1758); el marqués de Pombal -tan cercano a Inglaterra- culpó a la familia Tavora, al duque de Aveiro y a su entorno. Sometiéndoles a torturas y dando muerte a mujeres y niños; mientras hacía prisionero al jesuita Gabriel Malagrida, acusado de colaborar en el crimen (al que condenó a muerte y quemó en la hoguera). Siendo así como expulsó a la Compañía, un año más tarde; ordenando escoltar a los sacerdotes con la milicia y llevándoles hasta los puertos lusos, para embarcarles hacia Roma. Poco tardó Luis XV de Francia en hacer lo mismo; esta vez argumentando que los de nuestra Congregación habían estafado y copado el comercio en las Antillas (lo que era falso, pues los problemas se debían a que los piratas británicos asaltaban sus barcos). De tal modo, animado por su amante (la Pompadour) y por los jansenistas; decretó la expulsión de los jesuitas en 1762 -mandando más de dos mil al exilio-. Aunque peor fue lo que hizo el Conde de Aranda; que obedeciendo a los masones, o bien a Carlos III, promovió una orden de expulsión secreta. Enviando una carta lacrada a todos los gobernadores de provincias (peninsulares y de ultramar); cuyo sobre debían abrir a una determinada hora y fecha. Noche en la que se ordenaba a las autoridades apresar a los miembros de la Compañía de Jesús, llevarlos hasta un puerto de mar y echarles de cualquier territorio que perteneciera al reino español.

          De este modo, casi desapareció nuestra Orden; que fue protegida tan solo por Catalina la Grande (de Rusia) y Federico II (de Prusia). Quienes, al no ser católicos; permitieron que se conservase en sus dominios un residuo de religiosos, del que más tarde partirían las congregaciones que volvieron a crearla. Ya que el Papa Clemente XIV había ordenado su disolución en 1773; siguiendo las órdenes y deseos de Francia, España y Portugal. Por su parte, tras la expulsión de los jesuitas españoles, en 1767; los territorios de su “protectorado” guaraní, entraron en crisis, quedando sin dirección, ni protección. Reduciéndose la población a la mitad; muriendo unos cien mil habitantes, por hambre y enfermedades (a más de los cazados como animales). Huyendo a la selva gran parte de ellos; debiendo dedicarse a economías de subsistencia, los que sobrevivieron. Mientras esos amerindios se defendían sin armas, para no ser esclavizados por los “bandeirantes” brasileños. Así finalicé esta exposición, que consideré muy útil para mi defensa. Narrando al padre Íscar que por todo referido y conociendo bien la Historia jesuita, decidí venir a las misiones de Centroamérica. Llegando a enrolarme en este ejército, pensando que la situación, se parecía -en algo- a la que vivieron los guaraníes. Pero pude comprobar que no era así y nada tiene que ver lo que aquí sucede. Pues esta, es una lucha de poder entre el comunismo y el capitalismo; simplemente una confrontación geopolítica, cuya función es el desgaste militar y lograr posiciones en territorio amigo o enemigo. Además, de extender la droga por Occidente, con el fin de dañar a su población. Debido a ello, viendo que los chicos estaban secuestrados y obligados a luchar; decidí organizar su fuga. Ese fue mi motivo; siendo esta la defensa que querría exponer, a quienes me juzgarán.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas). Arriba, cuadro con técnica de enconchado; que representa el bautismo de Cristo. Es anónimo y se pintó en México, entre los siglos XVII y XVIII. Hemos de destacar que esta técnica de decorar con conchas los muebles y cuadros, procede de Asia; habiendo sido muy común en el Japón de periodo Nambán y en Las Filipinas católicas. Trasladándose a México muchos de los artistas que los realizaban; principalmente después de la expulsión de los cristianos de tierras nipponas y el cierre del archipiélago a esa religión. Momento en que numerosos pintores y artesanos japoneses huyeron a América, donde vivieron y trabajaron en el Virreinato de Nueva España. Creando obras como las que vemos; junto a espectaculares biombos, de inspiración nippona. Al lado y abajo, otro cuadro de la misma serie; en el que se representa La Crucifixión (anónimo, Virreinato de la Nueva España, siglos XVII al XVIII). Junto a estas líneas, detalle de su escena central; bajo ellas, la obra con su marco de conchas.



