jueves, 17 de septiembre de 2026

EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA (Capítulo II: Una Sociedad que abandona su patrimonio, camina hacia el abismo)

ÍNDICE GENERAL: Pulsando el siguiente enlace, se llega a un índice general de leyendas:  https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2023/01/indice-de-leyendas-de-la-mota-del.html

Los artículos se desarrollan en un texto escrito en negro y se acompañan de imágenes con un amplio comentario explicativo (recogido en rojo y cuya finalidad es razonar ideas). Si desea leerlo entre líneas, bastará seguir las letras negrillas y las rojas destacadas.

En memoria de mi abuelo materno, Angel Santafé; que fue asesinado hace noventa años, un 21 de agosto de 1936 (en Canet de Berenguer, Valencia).



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
de nuevo, detalle de la última fotografía de la emperatriz Eugenia de Montijo; de la que en estos días, se conmemora el segundo centenario de su nacimiento. La imagen fue tomada en la zona de Villa Miranda (Carabanchel) que regaló a Nicolás Santafé. Se fecha en mayo de 1920, cuando vino a Madrid a operarse de cataratas; cirugía que realizó el doctor Barraquer con éxito. Destacamos en ella, los que acompañaron a la emperatriz hasta Valladolid y Mota del Marqués, en la Semana Santa de 1905 -según relata el texto-. Un viaje que se realizó mientras preparaban la boda de Alfonso XIII con Ma. Victoria Eugenia -ahijada de Eugenia de Montijo-; y celebrada el año siguiente. En la fotografía vemos a: Benigno Vega-Inclán; Nicolás Santafé, el duque de Peñaranda y el de Tamames (sobrinos nietos de la emperatriz). Al lado, Nicolás Santafé Arellano, en su casa de Madrid (hacia 1915, con unos sesenta y seis años); sentado en el taller de su mujer. Vivía en la calle Pérez Galdós, muy cerca de donde trabajaba su gran amigo Vega-Inclán; tras haber creado la primera Secretaría de Turismo de España. En 1924, Benigno donó su colección de cuadros, muebles y enseres; para fundar el Museo del Romanticismo; en el palacio donde estaba la Oficina de Turismo -calle San Mateo Nº13, de Madrid-. En imagen, el banquero, rodeado de óleos de su mujer; Carolina, hija del general Angel Rodríguez Tejero -conocido como “el general pintor”; famoso dibujante del siglo XIX-. Nicolás Santafé, había estudiado la carrera de flauta en París y a diario practicaba en el obrador, mientras su esposa pintaba. Abajo, escultura de Nicolás Santafé realizada por Sebastián Miranda, hacia 1915; cuando este financiero gobernaba el Banco Hipotecario y era Síndico de la Bolsa, de Madrid.


BAJO ESTAS LÍNEAS: Mi abuelo materno, Angel Santafé; entorno a 1925 (con unos treinta años de edad); sentado sobre un carro, en su finca de Caparroso -Navarra-. Fue asesinado un 21 de agosto de 1936 (en Canet, Valencia); bajo la acusación de ser católico y haber dirigido los Altos Hornos de Sagunto -como ingeniero-. Pese a que jamás perteneció a una facción o partido político y su familia siempre había apoyado ideas liberales o sociales, promovidas por José Canalejas. Luchando en las mejoras del “cuarto estamento” y colaborando para crear el Banco Hipotecario; con el fin de que los trabajadores pudieran comprar una casa propia y crear pequeñas empresas.




Introducción:

Este capítulo, es la continuación del anterior; donde al comenzar, exponíamos todo lo referente a su origen, trama y desarrollo. Para leer detalladamente ese prefacio, recomendamos ver el artículo previo, pulsando el siguiente enlace (https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/08/eugenia-de-montijo-en-motacapitulo-i.html). Cuanto se recoge, procedería de un cuaderno con apuntes, tomados por Nicolás Santafé Arellano; durante una excursión realizada en Semana Santa de 1905. Viajando a Valladolid junto a la emperatriz de los franceses; acompañado por dos de sus sobrinos y el marqués de la Vega Inclán. Las anotaciones se redactaron en los siete días de recorrido, mientras visitaron la capital pinciana, el palacio de Mota y La Santa Espina. Aunque, su autor las guardó hasta el verano de 1920; por orden de Eugenia de Montijo, que pidió no se dieran a conocer mientras viviese. De ese modo, fueron conservadas y tras la muerte de la emperatriz, Nicolás Santafé comenzó a ordenarlas, para redactarlas. Deseando preparar un libro sobre la gran estadista, casada con Napoleón III; que gobernó la mejor Francia del siglo XIX. Publicación que finalmente decidió no editar, debido a la privacidad de los hechos que se refieren y por haber sido persona muy cercana a ella (junto a algunos de sus parientes más próximos). Actuando como financiero y administrador de las familias Montijo, Baviera, Tamames o Alba (entre otras); trabajando -asimismo- como cofundador y gobernador del Banco Hipotecario. Lo que impediría relatar secretos y opiniones que Da. Eugenia le había transmitido.


3)- Día tercero:

F) De Valladolid capital, a Mota del Marqués:

