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En memoria de mi abuelo materno, Angel Santafé; que fue asesinado hace noventa años, un 21 de agosto de 1936 (en Canet de Berenguer, Valencia).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Última fotografía de la emperatriz Eugenia de Montijo; en la zona de jardín y palacio de Villa Miranda (Carabanchel), que ella había regalado a Nicolás Santafé. La imagen fue tomada en mayo de 1920, cuando vino a Madrid a operarse de cataratas; cirugía que realizó el doctor Barraquer con éxito. Tenía por entonces noventa y cuatro años y posiblemente fue intervenida sin cloroformo, para evitar secuelas o efectos secundarios. Sabemos que, tras ello, consiguió recuperar la vista y leyó El Quijote; anotando sobre el libro “Viva España”, al terminar la primera página. Pero unos meses más tarde, se sintió cansada y pudo entender que le llegaba la hora. Deseando morir en el Palacio de Liria, que había sido la casa de su hermana Paca; se refugió en este edificio de los duques de Alba, hasta fallecer. Las personas que vemos en imagen, fueron las que acompañaron a Eugenia de Montijo, en sus últimos días; y coinciden con algunas citadas por el relato, que hoy comenzamos. Arriba, los acompañantes que fueron con la emperatriz hasta Valladolid y Mota del Marqués, en la Semana Santa de 1905 -según relata la leyenda-. Un viaje que se realizó mientras estaban preparando la boda de Alfonso XIII, con Ma. Victoria Eugenia (ahijada de Eugenia de Montijo). En ella y destacados con su nombre: Benigno Vega-Inclán; Nicolás Santafé, el duque de Peñaranda y el de Tamames (sobrinos nietos de la Eugenia de Montijo). Al lado, detalle de la misma imagen, donde aparece la emperatriz junto a Nicolás Santafé; quien fue uno de sus hombres de confianza (financiero y administrador). Del que recogemos en esta leyenda un cuaderno de notas, describiendo el viaje realizado aquellos días de Semana Santa. Abajo, la fotografía general; con todas las personas que rodeaban a Eugenia de Montijo y su cartela original (conservada por la familia Santafé).
BAJO ESTAS LÍNEAS: Mi abuelo materno, Angel Santafé; hacia 1928, con unos treinta años de edad. Fue asesinado un 21 de agosto de 1936 (en Canet, Valencia); bajo la acusación de ser católico y haber dirigido los Altos Hornos de Sagunto -como ingeniero-. Pese a que jamás perteneció a una facción o partido político y su familia siempre había apoyado ideas liberales o sociales, promovidas por José Canalejas. Luchando en las mejoras del “cuarto estamento” y colaborando para crear el Banco Hipotecario; con el fin de que los trabajadores pudieran comprar una casa propia y crear pequeñas empresas.
A) Introducción:
La historia que a continuación recojo, procedería de un cuaderno con notas tomadas por Nicolás Santafé Arellano; durante una excursión realizada en Semana Santa de 1905. Viajando a Valladolid junto a la emperatriz de los franceses; dos de sus sobrinos y el marqués de la Vega Inclán. Las anotaciones se redactaron en los siete días de recorrido, en el que visitaron la capital pinciana y el palacio de Mota. Aunque, su autor las guardó hasta el verano de 1920; por orden de Eugenia de Montijo, que pidió no se conocieran mientras viviese. De ese modo, fueron conservadas; y tras su muerte, Nicolás Santafé comenzó a ordenarlas y redactarlas. Deseando preparar un libro sobre la gran estadista, mujer de Napoleón III; que gobernó la mejor Francia del siglo XIX. Publicación que finalmente decidió no editar, debido a la privacidad de los hechos que refiere y por haber sido persona muy cercana a ella (y de sus parientes). Actuando Nicolás Santafé como financiero y administrador de las familias Montijo, Baviera, Tamames o Alba (entre otras); y siendo -asimismo- cofundador del Banco Hipotecario. Lo que impedía relatar secretos y opiniones que la emperatriz le había transmitido.
En lo que se refiere al autor de este cuaderno de notas; diremos, que pese a haberse dedicado a la Banca y a la Bolsa; tenía vocación de músico y matemático (como manifestaba desde niño). Nació en Caparroso (Navarra) el año de 1849; viéndose obligado a seguir los designios de de su padre, que le envía a Burdeos al verse muy enfermo y cercano a la muerte. Marchando al poco de nacer su hermano Juan (en 1863); ordenando el progenitor que no regresase a España en largo tiempo, temiendo que fuese reclutado por los ejércitos carlistas. Al haber actuado él, como aposentador de esas milicias y pertenecer su mujer a una familia muy “requeté”. Por cuanto, el primogénito, marcha al país vecino; con tan solo catorce años, para formarse bien. Mandando el moribundo que, a su regreso, fuera el cabeza de familia (ayudase a su madre y hermanos). Durante sus primeros años en el país vecino, se hizo flautista y matemático, pasando a trabajar en la banca (como contable). Pero en el año 1868, fue llamado para atender a los españoles que huían del derrocamiento de la reina Isabel II. Entrando así en contacto con la Corte (expulsada de Madrid); a los que asesoró como traductor y empleado bancario. Logrando hacerse con la confianza de grandes personalidades españolas; entre las que destacó, la emperatriz. A la que -se dice- también ayudó, cuando se vio obligada a escapar del país en 1870 (tras el derrocamiento y el final del Segundo Imperio). De este modo, comenzó su andadura como financiero, regresando a España en La Restauración de 1874; mientras se creaban entidades como el Banco Hipotecario (donde comenzó a trabajar desde su fundación). Durante el resto de su vida, alternaría su labor profesional entre La Bolsa de Madrid y la de París, asesorando a empresas o grandes familias; y dirigiendo el Banco Hipotecario (donde mantuvo hasta su muerte el cargo de subgobernador). Tras haber sido administrador y apoderado de numerosas fortunas; entre las que destacó la de Eugenia de Montijo. Quien, hacia 1890 regaló a Nicolás Santafé una parte de Villa Miranda -como gesto de agradecimiento-. La hacienda y propiedad que valoraba tanto; al ser donde había pasado los momentos más felices de su infancia (junto a su padre). Quinta que se hallaba en Carabanchel (a las afueras de Madrid) de la que todavía queda parte del edificio central; comprada por los Montijo a comienzos del siglo XIX.
Pasando a las referidas notas tomadas por Nicolás Santafé, durante la primavera de 1905; describe, antes de comenzar, que la emperatriz vino a España con los preparativos nupciales de Alfonso XIII y María Victoria Eugenia. Boda celebrada el 31 de mayo de ese año, donde Eugenia de Montijo tuvo un gran protagonismo; ya que había sido madrina en el bautizo de la novia (a quien impusieron su mismo nombre de pila). Asimismo, en esos días se realizaban los trámites para casarlos; entre los que destacó la conversión al catolicismo y un nuevo bautismo de la que sería reina -llevado a cabo en marzo de 1905-. Tras ello, la emperatriz deseaba realizar un viaje de descanso; con el fin de conocer numerosos lugares y monumentos de la provincia de Valladolid. En concreto, los pasos religiosos y las tallas que se guardaban en las mejores iglesias de la capital vallisoletana. Estando también interesada en visitar el palacio de los marqueses de la Mota; que se elevaba en el lugar homónimo y había pertenecido a la casa de Alba. Ducado que había llevado su sobrino Carlos (hasta su muerte, en 1901); el hijo mayor de su hermana Paca, desaparecida en 1860 y una de las personas a la que más quiso la emperatriz. Como curiosidad a los datos que ofrecemos y para comprender las referencias, añadiremos que el título de Alba pasó en 1901 al padre de la famosa Cayetana; que fue una de las más fotografiadas y celebradas aristócratas europeas del siglo pasado. Por su parte, el edificio de Mota del marqués había sido vendido en 1883; tras la muerte del XV duque de Alba (cuñado de Eugenia de Montijo y marido de Paca). Transacción realizada bajo la mediación y consejo de sus administradores; adquiriéndolo el marqués de Viesca de la Sierra. Conociéndose desde ese momento, como el palacio de los Viesca; quedando un tanto en el olvido, que perteneció a los Alba y fue levantado por sus antecesores, los famosos Ulloa. Por todo cuanto hemos explicado, deseaba la emperatriz conocerlo; al haber oído hablar del magnífico edificio y sin haber podido ir una sola Semana Santa a Mota, tal como repetidamente Paca le propuso. Asimismo, Eugenia de Montijo, quería visitar el monasterio de la Santa Espina; al saber que allí se veneraba una reliquia de la Corona de Cristo; procedente de la que el emperador Carlomagno había adquirido en los Santos Lugares (guardada en la catedral de Notre Dame, de París).
De este modo, decidieron planear un viaje de siete días; en el que numerosas personas acompañarían a la emperatriz; con el fin de cuidarla, guiarla y explicar los lugares y obras que deseaba visitar. Trayecto, durante el que Nicolás Santafé tomó la referidas notas; mencionando primeramente, las personas viajaban con ellos; entre los que destacó a cinco de servicio, para atender a Doña Eugenia: dos mayordomos (que cargaban el equipaje y realizaban las labores de fuerza); a más de una doncella, su ama de llaves y una vestidora-peluquera. Asimismo, iban en la excursión dos de sus sobrinos más queridos y nietos de su hermana Paca: El duque de Peñaranda (hermano del XVII duque de Alba) y su primo, José Ma. Mesía del Barco y Fitz-James (luego, duque de Tamames). Viajando como guía cultural y asesor intelectual, Beningno de Vega-Inclán (marqués de la Vega Inclán); muy apreciado por la emperatriz y gran amigo de Nicolás Santafé Arellano. Incorporándose este cuarto acompañante, en Valladolid; para ir explicando todos los pormenores artísticos del referido viaje de Semana Santa. Cuyo trayecto y fechas describe el autor de las notas que la emperatriz dejó tomar, mientras narraba detalles sobre su vida.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, dibujo de Juan Comba, publicado en La Ilustración Española y Americana; con el Palacio de los marqueses de Viesca, en Mota. Edificio también conocido como palacio de los Ulloa o del marqués de la Mota; es donde se desarrolla parte de la leyenda que aquí iniciamos. Fue construido a finales del siglo XVI por Rodrigo de Ulloa, primer marqués de la Mota; bajo la dirección del arquitecto Rodrigo Gíl de Hontañón. Siendo heredado hacia 1750, por su descendiente más directo, Jacobo Fitz-James Stuart y Colón de Portugal; pasando un siglo después a manos de Jacobo Fitz-James Stuart y Ventimiglia, XV duque de Alba (casado con la hermana de la emperatriz Eugenia de Montijo). A la muerte de este (en 1881) la Casa de Alba vendió el palacio a los marqueses de Viesca de la Sierra, que lo habilitaron como segunda residencia. Al lado, interior del edificio, tal como se encuentra en nuestros días; en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador (a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto). Abajo, María Francisca de Sales Portocarrero Palafox y Kirkpatrick; retratada por Winterhalter hacia 1854 (oleo propiedad de la Casa de Alba, a la que agradecemos nos permita divulgar su imagen). Comúnmente conocida como “Paca, hermana de la emperatriz”; vivió un matrimonio feliz con Jacobo Fiz-James Stuart (XV duque de Alba). Tuvieron cuatro hijos; cuyo primogénito fue abuelo de la famosa duquesa Cayetana; una de las aristócratas más destacadas del siglo XX. Hasta la muerte del XV duque (en 1881) los Alba mantuvieron la propiedad del palacio de los Ulloa (en Mota); que fue vendido a los marqueses de Viesca; bajo la intermediación de sus administradores.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado miniatura de la emperatriz, que mi madre guardaba con gran cariño; considerando que había sido un regalo de Eugenia de Montijo a su abuelo Nicolás. Abajo, Benigno de la Vega-Inclán, retratado por Sorolla; tal como se conserva en la Casa del Greco de Toledo (a la que agradecemos nos permita divulgar la imagen). En la leyenda recogemos un viaje de la emperatriz, donde el marqués de la Vega Inclán actuó como “cicerone”; guiándola en Valladolid y Mota. Hemos de destacar que Benigno -marqués de la Vega Inclán- era uno de los grandes amigos de Nicolás Santafé; quien le ayudó a hacerse “bolsista” (hoy agente de cambio y bolsa). Pero asimismo fue un protegido de Eugenia de Montijo; que apoyó sus iniciativas, logrando que estudiase en Francia el sistema de mantenimiento y restauración de monumentos. Para generar el turismo de interior; un fenómeno inexistente en España por entonces y que finalmente creó Benigno. Llegando Vega-Inclán a convertirse en uno de los grandes filántropos de su época; fundando la Casa de Cervantes, en su tierra de origen (Valladolid). Donando más tarde su residencia en Madrid y su colección de cuadros, muebles y enseres; para crear el Museo del Romanticismo (en la calle San Mateo). Asimismo, regaló su palacete de Toledo y su colección de lienzos de El Greco; para abrir la Casa de El Greco en esta ciudad. Al igual que se deshizo de su residencia junto a la Alhambra de Granada, para convertirla en Parador. Fue ministro con José Canalejas y tras el asesinato del Presidente del Consejo, continuó su labor de protección del Patrimonio, formándose en Francia (bajo el asesoramiento de Eugenia de Montijo). Finalmente, en 1928, creó la Red de Paradores; abriendo los primeros hoteles nacionales de este tipo, en Gredos, Oropesa y Mérida.
B) El viaje con Eugenia de Montijo; Semana Santa de 1905 (notas tomadas por Nicolás Santafé):
Comienza este banquero narrando el modo en que partieron el Martes Santo (18 de abril), desde Carabanchel, donde descansaban esos días festivos de abril. Salieron de Villa Miranda, la finca de la emperatriz, cuya zona Este había regalado a Nicolás Santafé. Partieron en dos calesas, junto a las personas de servicio; encaminándose hasta la Estación del Norte; donde les esperaban el duque de Peñaranda y su primo, José Ma. Mesía (sobrinos nietos de Eugenia de Montijo). En el arcén, la empresa de ferrocarriles, había preparado un vagón especial para personalidades; debido a la relevancia de la emperatriz, pero también por su edad (ya que casi tenía ochenta años). Seguirían una ruta prevista que comenzaba llegando a Ávila, donde pararían para almorzar; tras lo que regresarían al tren y viajarían hasta Valladolid. Todo ello, en un recorrido con unas seis horas de duración; dos y media a la primera parada, y el resto hasta destino. Teniendo previsto arribar hacia las cuatro de la tarde a la capital pinciana; donde les recogería Benigno Vega-Inclán. Que había preparado camas y aposento, en su palacete familiar; situado en el 17 de la calle de los Francos (casona llamada del marqués de Revilla, del que todavía conservaban una zona del edificio). Así fue como tras llegar a Valladolid, dejaron los equipajes; descansando en sus estancias, después de asearse. Posteriormente y al caer la tarde, fueron a visitar los pasos de Semana Santa y las iglesias que las cofradías mantenían abiertas.
Al siguiente día (miércoles), desayunaron en la casa que les alojaba; degustando unos deliciosos churros con chocolate, que tanto añoraba la emperatriz cuando se hallaba fuera de España. Más tarde, Benigno, les llevó hasta el lugar donde Cervantes había vivido, mientras residía en la ciudad pucelana. Exponiendo el mal estado de ese edificio, que se encontraba en ruinas; por lo que se hacía necesario que alguien lo adquiriese con el fin de restaurarlo (siendo posible crear allí un museo sobre el escritor). Escuchó con gran atención la emperatriz, estas impresiones y prometió a Vega-Inclán que hablaría con D. Alfonso XIII, sobre todo ello. Explicando al rey la triste situación del inmueble donde Cervantes terminó la primera parte de El Quijote. Transmitiéndole que era necesario rehabilitarlo y crear allí un centro de estudios, o un punto de referencia inmemorial sobre el genio de las letras. De tal manera y del modo en que Eugenia de Montijo prometió; el estado del edificio fue puesto en conocimiento de la Casa Real. Por lo que, unos años más tarde, la adquirió Alfonso XIII -bajo el asesoramiento de Benigno- creando la institución cervantina. A la que se sumo la compra del bloque contiguo, por parte de Archer Huntington. Filántropo norte americano, muy amigo de Vega-Inclán, cuya colaboración facilitó abrir el museo y Casa de Cervantes (en 1912). Al que se añadió la biblioteca, donada por el marqués de la Vega Inclán; en 1916. Todo lo que se fraguó esa tarde de Martes Santo; un 19 de abril de 1905.
Marcharon después a conocer algunas de las esculturas más bellas, conservadas en las iglesias vallisoletanas. Quedando impresionada Doña Eugenia ante conjuntos como los de San Miguel (también llamada Los Jesuitas) o con los cuadros de Goya, que guardaba el Convento de San Joaquín y Santa Ana. Advirtiendo la gran belleza del retablo de Alonso Berruguete, tallado para San Benito; depositado en el Museo Provincial de la ciudad. Durante este tour, tomaron el aperitivo en El Penicilino y almorzaron más tarde en La Goya (uno de los merenderos de moda, de la época). Donde la emperatriz narró numerosas historias sobre su vida y acerca de los problemas religiosos que Francia tenía. En la siguiente jornada, partieron hacia Mota del Marqués en dos coches. Trayecto que en carruaje duraba unas cinco horas, debiendo hacerse parada en Tordesillas; donde refrescaban los caballos y se almorzaba. Volviendo a las carrozas tras el refrigerio y después de visitar la villa del Tratado; para alcanzar el destino hacia las tres de la tarde. Llegando así al palacio de la Mota, donde les tenían preparadas camas y aposento, los marqueses de Viesca de la Sierra (nuevos dueños del edificio y de sus tierras adyacentes).