IX – Controversia y Consejo de Guerra:

         Al escuchar mis palabras finales, el padre Íscar dio un respingo; como si le hubieran clavado una aguja en el trasero. Mientras exclamaba que esas últimas frases, jamás las debería pronunciar durante el proceso. Pues, el motivo para que un sacerdote estuviera ayudando a las tropas en aquel frente; se hallaba en la Teología de la Liberación. Un movimiento, que en toda mi exposición no había aludido y en el que deberíamos basar nuestra defensa. Argumentando que la ideología de Marx, puede ser sincretizada por la Iglesia; y que la lucha de clases tiene sentido, si los pobres mueren de hambre. Siendo así -quizás- el modo en que lograría el perdón de la Sala; dada la fama que estos teólogos tenían en Centroamérica. Ya que habían logrado defender a los pobres y promover la paz -en muchos casos-. A lo que respondí que también habían justificado la violencia; algo que no estaba escrito en los Evangelios. Por lo que -a mi juicio- consideraba absurdo ese argumento de defensa. Principalmente, porque antes de declarar, iba a jurar sobre La Biblia decir tan solo la verdad; y no podía mentir. Menos aun, incluyéndome como miembro de un movimiento al que no pertenecía (ni en el que profesaba). Sin despertarme interés alguno, esa Teología de la Liberación; que une la política, el materialismo y el poder, con la religión. Pues como dijo Jesús: “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

         Fue oír aquello y echarse el padre Íscar las manos a la cabeza; advirtiéndome que como dijera eso, me condenarían a muerte. Pues lo que yo había hecho era gravísimo, y aún ni lo comprendía; ya que los cuatro chicos estaban fugados y nadie sabía si habían caído en manos del enemigo o se encontraban en un país vecino. Por cuanto, podrían hablar y narrar todo lo que sabían; describiendo el armamento, apuntando nuestras posiciones y contando la táctica militar aprendida. Debido a lo que se estaban planteando trasladar las Compañías a una zona diferente; con el fin de no recibir ataques o emboscadas del otro bando. Palabras que escuché con enorme preocupación, sin saber realmente lo que podía hacer -o decir- durante el juicio. Pero, mientras así hablábamos, llamaron a la puerta del calabozo, avisando que debíamos dirigirnos hacia la “sala de banderas” (en el edificio de oficiales). Hasta allí me condujeron esposado, junto a mi abogado; para sentarme en el banquillo. Pronto aparecieron los siete oficiales que me juzgarían en Consejo de Guerra, entre los que destacaba como mando superior, el Comandante 111. Su presencia me tranquilizó, pensando que el padre de Pedro intentaría no aplicarme la pena máxima. Pese a ello, antes de comenzar el proceso; expuso su deber de retirarse, ya que me conocía y le unía a mí una cierta amistad; no pudiendo intervenir en la causa. Tras ello, salió de la sala y comenzó el juicio; que apenas duró unos minutos.

          Primeramente, intervino mi abogado, argumentando que yo era un miembro de la Teología de la Liberación; por cuanto debían cuidarme como filósofo que apoyaba al pueblo. Tras ello, los miembros del Consejo, me preguntaron por qué había organizado la fuga de esos cuatro chicos. A lo que respondí que por compasión y porque lo creí mi deber. Momento en que se produjo un gran revuelo entre los asistentes; mientras el padre Íscar me miraba con gesto adusto. Después, uno de los componentes de la mesa, se dirigió a mí; pidiendo que explicase por qué motivos concretos había ido hasta allí. Apostillando que nadie se trasladaba a primera línea, con el fin de hacer desertar a los soldados. No supe que contestar, por lo que pronuncié unas extrañas palabras, expresando que mi guerra no era de ese Mundo. Finalmente, otro de los jueces militares, me instó a decir lo que realmente pensaba; recalcando que me hallaba bajo juramento. Tras lo que repetí las palabras antes pronunciadas, en el calabozo: -“Creo que hemos de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”-. Instante en que oí decir a uno de los mandos, con voz muy alterada: -“Eso es un alegato imperialista”-. Mientras el que presidía el Consejo aseveró de forma tajante que la vista había terminado; y los jueces se retiraban para a decidir y que en breve, se emitiría la sentencia.