           Volvimos a amanecer en el palacete de Benigno Vega-Inclán, que se elevaba en una de las calles más antiguas de la urbe pinciana; denominada de los Francos, al haber sido el centro de la ciudad y de su comercio. Aunque desde este año de 1905, habían cambiado su nombre por el de Juan Mambrilla; todo lo que mucho disgustaba a nuestro anfitrión. Desde las ventanas de su preciosa casa, podía verse el campanario de Santa María la Antigua; que por entonces intentaba restaurar D.Vicente Lampérez -uno de los arquitectos más prestigiosos de España y gran amigo de Benigno-. Todo lo que bien recuerdo, por la infinidad de andamios erguidos entorno a su tejado, que eran un prodigio de equilibrio; formando un precioso rompecabezas. Manteniendo sobre el azul celeste castellano, miles de maderos, que aparentaban imitar un gigantesco nido de cigüeñas. Andamiajes que observábamos con enorme admiración, mientras desayunábamos, esa soleada mañana de Jueves Santo (20 de abril). Comentando Da. Eugenia, la dificultad que tenía recuperar edificios con tal antigüedad y tan enormes proporciones; principalmente, sin degradar su arquitectura. Hablando de que el inspirador de las rehabilitaciones de Lampérez, fue su gran amigo Viollet-le-duc, cuyas obras había patrocinado mientras estuvo en el trono de Francia. Habiendo encargado a Violet infinidad de proyectos; al considerarle un mago en la recuperación de monumentos y una de las personas mas cultas que trató en toda su vida -recordando las conversaciones que mantuvo, desde el primer día en que habló con él-. Pues lo conoció de niña, cuando Próspero Mérimée le llevaba a las tertulias que se celebraban en la casa parisina de sus padres (hacia 1834; aunque ella solo tenía unos doce años). Desde entonces conservaron una gran amistad con este maravilloso arquitecto, tan unido a Mérimeé; al que siempre Da. Eugenia admiró. Al ser capaz de captar la esencia de los edificios, más antiguos y sagrados; pudiendo reconstruirlos perfectamente. Teniendo Eugene Emmanuel Viollet-le-duc un sentido intuido del arte; por el que era muy criticado, ya que sabía interpretar y rehacer las obras, tal como él creía que las habían construido cientos de años antes. Aunque, esta forma de restaurar supuso la incomprensión de muchos; llegando a sufrir el desprecio de las Academias. Pese a haber logrado recuperar decenas de catedrales y abadías (destruidas en La Revolución y por el paso del tiempo); al igual que infinidad de castillos, torres y fortalezas. Mientras pronunciaba estas palabras Da. Eugenia; Benigno Vega-Inclán apostilló que algo muy parecido le había sucedido a Vicente Lámperez. Por lo que se vio obligado a abandonar numerosas obras; entre otras, la restauración de Santa María la Antigua de Valladolid; que veíamos desde la balconada -mientras desayunábamos-.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
Santa María la Antigua de Valladolid; en su estado actual. Fue restaurada a comienzos del siglo XX, debido al estado ruinoso de su bella torre y naves; además de las numerosas casas que habían adherido a la fachada. En 1901 fue asignada su rehabilitación a Vicente Lampérez, que viendo el enorme coste de las obras y la necesidad de derribarla casi por completo; cuatro años más tarde, desistió seguir con ella . Desde entonces, el monumento sufrió un verdadero calvario; ya que el único medio para conservarlo, era tirar la mayoría de sus paredes. Lo que se llevó a cabo desde 1912; reconstruyendo gran parte del edificio. Al lado, la misma iglesia, fotografiada hacia 1905, cuando todavía estaba rodeada de casas adosadas. Abajo, imagen un tanto posterior, que podemos fechar entorno a 1915; cuando se comenzó a intervenir. Fotos antiguas del Archivo Histórico de Valladolid, al que agradecemos nos permita divulgarlas; para más información, visitar las siguientes páginas:

(Vallisoletum https://vallisoletvm.blogspot.com/2009/10/iglesia-santa-maria-la-antigua.html )

(Arte en Valladolid https://artevalladolid.blogspot.com/2012/10/historia-de-los-retablos-mayores-de-la_21.html )




            De ese modo, pasamos un largo rato charlando sobre arquitectura y monumentos; mientras nos preparaban los carruajes, para salir hacia Mota del Marqués. Comentando Benigno que avisaría a Vicente Lampérez, y que nos enseñase su último descubrimiento; un hallazgo surgido por sorpresa, mientras intentaba restaurar La Antigua, de Valladolid. Años en los que realizaba numerosas excursiones, durante los días de descanso; con el fin de conocer el gran patrimonio de los pueblos cercanos. Habiendo aparecido en su camino una iglesia visigoda y mozárabe, de las que apenas existía otra igual en la Península. Refiriéndose a la de San Cipriano (en San Cebrián de Mazote), que se encontraba entre Mota y La Santa Espina. Por cuanto, sería de gran interés parar en ese lugar, cuando nos dirigiésemos a la abadía que guardaba una Espina de la Corona de Cristo. Mientras nuestro anfitrión explicaba este pequeño cambio de planes y su interés porque conociéramos a su amigo Lampérez; llegaron los cocheros avisando que los carruajes estaban preparados. Iniciando así el viaje; que era largo, pese a que tenía un trayecto corto. Pues no superaba las siete leguas -el equivalente a cuarenta y cinco kilómetros, como dicen hoy-; pero en tiro de caballos, se demoraba casi lo mismo que ir en tren de Madrid a Valladolid. De tal manera, salimos cuando ya el Sol lucía y sin necesitar abrigarnos demasiado; partiendo primero hacia Tordesillas. Viajaban las cinco personas de servicio, en el primer coche (de tipo “galera”) y nosotros en un segundo, muy espacioso. Fue entonces, cuando la emperatriz volvió a hablar de su vida; pidiendo que tomase notas, para que sus palabras no quedasen en el olvido. Reiniciando su biografía, desde el punto en que la habíamos dejado; recordando que lo último mencionado fue su viaje a Francia en 1834, tras la epidemia de cólera en Madrid. Sucedida el mismo año en que murió su tío Eugenio; un deceso que les llevó a heredar el mayorazgo de los Montijo (con infinidad de títulos e innumerables bienes).

            Al comenzar su relato, destacó que esa fue otra de las etapas más felices de su niñez; cuando vino su padre a París, volviendo a convivir en un hogar, los cuatro juntos. Pues desde que llegaron a Francia, la única figura masculina que conoció, fue la de Próspero Mérimée; al que sus progenitores habían encargado que actuase como tutor y preceptor de las dos hermanas. Teniendo el escritor una especial preferencia por la pequeña; afirmando que Paca era demasiado guapa y se casaría en breve; debiendo muy pronto cesar en su labor de guía y profesor. Frase del famoso literato que a Da. Eugenia no le gustaba demasiado recordar; pues intrínsecamente aseveraba que ella era más lista, pero mucho más fea que la mayor. Todo lo que para la emperatriz fue un sino, debiendo admitir y admirar por siempre a Paca. Quien había heredado los rasgos y la dulzura de su madre; mientras ella nació con el semblante y la inteligencia rebelde de su padre. Sea como fuese, jamás sintió un ápice de envidia por su hermana. A la que guardaba un enorme cariño y devoción; pese a que le quitó los dos primeros amores de su vida. Tras estos comentarios, siguió recordando aquellos años en el París de Luis Felipe; durante los que estudió en Los Sagrados Corazones, cuya enseñanza se relacionaba con los centros jesuitas. Conservando un gran recuerdo de ese primer tiempo como colegiala. Además, la ingresaron en un grupo de gimnasia; siendo obligada a hacer deporte tres veces a la semana. Lo que facilitó su desarrollo, impidiendo que engordase; logrando así lucir perfectamente los trajes románticos y los más distinguidos de la época (soportando sus corsés cerrados).

           Hacia enero de 1835 llegó su padre a París; presentándose ya como el conde de Montijo y dejando que su madre usara el título de Teba (aparentando una distinción familiar de ella). Vino elegante y muy adinerado, pues a las rentas de las fincas en Montijo y Teba; se sumaban las tierras de Peñaranda, Miranda del Castañar y largo etcétera de propiedades. Por ello, no puso reparo a que su progenitora celebrase varias fiestas semanales y organizase un salón cada tres días; reuniéndose a media tarde con artistas, literatos y pensadores. Siendo así, como esa casa se convirtió en un lugar divertidísimo, donde acudían los mas elegantes e importantes de París; junto a lo más granado de la intelectualidad francesa. Todo ello organizado por su prócer y preceptor, Mérimée, que conocía a la Sociedad gala en pleno; desde sus mas altos rangos, hasta los bajos fondos. Pues Don Próspero se codeaba con la Familia Real, los duques, marqueses y dinamarqueses; a la vez que era amigo de pobres y ricos, de cerilleras y banqueros, de putas y de monjas o de jugadores y generales.