En ese lugar se hospedaron, la emperatriz y cuantos la acompañaban; desde el Jueves Santo, al Domingo de Resurección (del 20 al 23 de abril) Siendo muy destacadas las conversaciones que se produjeron en los salones de ese palacio; que antaño fue de los duques de Alba. Donde había habitado la famosa María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo; marquesa de la Mota por su matrimonio con Jacobo Fitz-James Stuart Colón; enlace que dio ese apellido inglés a los Alba. La duquesa ilustrada, mecenas de Goya; de quien se decía, construyó en el pueblo una nueva cárcel, para que pudieran sobrevivir sus amigos liberales. Porque, hasta entonces, eran encerrados en el castillo, donde llegaban a morir de frío y hambre. De todo ello y de infinidad de hechos, hablaron durante aquel fin de Semana Santa, cuantos rodeaban y acompañaban a Eugenia de Montijo. Finalizando su estancia en Mota del Marqués el domingo y partiendo esa tarde hacia Valladolid; para regresar al día siguiente a Madrid (en tren). Terminando así un viaje de siete días, durante el que Nicolás Santafé fue tomando notas; con el fin de escribir un libro. Pese a que, finalmente, nunca publicó la obra. Al considerar privadas y muy confidenciales (desde el punto de vista familiar); las conversaciones y hechos que había recogido en sus libretas.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, grabado con plano del palacete de los Vega-Inclán en Valladolid. Conocido como Villa Longa de Toribio Gasca de la Vega -marqués de Revilla-; en 1905 la familia todavía conservaba una parte del edificio, tras haber vendido el resto a La Compañía de María. Religiosas que abrieron el Colegio de la Enseñanza, derribando el antiguo caserón, a mediados del siglo XX. La ubicación actual del centro de enseñanza y del solar, en Valladolid; es calle Mambrilla 17 (antes llamada de Los Francos). Al lado, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Alvarez de Toledo, pintada en 1805 por J. Alonso del Rivero (propiedad del Museo de El Prado, al que agradecemos nos permita divulgar la imagen). Fue esta la más famosa duquesa de Alba, amiga de Goya y de numerosos intelectuales ilustrados. Debido a ello, estuvo perseguida por La Corona; suponiendo algunos que llegaron a envenenarla. Cuando falleció sin descendencia, pasó el ducado de Alba a su sobrino Carlos Miguel Fitz-James Stuart; padre de Jacobo Fitz-James Stuart, casado con Paca (cuñado de la emperatriz Eugenia). Abajo, de nuevo, el patio del palacio de Mota del marqués, tal como se conserva en manos de la Compañía de Hermanas de El Salvador (a las que agradecemos nos permita divulgar nuestra imagen).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, escudo situado sobre uno de los edificios de la Plaza de Mota del marqués, donde podemos leer: “Reinando Carlos IV, se hizo esta casa-cárcel, a expensas de la excelentísima señora Da. María Teresa Cayetana de Silva y Palafox... ”. A continuación la inscripción incluye los títulos de esta noble, destacando el de duquesa viuda de Liria. Pasando más tarde a mencionar que era madre y tutora de Carlos Fitz-James Stuart y Silva; heredero de los mismos títulos y que fue marqués de esta villa (refiriéndose a Mota), siendo su administrador Lorenzo Polo. Termina el escudo, fechado del año MDCCXCVII (1797). Abajo, el edificio construido por la madre del XIV duque de Alba, a finales del siglo XVIII; actualmente sede de CajaMar. Se supone que esa cárcel fue levantada para evitar que los presos murieran de hambre y frío; ya que antes los encerraban en el castillo. Considerando que la obra fue promovida realmente por María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Alvarez de Toledo (XIII duquesa de Alba; que tuvo una gran amistad con Goya). Con el fin de proteger a muchos ilustrados y para que no murieran en sus celdas (pues hasta entonces, eran encarcelados en la torre de Mota).
C) Cuaderno de Semana Santa, 1905; con Eugenia de Montijo:
1) Día primero:
A-/ Hacia la estación de tren, en Madrid:
Partimos en coches de caballos desde Quinta Miranda y fueron dispuestos dos carruajes, ya que la emperatriz viajaba con cinco personas de servicio (dos mayordomos y tres doncellas). Durante el trayecto desde Carabanchel a la Estación del Norte, nos fue narrando numerosas anécdotas que deseé anotar; por lo que simulando que retocaba mis partituras, me puse a escribir mientras la escuchaba -sin mostrar gran interés-. Creyó que siquiera la oía, por lo que comenzó a hablar para su ama de llaves y su vestidora-peluquera. Comentando en tono crítico, que me había regalado la mejor parte de Villa Miranda; la zona que precisamente fue decorada por su amigo y preceptor, Próspero Mérimée. Entendí que deseaba requerir mi atención, para lo que mantuvo ese tono; y al parar de anotar en mi libreta, ella me preguntó si estaba recogiendo sus palabras. Tuve que reconocerlo; ante lo que la emperatriz volvió a molestarse, aseverando que una y mil veces me había advertido de que no era bueno conservar la memoria de quienes habían reinado. Pues los que han detentado el poder, deben callar para siempre; ya que, de otro modo, pudieran traicionar a personas que tanto les habían ayudado. Quienes llegaban a jugarse la vida por proteger a la cabeza del Estado; siendo lo mejor, dejar a la Historia hablar y que nadie más que “el futuro” escribiera lo sucedido durante su mandato.
Guardé el cuaderno, rogando disculpas, un tanto apesadumbrado; pero mostrando mi gesto de disconformidad y pena. Tristeza, porque todo cuanto me narraba se perdiera; y contrariedad, al no pensar como Su Majestad Imperial; creyendo mejor conservar esos testimonios directos. Tras lo sucedido, ella debió reflexionar; entendiendo que mis apuntes tan solo eran fruto del interés hacia su persona. Añadiendo después, que al sentirse ya muy vieja y tener cerca de ochenta años; me permitiría tomar anotaciones durante ese viaje. Aunque todo lo que se recogiera, debería ser publicado después de su muerte (nunca antes). Apostillando con gran sentido del humor; que no me preocupase, pues en un par de años se podría editar lo copiado en aquellas cuartillas. Sonreímos los tres que viajábamos en su calesa, asegurando que La Señora viviría mucho más y llegaría a los cien años; como le había vaticinado una gitana. Tras lo que ella también rió, recordando aquella anécdota y la lectura de manos; cuando le pronosticaron de niña, que iba a ser emperatriz y vivir un siglo. Así retomé mis papeles, para continuar resumiendo cuanto nos narraba; comenzando entonces a hablar sobre el origen de Villa Miranda. Diciendo que deseaba destacar, la historia de esa quinta; donde ella consideraba se guardaba un destino, relacionado con el Imperio de Francia. Dejándonos perplejos con tal afirmación; siguió refiriendo que en ese sino estaba quizás el mío y que por ello me había regalado una parte de la finca. Pues yo había nacido en Caparroso, como los Cabarrús; que procedían de Navarra y del mismo lugar. Un pueblo muy cercano a Pamplona, donde seguramente habían convivido mis antecesores y los del primer propietario de esta hacienda.
Al momento, tomó su bastón y marcando hacia Villa Miranda (en Carabanchel), pasó a contar que la finca antes se llamó Castillo de San Pedro y así lo adquirió el progenitor de la Cabarrús. La famosa princesa de Chimay, apodada Madame Thermidor; cuyo padre fue François Cabarrús (Francisco de Caparroso). Un gran empresario y financiero, cuya familia viajó desde Navarra a Bayona y Burdeos, para abrir mercados; prosperando con éxito en el comercio. Por cuanto aquel Francisco, nació ya en territorio francés; logrando estudiar en profundidad las artes de la economía, tras empaparse en las ideas y filosofía de Las Luces. De ese modo, con una gran preparación y siendo bilingüe; François Cabarrús se estableció en Valencia, donde tuvo un gran suceso empresarial (con tan solo veinte años y tras casarse secretamente). Entablando más tarde una sólida amistad con lo más granado de La Ilustración: Olavide, Jovellanos, Campomanes y numerosos intelectuales de la España de Carlos III. De tal modo, fue requerido en La Corte, por sus conocimientos y se afincó en Madrid (comprando la finca de Carabanchel). Logrando iniciar varios proyectos, que comenzaron por una fábrica de jabones; para seguir con innumerables negocios. Entre los que destacó la creación de la Compañía de Filipinas, que capitalizaba el mercado con Asia. Pasando posteriormente a ocupar diversos cargos oficiales de enorme relevancia; y fomentando la creación del Banco de San Carlos, antecesor directo del Banco de España (que fue el primero en imprimir papel moneda). Entidad promovida por Cabarrús y otros financieros, al convencer a la nobleza española que un reino necesitaba de un banco nacional; con el fin de no estar sometido a prestamistas y particulares. Asimismo, este financiero, inició numerosos proyectos fluviales; entre los que destacó el intento de unir Madrid con el Atlántico, a través de un canal navegable, abierto desde el Guadarrama al Guadalquivir. Todo lo que fue un fracaso; aunque en ese tiempo también logró uno de sus mayores tesoros. Al ser padre de una preciosa niña, que se hizo mundialmente famosa por su inteligencia y belleza; conocida como Teresa Cabarrús. Venida al mundo en esa finca de Carabanchel Alto, en 1773 y que fue una maravillosa mujer, que libró a innumerables personas de la guillotina; jugándose la vida para salvar a infinidad de inocentes.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, fachada de la quinta propiedad de los Montijo; llamada Villa Miranda (foto fechada hacia 1910, del archivo del Museo de la Historia de Madrid, al que agradecemos nos permita divulgarla). Al lado, jardines románticos de la quinta, decorados por Próspero Mérimée; tal como se conservaban, hacia el año 1920. Posiblemente se trata de la zona que la emperatriz regaló a Nicolás Santafé. Abajo imagen más antigua que tenemos de Villa Miranda, en Carabanchel. Se trata de una acuarela firmada en 1820 por Juan Mieg; cuadro que hemos tomado desde la página Karabanchel.com -a la que agradecemos nos permita divulgarla-. Si observamos el edificio, lo que destaca en primer término, puede tratarse del pabellón que crearon (en forma de pérgola) para proteger los mosaicos. Pues sabemos que la domus romana ya se conocía en 1819 y cuando el padre de Teresa Cabarrús la habitaba (desde finales del siglo XIX). Siendo mencionada la villa romana de Carabanchel, por la Real Academia de la Historia; un año antes de la fecha en que se pintó esta acuarela. Hemos de considerar que cuando la compran los condes de Montijo, ya era famosa por sus mosaicos y que la existencia de esa domus, hizo que el padre de la que fue emperatriz, quisiera adquirirla. En los mismos años, decidieron los Montijo derribar su palacio renacentista de Madrid (sito en la plaza del Conde de Miranda); conocido como la Casa de los Salvajes. Levantando en ese solar del centro de la capital, un nuevo palacete; esta vez con trazas neoclásicas y llevando a la villa de Carabanchel, la mayoría de las columnas y capiteles que salieron del derribo de la Casa de los Salvajes. Fue de ese modo como adornaron con piedras renacentistas la quinta de Miranda, incorporando en su fachada los restos de la casa tirada en el centro de la ciudad (que perteneció a los condes de Miranda).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, dibujo donde se representan los trabajos del Canal del Guadarrama (el Gasco 1887) -propiedad de la Biblioteca Digital Hispánica, a la que agradecemos nos permita divulgarlo-. Abajo, mapa del proyecto del Canal de Guadarrama, publicado en 1788 por Carlos Lemaur, junto a sus hermanos: Francisco, Manuel y Félix. Imagen propiedad de la REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA, a la que agradecemos nos permita divulgarla. Este proyecto fue ideado y llevado a cabo por el financiero Francisco Cabarrús; quien pretendía unir el río Guadarrama con el Guadalquivir, a través de un canal navegable, desde Madrid a Sevilla (con salida al Atlántico). Asimismo, Cabarrús creó el canal que antaño llevaba su nombre y hoy llamamos de Isabel II; que abastece de agua a Madrid.
BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Retrato del financiero Francisco de Cabarrús, padre de Teresa Cabarrús. Pintado por Goya en 1788, es propiedad del Banco de España (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen).
Tras estas palabras, la emperatriz tomó el pañuelo que llevaba en una manga y enjugó sus ojos; haciendo ver que le emocionaba hablarnos de aquella Cabarrús, nacida en la quinta que más tarde se llamó Villa Miranda. Aunque, al observar que llegábamos al río Manzanares y cruzábamos el Puente de Toledo; advirtió que debía destacar algunos hechos más, sobre el padre. Que fracasó al financiar el referido Canal del Guadarrama (de Madrid a Sevilla); aunque creó también el Canal de Cabarrús, finalmente denominado de Isabel II -que abastece de aguas Madrid-. Pues esta ciudad donde Felipe II puso la Corte, estaba en el cauce de un pequeño arroyo, sin un un río en condiciones; por lo que gracias a esas obras hidráulicas del financiero hispano francés, pudo crecer y tener prosperidad. De tal modo, tras lograr este gran éxito y en esos días en los que Francisco Cabarrús era considerado uno de los emprendedores más importantes de España; casó a su hija Teresa con un marqués francés (Devin de Fontenay). Marchando junto a su marido, hacia tierras galas; cuando ella tan solo tenía quince años; a más de una gran dote que aportó su progenitor. Haciéndose famosa en los salones parisinos, donde logró destacar por sus artes seductoras; alternando con personajes que más tarde serían decisivos en la Historia de la Revolución (como Lafayette, Mirabeau o Lameth). Sin que el esposo pusiera grandes pegas a esos coqueteos, debido a que no les unía el amor, sino el interés (fundamentalmente el de él, por la fortuna de Francisco Cabarrús).
Años más tarde, tras la Toma de la Bastilla y el comienzo de la revuelta francesa, todo individuo de ascendencia gala, que viviera en España, pasó a ser sospechoso. Así fue como en 1790, el padre de Teresa cayó en desgracia, siendo encarcelado en el castillo de Batres y sometido al tribunal de La Inquisición. Momento en que la hija abandonó cuanto tenía en Francia, para regresar junto a él, con el fin de atenderle y rescatarle. Mientras tanto, el marido de Teresa, conociendo el estado de quiebra del suegro; gastó la fortuna en común y pidió el divorcio. Este hecho, obligó a su mujer regresar a Francia, donde firmó la separación; ya que el marqués alegaba necesitar huir a Inglaterra, debido a la situación revolucionaria que se vivía en ese país. De ese modo, La Cabarrús quedó sola y arruinada en plena fase de inestabilidad. Por lo que, necesitando volver a España, se trasladó a Burdeos; donde vivían algunos de sus familiares y amigos.
En esta ciudad, cercana a la frontera hispana, pidió el pasaporte; recibiendo la noticia de que tardarían quizás semanas en expedirlo (debido a que no existían relaciones diplomáticas entre ambas naciones desde la proclamación de la República). Mientras realizaba estos trámites administrativos, entró en contacto con numerosos parientes y amigos, quienes debieron suplicarle que intercediera por ellos (permitiendo llevarlos a España o ayudarles, como pudiera). En especial, la familia de Juan Valerio Cabarrús, al que iban -o habían- guillotinado; teniendo todos certeza de que pronto acabarían con el resto de familiares. Siendo entonces, cuando Teresa se atrevió a escribir a las autoridades de Burdeos, pidiendo clemencia para sus conocidos; alegando ser del país vecino y pensando que la nacionalidad española podía salvarla de toda sospecha. Pero la ley de la Revolución marcaba que cualquier persona que favoreciese a un posible enemigo de la República, era reo y debía ser encarcelado. Por lo que -al parecer- fue así apresada y puesta a disposición de la policía. Momento en que -dicen- que la conoció Tallien; uno de los grandes próceres de La Revolución (secretario de la Comuna de París y miembro de la Convención Nacional). Quien había sido enviado a Burdeos en ese año de 1793, para sembrar el terror y acabar con cualquier opositor al régimen, a través de la guillotina. Sabemos -como cierto- que el famoso y sangriento jacobino, se enamoró perdidamente de ella; al verla en la cárcel o en las dependencias oficiales (quizás realizando trámites para lograr el pasaporte). También conocemos, que al poco de entablar contacto con Teresa, Tallien la mandó al mejor hotel de la ciudad (llamado Franklin); donde comenzaron una apasionada relación sentimental. Asimismo, está históricamente probado, que en este hotel ella recibía a los familiares de los condenados a pena capital; para interceder por ellos. Logrando salvar de la guillotina a más de una persona al día; por lo que era llamada “nuestra señora del buen socorro”. Una misión de ayuda que pudo realizar; tras convencer a Tallien de que no ejecutase en tal número y que perdonara la vida a muchos de los condenados; ya que eran absolutamente inocentes.
No sabemos si el revolucionario permitió indultar a tantos apresados, tan solo por la influencia de La Cabarrús. O bien, porque ella tenía contactos con Inglaterra y España; a través de los que el jacobino se informó de que Robespierre estaba completamente loco. Siendo su intención final, pasar por la guillotina a todos; incluidos los más destacados padres de la patria. Por cuanto -antes o después- iban a rodar las cabezas de la mayoría de los secretarios de las Comunas y de los miembros de la Convención. Un hecho que se confirmó, cuando Tallien fue llamado a París, para explicar por qué se producían tan pocas decapitaciones en Burdeos. Momento en que Teresa decidió marchar de esa ciudad, camino de su casa de campo y seguir a su amado, logrando acercarse hasta la capital francesa. Pero, muy pronto fue apresada y recluida en la cárcel de “La Force”, junto a Rosa de Beauharnais; la que más tarde fue esposa de Napoleón (tomando como nombre, Josefina Bonaparte). Por lo que desde su celda, Teresa escribió una carta a Tallien; comunicando que sería juzgada al día siguiente y seguramente decapitada. Acusando a todos de ser unos cobardes, pues nadie se atrevía a enfrentarse a Robespierre; contestando su amante, que estuviera tranquila.