           De ese modo, salieron los seis mandos de la sala, mientras mi abogado me miraba con cara de incredulidad; llegando a decir en voz baja, que me había comportado como un tonto. Yo, quedé cabizbajo y tan solo observaba el suelo, que era de tierra; donde quizás muy pronto reposarían mis restos. Creí que la espera sería larga, aunque no tardaron mucho en regresar los miembros del Consejo; para leer el veredicto. Que comenzaba describiendo el modo en que habían escapado cuatro desertores -debido a mi ayuda-; motivo por el cual peligraba el destacamento y nuestras bases. Pues esos huidos, podrían narrar al enemigo todo cuanto se refería a las técnicas y armamento que utilizábamos; así como los puntos en los que estaban apostadas las baterías. Por lo que se verían obligados a trasladar las Compañías; además de temer que el bando contrario conociera muchos de los secretos militares de nuestras posiciones. Todo ello, unido al desprecio que yo había manifestado durante la vista; provocaba mi condena a muerte. Que se llevaría a cabo, por fusilamiento y al amanecer del día siguiente. Llamando a soldados de otra guarnición, que no me conocieran; para ser ejecutado por ajenos al grupo. Ya que, debido a mi condición de español y sacerdote, pudiera haber problemas entre aquellos a los que se ordenase participar en el ajusticiamiento.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en el Museo de América, de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas). Arriba y al lado, cuadro que representa la conquista y reducción de los indios en Paraca; procedente de la Capitanía General de Guatemala (óleo sobre lienzo, siglo XVII). Abajo, Virgen de Guadalupe, de escuela mexicana, con marco de época (siglo XVII); tal como se expone en el museo.



X – Últimas voluntades:

        Tras el veredicto, salimos de la sala camino del calabozo; sabiendo que me quedaban pocas horas de vida. Cuando llegamos a la celda, se despidió de mí el padre Íscar; preguntándome si necesitaba confesión. Le insté a entrar, para hablar; y ya dentro, le pregunté dónde se había hecho jesuita. No respondió, por lo que volví a repetir mis palabras; tras lo que comentó dubitativo, no tener completados del todo sus estudios. Finalmente, se sinceró y dijo haber cursado algunos años de noviciado y otros dos de magisterio; pero que no pertenecía a la Compañía. Después, reconoció no estar ordenado y ser solo un diácono. Momento en que le di una palmada en la espalda, invitándole a marchar; agradeciendo su gestión como defensor, pero no como confesor. Quedé allí solo y seguí escribiendo estas palabras, a lo que dediqué el resto del tiempo; ya que por la tarde vendría Pedro a recoger las cuartillas con mis últimas notas y voluntades. Así fue como le oí llegar, cuando anochecía; aunque antes de entrar en la celda, unos soldados le increparon, aseverando que él pertenecía al grupo y también había organizado la fuga. Ante lo que el pobre chófer, muy asustado, respondió que apenas me conocía.