            Congeniaba ese guía intelectual de Paca y Da. Eugenia, con todos; sin enemistarse con nadie, siendo el más querido amigo de sus padres. Quienes siempre hablaban de la gran cultura que tenía y de su enorme simpatía; afirmando que Próspero escribía por pasión, estudiaba por devoción y amaba por frustración. Llegando a convertirse en el mayor admirador y promotor de España; un país que en esos años, era -tristemente- despreciado por muchos intelectuales europeos. Aunque algunos, comenzaron a valorar nuestra nación; gracias a la visión orientalista y exótica que aportaron los artistas y literatos franceses (en especial, tras los escritos y cartas de Mérimée). De este modo, a esa casa de París llegaban a diario personajes como un joven Víctor Hugo; ya famoso por sus obras de teatro y que aun no odiaba a Da. Eugenia. Escritor, que había sido tan amigo de Don Próspero como de Luis Napoleón; pero al oponerse al Segundo Imperio en 1852, fue encarcelado y se exilió en Gran Bretaña. Manteniendo desde entonces una postura absolutamente contraria a la emperatriz; a la que denominaba en sus artículos “la gallina, casada con el águila” (lo que traducido del francés, significaría “una cualquiera unida a la dinastía Bonaparte”). Asimismo, era común en el palacete de los Montijo, la presencia de Henri Beyle; un íntimo de Don Próspero, que siempre escondía su identidad, para que no localizasen su pasado. De tal manera, usó más de cien seudónimos, rubricando con su nombre tan solo un libro; siendo conocido por el sobrenombre del que firmó como “Stendhal (oficial de caballería)”. Quizás, pretendiendo hacerse pasar por alemán y ocultando su adhesión a Napoleón Bonaparte; con el que luchó en la mayoría de las campañas europeas, marchando hasta Rusia y Waterloo. Tras lo que fue baja obligada en el ejército y llevó una vida errante, pese a ser funcionario del Estado. Por cuanto fue sometido a un alejamiento de Francia de por vida (al menos de sus instituciones).

            Todo ello hizo que Henri Beyle y el padre de la emperatriz congeniaran de un modo fraternal; pues Don Cipriano también había sido uno de los grandes seguidores del emperador, enrolado en sus filas hasta sufrir prisión por su lealtad. De tal manera, unidos en el destino; una noche comentó el literato, haber escrito una obra sobre la vida de Napoleón (que no se atrevía a publicar) y otra con las memorias de este general (también guardada, por miedo). Rogando los progenitores de Da. Eugenia, que cuando estuviera en París, cenase en su casa y leyera o les narrase; cuanto guardaban aquellos dos libros (secretamente retirados del mundo). De ese modo, la mayoría de las noches que Stendhal pernoctaba en la capital; iba a casa de los Montijo a narrar sus batallitas y a contar todo sobre Napoleón. Quedando maravilladas las dos niñas, que escuchaban la narración de ese genio de las letras; cuyas palabras -según la emperatriz- parecían nacidas desde la garganta de un dios. Describiendo el literato, con arte y pasión; las luchas, los viajes y las victorias; definiendo perfectamente la personalidad del general. Ya que el escritor había conocido personalmente al emperador; actuando como uno de sus más importantes oficiales de intendencia. Lo que le permitía referir todos los pormenores sobre el carácter y las ideas de aquel estadista, que tanto admiraba. Además, Stendhal, narraba las funciones militares que cumplió y servicios que le asignaron en las guerras. Entre los que no estuvo, recoger cadáveres del campo de batalla; pero sí, recuperar los miembros que los militares habían perdido en la contienda. Recordando la emperatriz como la primera vez que su padre oyó aquello; aseveró que si hubiera estado el buen amigo Henri, en las campañas españolas. Don Cipriano habría podido encontrar el ojo, parte de brazo y el trozo de pierna que le faltaban (perdidos en Salamanca).




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
portada de una edición de La Cartuja de Parma, traducida por Manuel Machado y editada recientemente por “La espuela”. La novela se sabe que fue inspirada en Eugenia de Montijo; de la que el autor se enamoró, pese a la enorme diferencia de edad. Ya que él tenía cincuenta y cinco años y ella no había cumplido los trece. De ese modo, entre 1838 y 1839, el literato dirigió a la pequeña más de doscientas cartas; aunque sufrió una enorme depresión cuando la niña tuvo que regresar a España (al morir su padre). En ese estado de melancolía y en menos de sesenta días, se cree que escribió La Cartuja de Parma. Al lado, libro de Stendhal, recientemente editado por “Penguin-Ignacio Ecchevarría” y titulado NAPOLEÓN (vida y memorias). Recoge dos obras de este autor, que no conocieron la luz hasta casi cien años, después de escribirse. El primero es “Vida de Napoleón”, que redactó Henri Beyle en 1818; pero no quiso publicar. Posiblemente para evitar problemas, ya que después de la caída del emperador, estaba prohibida toda apología de su figura. La edición, contiene una segunda obra (inconclusa y posterior), que recopila unas supuestas memorias del general. Sabemos que el escritor acudía normalmente a la casa de los Montijo, en París; para narrar anécdotas y batallas de Napoleón. Algo que fascinaba a las dos niñas, quienes le escuchaban con entusiasmo. Esperando que viniera a cenar, para oír esas historietas, tan bien relatadas; pues Stendhal había conocido perfectamente a Bonaparte, al que sirvió como intendente de tropas. Abajo, Modern Critical Views (con prólogo de Harold Bloom); selección de obras de Henry Beyle, en las que trata sobre la visión crítica de su época. Stendhal era un hombre con una terrible complejidad de pensamiento y sentimientos. Seguramente, debido a su caída y exilio, tras la derrota de Napoleón en Waterloo; unido al hecho de que todas las mujeres que amó, le rechazasen. A ello, hemos de añadir, que nunca superó la pérdida de su madre; sucedida a los siete años. Todo lo que le convirtió en un náufrago espiritual y emocional; tanto que llegó a enamorarse de una niña de doce años. Sufriendo una crisis de melancolía cuando no pudo volver a verla; que le llevó a encerrarse en su apartamento de París y escribir la Cartuja de Parma, en menos de dos meses.