Así fue como se inició la famosa jornada del 8 de Thermidor (26 de julio de 1794) en que Robespierre comenzó la sesión aseverando que varios de sus colaboradores eran traidores a la República; haciendo ver que entre estos sospechosos, alguno había parado la guillotina. Pronto, aquellos a los que señalaba el dictador; reaccionaron y promovieron una gran revuelta, en la que el mandatario fue apresado (junto a los pocos que le seguían siendo fieles). Llevados ya cautivos, al ayuntamiento de París; Robespierre y los suyos, fueron condenados a morir en la guillotina. Intentando alguno suicidarse, momento en que el dictador recién depuesto, sufrió un tiro en la mandíbula . Todo lo que provocó las carcajadas de los guardias que le custodiaban, mientras preparaban su degollación para la mañana siguiente. Aunque, parece que uno de ellos se apiadó de Robespierre y le colocó una venda en la boca; ante lo que el tirano dijo “Muchas gracias señor” (Merci beaucup, monsieur). Tras lo que aquellos centinelas replicaron que no se podía decir “señor” (monsieur); pues el mismo Robespierre había castigado a quienes proferían esa palabra anti republicana. Ya que nadie era “señor” de otro y todos han de tratase como iguales. Siendo esta la última frase que se conoce del famoso revolucionario, que murió al siguiente día; en la guillotina y con su mandíbula colgando.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Rosa de Beauharnais (Joséphine Bonaparte) por François Gérard (propiedad del Museo de El Hermitage, al que agradecemos nos permita divulgarlo). Se trata de un retrato pintado en su palacio de Malmaison, hacia 1801; tres años antes de ser coronada como emperatriz de Francia. Hasta su boda con Napoleón y la subida al trono; fue una de las grandes amigas de Teresa Cabarrús. Ambas, estuvieron esperando ser guillotinadas en prisión; aunque la revolución de Thermidor, que acabó con Robespierre, logró salvarlas del patíbulo. Tras ello, fundaron un grupo, al que llamaron “Las Maravillosas”; liderado por las más bellas y elegantes de París. Destacando con su desparpajo y una enorme simpatía; logrando hacerse con la alta sociedad francesa. Así llamaron la atención de personajes como Napoleón Bonaparte y los más ilustres de su época. Al lado, J. L. Tallien dibujado por por E. Viollat; en una escena que recrea la intervención de este revolucionario el 8 de Thermidor. Mientras sacó una daga ante La Convención, advirtiendo del peligro que suponía Robespierre; decidido a decapitar a todos, para gobernar en soledad. Tras ese discurso, cayó el tirano sangriento que había instituido El Terror en Francia; siendo guillotinado al día siguiente. Esta sublevación de Tallien, que logró derrocar el régimen sangriento; se produjo tras conocer que su amada -Teresa Cabarrús- se hallaba en la prisión de “La Foce”, esperando de ser ejecutada. Abajo, Teresa Cabarrús, en cárcel de La Force, desde donde escribió a Tallien advirtiendo de su situación y pidiendo que tuviera valor para enfrentarse al régimen de El Terror. Óleo pintado en 1796 por Jean-Louis Laneuville; que perteneció hasta no hace mucho a los descendientes de La Cabarrús (príncipes de Chimay). Aunque actualmente se halla en colección privada, a la que agradecemos nos permita divulgarlo. Observemos que ella mantiene en sus manos un largo mechón de pelo, perteneciente a la coleta; cortado para preparar su ejecución en la guillotina. Aunque antes de ser llevada al patíbulo, el revolucionario Tallien (amante de Teresa); se sublevó contra Robespierre. Logrando que el resto de La Convención le siguiera, haciendo caer al tirano. Gracias a ello, acabó El Terror y la madame Tallien, antes conocida como “nuestra señora del buen socorro” (por tantas personas como salvó de la guillotina); fue llamada: Madame Thermidor.
Tras los referidos hechos, fue salvada Teresa Cabarrús, junto a su amiga y compañera de celda (la posterior Josefina Bonaparte). Quienes tras lograr la libertad y no ser decapitadas, decidieron celebrar la felicidad de vivir; gozando de una gran fama en París. Momento en que la Cabarrús, pasó de ser conocida como “nuestra señora del buen socorro”; a llamarse “madame Thermidor” (por los sucesos de aquel 8 del mes Thermidor). Atribuyéndole gran parte de Francia, la gracia y labor que hizo caer a Robespierre. Logrando liberar a la nación del peor de los sanguinarios; que había sembrado de terror las calles de las principales ciudades galas. Muy agradecida por esa liberación, se casó finalmente con Tallien; naciendo de esta unión una famosa niña, a la que dieron el nombre de Rosa Thermidor. Llevando el de su madrina; Rosa de Beauharnais (que luego se llamó Josefina Bonaparte) y el sobrenombre del mes que vio morir al gran tirano. Tras su venida al Mundo, comenzó cierta normalización de la vida en Francia, por cuanto el padre pasó a un segundo plano; al haber sido uno de los promotores del terror. Por lo que Teresa y su amiga Rosa (Josefina), deciden independizarse y crear el grupo, al que llamaron “las maravillosas”; para darse a conocer a toda la Sociedad parisina. Donde la fama había catapultado a ambas mujeres, tras haber sido protagonistas de hechos tan relevantes, como increíbles. De ese modo, comenzaron a vestirse a la grecorromana; creando la moda femenina, que luego tomará la época napoleónica (Primer Imperio). Luciendo peplos cosidos en muselinas y sedas blancas, que dejaban ver su silueta entera; llegando a copiar los trajes de estatuas helenas. Imitando los “paños mojados”, derramando agua sobre esas túnicas, para que se trasparentase su línea y belleza. Ataviándose así cuando asistían a la ópera o a cualquier evento, en los que llegaban a vestirse de Diana cazadora; con un peplo abierto, pieles de tigres y el pecho casi al descubierto.
Este será el momento y los días en que ambas amigas entran en contacto con un joven general, llamado Napoleón Bonaparte. Un personaje, por entonces, de gran éxito profesional; pero de poca fortuna económica y apenas blasones. Quien -al parecer- se enamoró de Teresa Cabarrús, aunque a ella no le gustó su actitud altiva, ni su forma de ser. Por lo que, aquel militar decide cortejar a Rosa; quien finalmente y tras casarse con él, pasará a llamarse Josefina; teniendo que dejar de ver a Teresa, por orden de su marido (cuando es nombrado emperador). En tal situación y ante la exhibición social de La Cabarrús, a la que le llovían los pretendientes y amantes. En 1795 deciden separarse Tallien y ella; escogiendo la española un nuevo novio, famoso por su fortuna; llamado Ouvrard. Aposentador y proveedor de los ejércitos, que regala un enorme palacio a su amante; con la que tuvo otros cuatro hijos (que llevarán el apellido de Tallien, al no estar divorciada de su anterior esposo). Aunque, tras subir Napoleón al trono y coronarse; decide crear una campaña de descrédito contra la española y su novio. Prohibiendo a Josefina tratar con su antigua amiga; deseando borrar a la Cabarrús de la escena parisina. Por cuanto, en ese momento, Teresa decide acercarse a los enemigos de Bonaparte, entre los que se hallaba el príncipe de Chimay; que se enamora perdidamente y se casa con ella en 1805. Naciendo otros tres hijos más de esta unión; que heredarán el principado de Caraman-Chimay, en Bélgica. En cuyo castillo y posesiones terminará la existencia de esta gran mujer, cuya intervención salvó tantas vidas y acabó con la del tirano que las cercenaba sin piedad.
Por su parte, el progenitor de la Cabarrús, se trasladó desde su liberación en 1892, a vivir en su hacienda de Carabanchel; por entonces llamada Castillo de San Pedro, quinta que conservó hasta su muerte. Heredándola Teresa entorno a 1810, cuando José Bonaparte reinaba en España; momento en que ella volvió a recuperar su prestigio y fortuna. Después de que su padre, fuera nombrado ministro de economía y finanzas durante el gobierno de este José I. Muriendo Francisco Cabarrús en 1810, en Sevilla; siendo enterrado en la catedral; aunque tras la caída del régimen napoleónico, sus huesos fueron profanados y arrojados al río Guadalquivir. Por su parte, durante esos años en los que Francisco Cabarrús se retiró a Carabanchel, aparecieron los famosos mosaicos y una villa romana, en sus terrenos. Lugar donde muchos expertos situaban la posada romana de Miacum; que habría originado Madrid. Por ello, nos indicó la emperatriz, que aquella Villa Miranda, pudo ser en su día, Villa Miacum; el embrión de la posterior capital de España. Tal como afirmaba su padre; que se la compró a Teresa antes de 1830 (cuando la princesa de Chimay estaba enferma y mayor). Todo lo que explicaba la magia y la importancia del lugar, donde estarían los restos de una población muy anterior al Magerit árabe. Una misteriosa hacienda campestre; que guardaba esa curiosa unión con la corona de los Bonaparte y con los franceses. A través de la familia Cabarrús y de los Montijo. Por cuanto, aquel lugar, interesó a Prospero Merimeé; que inició las primeras prospecciones arqueológicas (con método) en Villa Miranda y más tarde diseñó los jardines -hacia 1833-.
SOBRE Y JUNTO Y ESTAS LÍNEAS: Imágenes de los mosaicos de la Villa romana de Carabanchel, propiedad del Museo de San Isidro de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlas). Sabemos que a comienzos del siglo XIX ya se habían descubierto; existiendo un acta de la R.A.H. fechada en 1819, donde se mencionan. Originariamente, representaban las Estaciones del año, en sus laterales; aunque de ellos, tan solo se ha salvado la figura del Otoño. Su parte central, estaba dedicada a una escena donde aparece un hombre con una pantera y un cortejo báquico (que asimismo quedó bastante deteriorado). Al lado, otro de los personajes del grupo de Baco, en el mosaico de Villa Miranda. Abajo: Plano de la finca de los condes de Montijo, donde hemos señalado varias áreas: Extensión total de la propiedad inicial y la zona regalada por la emperatriz a Nicolás Santafé. La parte que los Santafé donaron a las Hermanas Oblatas, a mediados de siglo; cuando los duques de Tamames regalaron el resto de la quinta a esta orden religiosa.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, litografía del mosaico de Villa Miranda, realizada por A. Bravo; tal como la publicó en 1861 Amador de los Ríos y Juan de Dios de Rada. Abajo, otra litografía del mosaico, por A. Bravo (publicada en 1861 por Amador de los Ríos y Juan de Dios de Rada). Se trata de la zona central, con una pantera. Aunque hemos reconstruido la imagen digitalmente; ya que el original se halla muy incompleto.
B-/ De Madrid a Ávila:
Llegamos pronto a la Estación del Norte, donde nos estaban esperando dos de los familiares predilectos de la emperatriz (nietos de su fallecida hermana Paca): el futuro duque de Tamames y el de Peñaranda. Este último, era el segundo vástago de su sobrino más querido: el duque de Alba, también desaparecido y primogénito de aquella inolvidable Paca. Quien guardaba un enorme paralelo físico con Luis; el único hijo que Doña Eugenia tuvo con Napoleón III (tristemente muerto a los veintitrés años; en 1879, luchando en la guerra de Sudáfrica). De tal manera y regresando a la escena del viaje; tras saludarnos y ordenar los equipajes, subimos al tren. Pudiendo acomodarnos en el vagón especial de personalidades, que la red de ferrocarriles había habilitado para la emperatriz y sus acompañantes. Dirigiéndonos hacia Ávila (primero) y con destino final en Valladolid; en un trayecto que tenía dos tramos, de unas tres horas cada uno.
Fue entonces cuando comenzó a hablar La Señora de su infancia; mencionando aquella anécdota del terremoto -tan poco probada como probable- pero que a ella le gustaba contar. Repitiendo que había nacido en Granada, el 5 de mayo de 1826, y que cuando llegó al Mundo, se produjo un seísmo de enorme magnitud. Por lo que su madre y las comadronas, fueron sacadas del edificio; al peligrar las paredes del palacete. De esa manera, nació al raso y bajo el cielo, tal como sucede con las gitanas. Así, la primera luz que vio, fue la de una noche estrellada. Unos hechos que explicaban su unión espiritual con el pueblo romaní y por qué una adivina calé, de Granada; acertó su futuro a través de la quiromancia (cuando era muy niña). Augurando que reinaría sobre un imperio, viviría cien años y moriría en las sombras de la noche. Siendo este, un vaticinio similar al proferido por uno de los abates que tuvo como profesor en Francia; quien al estudiar las líneas de su mano, aseveró que iba a ser más que una reina. Tras estas palabras, observó a quienes la escuchábamos, por ver si mostrábamos gran asombro. Sentimiento que todos manifestamos, con un gesto de admiración; aunque sobradamente conocíamos esas anécdotas del seísmo y la lectura de manos; que mil veces había contado. Por lo que debió sentirse obligada a narrar cuestiones más interesantes, comenzando por referir hechos que a nadie había transmitido.
Fue en ese momento, cuando La Señora comentó que se encontraba mayor y apenas unos pocos conocían la verdad de su pasado. Pareciéndole una buena idea que yo fuera tomando notas, con el fin de guardar datos que pudieran ayudar a construir sus futuras biografías. Anécdotas y relatos muy personales, que -según dijo- solo podrían publicarse cuando ya no estuviera en el mundo (advirtiendo que una reina no puede permitir que se escriban sus memorias, mientras viva). Aunque era necesario que alguien recogiera su verdad, pues desde el derrocamiento, había tenido que leer innumerables falsos relatos; en los que se afirmaban las mayores barbaridades sobre ella y el emperador. De ese modo, comenzó por narrar cómo conquistó a Luis Napoleón; explicando que simplemente lo hizo, hablando sobre su pasado (desde la niñez hasta el día en que se conocieron). Empezando esa historia por el famoso “momento sísmico” de su parto; un hecho que despertó gran intriga al entonces Presidente de la República Francesa. Quien, tras oír el relato de una mujer nacida en pleno terremoto, manifestó un enorme interés por conocer toda su vida. Tanto, que durante casi dos años, la citaba; para que continuase con más anécdotas y vivencias. Sucesos similares a los que nos iba a transmitir mientras viajábamos; comenzando por sus primeros años. Aunque antes de narrarlos, deseaba expresar que los dos grandes amores de su vida habían sido: Su hijo (Luis) y su padre. A quienes perdió muy pronto y de los que guardaba el mejor y más triste recuerdo. Ya que su único vástago había muerto con tan solo veintitrés años y su progenitor falleció cuando ella era una adolescente. Pese a ello, la memoria de su padre, siempre le traía un aire agridulce; al haber sido un hombre tan cariñoso y bueno, como huraño y extraño. Todo lo que se unía a las múltiples heridas de guerra que decoraban su cuerpo; en el que faltaba: Un ojo, medio brazo y casi una pierna. Es decir, que era tuerto, cojo y manco; como si Dios hubiera deseado dejarle en una mitad, para demostrar que ese medio hombre, valía más que todos los otros (por muy completos que estuvieran).
De tal manera, siguió comentando, que un día el emperador le pidió que le hablase sobre su progenitor. Y sin saber cómo describirle, aseveró que hasta el nombre lo tenía cercenado. Pues se llamaba Cipriano y los amigos le decían “Cipri”. Mientras él rogaba que no le apodaran por “el resto”; aunque la parte trasera, era la única zona del cuerpo donde no le faltaba una mitad. Por todo ello, y quizás debido a lo poco estético de su nombre; decidió apellidarse Guzmán. Siguiendo la línea materna y de su progenitora, que fue Francisca de Portocarrero y Guzmán; condesa de Montijo y de Teba (una cultísima dama, que llegó a ser perseguida por sus conocimientos). Después, la emperatriz, explicó que aquel Don Cipriano de Guzmán (Palafox y Portocarrero); vino al mundo, como el último hijo de seis. Por lo que al ser el menor y varón, la única oportunidad que le daba la vida era jugársela en el campo de batalla. Ya que el primogénito y sus hermanas, heredarían todos los bienes de la casa; uno, en el mayorazgo y las otras, en su dote. Así fue como “Cipri” siguió los pasos de su padre, que había sido un ilustre general, al servicio de Carlos IV. Pero la vida se oscureció al morir el cabeza de familia en 1790, quedando huérfanos y sufriendo el abandono de la Casa Real. Soportando innumerables injusticias por parte de Godoy, al enviudar su madre. Que se dedicó a la literatura y a las artes; con el fin de buscar apoyos sociales, volviéndose a casar. Estableciendo en su palacete “salones”, donde se trataba sobre cultura, política, filosofía y hasta religión. Reuniones a las que asistían los más importantes intelectuales y pensadores de la época; que muy poco gustaban en círculos de poder y cercanos a Godoy. Quien mandó a prisión a la condesa, acusándola de jansenista; desterrándola, argumentando que había traducido libros herejes. Lo que provocó en aquel joven Cipriano y en su hermano mayor; el odio hacia el Valido y sus monarcas. Por lo que, ambos, se unieron a diversas conspiraciones; para derrocar a unos y otros.
SOBRE Y JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Imágenes del progenitor y abuelos de la emperatriz. Arriba, Cipriano de Guzmán, Palafox y Portocarrero, conde de Teba y de Montijo; padre de Eugenia. El óleo es obra de Vicente López y propiedad de la Academia de Artillería de Segovia, a la que agradecemos nos permita divulgarlo. Fue un militar con una extraña carrera; debido a que sirvió junto a Napoleón y luchó con las tropas francesas, cuando invadieron España, en 1808. Afrancesado convencido, tenía un gran rencor a los Borbón, debido a que Godoy había desterrado a su madre. Tras acusarla de jansenista; por haber traducido libros franceses donde se explicaba este culto. Debido a ello, su hermano Eugenio (primogénito de la familia), colaboró con Fernando VII en el Motín de Aranjuez, logrando derrocar a Godoy. Aunque Cipriano parece que guardaba una igual opinión sobre Godoy, Carlos IV y su hijo Fernando. Considerando que la solución de España era erradicar a esta dinastía y crear un país similar a Francia. Lo que le llevó a apoyar a José I, como rey; luchando junto a las tropas galas hasta el final de la contienda. Perdiendo la parte de un brazo, de una pierna y un ojo; en la balalla de Arapiles (Salamanca). Luego, fue hasta París, para seguir apoyando al emperador; siendo encarcelado por no rendirse cuando Bonaparte ya estaba derrocado. Todo ello, supuso que el padre de Eugenia de Montijo fuera muy mal considerado en el ejército español; habiendo sufrido numerosas veces prisión. Por lo que educó a sus hijas en París, donde llegaron a formarse como las más cultas nobles españolas de su época. Al lado, Felipe de Palafox y Croy; padre de Cipriano y abuelo paterno de la emperatriz Eugenia. Retratado por Bayeu, la obra pertenece al Museo de Goya (al que agradecemos nos permita divulgarla). Fue un gran militar, que llegó a capitán general, aunque falleció joven (en 1790). Tras ello, la familia sería postergada por La Corte, debido a que no cumplía con los gustos y criterios de Godoy. Abajo Francisca de Portocarrero y Guzmán, madre de Cipriano y abuela paterna de Eugenia de Montijo. Pintada hacia 1875; obra en colección particular (Madrid) a la que agradecemos nos permita divulgarlo. Era una cultísima dama, que tras enviudar se dedicó a la cultura; abriendo salones, donde se reunían los intelectuales de la época. Su relación con esos ilustrados le llevó a ser perseguida por Godoy, que dictó su apresamiento y destierro; acusándola de hereje y jansenista.