      Tras ello, le pasaron al calabozo y mi fiel amigo venía con los ojos llorosos. Triste y avergonzado, por haberme negado. En ese momento, pronunció (entre lágrimas) una frase terrible; diciendo: -“Tu no eres Manuel; eres Emmanuel y cada vez que nazcas, serás asesinado del mismo modo”-. Al oír aquello me emocioné y supe que mi muerte no sería en vano, pues mi amigo me había comparado con El Señor. Aunque me extrañó que conociera mi nombre de pila; recordando después que Pedro iba a diario al campamento base, donde todos me llamaban Manuel. Le pedí que me dejase incluir sus últimas palabras, en estos escritos, para así terminarlos. Por lo que ahora se halla mi lado y en espera (junto al jubón); mientras escribo estas frases. Donde le comunico que deseo ser enterrado en la selva y sin tumba. Colocando -tan solo- una cruz sobre mi cabeza y un árbol a los pies (que se alimente de mis restos). Solicitando que nadie comunique a mi familia lo sucedido; transmitiendo a mis parientes y amigos, que tras la fuga de esos chicos, también me escapé y desaparecí en las montañas. Sin que nadie volviera a encontrarme; por mucho que buscaron. Para que de ese modo, mis padres, ni los mas cercanos; sepan jamás lo sucedido. Terminando así el texto, que ahora leo y entrego a Pedro. Al que solicito, lo guarde; y si quiere, añada algunas palabras finales. Para que en un futuro, algunas personas, puedan conocer lo que sucedió realmente con el padre “Mota”.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes tomadas en la exposición sobre arte Nambán, celebrada hace años en el Museo de Artes decorativas de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas). Arriba, miniatura que representa a San Francisco Javier, en un cuadro enconchado, pintado por Agustín del Pino (México, 1776-1800). Su estilo y labor es herencia de los artesanos japoneses, que huyeron a Nueva España, tras la expulsión de los cristianos -la pieza pertenece al museo de América de Madrid-. Al lado, vitrina del Museo de Artes decorativas de Madrid; con diferentes piezas Nambán, elaboradas por los cristianos japoneses en el siglo XVI. Se observa en ellos, los símbolos de la Compañía de Jesús; incluidos en sus atriles y representaciones. Abajo, gran biombo de tipo Nambán, tal como se exponía en el Museo de Artes decorativas madrileño -pertenece al museo de Ámérica de Madrid-. Representa el palacio virreinal de México y se fecha hacia 1650. Su técnica está plenamente relacionada con la de los biombos japoneses; al igual que el estilo de su pintura.



XI– Final (texto añadido por Pedro):

          Siendo el más fiel amigo de Manuel en estas tierras, al que reconozco como una encarnación de Emmanuel. Procedo a redactar unas últimas líneas, relatando lo que sucedió después de su ejecución (llevada a cabo al amanecer, del viernes 11 de abril de 1986). Tras la que recogimos su cuerpo sin vida, los más cercanos; incluido mi padre (el Comandante 111) que con gran tristeza, le amortajó y preparó en un pobre ataúd. Luego, llevamos sus restos a un lugar recóndito en la selva, tal como había pedido; para enterrarle, poniendo una cruz de madera a su cabeza y plantando un pequeño árbol de madroño, a los pies. Retirándonos de allí, tras haber rezado y despedido al bueno del cura “Mota”. Tres días más tarde, vino el padre Íscar, preguntando dónde estaba la tumba de su compañero. Advirtiendo de que -antes o después- habríamos de entregar los restos a la familia; tal como marcaba la ley. Le enseñé los escritos del finado, mostrando sus últimas voluntades. Donde expresaba el deseo de descansar eternamente en plena selva; sin que ningún pariente conociera su final. Ante lo que Íscar casi se escandalizó. Aseverando que un sacerdote debía ser enterrado en lugar sagrado y que no podíamos negarnos a enviar su cuerpo a las autoridades, para que lo repatriasen a España.