           De tal modo, los días de ese año parisino en el que cumplió los nueve; fueron inolvidables para ella y su hermana. Quienes, a cada jornada, aprendían todo sobre literatura, historia, pensamiento, arte y música. Pasando felizmente el tiempo en aquella casa plena de cariño; donde el padre actuaba como moderador y la madre era considerada la alegría de la ciudad. Pero, como nada es perfecto, en verano de 1835 se produjo el atentado contra el rey Luis Felipe (convirtiendo las calles de la capital gala, en un hervidero). Temiendo su progenitor que Francia pudiera caer en un nuevo proceso revolucionario, decidió irse a Inglaterra. Marchando todos a Bristol, donde fue internada en un nuevo colegio; del que tenía un recuerdo terrible -lo que narraba Da. Eugenia poniendo gesto de asco-. Se trataba de un centro para “niñas bien”, situado en Clifton; donde vivían los más ricos de la zona. Pero, en pocos meses, harta de sus compañeras, del profesorado y de la mala educación que recibía; decidió escaparse a La India. Preparando la huida con su única amiga (de origen hindú), que también sufría el acoso de las colegas y la desidia de vivir una rutina escolar insoportable. Sacando ambas un pasaje de barco que les llevaría a Asia; siendo descubiertas antes de zarpar, ya que tan solo tenían diez años. De tal modo, hubo de resignarse a continuar en Bristol; donde parece que aceptaban muy mal la vestimenta que les obligaba a llevar su padre (de lino y sin tejidos elegantes). Pese a lo que Da. Eugenia reconocía, que gracias a esa terrible época, hablaba perfectamente inglés.

          Dos años más tarde, los condes decidieron que era hora de regresar a Francia; pues él necesitaba viajar regularmente a España, para atender negocios. Volviendo a la casa de París, a comienzos de 1838; donde -otra vez- quedaron sin la tutela del padre (que pasaba grandes temporadas en Madrid). Por lo que Don Cipriano encargó a Mérimée que actuase nuevamente como preceptor y protector de todas (incluida su mujer). De nuevo se abrieron las puertas a los amigos e intelectuales; celebrando la condesa de Teba repetidas fiestas y salones. Donde asistían los escritores más conocidos, llegando a interesarse por ellas hasta algunos rivales de Don Próspero, como Honorato de Balzac. Aunque quien volvió a frecuentar más esa casa, fue Henri Stendhal; tan unido al preceptor de ellas. Debido a que ambos tenían gustos afines; siendo su gran pasión: Viajar, visitar monumentos, estudiar diferentes culturas (y las mujeres). Por lo demás, según Da. Eugenia, Henri seguía siendo uno de los más divertidos y siempre hablaba en modo irónico; convirtiendo todo en chistes. Aunque, a diferencia de Mérimée; tenía un tono sarcástico, que a veces resultaba hiriente. Sobre todo, cuando se prodigaba ególatra, egocéntrico, egoísta y egotista; tanto, que no admiraba la belleza, sino la Beyleza. Ya que los cánones de beldad y de lo sublime, los dictaba él; estando en su obra el nuevo marco para medirla y siendo él mismo, el único que la conocía y determinaba.

            Paró en ese momento de hablar la emperatriz; titubeante y sin decidirse a continuar. Por cuanto me atreví a preguntar si le sucedía algo. Ella, rechazó mis palabras; para seguir -con tono desafiante- aseverando que tal como se había comprometido, lo contaría todo. De ese modo, siguió narrando que con aquel escritor conoció secretamente el amor de adolescencia. Ya que de niña le admiraba, quedando absorta al oírle hablar sobre Napoleón y sus historias de guerra; pero al regresar de Inglaterra, comenzó a sentir algo diferente por Henri. Todo lo que sucedió cuando él tenía unos cincuenta y cinco años, mientras ella acababa de cumplir los doce. Logrando aquel genio de las letras, darse cuenta de lo que provocaba en esa pequeña; tan solo mirándola y charlando. Fue entonces, cuando comenzó un idilio oculto, donde él no dejaba de enviarle cartas, sin conocimiento de nadie; rogándole desesperadamente, que no rompiera ese misterio confidencial. De ese modo tan extraño, vivió Da. Eugenia su primer romance; del que nunca habló a sus amigas, ni siquiera a su hermana, y menos a sus padres. Viniendo diariamente Stendhal a verla (cuando estaba en París); dejando cada vez una misiva oculta. Todo lo que se convirtió en un intercambio postal secreto; en que el escritor llegó a enviarle un total de doscientas notas -en quince meses-. Acrecentando sus mensajes epistolares, cuando no podía visitarla; porque ese año de 1834 debía viajar por Francia, para completar su libro “Memorias de un turista”. De tal modo, al terminar aquella obra, siguió acercándose a casa de Da. Eugenia y comenzó a narrar que tenía en mente redactar una novela en la que el protagonista se enamoraba de su carcelera. Tal como ocurría con ella, pues él vivía en una prisión insalvable; cuyos barrotes eran el tiempo y la edad que les separaba.