Continuó narrando La Señora, que el primogénito de la familia (bastante mayor que su padre) se llamaba Eugenio y actuó como padrino en su bautismo; por lo que ella llevaba ese nombre de pila. Un ilustre heredero de títulos y mayorazgo, que se había formado con una sólida cultura; en vida de su progenitor y gracias a las enseñanzas de su madre. Por cuanto, con solo veinticinco años, fue nombrado Académico de la Historia y de la Lengua; tras habérsele concedido la sucesión del condado de Teba. Aunque su discurso de ingreso a esas Reales Academias, nunca llegó a ser leído; pues desarrollaba una crítica al absolutismo y a las monarquías de tipo feudal. Debido a ello, antes de su presentación y al tratarse de un tema conflictivo; el texto fue enviado a Godoy, quien ordenó el destierro de Eugenio (tal como hizo con su madre). Por lo que, obligado a permanecer alejado de Madrid, el primogénito de los Montijo, cursó la carrera militar; llegando a hacerse oficial. De tal modo, pocos años más tarde, participó en la conspiración contra Godoy; vistiéndose de aldeano, para llegar hasta Aranjuez. Usando el seudónimo de “Tío Pedro”, logró el levantamiento de las masas y el derrocamiento del valido; produciéndose así la abdicación de Carlos IV y la sucesión de Fernando VII.
Mientras comentaba estos últimos hechos; la emperatriz hizo un gesto frunciendo el ceño, expresando que todos sabíamos cómo había terminado el asunto de Aranjuez. Con la subida al trono de D. Fernando y la llegada de los Bonaparte a España... . Añadiendo más tarde, que su tío Eugenio -al menos- tuvo más suerte que su padre. Pues se opuso a los franceses y finalmente; tras luchar valerosamente en la Guerra de la Independencia, fue reconocido como militar y noble. Siendo nombrado por Fernando VII, capitán General de Andalucía; un gran éxito que le supuso vivir en el fracaso. Ya que desde entonces no hizo más que gastar, dilapidando horas y fortuna. Tras participar, a favor o en contra, de los sucesivos pronunciamientos y bandos que acechaban o ayudaban al rey Fernando. Hasta que terminó siendo odiado por cuantos le rodeaban; sufriendo una hemiplejia en 1924, entrando en estado de demencia poco tiempo más tarde. Por cuanto, fue su hermano menor -Cipriano- quien tuvo que ocuparse de este primogénito; que murió en soledad, sin descendencia, honores, ni amigos.
Más tarde, siguió la emperatriz exponiendo que así vivió su padre, la juventud; tras salir de la academia de artillería, peleando con unos y con otros. Por lo que su desprecio hacia Godoy y a los reyes que le protegían; le llevó a admirar a Napoleón, convirtiéndose en un afrancesado convencido. Decidiendo Cipriano apoyar a José Bonaparte, como monarca de España; combatiendo en el bando contrario a Eugenio. Actuando como oficial del ejército francés; perdiendo un ojo y gran parte de una pierna en la batalla de los Arapiles (enfrentamiento de Salamanca donde su hermano luchaba del otro lado). De esa guisa, cojo y tuerto; se fue a Francia junto a José I, tras la derrota de los ejércitos napoleónicos en la Península. Defendiendo al emperador hasta el último día, siendo condecorado en el campo de batalla y quedando a solas en París; dando cañonazos a diestro y siniestro, cuando Bonaparte ya había sido depuesto. Finalmente, no fue condenado a muerte, pero sí a prisión; permaneciendo bajo vigilancia y sin poder volver a España. Logrando ser liberado en 1816, tuvo que afincarse en París, donde algunos de sus amigos le animaron a buscar mujer y sentar la cabeza. Así fue como los Lesseps le presentaron a una prima, que había llegado desde Andalucía para estudiar francés y vivía en su casa. Conociendo entonces Maria Manuela de KirkPatrik; una joven divertida, alegre y elegante; con diez años menos. Quien -parece- no puso pega a ese pobre tuerto, manco y cojo; que acababa de salir de prisión. Interesándose por sus batallas y por sus intenciones amatorias. Tanto, que al poco tiempo se casaron; pese a tener que pedir una dispensa a la Corona, ya que él era conde de Teba y ella carecía de títulos. Llegando el perdón y la autorización para regresar al España, ese año en que contrajeron nupcias. Celebrando su padre así, el matrimonio con la bellísima malagueña (de origen escocés y nacionalidad franco americana). Llegando por fin la boda del pobre Cipri, como todos llamaban a la “oveja negra” de la familia; que en esos días tenía menos futuro que un fraile en África. Por cuanto -posiblemente- se casó con aquella alegre joven, debido a que era hija de un exitoso comerciante de vinos andaluces y de ese modo podría regresar a su tierra.
Continuó narrando que el enlace de sus padres, fue la unión de espíritus y mentes que residían en el lado opuesto del Universo. Pues si su progenitor era taciturno, solitario, callado, meditabundo y serio (a mas de muy cariñoso y soñador). La madre, se trataba de una persona realista, absolutamente social y siempre contenta; teniendo como mayor incentivo, las fiestas, la moda y la fama. Contrayendo nupcias en 1816, tras lo que les permitieron vivir en Málaga; pero bien alejados de la Corte y bajo vigilancia (debido a las continuas intrigas y amistades). Etapa, de la que muy poco o nada se sabe sobre este matrimonio; aunque todos suponen que el progenitor se sumaría a las numerosas revueltas y contubernios del Sur de España. Debido a que llegaron en 1817, el plena efervescencia de intrigas y movimientos en contra Fernando VII (que recuperó el trono, tres años antes). Cuando en Andalucía se había concentrado un enorme contingente de militares, para ser embarcados hacia América, con el fin de luchar contra los reinos hispanos que deseaban independizarse. De tal manera, el nuevo rey había comprado una enorme flota al Zar de las Rusias, para embarcar a miles de hombres y enviarlos a recuperar el mando español en esas tierras, allende el Océano. Pero pronto se comprobó que aquellas naves estaban podridas, sus velas deshechas y sus maderas inservibles. Culpando los militares al rey Fernando de haber adquirido una armada putrefacta y malgastando el erario público. De este modo, se iría fraguando un sentimiento anti monárquico, que floreció en unos meses y fue capitaneado por personajes como San Miguel y el famoso Riego. Quienes se sublevaron contra la Corona, aunque sus pronunciamientos fueron muy poco seguidos; por lo que Riego se vio obligado a huir hacia Portugal. Pese a lo que pronto llegó a oídos de alcaldes y políticos que ese joven (junto a unos mil valientes) habían intentado hacer claudicar al rey; para que ratificase la Constitución de Cádiz. Por cuanto ciudades como Zaragoza, las capitales gallegas y numerosas urbes castellanas, se sumaron al movimiento; reclamando promulgar la ley de 1812. Un levantamiento que fue seguido por numerosas guarniciones, solicitando que Riego regresase de Portugal y lograse que el monarca la firmara. Siendo así, como desde 1820 se producen numerosos movimientos que obligan a Fernando VII, aceptar la La Pepa de Cádiz. Tras lo que este ignominioso soberano claudicará; aunque pondrá infinidad de trampas y dificultades a Riego (que llega a retirarse a su lugar de origen, en Asturias).
SOBRE Y JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Eugenio de Guzmán, Palafox y Portocarrero, conde de Montijo; pintado por Goya hacia 1808 (obra propiedad de la colección Frik de Nueva York; a la que agradecemos nos permita divulgarla). Era el hermano mayor de Cipriano y padrino de la emperatriz, que tomó por ello su nombre. Hombre de gran cultura, fue educado por su madre y a los veinticinco años sería elegido miembro de la Real Academia de la Lengua y de la Real Academia de la Historia. Aunque no pudo ingresar, ni siquiera leer el discurso de presentación; debido a que Godoy lo consideró un alegato contra el absolutismo. Condenando a Eugenio al destierro; debiendo retirarse a vivir a Granada, donde se hizo militar. Años después (en 1808) protagonizó el Motín de Aranjuez, logrando derrocar al valido y la coronación de Fernando VII. Más tarde participó en la Guerra de la Independencia en el bando de los constitucionalistas de Cádiz; recibiendo la capitanía general de Andalucía. Tras los pronunciamientos de Riego y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis; cae enfermo y Cipriano (su hermano menor) debió hacerse cargo de él. Al lado, Doña Manuela KirkPatrik, madre de la emperatriz Eugenia (en un dibujo de Joseph West hacia 1838). Se trataba de una simpática e inteligente mujer; hija de un escocés con nacionalidad norteamericana, asentado en Andalucía como exportador de vino. Bailaba y cantaba el folclore de esa época; siendo famosa por sus interpretaciones del fandango y las cantiñas; que enseñó a sus hijas. Amante de la Sociedad, las fiestas y la moda; logró introducir a Paca y Eugenia en las más altas esferas de Paris y Madrid. Casando a la primera con el XV duque de Alba; mientras la pequeña (Eugenia) contrajo matrimonio con Luis Napoleón III. Abajo, de nuevo, Cipriano de Guzmán, Palafox y Portocarrero; esta vez en un grabado de época. El carácter del padre de la emperatriz, era totalmente opuesto al de su madre (Da, Manuela). Pues si ella prefería el jolgorio, las reuniones, la fama y los ambientes más ricos. El progenitor era un hombre de gran sobriedad, que llevaba a las niñas vestidas de forma humilde y deseaba educarlas entre las gentes del pueblo (para que fueran justas e inteligentes). Pese a ello, no hubo un especial problema entre ambos cónyuges, que respetaron la vida y los gustos del otro. Pudiendo vivir las hijas en ambos ambientes; populares y de Corte, mientras congeniaban con las clases más altas y bajas, en Francia y España.
Consecuentemente, durante ese trienio comprendido desde 1820 a 1823, el padre de la emperatriz y su tío Eugenio; participaron en todas las insurrecciones, pronunciamientos y contubernios que se fueron tramando. Hasta que el rey pidió ayuda a su primo lejano, Luis XVIII (restaurado en la corona de Francia); logrando que mandase a los “Cien mil hijos de San Luis”. Ejército que entró por los Pirineos y tomó España entera, en un paseo militar; debido a que la nación ya estaba agotada de guerras, golpes, batallas y luchas internas. Volviéndose en 1823 al absolutismo y tomando represalias La Corona contra todos los conspiradores que apoyaron el retorno a la Constitución de 1812. Por lo que, tras ejecutar de la forma más vil al general Riego; su padre regresó a la cárcel y apresaron a su tío Eugenio (por conspiradores). Aunque, afortunadamente, ambos fueron perdonados; ya que la gran mayoría de los militares habían participado en esas insurrecciones y no se podía castigar a todos. Pero, al salir de prisión (en 1824) el primogénito de los Montijo sufrió una hemiplejia; por lo que su hermano pequeño (Cipriano) tuvo que hacerse cargo de él. Ya que la esposa del enfermo no quería convivir con su marido, ni menos cuidarle; pese a que la situación de Eugenio empeoró en poco tiempo. Necesitando ser incapacitado, al sufrir un estado de demencia permanente. Debiendo ejercer su tutela el progenitor de la emperatriz, que pasó a administrar la fortuna familiar. Siendo en ese momento cuando aquel “pobre Cipri” tuvo alguna holgura económica y pudo crear una familia. Pese a que llevaba casado más de siete años; pero entre las conspiraciones y las visitas a prisión, parece que no tuvo tiempo para procrear.
Así fue como en 1925 nacería Paca, su hermana mayor; viniendo al mundo ella un año más tarde; mientras vivían en Granada. Aunque en 1828 debió necesitar el padre trasladarse a Madrid, para llevar los asuntos de familia y resolver mejor las finanzas de la casa Montijo (cuya tutela ejercía). Adquiriendo para ello la finca del fallecido Francisco Cabarrús, heredada en 1810 por su hija Teresa; que desde la muerte del padre no regresó a España. Entrando en contacto Don Cipriano con el entorno de esa vieja amiga y logrando que le vendieran la hacienda familiar. Finca en la que comenzó a construir una villa neoclásica, valiéndose para ello de los restos de la “casa de los salvajes”. Un edificio que perteneció a los condes de Miranda y que hasta entonces se hallaba en el centro de Madrid; en la plaza del mismo nombre. Donde los antepasados de los Montijo, apellidados Zapata; habían sido obligados a trasladarse, tras las revueltas de Los Comuneros.
Pues aquellos Zapata, condes de Barajas; vivían en su castillo hasta la sublevación contra Carlos I; como señores de este pueblo -tan cercano a la capital-. Pero participaron en las revueltas de 1521; levantando un fuerte con su estandarte y pendón, donde hoy se halla La Puerta del Sol. Siendo vencidos por los ejércitos imperiales, fueron castigados; no pudiendo usar su escudo y fueron obligados a abandonar el castillo de Barajas. Teniendo que trasladarse al centro de Madrid; urbe que todavía no había sido nombrada Villa ni Corte. Construyendo entorno a 1530 una casa de tipo renacentista, con dos salvajes en sus jambas de entrada y numerosos capiteles de granito. Edificio que en 1830 estaba prácticamente en ruinas; por lo que el padre de la emperatriz decidió derribarlo, para levantar en el mismo lugar un enorme palacete. Llevando las piedras y piezas recuperadas de la “casa de los salvajes” hasta Carabanchel; donde los incluyó en aquella quinta neoclásica que construyó y fue llamada Villa Miranda. Al ser la continuación de la casa de los condes de Miranda; título que conservaba la familia Montijo y finalmente fue heredado por los Alba (pasando por línea directa, desde la hermana de la emperatriz). Siendo esta la historia de la finca, desde que fue adquirida por los Cabarrús, hasta que su padre (Cipriano de Guzmán; conde de Teba) la convirtió en su domicilio de Madrid. Añadiendo en sus paredes los capiteles y escudos de la antigua “casa de los salvajes”, pertenecientes a la familia Zapata (condes de Barajas y de Miranda).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, balconada de Quinta Miranda; finca de recreo de los Condes de Montijo en Carabanchel, que heredó su hija Eugenia, a mediados del siglo XIX. En la foto (tomada del libro "Recuerdos de Carabanchel" V.V.A.A., editado por el Ayuntamiento de Madrid) podemos aún ver la terraza en corredor de esta finca; decorada con capiteles procedentes de la Casa de los Salvajes. Palacete que erigieron los Zapata hacia 1550, en la madrileña plaza que lleva su nombre (del Conde de Miranda). Al parecer, hacia 1830 reformaron la antigua casa-palacio de Madrid y llevaron los restos y el derribo hasta su villa de Carabanchel; donde fueron así colocados (en forma circular y a modo de conservatorio). Mas tarde, Próspero Mérimée, también aprovechó algunas de esas piedras, para decorar de manera romántica el jardín de Quinta Miranda. Al lado, fuente del jardín, que se pudo fotografiar antes de su desaparición en los años setenta. Abajo, uno de los capiteles que se consiguieron salvar tras el triste derribo de Villa Miranda, llevado a cabo hacia 1970. Como ya hemos repetido, una parte de esta finca la fue regalada a Nicolás Santafé (hacia 1900) por la Emperatriz Eugenia; aunque tras morir ella en 1920, los herederos de la Casa Montijo donaron el resto y su palacio a un convento. Quedaron los de Santafé como vecinos de aquella Quinta y al deberse vender en conjunto ambas propiedades (en 1969), se recogieron los capiteles y piedras del jardín; que algunos familiares pudieron conservar. En imagen, uno de estos capiteles, tal como estaba adherida a una chimenea en la casa de Somosaguas de Ma. Teresa Santafé; nieta de Nicolás. Podemos observar que se trata de un estilo Renacimiento italiano del siglo XVI, muy diferente al español. Mi hermano Mario, opinaba, que la primera Casa de los Miranda, pudo ser realizada por un arquitecto italiano, hacia 1550 -en base al estilo de estas piezas-.
JUNTO Y BAJO ESTAS LINEAS: Parte frontal y posterior de otro capitel de Villa Miranda; en el anverso, esta piedra tiene un extraño blasón del que ya he hablado en algunos artículos. Conteniendo un escudo, que parece a todas luces el de Enrique IV -o el de los Trastamara-. Apareciendo en su cuartel de la izquierda, el pendón de los Trastamara de Castilla, con los Dragones y La Banda -a mas del Castillo-. En el lado opuesto, parece que llevase el León y otra banda cruzada, propia de esta casa, que terminó con Juana I. Ello, hace pensar que seguramente pueda tratarse de un blasón procedente del Castillo de Barajas, regido por Juan Zapata, copero mayor de Enrique IV y ayo del príncipe Juan. Escudos que mandó destruir el Emperador Carlos I, al ordenar en 1522 derribar y arrasar la fortaleza de Barajas; como castigo, por haberse sumado la familia Zapata a la revuelta de los Comuneros.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, divertida litografía donde vemos a Teresa Cabarrús muy joven, vestida de griega (a modo de Venus). Se trata de un ejemplar tirado en 1795, cuyas copias se conservan en la Biblioteca de París (a la que agradecemos nos permita divulgarla). Abajo, La Cabarrús, con otro de sus modelos grecolatinos; pintada hacia 1810, por Marie-Guillemine Benoist (la obra se conserva en el Museo Arte San Diego, al que agradecemos nos permita divulgarla). Luciendo esta moda, conquistaron París las dos grandes amigas que lograron salvarse de la guillotina: Teresa Cabarrús y Rose de Beauharnais (luego Josefina Bonaparte). Decidiendo tras su liberación, hacer un canto a la vida y a la libertad, junto a un grupo de amigas, denominadas “Las maravillosas”; dejando anonadados a los franceses cuando las veían vestidas de este modo. Mujeres de enorme cultura e inteligencia, que habían superado lo más terrible e impensable; debiendo ser consideradas las tristes penalidades que pasaron en las cárceles, donde fueron recluidas en espera de ser ejecutadas. No solo hambre, penurias y terror; sino -seguramente- todo tipo de abusos y depravaciones, por parte de quienes guardaban estas prisiones. Donde los reos apenas estaban unas semanas, para salir camino de la guillotina. Pese a todo ello, estas dos grandes féminas; lograron superarlo y cambiar la Sociedad y gustos de Francia.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Fotos del interior de Villa Miranda, tomadas a comienzos del siglo XX. Pertenecen al archivo del Museo de Historia de Madrid; y fueron publicadas en la página Karabanchel.com -a los que agradecemos nos permitan divulgarlas-.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, una de las entradas de la Quinta Miranda, fotografiada en 1908 (del archivo del Museo de Historia de Madrid; publicadas en la página Karabanchel.com -a los que agradecemos nos permitan divulgarlas-). Abajo, el palacete que levantaron hacia 1830 los Montijo, en la plaza del Conde de Miranda; cuando derribaron la Casa de los Salvajes. Se situaba en la parte antigua de Madrid (junto a la Plaza Mayor) y fue construido tras tirar el primer palacio llamado de los Salvajes. Edificio al que hubieron de trasladarse, cuando tuvieron que abandonar el castillo de Barajas (tras 1522 y por imposición de Carlos I); para vivir en el centro de la urbe. Ciudad que por entonces era un villorrio manchego, sin haber sido declarado Villa ni Corte. Allí levantaron los Barajas un palacio de tipo renacentista (probablemente trazado por un arquitecto italiano) que en 1830 debía estar en muy mal estado y fue derribado, para sustituirlo por este que vemos en imagen. Donde se conservaron sobre las jambas de entrada, los dos salvajes que daban nombre al anterior edificio. Tristemente, hace unos cuarenta años; también tiraron este palacete, para construir en su solar un inmueble de ladrillo (dedicado a pisos y apartamentos).