       Tanto insistió aquel cura del destacamento vecino; que, temiendo ser expedientado o tener problemas legales, le llevé hasta el lugar donde habíamos dado tierra a Don Manuel. Allí llegamos, junto a un par de soldados; para recuperar el cuerpo y ponerlo a disposición de la embajada española. Localizando fácilmente la tumba, ya que en su cabecera se situaba una cruz y a los pies, el pequeño árbol. Nos dispusimos a cavar para extraer el ataúd; pero al sacarlo, observamos que apenas pesaba. Extrañados por el hecho, nos atrevimos a abrirlo; pudiendo comprobar que dentro del féretro no había nada (tan solo la tela con la que mi padre había amortajado el cuerpo). En esos momentos, comenzamos a sentir escalofríos y alguno de los acompañantes entró en histeria; mientras el padre Íscar exclamaba que aquello no podía suceder. Pues si reclamaba el cadáver su familia, quizá seríamos responsables de haberlo profanado; ya que lo habíamos dejado en plena selva, donde alguien lo robó. Al oír aquello, los dos soldados que nos acompañaban se indignaron y alzando sus palas, amenazaron al sacerdote. Gritando con ira: -“¡Márchate cura idiota!. ¡El cuerpo de este santo no ha sido robado, nadie pudo localizar su tumba!. ¡Él ha resucitado!.

          Ante esa terrible escena, el cura Íscar retrocedió con miedo y salió corriendo; logrando llegar solo al campamento, donde tomó su coche para regresar a la Compañía. Después de lo sucedido, pensamos que el sacerdote presentaría una queja ante los mandos; pero supimos que a los pocos días, abandonó la base y se dio de baja como asistente del destacamento. No volviéndose a saber más, ni a tener noticias de aquel clérigo, nacido en Íscar; relativamente cerca del lugar en que vio la luz nuestro padre Mota (del que siempre supe que se llamaba Manuel). Días después, los soldados que venían conmigo, comenzaron a relatar lo sucedido con su cuerpo; al aparecer vacío el sepulcro. Extendiéndose la noticia, por lo que muchas personas se acercaron hasta la tumba, para orar y pedir por el fallecido. Generándose pronto testimonios de milagros sucedidos entre los que peregrinaban hasta el lugar, donde también aseguraban que se veía la figura de un hombre caminando, cada noche de Luna Nueva. Finalmente, levantaron un altar en ese cenotafio, elevado entre el madroño y la cruz de madera. Convirtiéndose en un punto de encuentro, para quienes pedían a Dios que llegase la paz; donde rezaban por el fin de las guerras en Centroamérica.

         En lo que se refiere a los cuatro soldados que huyeron del campamento. Con el tiempo, supimos que habían alcanzado tierras de Costa Rica, logrando ser protegidos por la madrina de Manuel. Quien los puso en contacto con las autoridades de aquel país; para que narrasen cuanto habían vivido. Interesándose especialmente por el caso, al canciller Rodrigo Madrigal; quien utilizó cuantos datos ofrecieron los muchachos, para forzar un acuerdo y acabar con las guerras en Centroamérica. Firmándose la Paz de Esquípulas II en agosto de 1987; por la que el presidente de Costa Rica (Oscar Arias Sánchez) recibió el Premio Nobel de la Paz.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes tomadas en la Iglesia de San Miguel y San Julián de Valladolid (a la que agradecemos nos permita divulgarlas); sede antigua de Los Jesuitas (hasta 1767). Arriba, retablo lateral de la nave mayor, con un altar dedicado a San Francisco Javier. Al lado, vista de la nave central del templo y su retablo mayor. Abajo, piezas de arte Nambán japonés, fechadas a finales del siglo XVI. Fueron fabricadas para la liturgia en las iglesias de este archipiélago; principalmente por los jesuitas. Algunas se exportaron durante la época, hasta Europa y América. Otras, tras la expulsión de los cristianos del Japón a principios del siglo XVII; lograron ser salvadas.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dos fotografías de la magnífica arca nambán, que expone la Iglesia de San Miguel y San Julián, en su sacristía (agradeciendo que nos permita divulgarlas). A los interesados en estas piezas, les invitamos a leer los estudios de la profesora Yayoi Kawamura, de la Universidad de Oviedo, pulsando el siguiente link:
https://portalinvestigacion.uniovi.es/investigadores/219175/tesis