             Ese pacto hermético con el escritor; la infinidad de cartas, el relato de pasión y el secretismo de esa relación; fue posible porque ambas hermanas se quedaron solas en París. Lo que sucedió a comienzos de 1839, cuando su madre (Da Manuela) tuvo que regresar a España; debido a que el padre había enfermado. Necesitando ausentarse varios meses; tiempo en que las niñas estuvieron a cargo del servicio y de su preceptor. Recordando como un día se atrevió a comentar a Mérimée el modo en que se admiraban ella y su amigo Henri. Momento en que Don Próspero cambió de semblante y le advirtió que ni se le ocurriese acercarse a él; siquiera leer sus misivas, porque sufría una grave enfermedad contagiosa. Además, en tono adusto, aseveró que Stendhal tenía pinta de carnicero de barrio bajo; por lo que no entendía esa admiración, ni podía dar su aprobación a nada de lo que escuchaba. En ese trance, pese a ser una niña de doce años, se arrepintió de haber roto el secreto de amistad. Aunque el sentido común le dijo que no podía seguir en esa situación; manteniendo un extraña “confianza” con un hombre cuarenta y tres años mayor. Recordando Da. Eugenia, que pocos días después; recibieron una carta, enviada por su madre, comunicando desde España el fallecimiento de su progenitor. Una terrible noticia que les obligó a prepararse para regresar a Madrid. Iniciando el triste viaje de retorno, el mes de abril de 1839; un trayecto que debieron realizar acompañadas por una persona de servicio y en el no pararon de llorar las dos hermanas. Recordando especialmente, el modo en que sintió no haberse podido despedir de su padre (al que tanto quería). Sin lograr aun perdonar a su madre, que no les avisó de la grave situación; para que fueran a verle, antes que falleciera.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
fotografía de Próspero Mérimée; uno de los mejores amigos de la familia Montijo. Conoció a Don Cipriano (el padre) en 1830; durante un trayecto en una diligencia. Viajaba a nuestro país el joven Mérimée; enviado por su periódico, para estudiar la historia, los monumentos, las costumbres y el folclore de España; debiendo escribir cinco ensayos. Los padres de Eugenia de Montijo le invitaron a vivir en la quinta de Carabanchel y le enseñaron cuanto necesitaba conocer sobre la cultura hispana. Ello, llevó a conformar una amistad eterna, entre el escritor y los miembros de esta familia; pasando luego a ser el preceptor de las niñas (en París). Años después, cuando la menor llegó a ser emperatriz de los franceses, Mérimée fue uno de sus grandes asesores artísticos y culturales. Al lado, “La cigarrera”, grabado del siglo XIX, desde un dibujo de Ricardo Balaca (expuesto en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). La figura de las cigarreras era un clásico del romanticismo costumbrista español; debido a que en las tabacaleras normalmente trabajaban solo mujeres. Muchas de ellas, jóvenes, que no dependían de un hombre; haciéndose famosas por su carácter y decisiones. Fueron muy conocidas las de Sevilla, pues en su fábrica (hoy en la facultad de Derecho) llegaron a ser unas seis mil; quienes, durante el verano, realizaban su labor en paños menores. Su desnudez, era el ensueño de los hombres de la época; que intentaban asomarse a los ventanucos, para verlas liar cigarros. Debido a ello, tenían una guardia, que las custodiaba y evitaba los mirones; aunque al salir del trabajo, había decenas de hombres esperándolas (para cortejarlas). Abajo, Carmen, ejemplar publicado en Barcelona, en 1891. La trama de esta novela, donde una cigarrera enamora a un sargento y ambos terminan en un grupo de bandidos, matando el desertor a Carmen. Fue una historia que narró la madre de Eugenia de Montijo, a Mérimée; en su primer viaje a España (1830). Deseando la condesa de Teba, que la publicase en el periódico que envió al escritor, como corresponsal cultural. Por su complejidad y extensión, Don Próspero prefirió guardarla para componer una novela (que prometió redactar); aunque tardó quince años en hacerlo.



            No quería la emperatriz recordar aquel viaje tan triste, en el que las dos niñas volvieron, para rendir honores a su progenitor. Pués había muerto en el mes de marzo y les comunicaron la triste noticia varias semanas después; argumentando que debían preparar equipajes, comprar pasajes y asientos en las diligencias. Por lo que prefirió seguir hablando de Stendhal, al que dijo que nunca más volvió a ver, tras aquel doloroso regreso a nuestro país. Mucho después le comentaron que desde esa primavera de 1839, Henri no fue visto en París durante meses. Tan solo Mérimeé conocía los motivos de su desaparición y desesperación; siendo notorio que el escritor había caído nuevamente en una fase de melancolía. Sufriendo una terrible depresión al haberse roto el pacto de idilio secreto con ella; pero, principalmente, por la repentina marcha de “su diosa”. Siendo así, como anímicamente hundido, se encerró en su apartamento parisino; donde repetidamente le visitó Mérimée, animándole a plasmar sus sentimientos en papel. Logrando que a finales de ese verano, volviera a tomar la pluma y redactase “La Cartuja de Parma”; terminada en menos de sesenta días. Novela inspirada en la vida de Stendhal, sus amores y la pequeña Eugenia de Montijo. Por su parte, Don Próspero en esos días, también se dedicó a componer un libro inspirado en la familia Montijo y fue preparando su famosa obra “Carmen”. Basada en una historia real, sucedida en Andalucía, que le había narrado la condesa de Teba (su madre) durante el primer viaje del literato y arqueólogo a España (en 1830). Ya que, en las reuniones de París, Doña Manuela KirkPatrik reiteró varias veces que todavía no había incluido entre sus novelas, ese relato tan bello de la cigarrera; que le había transmitido. Recordando al literato, que le había prometido escribir esa trama del viajero, el bandolero y la gitana de la tabacalera. Retomando Mérimée la historia en esos días, para desarrollarla en tres escenas y publicarla como fascículos; intitulada “Carmen”. Llegando a terminarla en 1845, creando una de las novelas de más éxito en su tiempo (editada primeramente por entregas, en 1847).

             Tras escuchar aquellas palabras, sobre la Carmen (de Mérimée) y la Cartuja de Parma (de Stendhal); todos quedamos mudos. Principalmente, al enterarnos de que su primer amor había sido el escritor de Rojo y Negro; un hombre cuarenta y tres años mayor que ella. De ese modo, observando que ninguno de los viajeros se atrevía a añadir frase alguna. Benigno, afirmó con rotundidad; sentir una enorme alegría, al conocer que las dos novelas más importantes del siglo pasado, se habían escrito en su entorno o en su honor. A lo que la emperatriz apostilló, que no fue así exactamente. Explicando, que la de Don Próspero se había fraguado -realmente- durante el primer viaje de este amigo, a España; realizado en 1830. Días en los que conoció a su padre, en una diligencia; donde entablaron una enorme amistad. Tras lo que sus progenitores invitaron al escritor, a pasar un tiempo en Villa Miranda. Allí vivió varias semanas el literato (a sus veintisiete años) y para corresponder con la cortesía, realizó numerosos trabajos en la finca. Comenzando por las catas y estudios arqueológicos sobre la domus romana, hallada en los terrenos de la hacienda. Pues Mérimée, pese a su juventud; ya ocupaba el cargo de comisionado para la conservación del patrimonio histórico francés. Asimismo, por sus conocimientos y buen gusto arquitectónico, los condes de Teba le pidieron que decorase los jardines de la quinta; utilizando las piedras y capiteles del antiguo palacete de los Miranda en Madrid (la casa de los salvajes, sito en la plaza de los condes de Miranda).