Todo ello, lo explicaba La Señora, intentando que su sobrino -el duque de Tamames- pusiera especial atención; pues sabía que a esa línea familiar se designaría en un futuro la hacienda Villa Miranda. Ante lo que añadió que el lugar contenía una especial magia, relacionada con Francia y su imperio. Pues entre aquellas paredes y praderas, había transcurrido la infancia de dos mujeres españolas, que influyeron enormemente en el trono francés: La Cabarrús y ella misma. Todo lo que, además, se veía imbuido con un segundo halo de misterio, referente a Caparroso; una pequeña localidad navarra, de donde eran originarios los Cabarrús y en la que yo había nacido -refiriéndose en ese momento a mí: Nicolás Santafé-. De tal manera, me preguntó la emperatriz, por qué llegué a París -mientras ella todavía estaba en el trono- y el modo en que me pusieron en contacto con su Casa Imperial. Ya que recordaba haber oído que éramos personas relacionadas con los Cabarrús.
Ante lo que hube de explicar, que -a mi juicio- no teníamos un parentesco directo; pese a que nuestro apellido y familia materna también procedía de Caparroso. Siendo posible que los Cabarrús tuvieran un lazo con los Arellano. Quizá emparentados con los abuelos de mi madre, Teresa Arellano; cuyos ancestros eran Navarros o de la Sierra de Cameros (descendiendo directamente de Lope de Arellano). En lo que se refería a mi llegada a Francia, fui allí muy joven, cuando nació mi hermano Juan y cayó enfermo mi padre. Me enviaron a Burdeos, para evitar mi reclutamiento carlista y por designio de nuestro progenitor; quien antes de morir (en 1863), ordenó a su viuda mandarme a estudiar al país vecino. De ese modo, al sentirse muy enfermo y preocupado por mis hermanos (uno de ellos recién venido al mundo); ordenó que fuese yo el cabeza de familia, cuando él desapareciera. Para lo que me enviaron a Francia; con el fin de que al regresar, atendiese a mi madre y hermanos (todos menores). Quienes quedaron al cargo del comercio y empresa que tenían abierta en Caparroso; que proveía en esos años al Ejército Carlista. Continué explicando, que por todo lo antes referido; mi progenitor pensaba que a su muerte, nuestra familia materna (los Arellano) me enrolaría en el ejército de Don Carlos. Debido a que él había sido aposentador de esas huestes y nuestra madre pertenecía a una saga absolutamente fiel a los “requetés”. Aunque mi padre (Martín Santafé), procedía de Tudela y de una familia judeo conversa; que trabajó como organistas y mercaderes durante siglos. Por lo que no deseaba que yo fuera militar, al sentirse liberal y no muy católico; siguiendo la tradición de sus ancestros, que fueron rabinos en Tarazona (durante el siglo XIV). En lo que se refiere a su llegada a Navarra; parece que fue en 1834, tras una epidemia de cólera en Tudela -que les obligó a abandonar su ciudad de origen; peligrosamente infectada-. Llegando así a Caparroso; donde se casó con Teresa Arellano y tuvo numerosos hijos. Siendo muy bien aceptado en la población; como organista de la iglesia principal, dedicada precisamente a Nuestra Señora de Santafé (identificando los vecinos su apellido con la primera advocación del lugar).
Seguí narrando mi historia, tal como requería la emperatriz; comentando que al morir mi padre, en 1863; me enviaron a Burdeos, con personas conocidas y procedentes de nuestra zona. Tenía por entonces unos trece años de edad y me llevaron a casa de los señores Ibáñez de la Cadiniere (que hablaban español y decían tener parentesco con los Cabarrús). Allí, permanecí un año, estudiando música en el conservatorio, donde elegí como instrumento la flauta (que continúo tocando, para mis amigos). Más tarde y tras dominar el francés, me mandaron a París; donde me hice matemático y contable. Aunque, muy pronto, me tuve que poner a trabajar, para no ser una carga (ya que mi madre seguía mandando dinero desde Caparroso). Así, en 1866 entré en una oficina dependiente del banco Crédit Lyonnais (fundado un poco antes); alternando mi colocación, con los cursos de contabilidad y comercio (asistiendo también al conservatorio, para completar la carrera de flauta). Aunque, dos años más tarde -en 1868- recibimos un aviso desde Burdeos, ordenando que fuésemos a actuar como intérpretes y empleados de banca; ya que acababan de refugiarse en el Sur de Francia infinidad de españoles ilustres. Tras huir de nuestro país gran parte de la nobleza, ricos empresarios y parientes de los monarcas; después de haber sido expulsada la reina Isabel II. Quien también llegó a Biarritz, junto a sus familiares más cercanos; pudiendo establecerse allí, gracias al enorme apoyo que facilitó a todos la emperatriz Eugenia (en tan difíciles momentos). Fue entonces, cuando nos encontró la Casa Imperial, que me contrató para ayudar a la Corte española y a los nobles huidos. Tan necesitados en esos días de asesoramiento y cuidado, para mover e invertir el dinero y bienes que importaron desde la Península Ibérica. Por cuanto, ese fue el vínculo que primero me unió a la casa de Montijo, entre los que también había refugiados en Biarritz, durante ese mes de septiembre de 1868.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, obituario de Martin Santafé Arellano, publicado en El Imparcial el 26 de febrero de 1928. En este, se da noticia del fallecimiento del que fue durante casi veinte años subgobernador del Banco Hipotecario; entidad en cuya fundación participó, siendo muy joven y recién llegado de Francia. Destacando el periódico, que con casi ochenta años, seguía ocupando su cargo. Tanto, que el día de su defunción, había ido a trabajar al banco; tras lo que siguió firmando cédulas de hipoteca en su casa (hasta bien entrada la noche). Poco después, se durmió; para no volver a despertarse. Al lado, firma de Martín Santafé, padre de Nicolás y apodado Martín de Caparroso, entre los amigos. De origen judeo converso, su familia procedía de Tarazona (apellidados Azamel), donde fueron rabinos hasta la Conferencia de Tortosa (1412); bautizándose el primero como Esperandeo de Santafé. Tristemente, el hijo de este Esperandeo (llamado Pedro de Santafé) fue procesado por la Inquisición y tanto él como su esposa (Juana de Santángel), condenados a la hoguera, donde murieron junto a varios de sus hijos. Tras el “auto de fe” (hacia 1480) huyeron a Tudela los descendientes que pudieron escapar; logrando la ayuda de un hermano que no se había convertido. El primogénito de Pedro y Juana, que seguía como rabino de esta ciudad; todavía Navarra. Allí permanecieron (tal como consta en La Manta de Tudela) hasta que Martín Santafé (padre de Nicolás) se estableció en Caparroso, huyendo en 1834 de una epidemia de cólera declarada en Tudela. Fueron músicos y comerciantes durante generaciones y hay testimonio de su trabajo como organistas en Tudela y Caparroso. Abajo, una de las hojas de contabilidad, del comercio de Martín Santafé; actuando de proveedor para las milicias carlistas desde Caparroso. En esta población navarra, se estableció como aposentador del ejército; también fue músico y trabajaba para la iglesia de Nuestra Señora de Santafé (parroquia de esa localidad cuyo nombre coincidía con su apellido). Al enfermar (hacia 1862) viendo a su mujer embarazada; ordenó que su hijo Nicolás fuera a Burdeos, para evitar que lo enrolasen en las tropas requetés y con el fin de que ayudase a su familia (tras recibir en Francia una buena formación).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Teresa Arellano, madre de Nicolás Santafé; fotografiada en Caparroso, hacia 1910 (con unos noventa años). A su izquierda; su hija Ynés Santafé Arellano . En el centro, el esposo de esta, Angel Aizpún (padre de Rafael Aizpún Santafé). A su derecha, la mujer de Nicolás Santafé, Carolina; hija de Angel Rodríguez Tejero, que venció a los carlistas y tomó Pamplona (conocido como el “general de los pinceles”). Abajo, Teresa Arellano, con unos noventa años, fotografiada en Caparroso con dos biznietos. A su izquierda, Martín Santafé; a la derecha de ella, Rafael Aizpún Santafé.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Juan y Nicolás Santafé, fotografiados hacia 1900 junto a sus esposas e hijos. En el centro de la imagen, mi abuelo Angel Santafé, con unos siete años. A nuestra derecha, Nicolás y en el lado opuesto, su hermano pequeño, Juan Vicente. El trato entre ambos era similar al de un padre y su hijo; ya que tenían catorce años de diferencia. Además, Juan nació cuando su progenitor moría (en 1863) y enviaron a Nicolás a Burdeos para que se formase en Francia y fuera el cabeza de familia. Ayudando a su madre y hermanos; lo que hizo al regresar, sacando adelante a todos; en especial, al pequeño, que trajo hasta Madrid para que cursara los estudios de arquitecto. Más tarde, Juan Vicente, entró en el Banco Hipotecario, actuando como tasador y especialista en créditos. Abajo, Nicolás Santafé, junto a su hermano Juan; esposa e hijos, en la casa donde residía en Madrid (C/ Pérez Galdós 3). Fotografía tomada hacia 1905; en la que vemos a Ángel Santafé (mi abuelo) en primer término. A nuestra derecha. Frente a él, su abuela y suegra de Nicolás Santafé (Germana Gómez de Velasco). A la izquierda, el matrimonio formado por Carolina y Nicolás; junto al resto de sus hijos (María, Jaim, Martín y Teresa). Al fondo y con barba, Juan Vicente Santafé, cuando ya era arquitecto del Banco Hipotecario.
Al finalizar las anteriores frases, afirmé que creía haber contestado a la pregunta de La Señora, sobre nuestro nexo con los Cabarrús. Con quienes no creíamos tener parentesco; aunque pensábamos que la unión de esta familia con Caparroso, nos pudo llevar hasta Burdeos. Añadiendo, que -además- llamaba la atención el modo en que nuestro padre firmaba; haciéndolo como Martín de Santafé, o bien Martín de Caparroso. Pudiendo haber mantenido contactos comerciales con empresas de esos Cabarrús, asentados en el Sur de tierras galas (mientras era aposentador de las tropas carlistas en Navarra). Quedando entonces pensativa la emperatriz; mirando por la ventana, advirtió que nos estábamos aproximando a Ávila. Donde deberíamos hacer una parada para almorzar y descansar. Así llegamos a la ciudad de los caballeros y bajando del tren, nos dirigimos al restaurante reservado. Un bello lugar donde nos tenían dispuesta la comida, que venía preparada desde el famoso Lhardy madrileño. Uno de los cocineros preferidos de La Señora, ya que se había establecido en España, tras leer las obras de Próspero Mérimée. El amigo principal de los Montijo, cuyas novelas se inspiraban en costumbres y tradiciones de nuestro país; debido a la influencia que Doña Eugenia y su madre imbuyeron en el escritor. Allí nos sentamos a la mesa, y mientras degustábamos un maravilloso cocido castellano, ella siguió hablando sobre Caparroso; comentando que el lugar tenía tanta importancia comercial, al ser un cruce central de caminos. Cerrando el paso hacia Olite; la residencia de los reyes de Navarra y a Pamplona. Asentí a su afirmación, advirtiendo que también lo era por los santos de aquel pueblo, que se llamaban: San Isidro Capucete, Santafé la Puerca y San Joderse.
No daba crédito Da. Eugenia a mis palabras, por lo que hube de explicar las distintas advocaciones a tales figuras religiosas; todas nacidas en ese cruce, entre los dos brazos del río Aragón. Exponiendo que se debía a los puentes sobre el cauce, en los que había de pagarse un derecho de paso. Aunque un caso distinto, era el de San Isidro Capucete; cuya figura no se hallaba junto al río; se guardaba en la iglesia principal (llamada de Santafé). En una capilla dedicada a ese patrón de los agricultores, donde se acercaban a rezar los labriegos; especialmente en época de sequía. Pero tras haber ido varios domingos a rogar al santo, si las lluvias no se producían; los mozos del lugar tomaban en volandas esa estatua y la acercaban hasta uno de los puentes. Comenzando así una extraña procesión, donde participaba todo Caparroso; realizando una curiosa ceremonia en la que ya no había rezos y donde los asistentes iban diciendo: -“San Isidro, como la semana próxima no caiga agua. ¡Capucete!”-. Tras asomar el santo al puente y repetir la advertencia; devolvían su escultura al templo. Pero si no llovía en siete días, el domingo siguiente, los mozos volvían a tomar la escultura y la llevaban a cuestas hasta el río. Para lanzarla al cauce; a la voz de: -“San Isidro; capucete”-. Tras ello, las risas y los vítores que se prodigaban; varios chicos saltaban en las aguas del Aragón, de las que rescataban la talla. Siendo un hecho comprobado, que después de ese “chapuzón” (capucete); venían las lluvias.
Por su parte, la adoración a Santafé la Puerca; nació de la figura de Nuestra Señora de Santafé, que se hallaba en una de las puertas del primer puente y donde había de pagarse el paso. De ese modo, tras abonar el requerido pontazgo; los que por allí cruzaban, saludaban a la estatua, antes de salir al camino. Para tal fin, bajo la representación estaba escrito su nombre; aunque alguien borró una letra, para que se leyera “puerca”, en vez de “puerta”. Habiendo quedado la advocación de ese cruce de caminos, como Santafé la Puerca; palabras que repetían los viajantes con júbilo, tras comprobar la cantidad que les cobraban por su paso. Del mismo modo, San Joderse, se originó en otro pontazgo sobre el río Aragón; el del siguiente puente, donde el peaje era más caro. En cuya entrada había una enorme escultura, que representaba a San José y también un cartel con el nombre de la advocación. Aunque eran tan grandes sus letras, que algún gamberro talló entre el “JO” y “SE”; un “DER”. Es decir, donde inicialmente ponía SAN JOSE, pasó a leerse SAN JOderSE. Todo lo que mucho gustaba a quienes necesariamente abonaban la tasa por salvar el río; diciendo tras abonar: -“San Joderse y a pagarse”-. Siendo ambos, dos importantes cultos que solo se perdieron cuando dejaron de cobrar por cruzar los puentes. Momento en que los arrieros y viajeros, no tuvieron que adorar y rezar del modo que he narrado; a esa Santafé la Puerca y al San Joderse (cada vez que “soltaban la mosca”). Palabras y explicaciones que encantaron a los comensales; quienes manifestaron un gran interés por el santoral de esta población en la que nací, llamada Caparroso. Añadiendo la emperatriz, que -quizás- esa veneración a Santafé la Puerca y al San Joderse; habían ayudado mucho a La Cabarrús, en sus escarceos amorosos, que le llevaron a la cumbre (en Francia). Tras lo que todos reímos, haciendo mil chistes y chascarrillos, mientras terminaba el almuerzo.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, excursión campestre de los primos Santafé y los Aizpún, en Caparroso (hacia 1910). En el centro de la imagen y sentado; mi abuelo, Angel Santafé. Al lado, recogiendo manzanas en el jardín de Caparroso; hacia 1910. Vestido de claro, en la imagen, mi abuelo Angel; al lado de él, sus padres (Nicolás y Carolina); a nuestra izquierda, su hermana Teresa. Abajo, molino de Caparroso, sobre el río Aragón; fotografiado en 1894 por J.J. Arazuri.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, entre algunos Santafé se mantuvo que estaban emparentados con los Cabarrús, a través de la familia Arellano. Para comprobarlo, pude conocer la genealogía de estos Arellano de Caparroso, donde no aparece el otro apellido; aunque no sabemos si entre los Cabarrús, habría un lazo con los Arellano. Abajo, Ma. Teresa Arellano (madre de Nicolás Santafé); fotografiada en Caparroso hacia 1910, con unos noventa años y junto a tres bisnietas. A los lados, Teresa y María Santafé (hijas de Nicolás); en el centro, Ynés Aizpún Santafé.
C-/ De Ávila a Valladolid:
Regresamos al vagón, donde aún nos quedaban unas dos horas y media de viaje, para alcanzar la capital pinciana. Momento en que La Señora comenzó a narrar su infancia, advirtiendo que ella jamás dormía siesta (aunque hubiera comido un gran cocido). De tal manera, retomé mi libreta, para anotar los hechos; que empezaron por sus primeros recuerdos en Villa Miranda. Donde se trasladó con unos cinco o seis años de edad, hacia 1830; llevando allí una vida idílica, entre granjas de animales y buena gente del campo. Porque en ese pueblo de Madrid donde se hallaba la quinta familiar -llamado Carabanchel Alto-; era un lugar de veraneo, al que los ricos y nobles solo iban para descansar. No se trataba de una población urbana, con tránsito de coches de caballos, vida social, ni aglomeraciones. Transcurriendo el día a día, en un ámbito rural y junto a su hermana Paca; entre gallinas, caballos, burros, vacas, ovejas y cabras. Saliendo diariamente a recoger legumbres, frutas o verduras; de las huertas cercanas a la casa. Por lo que muy pronto tuvo su primer burrito, con el que se movían las dos niñas en Carabanchel; aprendiendo luego montar a caballo (solo con seis años). Habiendo sido esa una de sus grandes pasiones; debido a lo que llegó a ser conocida como una gran amazona -desde muy joven- . Narrando que fue su padre quien por primera vez le subió a lomos de un pequeño asturcón, enseñándole a conducirlo con las riendas y los tacones. Tras lo que pronto se atrevió a montar los enormes cartujanos, los nerviosos hispano árabes y los indomables purasangre ingleses. Dominando a los caballos con enorme destreza desde los ocho años; un hecho que admiraba a su progenitor.