              Al parecer, el escritor residió más de un mes, en esa finca de Carabanchel; durante su primer viaje a España. Un largo tiempo en que los anfitriones le llevaron a varios jolgorios gitanos y de labradores; enseñando como eran las fiestas privadas y patronales (en los pueblos y en la capital; mostrándole las verbenas, procesiones y romerías). Ello le sirvió a Mérimée para escribir los cinco ensayos que componen una de sus primeras obras; publicada en prensa por entregas (entre 1830 y 1831). Luego editadas en un libro, llamado “Cartas de España”; donde la mayoría de los datos que aporta, fueron tomados en Carabanchel y junto a los condes de Teba. Consecuentemente, el primer capítulo trata y se titula “Las corridas de toros”; el segundo, narra “Una ejecución”; el tercero, habla de los bandoleros y se llama “Los ladrones”; el cuarto, explica el mundo oscuro de “Las brujas” españolas; mientras el quinto, contenía una descripción del Museo de El Prado (por entonces recién abierto). Costumbrismo y escenas históricas que fueron explicando y mostrando los padres de Da. Eugenia al joven Próspero; con quien congeniaron de un modo inigualable y de por vida. Ya que era tan culto como inteligente, tan divertido como comprensivo y tan educado como generoso. Aunque él lamentaba siempre, haberse visto obligado a estudiar Derecho; para sobrevivir. Sin presumir nunca de su enorme prestigio entre los funcionarios de Francia, donde desde los treinta años, ocupaba un cargo principal; dedicado a la recuperación y protección del patrimonio histórico. Siendo un gran políglota, que hablaba español y ruso (perfectamente); además de italiano, inglés y alemán. Aunque su pasión fue la de vivir como un viajero incansable; tanto, que en su juventud ya había visitado media Europa, llegando a Turquía. Por cuanto, mientras vivía en Carabanchel (durante la primera visita a España); Doña Manuela -condesa de Teba- le contó la historia de la gitana cigarrera, que había enamorado a un sargento. Hechos que la madre de Da. Eugenia afirmaba, eran totalmente ciertos; deseando que los incluyera en esas primeras cartas desde España, de Mérimée. Aunque el desarrollo y la historia no podía ser recogida en tales misivas (que debían tener carácter de ensayo). Por lo que, unos diez años más tarde; recordaron la trama al escritor, exigiendo que debía redactarla. Lo que finalmente hizo, en 1845; incluyendo un dato autobiográfico en su novela “Carmen”. Cuya historia es narrada por un viajero, de profesión arqueólogo, que recorría Andalucía en esos años de 1830 (quien sin duda alguna, debemos identificar con el escritor).




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
cartel de la ópera de Bizet, Carmen; inspirada en el libro de Mérimée. Se estrenó después de la muerte del escritor, resultando un gran fracaso, por lo que su compositor murió de un infarto (ante el poco éxito). Al lado, portada de una edición en español del libro de Mérimée “Viajes a España”. Es una recopilación de escritos y cartas (redactados desde 1830 a 1864), donde el autor refleja sus impresiones sobre nuestro país. Destacan varias misivas dirigidas a Eugenia de Montijo (ya emperatriz), en las que le confiesa sus amores y sus pasiones españolas -describiendo la belleza de las cerilleras de Carabanchel-. Abajo, portada de una edición en español del libro Cartas de España; escrito por Mérimée la primera vez que visitó nuestro país (1830). Contiene cinco ensayos, en forma epistolar; aunque la madre de Eugenia de Montijo deseaba que en esta ocasión publicase la historia de la gitanilla y el sargento, que ella le contó (la trama de Carmen).



             En cuanto a Stendhal, quiso la emperatriz hablarnos un poco más sobre su personalidad; comentando que no era el hombre que todos pensamos. En primer lugar, porque durante aquellos años y en vida, no fue un literato de éxito; sino más bien una figura que se ocultaba de las luces y prefería las sombras. Pues había servido con gran lealtad a Napoleón, llegando a obtener La Legión de Honor; pero, después de Waterloo, su realidad fue un triste vagar. Aseverando, que lo más importante a recordar de este escritor, es que toda su vida era un lamento de amor hacia las mujeres. Se había sincerado a ella, contándole que la pérdida de su madre (a los siete años de edad) le oscureció el alma y jamás pudo superarla. En lo que se refería al amor, le confesó que ninguna mujer le había correspondido; pese a que fueron muchas las que intentó conquistar. Siendo siempre abandonado o ninguneado por ellas. De ese modo, el escritor consideraba que esa niña de doce años, era la única persona que le había admirado de verdad. La primera que le había querido con sinceridad, de igual modo que lo hizo su madre; por ello, cuando estaban a solas, se dirigía a Da. Eugenia llamándola “mi diosa”. Tomándola el literato por sus manos, llegando a besarlas alguna vez; mientras repetía lo agradecido que le estaba, de poder verla. Tras lo que siempre dejaba una carta, que ocultaba entre sus ropas. Misivas que Da. Eugenia se atrevió a conservar, pese al temor de que su hermana o su madre, las encontrasen; debiendo buscar un lugar espacioso e inaccesible para guardarlas, ya que finalmente sumaron más de doscientas (todas las que mantuvo siempre en su poder).

              Sobre, si Stendhal escribió “La Cartuja de Parma” inspirada en ella; quiso darnos una interpretación propia. Explicando que, en primer lugar, hemos de tener en cuenta que su trama se desarrolla en Parma; gobernada por la familia Borbón y muy unida a España (cuyo rey Fernando, era hijo de Ma. Luisa de Parma). En lo que se refiere al protagonista de la novela (Fabrizio) contiene un carácter autobiográfico; tratándose de un joven que seguía a Napoleón, pese a que su progenitor era un monárquico tradicionalista. Hechos que sucedieron en la vida de Henri Beyle, quien desde niño se enfrentó al padre, odiando su ideología conservadora. Al igual que él, aquel adolescente de la novela, decidió enrolarse en el ejército del emperador y luchar en Waterloo; describiendo el texto unas escenas dantescas sobre la batalla (ironizando el escritor con su propio pasado). De ese modo, el pobre Fabrizio, regresa a Italia, tras la derrota; convertido en sospechoso y bajo el estigma de su afinidad a Bonaparte (conservando aires de Quijote; tal como le sucedió a Stendhal). Describe el libro, el modo en que una tía cuida del chico, intentando mejorar su triste destino; orientándole para que deje la milicia y se haga sacerdote. Siendo esta mujer -quizás- la figura idealizada de Francia; ya que tras Waterloo, el literato fue obligado a dejar el ejército, dándole un puesto de cónsul en Italia. Pero aquel perdedor, llamado Fabrizio (en La Cartuja de Parma), no cesa de tener problemas; llegando a matar en duelo a una persona y siendo perseguido por ello. Le apresan en un bosque, donde aparece una niña de doce años, llamada Clelia Conti; que quizá se identifica con Da. Eugenia. Tras ello, es acusado de asesinato y condenado a doce años; debiendo cumplir su cautiverio en un castillo. Allí, vuelve a encontrar a Clelia Conti, que es la hija del carcelero. Aunque él sabe que su verdadero padre es un general, también apresado en la misma torre. Por cuanto, en opinión de la emperatriz, los doce años de cárcel y la edad de la niña, es el referente de la prisión que sufría el escritor ante ella. Asimismo, la niña se llama Clelia, nombre parecido a Eugenia (que significa en latín “la ilustre”); y se apellida Conti, “la condesita” (tal como conocían a las Montijo).