En lo que refiere a su madre, durante ese primer tiempo de Carabanchel, se interesaba por enseñar a las dos niñas el idioma francés (con el que siempre se dirigía a ellas). A más de instruirlas en danza y música; debido a que a Doña Manuela KirkPatrik, le encantaba el folclore, la escuela bolera y los bailes del Sur. Siendo una magnífica intérprete de fandangos, cantados y bailados. Teniendo una enorme gracia y duende, al moverse al son de esa música; que tarareaba de continuo, afirmando procedía del “hado interior” (es decir de los espíritus y del buen ángel; por lo que se llamaba el Hado-Tango o fandango). Ritmos y letras que había aprendido entre los gitanos; a los que visitaba frecuentemente, compartiendo sus fiestas y costumbres. Siendo muy querida la condesa de Teba por los calés; que reían, divertidos con el arte de aquella escocesa, recriada en Málaga. A la que enseñaban melodías, pasos y cantes, que ella interpretaba a la forma bolera; tan antigua como interesante, con la que celebraba sus reuniones y festejos. Así fue como Doña Eugenia y su hermana Paca; desde muy niñas aprendieron las canciones y bailes andaluces. Que ya dominaban durante su estancia en Granada y fueron perfeccionando en el Alto Carabanchel, cuando convivían en los poblados gitanos y con los labradores de la zona. Pues en ese pueblo alto de Madrid, apenas habitaban a diario ricos y nobles; viniendo solo a descansar en sus quintas, durante la época de vacaciones o en los festivos. Quienes, normalmente, se hallaban en la capital; trabajando, atendiendo negocios, o celebrando reuniones en sus palacios. Por lo que, únicamente durante el verano, las Navidades y la Pascua, aparecían en el lugar “los ricos madrileños”; como les llamaban las gentes de Carabanchel. Por lo que, tanto su hermana como ella, durante la niñez se relacionaban con todos los del pueblo. Tal como deseaba su padre, para que se convirtieran en personas sin complejos, buenas y mujeres justas. Vistiéndolas de forma muy sencilla, evitando que fueran presumidas o cursis. Aunque a Doña Manuela le molestaba ver a sus dos hijas siempre de lino y jugando a todas horas con los chicos de la calle.
Recordaba la emperatriz, que en esos felices años de su infancia, vino a Villa Miranda un francés al que recibieron con enorme cariño, por ser uno de los mejores amigos de sus padres. Se llamaba Próspero Mérimée, quien además de escritor e historiador, era arqueólogo y hombre conocido por su refinamiento y buen gusto. Quien debió llegar por primera vez a Carabanchel entorno a 1830; cuando ella tendría unos cinco o seis años. Aunque en su memoria quedaron algunos hechos de esta visita inicial de Don Próspero, a su casa. El primero se refería a los mosaicos y a la villa romana, hallada en los terrenos de la quinta; que fueron estudiados por Mérimée y otras personalidades de la Academia de la Historia. Realizando prospecciones y excavaciones, que permitieron conocer todos los datos de aquella domus; con dos mil años de antigüedad. También se acordaba de esa visita del escritor francés, en el modo que decoró Villa Miranda. Diseñando sus jardines, colocando fuentes y disponiendo dónde se debían situar los capiteles sobrantes de la “casa de los salvajes” (traídos desde ese antiguo palacio de Madrid). Asimismo, no había olvidado que Don Próspero siempre les hablaba en francés; al observar que las dos niñas entendían ese idioma perfectamente, aseverando que un día deseaba ser su preceptor y maestro. Por lo demás, sus padres iban con este amigo a las celebraciones populares y a los eventos taurinos de Carabanchel; donde el escritor tomaba todo tipo de anotaciones, mientras realizaba dibujos, para incluirlos en sus novelas y estudios. Asimismo, le llevaban a las fiestas de los labradores y de los gitanos, en las que Mérimée salía a bailar; sin gran arte y provocando la risa de los asistentes (quienes comentaban la falta de salero, aunque elogiaban la simpatía del gabacho). Recordando también un día en que le mostraron cómo montaba Doña Eugenia a caballo; quedando el francés impresionado del modo en que una niña de tan corta edad, era capaz de dominar un equino. Tras lo que la emperatriz le dijo que estaba estudiando para ser rejoneadora; provocando las risas de sus padres y del invitado.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, litografía de E. Odier, A. Giroux y Jacome et Cie.; publicada hacia 1850 y conservada en el Museo del Romanticismo (al que agradecemos nos permita divulgarlo). Como hemos dicho, este museo fue creado por Benigno de la Vega-Inclán; tras donar su colección y su casa de Madrid. En la estampa, vemos a la emperatriz, vestida de amazona, con el caballo enjaezado a la andaluza y sombrero calañés. Un modelo típicamente romántico, donde se une el folclore y el refinamiento; como síntesis del conocimiento del pueblo y la sabiduría de las élites. Estilo que apasionaba a Eugenia de Montijo, que siempre quiso ser una dama de la Corte, con corazón de gitana. Por lo que desde niña, su pasión fue montar a caballo y bailar danzas boleras; habiendo sido rejoneadora durante la juventud. Al lado, grabado con Eugenia de Montijo, vestida de andaluza; fechado hacia 1850 (propiedad del Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Abajo, grabado donde se identifican las hermanas Montijo (Paca y Eugenia), en un palco y asistiendo a los toros Detrás de ellas y de pie, estaría su madre, Manuela KirkPatrik; también amante de estas celebraciones. Otra de las pasiones de la emperatriz fueron los toros, una afición heredada desde sus padres, amigos de los más famosos matadores de la época. Gracias a un diestro llamado El Sevilla y a su cuadrilla; consiguieron salir de Madrid, cuando la ciudad estaba confinada por la epidemia de cólera (en 1834). Llegando así hasta París, para establecerse en la capital francesa; escapando de la enfermedad y de la primera guerra carlista. La estampa en imagen, editada en Francia, se puede fechar hacia 1855 y se basa en un dibujo de J. Herbert, grabado por H. Cook.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos cuadros del Museo del Romanticismo, creado por el marqués de la Vega Inclán. Al lado, “pareja de serranos”; de Aguado y Cabral Bejarano (hacia 1870). Abajo, escena titulada “la copla” y del mismo autor. En ambos óleos, podemos observar que los modelos “flamencos” se mantuvieron desde esta época, hasta nuestros días; tanto en el modo de vestir, como en el de interpretar el cante y la música. Una estética que apasionaba a Eugenia de Montijo y a su progenitora; quienes la llevaron hasta el París del Segundo Imperio. Logrando que Mérimée escribiera su novela “Carmen” basada en un relato que madre e hija narraron al literato, hacia 1839.
Después de describir aquella fase de su vida, que dijo haber sido la más feliz y en la que pudo ver a diario a su padre (al que adoraba). Añadió, que muy pronto vinieron los problemas y desgracias, cuando en 1834 se extendió el cólera por Madrid. Enfermedad y epidemia de la que yo antes había hablado; cuando narré el motivo por el cual mi padre -Martín Santafé- tuvo que salir de Tudela, para refugiarse en Caparroso (ese nefasto año del cólera). Una epidemia que sucedió tras la muerte de Fernando VII; de la que casi todos se alegraron, aunque muy pronto acontecieron dos sucesos terribles. El primero, fue la llamada a las armas de don Carlos María Isidro, que no reconoció a Isabel II como reina; pese a ser la hija de su hermano y debido a la Ley Sálica. Declarándose el único y legítimo heredero de la Corona; lo que provocaría la primera Guerra Carlista. Mientras un segundo hecho horrible, fue la aparición de una enfermedad desconocida, mortal y muy contagiosa; que se transmitía rápidamente. Nadie sabía la naturalezas de ese mal, que finalmente se llamó “del Ganges” y que hoy conocemos como cólera. Por lo que algunos pensaron, se debía a personas que envenenaban las fuentes y los ríos; llegando a extenderse el bulo de que los carlistas estaban diluyendo ponzoña sobre las aguas (en las ciudades liberales). Una falsedad que caló en la opinión popular; añadiendo quienes extendieron la mentira, que los brazos ejecutores de tales envenenamientos eran los franciscanos (y otras órdenes religiosas, partidarias de Don Carlos). Por cuanto, en las calles de Madrid; comenzaron a matar frailes a cuchillo.
De pronto, la emperatriz dejó de hablar; tomó un pañuelo, secó sus lágrimas y paró el relato. Para continuar, con cierto balbuceo; narrando como tuvo que presenciar de niña uno de estos asesinatos (con tan solo ocho años). Mientras paseaba a solas por Carabanchel, momento en que algunos vecinos sacaron sus facas y destriparon a un clérigo. Recordando perfectamente la escena y el modo en que murió aquel fraile; sujetándose como podía, los intestinos que le salían por el sayo. Así falleció el pobre franciscano, mientras miraba a la niña de su lado; que permanecía paralizada por el horror y sin alejarse del monje. Siquiera podía gritar, aunque oyó como él le decía las siguientes palabras, mientras agonizaba: -“Perdónales, porque no saben lo que hacen”-. Tras lo que Da. Eugenia echó a correr y llorando llegó a su casa; solicitando ayuda, queriendo volver para salvar al moribundo. Pese a lo que su madre le prohibió regresar al lugar, mandando a criados que fueran hasta allí; por ver si podía hacerse algo con la vida de aquel inocente. Volviendo pronto los enviados a la escena del crimen; confirmando que no hubo solución y que cuando llegaron hasta el clérigo, ya estaban sus hermanos en la fe administrándole la extremaunción.
Al terminar este terrible suceso, la emperatriz volvió a enjugarse los ojos y aseveró que este hecho le marcó toda vida. Creyendo en las gentes buenas y de fe, tras haber visto morir de ese modo a un santo. Presenciando con tan solo ocho años, la forma en que había fallecido ese fraile; sin miedo y logrando soportar el terrible dolor, profiriendo una frase de perdón. Quizás, para que la niña aterrorizada, a su lado; no se asustase tanto y comprendiera que agonizaba sin odio, ni temor. Todo lo que había provocado en la pequeña Eugenia de Montijo una transformación, imbuyendo una profunda fe en su espíritu. Tras conocer como aceptaban la muerte y el sacrificio, los seguidores de Cristo; capaces de perdonar las mayores atrocidades. Por cuanto, desde ese momento, se convirtió en una persona con profundas creencias; perdiendo gran parte del miedo a la muerte y al dolor. Un modo de sentir y pensar, que le habían sido imprescindibles mientras sustentó la Corona de Francia. Veinte años, durante los que día a día, pensó que podía terminar en la cárcel o en la guillotina; como había sucedido con innumerables antecesoras. Pese a lo que cumplió con su deber, sin temor ni rencor; tomando las decisiones que su conciencia y moral mandaban. Aunque aquellas determinaciones, pudieran costarle el derrocamiento, la prisión, o -incluso- el patíbulo.
Tras aquellas palabras, se produjo un tremendo silencio en el vagón; dejándonos mudos y pensativos. Por lo que ella, viendo la escena provocada al narrar tan dura historia, quiso romper el hielo; añadiendo que -pese a todo- desde niña era muy devota de San Joderse. Provocando las risas de los que segundos antes, permanecíamos callados y apesadumbrados. Por lo que continuó narrando lo sucedido días después de la muerte del pobre franciscano; cuando su padre decidió mandarlas a Francia y él alistarse, para luchar contra los carlistas. Ordenando a su madre marchar con las dos niñas a París; con el fin de protegerlas, ya que España se había convertido en un lugar peligroso. Cuando en 1834, se inició la guerra entre liberales y requetés; a lo que se había sumado aquel infecto “mal del ganges”, que mataba a diestro y siniestro. Aunque, no sabiendo como salir de Madrid, que se hallaba confinado por la epidemia; se le ocurrió a Doña Manuela y a su esposo, hablar con una cuadrilla contratados para varias corridas en la Monumental de Barcelona. Saliendo ella y sus hijas, junto a El Sevilla y sus subalternos; en julio del año 1834 y logrando llegar con todos hasta Cataluña. Aunque al entrar en la ciudad condal, les cerraron el paso; por proceder de una ciudad infectada (como lo era Madrid). Pese a lo que El Sevilla y los componentes de la terna, tuvieron permiso para acceder a la plaza; dada la importancia del diestro y del contrato. Unos días y espera, que aprovechó Doña Manuela para huir hacia los Pirineos (con sus dos hijas). Pudiendo alcanzar Gerona y cruzar la frontera, gracias a su perfecto francés; haciéndose pasar por una ciudadana gala que huía de la peste declarada en España. Llegando de ese modo hasta Lyon, y más tarde a París; donde fue recibida por Próspero Mérimée; que les facilitó casa y ayuda.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Carlos Ma. Isidro de Borbón; hermano de Fernando VII, autoproclamado rey, bajo en nombre de Carlos V. Tras su oposición a que Isabel II heredase el trono de su padre, en 1833; comenzaron las Guerras Carlistas, donde los candidatos a soberano argumentaban que una mujer no podía reinar en la España borbónica. El dibujo pertenece a la colección del Museo Zumalacárregui, de Ormaiztegi (al que agradecemos nos permita divulgarlo). Al lado, grabado de Carlos Múgica, que representa la matanza de frailes, de 1834; conservado en el Museo de la Historia de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlo). En este año se propagó la primera epidemia de cólera, en España; una enfermedad desconocida, por lo que algunos atribuyeron sus efectos a que los carlistas estaban envenenando las fuentes de las ciudades liberales. Tanto creció este bulo, que llegó a afirmarse que los culpables de esas muertes, eran los curas partidarios de Don Carlos; por lo que se produjeron numerosas matanzas de frailes. Sabemos que Eugenia de Montijo, vio morir a uno de estos clérigos en la calle, tras ser linchado a golpe de navaja. Lo que sucedió cuando ella tenía tan solo ocho años y justo antes de irse a París; donde el progenitor mandó a las dos niñas y a su madre, debido a que España ya era una nación muy insegura. No solo por la epidemia, sino también debido a las guerras carlistas, que comenzaron ese año de 1834. Abajo, óleo de Eugenio Lucas, titulado “la plaza partida”; propiedad del Museo del Romanticismo de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlo). En este cuadro, podemos ver lo que era una corrida de toros, a mediados del siglo XIX; mucho antes de que se estableciera el reglamento del “arte de cuchares”. En la escena se observa la suelta de varios morlacos a la vez, en un ruedo dividido en dos; donde caballos, diestros y bovinos, se mezclan, sin orden ni función. Entre el público, se aprecian los modelos calañeses, de manolas y mozos; con tipo manchego y andaluz.
Decía la emperatriz que durante todo aquel viaje; no se oyó hablar más que del “mal del Ganges”, de la guerra y de la muerte. Por lo que se encomendó al pobre fraile que vio morir a su lado; pidiéndole que las salvase y que lograra que su padre saliera ileso de las batallas. Unos rezos que debieron ser escuchados desde el Cielo, pues pronto regresó la felicidad a la familia. Cuando recibieron una carta de su progenitor, narrando que los liberales no deseaban tener un oficial como él; al que consideraban tullido, viejo y un antiguo afrancesado. Por lo que le licenciarían en el ejército; baja que llegaría en pocos meses. Además, había fallecido Eugenio, el primogénito de los Montijo. Un hecho que no pudo comunicarles antes; debido a que su hermano murió, mientras las tres viajaban desde España a París. Recordando La Señora, el gesto de su madre al leerles estas últimas frases; con cara de gran felicidad. Mientras afirmaba que el tío Eugenio, durante una década, había sido una terrible carga para todos. Diez años en los que nuestro padre -su hermano pequeño- se había dedicado a cuidarle con el mayor cariño, a guardar su fortuna y a tutelarle -para que tuviera un buen final-. Todo lo que Dios había premiado; ya que al no tener nuestro tío descendencia, ni mujer; pasaban los títulos y propiedades a nosotros. Añadiendo que, con ello, se habían acabado los aprietos económicos y lo de ser simplemente “los de Teba”. Pues no solo heredarían la enorme fortuna de los Montijo, sino también su condado y otros muchos títulos. Como el condado de Miranda del Castañar; el ducado de Peñaranda de Duero; el condado de Mora; el marquesado de Labañeza; el marquesado de Valdunquillo; el marquesado de Mirallo; el marquesado de Valderrábano; el marquesado de la Algaba; el marquesado de Castañeda; el condado de Casarrubios del Monte; el condado de San Esteban de Gormaz; el condado de Fuentidueña; el vizcondado de los Palacios de la Valduerna; el vizcondado de la Calzada; el marquesado de Villanueva del Fresno y el marquesado de Barcarrota. Tras proferir la emperatriz esta retahíla de títulos; quedamos perplejos, observando su gran memoria. Ante lo que muy pronto ella aseveró: -“¿Y vosotros podéis creer que con este pedigree, en Francia me llamaban la advenediza...?-.