             Siguió interpretando la trama, narrando que el protagonista (Fabrizio) se enamoraba de la hija del carcelero; aunque algunos malvados le hacen creer que no es pura y que mantiene relaciones con otros. Pese a lo que él descubre que es una santa y muy devota; creciendo su cariño por ella, de un modo inimaginable. Momento en que Fabrizio conoce el amor, un sentimiento que nunca había tenido (ni deseado). Más tarde, suceden numerosas vicisitudes, llevando a pensar que desean envenenar o a matar a Fabrizio. Finalmente, Clelia trama un plan para que escape de la cárcel. Aunque ella promete a la Virgen, no volver a verle y no tener más contacto con su amado; si logra salvarle la vida. Hasta aquí, la emperatriz entendía la alegoría y el simbolismo del idilio platónico entre ambos; siendo el escritor como un segundo padre para ella. Pero cuanto sucede a continuación, ya no le resultaba comprensible; pues cuando Fabrizio sale de prisión y debe hacerse sacerdote (para estar protegido). Clelia se casa con un marqués y cumple su juramento ante Dios, por lograr mantenerle vivo -no teniendo más contacto con él-. Aunque el destino les lleva a verse de nuevo; y lo hacen a oscuras, para no romper el juramento. Ella se queda embarazada del amado y nacerá un niño, que desea conocer el padre. Pero antes de ello, fallecen Clelia y el hijo. Lo que obliga al protagonista, a recluirse en la cartuja de Parma y renunciar a todo; esperando solo la muerte, que muy pronto le llega. Al terminar esta síncresis y síntesis de la trama del libro, aclaró que el final es inexplicable y no entendía lo que quiso decir, el escritor. Pese a que en los márgenes del manuscrito, se repite la palabra “Eugénie”; anotada cientos de veces. Siendo también cierto, que Stendhal estaba ya muy enfermo cuando escribió esta novela; falleciendo dos años más tarde.

              Mientras narraba estos hechos, uno de sus sobrinos le preguntó de qué modo pudo esconder esa relación; y si -realmente- nunca se enteraron sus progenitores. A lo que respondió que -como ya dijo- en esos días su padre estaba en España, donde cayó enfermo; y su madre tuvo que irse de Francia, para cuidar de él. Debido a lo que su hermana y ella, quedaron solas durante meses, en la casa de París; con el servicio y bajo la tutela de Mérimée. Que fue el único en saber lo que sucedía; aunque al conocer la situación, se llevó a su amigo Henri, para alejarlo de las niñas. Por lo demás, pocos días después, avisaron a las dos hermanas, que debían prepararse para regresar a España. Comenzando a sospechar que la enfermedad de su progenitor era grave. Tanto fue así, que antes de salir de viaje, les dijeron que el primer destino era Burgos; donde había fallecido. Muriendo en su palacio de Peñaranda de Duero, un 15 de marzo de 1839. Pese a todo, hubieron de esperar a que mejorase el tiempo; porque la madre deseaba que viajasen en barco, desde el puerto de El Havré (en Normandía) hasta San Sebastián; marchando de allí a Peñaranda. Llegando las niñas casi dos meses más tarde del fallecimiento, a esta población; donde les esperaba su progenitora. Recordando Da. Eugenia la primera noche que durmieron en aquel enorme palacio renacentista; donde hacía frío y la chimenea reflejaba en las paredes, las esculturas talladas sobre ellas. Del mismo modo que se acordaba del siguiente día, cuando fueron a visitar el sepulcro de su padre, en la colegiata (que se eleva frente al palacio). Después, en Peñaranda, pasaron algún tiempo; y luego se dirigieron a Madrid, con el fin de seguir duelo y los años de luto riguroso (exigidos por el protocolo). Volviendo a vivir en la quinta de Carabanchel; vistiendo todas de negro y sin salir a reuniones, ni tener mucho contacto con personas ajenas a la casa.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
dibujo mío de la Colegiata de Peñaranda de Duero, donde está enterrado el padre de la emperatriz. Al lado, fotografía de la fachada de la Colegiata de Peñaranda, tal como podíamos verla hace cuarenta años. Se observan, en sus nichos exteriores, unas esculturas de mármol; que algunos consideraban procedentes de Clunia (yacimiento de Coruña del Conde). Donde había excavado Loperráez en el siglo XVIII; aunque hay quien afirma que el conde de Montijo realizó prospecciones (quizás animado por su amigo Mérimée). Abajo, dibujo mío de Peñaranda de Duero, coronada por su castillo.






JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, interior del palacio ducal de Peñaranda, donde murió D. Cipriano de Guzmán Palafox y Portocarrero, conde de Montijo y duque de Peñaranda de Duero (imagen tomada unos cuarenta años atrás). Abajo, vista de la plaza de Peñaranda, con el palacio a nuestra derecha.









G) Parada en Simancas y Tordesillas:

             De nuevo, observamos que a La Señora le costaba seguir hablando; después de narrar el modo en que viajó hasta España, para visitar la tumba de su padre y cumplimentar el luto exigido. Había cesado en su relato y con voz temblorosa narró como llegó a Burgos, en los días que cumplió los trece años; mientras Paca, apenas tenía catorce. Todos callamos; pero -por fortuna- Benigno era un maestro de la conversación, con una gran facilidad de trasmutar cualquier situación (llevándola hasta el mejor puerto). De ese modo, advirtió que pasábamos por las cercanías de Simancas y deseaba enseñarnos la “calle de los valientes”; donde habían bajado los que derrotaron a Abderramán III en el año 939. Quedamos admirados ante tal propuesta; dieron orden de cambiar la ruta y se hizo una señal al otro cochero, para comunicarle que pararíamos un momento en esta población. Pronto llegamos al famoso castillo simanquino, creado archivo en tiempos de Carlos I y Felipe II. Tras ello, nos dirigimos hacia la iglesia, donde se hallaba la famosa calle de los valientes. Llegando a la bellísima plaza, coronada por su colegiata blanca (de Campaspero); señalando Vega-Inclán el lugar por el que bajaron a luchar, hacia el Pisuerga. Nos acercamos hasta una terraza vallada, donde se divisaba el río y la enorme explanada que se extiende frente a Simancas. Indicándonos nuestro “cicerone” que fue en ese valle, donde se enfrentaron las tropas de Ramiro II a las del califa cordobés. En una contienda terrible, que estaba prevista como una gran victoria del omeya; porque el monarca andalusí traía más de cien mil hombres. Aunque algo extraño pasó, creyendo muchos que fue la mano de Santiago, la que actuó como guía protectora. Pues antes del enfrentamiento, se produjo un gran eclipse; hecho que mucho asustó a los cordobeses. Ocultándose el Sol, un 19 de julio del 939; dejando paralizados a los musulmanes; diciendo algunos que esta fue la causa de su mala disposición para enfrentarse. Sufriendo una terrible derrota el 6 de agosto; hasta el punto de que Abderramán III huyó de su tienda. Abandonando en ella, su cota de malla de oro, su halcón y hasta el Corán; que había pertenecido al gran califa Alí.