No le hizo mucha gracia las risas que provocó su última frase, porque siempre destacó que los franceses se habían cebado con su origen (familiar y nacional); dándole los peores apelativos. Llegando a escribir Víctor Hugo, al celebrar su boda con el emperador: “El águila se ha casado con una gallina”. Por fortuna, yo conocía esa frase del malvado Hugo, y no moví ni un músculo de la cara; sabiendo lo mucho que había molestado a la emperatriz ese sobrenombre de “la gallina”. Pero sus dos sobrinos -Peñaranda y Tamames- al oír aquello; soltaron una enorme carcajada, que mucho enfadó a Doña Eugenia. Quien comenzó a regañarles, por tal falta de respeto; volviendo a incidir en el daño que le hicieron las burlas francesas, cuando subió al trono del Imperio. Sufriendo todo tipo de desmanes, debiendo ver infinidad de publicaciones con su figura caricaturizada como una gallina o dibujada con cuerpo de grulla. Mientras la despreciaban y se reían de ella; aseverando que era tan solo una oportunista capaz de haber engañado al pobre Napoleón (ya viejo y enamorado de una señorita española, de dudoso pasado y poco linaje). Sin existir apenas ciudadanos galos, que la apoyaron durante ese reinado; a excepción de los muy católicos y las gentes de bien, que comprendían su situación. Pero lo peor sucedió, cuando aquellas duras críticas, se convirtieron en difamaciones; por las que sufrieron varios atentados. Habiendo alentado cuatro intentos de asesinar a su marido, en los que una vez se pretendió acabar con ella -también-. Promovidos por italianos contrarios al Papa, que deseaban la muerte del emperador de Francia, para terminar con la fuerza de los Estados Vaticanos. Argumentando que el catolicismo de Eugenia de Montijo y su trascendencia sobre los asuntos políticos; hizo que Napoleón III apoyase a Roma. Ante lo que Da. Eugenia, nos quiso dejar claro, que la Iglesia en la Francia del siglo XIX, nada tenía que ver con otras; menos aún con la española. Pues en nuestro país se había protegido a esa institución, permitiendo que abusase de sus privilegios. Llegando a restaurar Fernando VII, La Inquisición (en 1820); alentada por esos mismos clérigos que promovían las Guerras Carlistas (desde 1833). Mientras en tierras francesas, se había perseguido y torturado a los sacerdotes; quemado sus iglesias, siendo asesinados en masa, junto a sus fieles. Todo lo que culminó con el genocidio de La Vandea (La Vendée); donde cientos de miles de niños, mujeres, ancianos y curas, fueron masacrados.
Siguió hablando La Señora; exponiendo que, pese a todas las contrariedades, los desprecios sufridos durante su reinado y hasta los intentos de asesinato. Se mantuvo firme en su mandato y en el cargo; gracias a sus principios y a su falta de miedo al destino. Pues sabía que actuaba conforme a ley y siguiendo criterios morales; lo que la liberaba de remordimientos y temores. Sin dudar sobre el bien y el mal, al tomar decisiones valoradas en criterios humanos, caritativos y de justicia. De tal modo, quiso evitar que fuera condenado a pena capital; el que intentó matarla, en uno de esos atentados perpetrados por italianos. Un terrorista llamado Orsini, del que ella hizo lo posible para que no muriera en la guillotina; cuando el alto tribunal de París le condenó, por lanzar una bomba que causó decenas de muertos. Magnicidios sobre los que pensaba a diario; sabiendo que podrían asesinarla, destronarla, mandarla a prisión y hasta decapitarla. Pese a lo que nunca dudó en cumplir con lo que consideró su deber. Creyendo firmemente que Dios le había llevado hasta ese lugar; para hacer el bien y actuar con justicia. Comprendiendo que sobre ella y su familia, colgaba “una espada de Damocles”; que aceptó como algo inevitable, cuando una persona ejerce el poder y desea cambiar el rumbo de la Historia. Añadiendo la emperatriz, que en toda esa tremenda labor, recibió el apoyo de los reyes de Inglaterra; porque todavía había señores en La Tierra. Personas auténticas y buenas, como lo fueron la reina Victoria y su marido; el príncipe Alberto. Que siempre la protegieron, la cuidaron y comprendieron lo difícil de su situación; en un país que pocos años antes había enviado a la guillotina a su reina (junto a sus mas nobles damas). Pues, tal como se decía en Reino Unido: “La República de Robespierre, tan solo logró equiparar a los hombres y a las mujeres, en el deber de morir decapitados, por igual”.
En esos momentos, observamos todos que la conversación había derivado hacia temas un tanto graves, por no decir desagradables. Debido a ello, los dos sobrinos pidieron perdón a su tía abuela; de un modo tan respetuoso, como cariñoso. Dirigiéndose a ella como Majestad Imperial; tomando su mano, para besarla y abrazarla. Mientras de esos ojos granadinos, escapaban unas lágrimas que ella intentaba ocultar; terminando por aseverar que aquella vida de emperatriz, fue horrible. Pues tuvo que gobernar sobre un pueblo, que por entero la odiaba; debiendo pensar tan solo en hacer el bien y conducir la Nación a buen puerto. Mientras a diario recibía amenazas y críticas, culpándola de todos los males; observaba como la mayoría de sus súbditos la despreciaban, considerándola una advenediza al poder. Siendo -tristemente- la familia Napoleón, quienes más zancadillas pusieron en su camino. Debido a que los parientes de su marido, deseaban heredar la regencia y quizás, también el imperio. Pero al ver nacer a Luis Eugenio y cuando el emperador la nombró regente, en caso de faltar él (o fallecer). Los Bonaparte se convirtieron en hienas, deseando transformarla carroña, para devorarla (abriendo en sus entrañas los peores sentimientos). Aunque siempre tuvo el cariño y el apoyo de los más cercanos en España; principalmente de su hermana Paca, del marido (el duque de Alba) y todos sus sobrinos. Tanto como el respaldo de Victoria y Alberto de Inglaterra; que no deseaban una Francia revolucionaria, donde a diario funcionase la guillotina, en nombre de una falsa libertad.
En esos momentos, miré por la ventana del tren; sintiendo que los recuerdos narrados por La Señora, eran muy tristes. Aunque -por fortuna- nos estábamos acercando a Valladolid; pudiendo advertir, que lo mejor era ir preparándose para bajar a la estación. Lo que hice con el fin de quitar hierro a la escena y olvidar tanto dolor como nos había transmitido la emperatriz; algo que fue comprendido por todos, quienes disimuladamente pasaron a atender sus maletas. Siendo así, como dejamos de hablar sobre el pasado de ella, para comentar los planes que teníamos en la capital pinciana. Donde nos esperaba Benigno de la Vega; que nos enseñaría la ciudad y nos recibiría en su casa. De tal modo, llegamos a destino en pocos minutos y nos encontramos con el bueno de Vega-Inclán a pie del andén; donde nos recogió con enorme afecto, para seguir la ruta. Disponiendo dos grandes coches de caballos (de seis plazas); marchando los mayordomos y doncellas en uno; mientras en el más espacioso, viajábamos el resto (la emperatriz, sus dos sobrinos, el anfitrión y yo).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: arriba, fotografía de Eugenia de Montijo, recibida en Londres por la reina Victoria (año 1867). La soberana inglesa, fue una de las personas que más protegió y ayudó a la emperatriz; durante su reinado y después del derrocamiento. Acogiéndola cuando tuvo que huir de París, al caer el Segundo Imperio y facilitando el exilio a toda la familia imperial francesa. De ese modo, pudieron vivir los Napoleón en Reino Unido; aunque el marido murió tres años después de ser destituido (en 1873); y el único hijo de ambos, falleció en 1879, luchando como oficial del ejército inglés. Al lado, la reina Victoria de Inglaterra, junto a su marido, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. Ambos, recibieron con gran cariño siempre a Eugenia de Montijo; que se ganó la amistad de esta reina desde las primeras veces que coincidieron. Protegiendo a la emperatriz hasta el final de sus días, pese a que Francia creo todo tipo de problemas; incluso generando vetos comerciales, intentando que expulsaran a Eugenia de Montijo de Reino Unido. Donde fijó su residencia principal y elevó la tumba familiar, en que enterró a su marido (Napoleón III), junto a su hijo Luis; y en la que actualmente descansa. Abajo, grabado que representa la boda entre Eugenia de Montijo y Luis Napoleón III; celebrada en Notre Dame de París (en 1853). Fue muy criticada por las élites e intelectuales franceses, quienes no tuvieron reparo en humillar e insultar a la novia.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes relacionadas con Victor Hugo. Al lado, su fotografía. Abajo, entierro del escritor, con honores de Estado, en 1885 (fuente, Wikipedia). Uno de los que más despreció a Eugenia de Montijo, fue Víctor Hugo; pese a que años antes era uno de los grandes valedores y amigos de Napoleón III. Pero, cuando el Presidente de la República, decidió crear un Segundo Imperio; el escritor tomó una postura beligerante, decidiendo exiliarse en Reino Unido. Más aun, fue su inquina contra Luis Napoleón, al que llamaba “Napoleón Pequeño”; cuando este decidió apoyar a los Estados Vaticanos, en la unificación de Italia. Culpando a Eugenia, por tomar partido a favor del Papa, afirmando que solo se debía al catolicismo de ella. Un asunto que provocó cuatro atentados contra Luis Napoleón, incluyendo uno terrible, en que las facciones italianas contrarias al Vaticano, intentaron también acabar con la emperatriz (provocando decenas de muertos). Entre las críticas más mordaces de Victor Hugo a Eugenia de Montijo; destaca lo que escribió en referencia a su boda, diciendo: “L'aigle épouse une cocotte” (el águila se casa con una gallina -expresión que realmente significa “una fulana”). A la muerte del escritor fue enterrado con honores de Jefe de Estado; pero cuando falleció Eugenia de Montijo (en 1920) se evitó todo tipo de celebraciones en Francia. Llegando al punto de prohibir al ejército inglés, rendirle honores durante su sepelio en Reino Unido. Amenazando el gobierno galo, con tomar represalias; si las autoridades inglesas trataban sus restos, como los de un Jefe de Estado. Pese a que Eugenia de Montijo había llevado durante diecinueve años la corona de Francia y actuado en tres ocasiones como Regente.
D-/ Valladolid:
Arribamos a la bella Pucela, hacia las cuatro de la tarde; de ese martes santo, 18 de abril de 1905. Pronto estuvimos en la casa de los Vega-Inclán, situada en el 17 de la calle de los Francos y conocida como el palacio del marqués de Revilla (del que todavía conservaban una gran parte del edificio). Allí nos aseamos, descansamos y dejamos nuestros enseres; para salir más tarde a visitar algunos pasos de Semana Santa -que tanto interesaban a la emperatriz-. Se hizo la noche y comenzaron algunas de las procesiones, mientras las cofradías dejaban abiertos sus templos. Pudiendo entrar en numerosas iglesias; disfrutando también de las maravillosas esculturas, que los nazarenos y costaleros paseaban por las calles. Aunque, a las dos horas, La Señora manifestó estar muy cansada, debido al traqueteo del tren y de los coches; pidiendo retirarse. Todos la acompañamos hasta la casa, donde nos tenían preparada una cena ligera y rápida; ya que ella apenas comía por las noches (limitándose a tomar alguna cuajada, un poco de queso o unos vasos de leche con galletas).
2) Día segundo:
Pronto fuimos todos a dormir y a la mañana siguiente nos despertaron muy pronto, tal como acostumbraba hacer Doña Eugenia. Quien, al llegar al comedor, preguntó si había churros y chocolate; aseverando que no podían faltar en un buen desayuno español. Así, degustando varios de ellos, untados con miel; narró la historia de este alimento, creado por los pastores castellanos. Que dieron a su masa frita, la forma del cuerno de oveja churra (tan común en esta zona central de España); llamándolos de manera similar a esa raza ovina.
Tras el refrigerio, nos preparamos y avisaron a los cocheros, para salir nuevamente de paseo por Valladolid. Deseaba Benigno, llevarnos esa mañana hasta la casa que habitó Cervantes, mientras vivió en esta ciudad. Un tiempo en que terminó la primera parte de El Quijote; antes de trasladarse a Madrid, en busca de editor. Comentando nuestro Cicerone, que el escritor también había residido de niño en esta urbe; por cuanto se sabía que estuvo en Pucela desde 1551 a 1553 y de 1604 a 1606. No conociéndose dónde vivió con sus padres durante la infancia; era seguro que el inmueble que habitó y en que terminó su gran obra, fue el que se levantaba en la calle Miguel Íscar. Aseverando que todavía estaba allí el hogar que acogió al genio de las letras; pero que podía desaparecer en cualquier momento (debido a su deterioro). Mientras escuchábamos atentamente a Vega-Inclán; llegamos al referido edificio, que se hallaba tan viejo como ruinoso. Por lo que estaba apuntalado y en peligro de derrumbamiento; resultando hasta peligroso acercarse. Bajamos del carruaje y nos aproximamos con cautela, observando el mal estado de la construcción; comentando la triste situación de un lugar con tanta importancia histórica. Tras ello, Benigno, refirió que había hablado con su amigo Archer Huntington (filántropo americano, enamorado de la cultura hispana); que se comprometía a comprarlo y hacer un museo. Aunque él -personalmente- consideraba que debía ser adquirido por una entidad o personalidad española; debido a la importancia del hallazgo y a la repercusión que tendría darlo a conocer. Al oír aquello, la emperatriz, aseveró que lo correcto, sería que la comprase la Casa Real; para prestigiarse. Por lo que iba a comentar a Alfonso XIII la situación del inmueble y la posibilidad de adquirirlo; para abrirlo al público. Añadiendo, que como debía acercarse varias veces al Palacio Real, durante los preparativos de la boda del rey con su ahijada (Ma. Victoria Eugenia). Pondría en conocimiento de ambos la penosa situación del hogar en que residió el insigne escritor y la posibilidad de rehabilitarlo. Siendo así como llegó a oídos del monarca la existencia del edificio; quien meses más tarde, se puso en contacto con Benigno. Gracias a lo que años después, fue comprada por el rey y donada, para crear la Casa de Cervantes. Mientras Huntington, adquirió el bloque contiguo, regalándolo como museo y sede de la Academia de Bellas Artes de La Purísima Concepción. Donde, más tarde, Vega-Inclán ofreció todos sus libros; para abrirla como biblioteca.
Tras conocer el lugar donde residió el autor de El Quijote, seguimos visitando iglesias y conventos. Quedando admirada la emperatriz, con la belleza de los cuadros de Goya y de las tallas de Mena; conservadas en Santa Ana y San Joaquín. Asimismo, le impresionaron sobremanera los retablos y estatuas de San Miguel (antiguo templo de Los Jesuitas); especialmente las de Gregorio Fernández. Tanto como las esculturas de Alonso Berruguete, hechas para San Benito; que se guardaban en el Museo Provincial de Bellas Artes de la ciudad (desde la desamortización de Mendizábal). Durante ese día, Vega-Inclán nos llevó a tomar el aperitivo a El Penicilino; una taberna situada junto a la catedral, famosa por sus licores. Convidándonos a almorzar en La Goya; uno de los merenderos más modernos de la ciudad, donde nos sirvieron magníficos asados. Allí, durante la comida, volvió a narrar la emperatriz importantes datos sobre su biografía. Comentando que gracias a la religión, había soportado el peso de la Corona; pues a diario recordaba a María Antonieta y el terrible destino que tuvieron muchas mandatarias de ese país. Pensando siempre, que si ella era ajusticiada, tras su derrocamiento; deseaba ser reconocida como santa. Debido a lo que había llevado una vida muy ligada a la Iglesia Católica; tan perseguida durante La Revolución Francesa, como vilipendiada en tiempos anteriores. Advirtiendo -de nuevo- que los creyentes de Francia, no eran como los de España. Pues en aquel país se habían llevado a cabo innumerables carnicerías, por motivos de fe; desde tiempos muy remotos. Comenzando con la persecución de los cátaros, luego con los albigenses, para seguir con los templarios, después con los hugonotes, modernamente con los protestantes y finalmente con los católicos. Mientras en España, debido a la invasión árabe, tan solo hubo guerras de conquista y no de religión (propiamente dichas). Todo ello, hizo que las gentes creyentes francesas tuvieran el halo de la persecución y del martirio; un terrible sino que se había mantenido hasta el exterminio de los cristianos en La Vandea (apenas un siglo atrás).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: imágenes de la Casa de Cervantes, en Valladolid. Arriba y al lado, sus jardines y fachada. Abajo, estatua y placa donde se recuerda la figura de Benigno de la Vega-Inclán; hijo predilecto de Valladolid. Como deciamos, la Casa de Cervantes y el edificio adjunto, fueron abiertos con el patrocinio de Archer Huntington y de Alfonso XIII; bajo el asesoramiento del marqués de la Vega Inclán.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: al lado, interior de la Casa de Cervantes. Abajo, estatua del escritor, en Valladolid.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Paso del Santo Entierro, obra de Gregorio Fernández, propiedad de la iglesia de San Miguel (Valladolid; a la que agradecemos nos permita divulgar nuestra imagen).). El relato refiere la gran impresión que crearon en la emperatriz estas esculturas.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos de los lienzos de Goya, conservados en el Monasterio de Santa Ana y San Joaquín de Valladolid (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra imagen). Asimismo, la emperatriz quedó muy impresionada por estos óleos del pintor aragonés.
Callábamos mientras La Señora hablaba de este modo; atreviéndose a preguntar sus sobrinos, qué le llevó a admitir el trono galo. Respondiendo ella que tres cosas: La fe, el destino y la memoria de su padre (al que adoraba). Es decir; primero su fe cristiana, deseando salvar a Francia del ateísmo y de lo que ella consideraba satanismo. Refiriéndose a políticas e ideas que habían llevado a esa República al caos; asesinando por millares a hombres, mujeres y niños, sin razón ni culpa alguna. En segundo lugar, el destino; que en la vida se convierte en obligación y deber; donde es necesario cumplir con lo que la Sociedad te ofrece. Sirviendo a lo que la vida te indica; logrando el bien y siendo valiente, sin temer las consecuencias. Por último, aseveró que quiso compartir el trono de Napoleón, en memoria de su progenitor; que luchó defendiendo a Bonaparte, perdiendo un ojo, un brazo y una pierna. Sin lograr reconocimiento militar alguno y pagando por ello años de prisión, pobreza y desprestigio; solo por su amor y fidelidad a Francia y a Napoleón. Tras esas palabras, se iluminaron sus ojos y se dio la vuelta; para que no la viéramos llorar.
No sabíamos cómo animarla, observando que la conversación había -tomado de nuevo- una deriva bastante triste. Por lo que me atreví preguntar a La Señora, por sus santos y obras de caridad en Francia. Conociendo que durante su mandato, había apadrinado infinidad de proyectos donde se cuidó a los más necesitados; protegiendo a numerosas personas famosas por su bondad y obras. Patrocinando infinidad de hospicios, hospitales, centros para pobres y casas, en las que vivían mujeres y niños abandonados, o sin recursos. Ayudando, asimismo, a religiosos y laicos de enorme virtud, a los que se atribuía hasta milagros; entre las que destacaba Bernardette de Lourdes. Por lo que la emperatriz recuperó el ánimo y quiso contarnos que tras casarse, advirtió a su marido que un buen rey debía promover lo que ella consideraba los seis pilares del Estado: Primero, a los artistas y creadores; entre los que destacan no solo músicos, pintores y escritores, sino también arquitectos. En segundo lugar, ingenieros y magníficos constructores de obras públicas. En tercer término, industriales que mantengan las tradiciones y potencien la artesanía (incluyendo la moda y las artes suntuarias). El cuarto pilar, lo componían banqueros y fieles financieros; que permiten las inversiones y mantienen la economía del reino. En el quinto, científicos y humanistas. Finalmente, en sexto término y el más importante: Santos y gentes de enorme virtud. Pues ningún monarca había mantenido una Nación próspera e importante, sin grandes santos nacidos durante su mandato.
Conforme a ello, la emperatriz había protegido y se interesó por la vida de numerosos franceses de su tiempo (clérigos y laicos), cuyo comportamiento era ejemplar. Entre los que destacó el matrimonio formado por Luis y Celia Martin; que tuvieron cinco vástagos, en un hogar pleno de virtud. Ingresando tres de sus hijas en un convento donde la menor, ganó enorme relevancia y predicamento; siendo conocida como Teresita del Niño Jesús. Cuyas visiones, escritos y reciente muerte; se han convertido en objeto de veneración, estando en proceso de beatificación. Pero siguió narrando, que tras la caída del Segundo Imperio, esta familia sufrió persecución; existiendo numerosas personas que se oponen a que Teresa de Lisieux sea santificada. Asimismo, la emperatriz se interesó por el padre Pedro Julián Eymard; famoso por su generosidad (considerado un santo, en vida). Al que ayudó a abrir su primera comunidad en París (en 1863); aunque tristemente, los problemas que vivía y las atenciones que prodigaba, le hicieron enfermar, falleciendo cinco años después. Quedando en el olvido su figura y sus obras, debido a que no gustaban a una Francia laica. Explicando Doña Eugenia, que también en España ganó grandes enemigos, por haber protegido a Antonio María Claret. Confesor de Isabel II, que acompañó a la reina en el exilio y al que conoció la emperatriz en Biarriz (ese año de 1868 en que se proclamó “La Gloriosa”). Dando gran apoyo al clérigo, famoso por su bondad y sabiduría; quien pudo residir en Francia y desde allí continuar con su labor en El Vaticano (donde se hallaba también en proceso de beatificación). Un hecho que le granjeó enormes críticas entre los republicanos españoles, que no distinguieron entre la figura de Isabel II y la de su confesor. Quien cumplió esa función, intentando guiar a la reina hacia mejor camino; a sabiendas de todos los defectos que tuvo el gobierno de su época.
Aunque por la que más se interesó la emperatriz, fue por aquella joven campesina, originaria de Lourdes; a la que se atribuyen infinidad de milagros. Refiriéndose a Bernardette Soubirous (nacida en 1844 y fallecida en 1879); considerada una de las grandes místicas francesas del siglo XIX, por sus apariciones marianas. Criada en el seno de una familia muy pobre; tanto, que durante su infancia pasó todo tipo de penalidades y llegó a sufrir desnutrición. Ese triste destino, se complicó al contagiarse de cólera, durante la segunda epidemia de 1855; contrayendo numerosas enfermedades posteriormente. En lo que se refiere a su familia, al no tener casa, les dejaron vivir en la cárcel; siendo señalados por habitar en un calabozo. De tal modo, ya adolescente y careciendo de estudios, debió hacerse cargo de sus hermanos; rogando a la Virgen por ellos. En esta situación, en 1858, Bernardette recibió numerosas apariciones marianas. Sucedidas en la gruta donde mana el agua, hoy considerada milagrosa y que ha realizado numerosas curaciones inexplicables. Por lo que en 1860, la niña fue recogida en el seno de las religiosas de Nevers; entre las que permaneció trabajando de enfermera, durante dos años. Más tarde, solicitó ingresar como novicia, tras estudiar y prepararse; lográndolo después de superar muchas enfermedades. Aunque, al poco de admitirla, pasó a ser la oveja negra del convento; acosada por su abadesa -la madre Josefina, quien aseveraba continuamente, que esa chica “no hacía nada bien”-. Debido a su mal estado de salud y a las numerosas penalidades y desprecios de las mandatarias; cojeaba con torpeza, sin poder casi moverse. Lo que le valió la reprimenda de sus superioras; quienes la prohibieron salir de la celda, argumentando que solo quería destacar. Sufriendo en 1878, continuos vómitos de sangre y problemas respiratorios; no pudiendo salir más de la cama. Pese a ello, su abadesa consideraba aquel estado, solo una invención; aunque, finalmente, se supo que tenía tuberculosis ósea -una dolorosa enfermedad incurable-. En ese estado, Bernardette escribió al Papa; para que le enviase su bendición y comunicando que se sentía morir. Así falleció en 1879 (habiendo recibido la bendición papal) cubierta de llagas y soportando terribles espasmos; por lo que desde su entierro, el pueblo ya manifestó una enorme devoción por ella.
Todos mirábamos a la emperatriz, mientras hablaba de Bernardette de Lourdes; preguntándonos por qué recordaba tantos detalles sobre la vida de aquella niña venerable. Pero pronto siguió relatando que a esa santa -todavía no canonizada-; le habían hecho la vida imposible, porque había logrado el apoyo de sus emperadores. Ya que tanto ella, como su marido; creyeron en la causa, preocupándose por su vida y milagros. Bebiendo aquel agua que manaba de la gruta sagrada; logrando con ello la curación de su hijo Luis, cuando sufría diversos males. Asimismo, Napoleón III, la llevaba siempre en su cantimplora; con el fin de aliviar la enfermedad renal que padecía. El mal de cálculos (así llamado); del que sufría terriblemente, teniendo fuertes dolores al evacuar piedras y arenas desde el riñón. Sin remedio ante ese diagnóstico; había decidido beber diariamente un vaso de aguas de Lourdes en ayunas; afirmando que le sanaba. Todo lo que hizo a Eugenia de Montijo, considerar la gruta y el santuario del Pirineo, un lugar sagrado. Mandando proteger a la niña Bernardette; que fue ingresada en un convento. Pero al ser derrocado el Segundo Imperio, parece que las monjas superiores decidieron vengarse y dar una vida imposible a la pobre santa. Obligándola a pasar nueve años en la penumbra, sin dejarla salir de su celda, ni ofrecerle tratamiento médico. Siendo objeto de mofas y burlas; bajo la sospecha de que sus visiones eran pura fantasía y sus enfermedades inventadas. Llegando así a contraer la tuberculosis ósea, de la que murió con tan solo treinta y cinco años.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes de Lourdes, tomadas en 1863 (fuente Wikipedia). Arriba, gruta del santuario. Al lado, casa paterna de Bernardette. Abajo, molino donde trabajaba el padre de la santa. El texto, refiere que Santa Bernardette fue protegida y patrocinada por Eugenia de Montijo; quien pensaba que un gran país debía tener personajes modélicos, por su virtud y obras. Aunque, tras la caída del Segundo Imperio (en 1870); la suerte de la pobre Bernardette, parece que cambió y la hicieron muy desdichada. Al ser internada en un convento, donde su superiora deseaba demostrar que todo cuanto hablaba y había visto, era un fraude. De tal modo, no creyó ni en las enfermedades que padecía; llegando a prohibirla salir de su celda. Pocos años más tarde, Bernardette murió; sufriendo una dolorosa enfermedad (que su abadesa consideraba inventada -como las visiones marianas-). Pese a ello, el pueblo supo que era una santa, desde el momento de su desaparición; aunque su figura nada gustaba a la República Francesa (que promovía un Estado laico).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: al lado, el matrimonio formado por Luis y Zélie Martin; padres de Teresa de Lisieux. Son considerados santos, al igual que su hija; conocida como Santa Teresita del Niño Jesús. Fueron figuras que promovió y protegió Eugenia de Montijo, aunque al llegar La República, cayeron en desgracia. Abajo, imagen de teresa de Lisieux (en 1885), antes de ingresar en el convento, junto a tres de sus hermanas.
Así llegamos a los postres, en aquella comida del restaurante vallisoletano llamado La Goya. Donde nadie se atrevió a hacer un solo comentario; ante el relato de esas historias, a las que no había forma de interpelar una sola palabra. Siendo así y viendo ella el silencio en que permanecíamos, nos dijo que iba a explicar por qué había hablado de esos santos. A los que consideraba un pilar esencial de la Sociedad; debiendo entenderse que esas personas cargadas de virtudes espirituales, eran el modelo a seguir. Una conclusión a la que había llegado, no solo debido a su profunda fe; que le había llevado a ver y experimentar, lo que nadie podría creer (pues si narraba cuanto sintió, conoció y observó; la llamarían loca). Pero principalmente, porque Europa iba hacia el caos y al abismo; ya que se había perdido la fe y la verdadera moral (en la mayoría de las Sociedades modernas). Un hecho y una situación, de la que había hablado extensamente desde hacía años; con el emperador Francisco José y su esposa Isabel (Sisí). Quienes le confirmaron este hecho; aseverando que nuestro Continente se encaminaba hacia los infiernos. Una idea que los monarcas austro-húngaros consideraron irreversible, desde la muerte de su único hijo. Momento en que ambos, tuvieron la certeza de que el mal acechaba a Europa. Debido a que los principios naturales de la Humanidad, se habían perdido; siendo sustituidos por valores sociales. Fundamentos políticos o de Estado; que proponían la primacía de un “bien común”, basado en lo que unos pocos radicales, consideraban como bueno. Promulgando ideologías donde se podía matar, al que no apoyaba tales ideas; o se debería acabar con todo lo que fuera en contra de su revolución. Siguiendo la máxima de que “el fin justifica los medios”; en la nueva Europa era legítimo exterminar a una parte de la población, para beneficiar al resto. Ideas que no se habían conocido en nuestra civilización, siquiera en la Edad Media; donde pudieron convivir gentes de diferentes religiones y culturas. Aunque, con la aparición de los grandes ejércitos y el abaratamiento de las armas de fuego; se facilitaban todo tipo de carnicerías. Fundadas en principios que inicialmente -quizás- tenían buenas intenciones; pero, que finalmente se convertían en dogmas terribles. Por cuanto, con tal progreso del armamento, desde finales del siglo XIX una sola persona era capaz de matar a miles; en nombre de su ideología. Así, que tomando como bandera el progreso o la libertad; se justificaría cambiar enteramente las Sociedades, llegando a erradicar a una gran parte de ciudadanos.
Continuó Da. Eugenia relatando, que estas eran las conclusiones a las que habían llegado los emperadores de Austria. Francisco José y Sisí, con los que ella entabló una gran amistad desde que ayudó a Maximiliano de Habsburgo a ocupar el trono de México (tras lo que ese pobre hermano del emperador, fue fusilado y torturado en el país azteca). Aunque especialmente estuvo unida a Sisí y su marido, después de la muerte del heredero al trono de Austria (el único hijo varón de ambos). Un acontecimiento terrible y que se consideró un suicidio; sin poder nadie demostrar que fueron otros los motivos, por los que el príncipe Rodolfo apareció cadáver en Mayerling. Lo que, según sus padres, había sido una farsa; que escondía el asesinato del heredero de la corona austro-húngara. Para lo que esos homicidas, aprovecharon la triste circunstancia de que el primogénito había comenzado una relación sentimental con una amante (pese a estar casado). Motivo por el que solicitó a sus padres que le permitieran divorciarse, argumentando que estaba muy enamorado de María Vetsera. Ante lo que se produjeron numerosas peleas y problemas entre Francisco José y su hijo. Terminando por marcharse Rodolfo, a Mayerling; sin querer pasar las Navidades en familia. Así fue como organizó unas jornadas de caza, con amigos; deseando celebrar el final de año junto a su amada. Aunque, el 30 de enero de 1889, fue hallado muerto; suponiéndose que se había quitado la vida, tras matarla. Sin que nadie se hubiera atrevido a investigar seriamente el crimen, ni los verdaderos motivos de este suceso.
Todos conocíamos la historia; que pocos años atrás había dado la vuelta al Mundo, publicada en infinidad de periódicos. Aunque no sabíamos las circunstancias que rodearon a esas muertes; hechos que la emperatriz nos aclaró seguidamente (aportando infinidad de datos). Aseverando que el príncipe no se había quitado la vida, pues la bala había entrado por el lado izquierdo y él era diestro; lo que ponía en duda una muerte por propia mano. Añadiendo, que la primera autopsia describía el cráneo partido desde la bóveda. Es decir, que el tiro había destrozado la zona superior de la cabeza, debiendo haber entrado por arriba. Para mayor incongruencia, al príncipe le faltaba la mano derecha, que parecía haber sido cercenada con un golpe de arma blanca. De ello dedujeron que se había disparado con la izquierda, para darse muerte. Aunque resulta impensable que una persona a la que le hayan cortado un brazo, a la altura de la muñeca; tome en ese momento un arma con otra mano, para suicidarse. Por cuanto, la hipótesis más lógica era que le mataron con un tiro a quemarropa, en el lado izquierdo de la cara. Comprendiendo después sus asesinos, que se habían equivocado; porque era diestro. Decidiendo así, cortarle la mano derecha, para aparentar el suicidio. Por lo demás, la escena del crimen (donde también asesinaron a la baronesa Vetsera); era la de un campo de batalla, con los muebles y ventanas rotas. Finalmente, como dato añadido, la pistola había disparado las seis balas de su cargador; aunque solo dos mataron a los amantes. Siendo evidente, que la muerte del heredero de Austria, fue un asesinato.
Todo lo antes descrito, se lo habían relatado sus padres (Francisco José y Sisí), cuando visitaron a la emperatriz en su casa del Sur de Francia. Viajando hasta allí, para descansar; durante los veranos siguientes a la muerte del príncipe. Conociendo bien lo que había padecido Doña Eugenia, que también perdió su único hijo; en este caso con veintitrés años y en la guerra. Pues muchos pensaban que también fue un complot, la muerte de Luis Eugenio; primogénito de la casa Napoleón. Resultando imposible creer que la cincha del caballo, se partiera en plena batalla. Debido a que aquella silla estaba fabricada por uno de los mejores guarnicioneros del Mundo y fue un regalo de su padre. Por todo ello y por el dolor que les unía, Francisco José y Sisí, se acercaban durante los veranos hasta el chalet de Da. Eugenia; llamado Villa Cyrnos, situado en Cap Martin (Costa Azul). Comentando siempre que Rodolfo fue asesinado; seguramente, por opositores húngaros. Pero los políticos y diplomáticos de Viena, habían preferido seguir la teoría del suicidio. Ya que si se probaba que era un atentado; deberían declarar la guerra a Hungría. Lo que supondría el comienzo de una contienda, que se extendería por los Balcanes y después por toda Europa. Debido a ello, tuvieron que vivir esos padres, con la afrenta de que su hijo se había quitado la vida, tras matar a su amante. Porque Europa era ya un polvorín, lleno de odio y carente de toda moral. Donde la primera chispa, desencadenaría la guerra total. Aseverando continuamente Francisco José que: -“En un Mundo sin santos, ni creencias; solo es segura la entrada al infierno”-.
Nota final:
Aquella versión sobre la muerte del príncipe Rodolfo, fue narrada por la emperatriz Eugenia, en la primavera de 1905. Aseverando -mientras la contaba- que los santos y la fe eran necesarios, para evitar las guerras. Pues de otro modo, Europa iría al caos. Hoy (quince años después) redacto estas notas tomadas durante aquel viaje de Semana Santa a Valladolid y Mota del marqués. Pudiendo asegurar que sus frases eran totalmente ciertas. Ya que la Gran Guerra (del 14 al 19) se produjo por ese mismo motivo: El asesinato del heredero al trono austro-húngaro. En este caso, Francisco Fernando, sobrino de Sisí y Francisco José; muerto en Sarajevo, a la vista de todos y en plena calle. Quizás para que no sucediera como con el príncipe Rodolfo, cuyo asesinato en Mayerling fue acallado por gentes que aconsejaron considerarlo un suicidio, para que no se iniciara una contienda global.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, el príncipe Rodolfo, heredero del trono austro-húngaro; fotografiado en 1887 (fuente wikipedia). Al lado, su padre, el emperador Francisco José, fotografiado en 1892, tres años después de la muerte de su hijo Rodolfo. Abajo, la madre y emperatriz, Isabel de Austria, conocida como Sisí; fotografiada por Ludwig Angerer, en 1863 (fuente Wikipedia). Tanto Sisí, como Francisco José fueron grandes amigos de Eugenia de Montijo; desde que ella promovió al hermano del emperador, para el trono de México. Aunque el infortunado Maximiliano de Austria, encontró en el país azteca un infierno; donde terminó siendo ejecutado. La amistad entre los emperadores de Austria y la que había reinado en Francia; se acrecentó tras la muerte de Rodolfo. Pues a todos les unía la pérdida de su único hijo varón; por lo que durante los veranos, Sisí y Francisco José se trasladaban a descansar al palacete que tenía Eugenia de Montijo, en el sur de Francia.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, la condesa María Vetsera, amante del príncipe; junto al que apareció muerta en Mayerling. Actualmente se sospecha que llegó hasta este pabellón de caza, cruzando a solas el bosque; para que la recogiera secretamente Rodolfo. Momento en que -quizás- sus asesinos rastrearon su camino, llegando hasta las estancias donde se alojaban, para darles muerte (simulando un suicidio mutuo). Nadie sabía que ella estaba en el palacete; por cuanto la hipótesis más probable es que quienes siguieron a la Vetsera, luego entrasen en Mayerling, para acabar con los dos. En ese momento y al sentirse atacado, Rodolfo habría empuñado su revólver, disparando; ante lo que uno de los asaltantes habría cortado su mano derecha, con un golpe de sable. Después, manco y desarmado; no tendría posibilidad de hacer frente a los agresores; quienes tomarían la pistola, para matarle de un tiro en la cabeza, acabando con la mujer, de un modo parecido. Simulando un extraño suicidio pactado; o un asesinado pasional del príncipe, tras lo que se habría dado muerte a sí mismo. Con el fin de desacreditar a la Casa Real de Austria y para provocar la desestabilización del Continente; quizás con la intención de llegar a una Gran Guerra (como sucedió en 1914). Abajo, Mayerling en 1889; palacio y cazadero donde murieron Rodolfo de Austria y su amante, María Vetsera (foto, fuente Wikipedia).



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