             Mirábamos absortos a esa calle de los valientes, atendiendo las palabras del sabio Benigno; que pasó a relatar la extraña leyenda de “las mancas”. Una rara tradición, donde se afirma que el nombre de aquella población, nació de unas cristianas, que prefirieron cortarse las manos, antes de ser tomadas por los infieles. Ya que en esa época, era obligado entregar anualmente un número de doncellas a los musulmanes (como tributo). Pero las siete elegidas en este pueblo, decidieron mutilarse, para no ser llevadas a los harenes. Diciendo quienes venían por ellas: “Si mancas me las dais, mancas no las quiero”. Dejándolas en ese lugar; que pasó a llamarse Simancas; explicando que todo ello, es tan solo una leyenda. Pues, aún siendo cierto, que en algunas épocas de la Reconquista, se exigió el tributo de doncellas; los hechos no sucedieron de ese modo. Sin poderse constatar que en esa llanura del Pisuerga se realizase el intercambio y entrega de chicas jóvenes, para que fueran llevadas a tierras musulmanas. Sabiendo que se hizo en otras zonas, como La Maragatería o en la Dehesa Brava (junto a Husillos); donde se pagaba este impuesto de mancebas. Afirmando Benigno, que el nombre de maragato, creía que procedía de aquellos nacidos de madre cristiana y padre musulmán (o viceversa). Por lo que -a su juicio- eran llamados “morocatos” -marroquíes-; señalando así su origen mixto. De ello la figura del rey Mauregato, hijo natural de Alfonso I; tenido con una musulmana que le servía. Esclava a la que llaman Sisalda y de la que sabemos, pudo ser mulata. Es decir, los maragatos, posiblemente eran población mestiza y de allí su nombre, similar al de Mauregato; en su opinión, así llamado por nacer de una “morita”.

             Muy interesados escuchábamos el discurso del sabio Benigno; quien nos invitó a regresar a los coches de caballos, tras mostrarnos la referida calle de los valientes. Así seguimos el camino hacia Tordesillas, mientras nuestro guía nos recordó que la villa donde estábamos, se denominaba en época romana Septimancas; al ser la séptima parada de la vía 25, en el Itinerario de Antonino. Explicando que el trazado de Antonino, marcaba las principales calzadas de Hispania, ya durante el siglo III. Correspondiendo esa línea sobre la que transitábamos y que llevaba desde Simancas a Tordesillas; exactamente con el trayecto de la ruta vigesimo quinta. Calzada, que partía desde Mérida, subía por Cáceres, para llegar a Salamanca y Zamora; conformando una de las zonas principales de la Ruta de la Plata. Aunque más tarde, esa vía no seguía hacia el norte; pues desde Zamora se dirigía a Toro (Albocela) de allí a Amallóbriga (población indeterminada), arribando después a Septimancas (Simancas). Por lo que estábamos viajando sobre un camino documentado y descrito, dos mil años atrás. En el que todavía no se había logrado localizar Amallóbriga; que para unos es Tiedra. Aunque parece absurdo viajar desde Toro a Simancas, parando en ese pueblo (desviándose tantas leguas al Norte). Por lo que muchos sitúan Amallóbriga, en Tordesillas; otros en Torrelobatón y hay quienes piensan que estuvo en Mota del Marqués.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
fotografías de Simancas. Arriba y abajo, paso sobre el Pisuerga y llanura frente a la población, donde tuvo lugar la famosa batalla. Al lado celebración de la fiesta de Las Siete Doncellas, en el claustro de la colegiata (a los que agradecemos nos permitan divulgar nuestra imagen). Se conmemora cada 6 de agosto, fecha en que tuvo lugar la victoria de Ramiro II, sobre las tropas de Abderramán III. Pese a ello, el tributo de doncellas parece que solo se pagó hasta Abderramán II y en tiempos de Ramiro I. Aunque quedaría la memoria de tan humillante impuesto; lo que se recordaría en la derrota del califa omeya en Simancas. Considerando que nunca más tendrían que entregar mujeres, como pago; a los musulmanes.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
cartel de la “calle de los valientes”, camino que baja desde la plaza de Simancas hasta el río Pisuerga. Abajo, el bello castillo de esta población; que fue convertido en Archivo documental en el siglo XVI (por orden de Carlos I y Felipe II).








              El discurso de Vega-Inclán asombraba a todos; principalmente a la emperatriz, que admiraba los conocimientos de nuestro cicerone -tan culto, como imaginativo-. Por lo que pasó a preguntarle sobre Tartessos; sabiendo que Benigno consideraba una vergüenza, dejar a los extranjeros la labor de descubrir nuestra ciudad y civilización más antigua. Afirmando aquel sabio y mecenas; que si un alemán, un inglés o un francés, hallaba Tartessos, España estaría al mismo nivel cultural que Egipto, Creta o Turquía. Donde los europeos habían localizado las principales urbes antiguas; sin que ningún especialista indígena encontrase nada relevante (desde Troya a Tebas y de Micenas a Cnosos). Por cuanto, el erudito respondió a Da. Eugenia; afirmando que Tartessos estaba en Asta Regia, junto a Jerez de la Frontera. Y debido a ello, el lugar era así llamado; ya que fue la referencia de la Basileia tartéssica (ciudad de reyes). Debiendo traducirse Asta Regia, por “punta de los monarcas”. Consecuentemente, estaba preparando un proyecto de excavaciones en este emplazamiento, nombrado Mesa de Asta; donde seguramente hallarían Tartessos. En el que, asimismo, se localizaba La Atlántida de Platón.

             Observó el interés que despertaban sus iniciativas y sus palabras; por lo que nuestro guía, siguió narrando sus próximas empresas. Explicando que gracias a un amigo suyo, llamado Bartolomé Cossío, había logrado localizar la casa de El Greco, en Toledo. Un edificio en propiedad de los duques de Arjona, dedicado a corrala de alquiler; aunque su estado era tan lamentable que lo iban a derruir. Por lo que había juntado un dinerillo, para comprar el inmueble y sus terrenos, antes de que lo tirasen. Paró, para sacar un pañuelo de su bolsillo, secarse el sudor de la frente y seguir narrando que no se trataba de calderilla; pues, realmente se había quedado sin fondos. Todo lo que tenía ahorrado se lo había gastado en esa corrala, que amenazaba ruina y necesitaba restaurarse con prontitud; deseando crear allí la Casa de El Greco. Escuchábamos su exposición y proyectos, atentamente; preguntando uno los de sobrinos de la emperatriz, con qué fin lo hacía; si era para vivir en ella o bien abrir un museo. Ante lo que Vega-Inclán respondió con firmeza; que deseaba regalarla al Estado. Siendo su ilusión, donar la casa, junto a la colección de cuadros de ese pintor que había logrado atesorar (al menos quince obras de gran calidad). Pronto comprendí lo que el bueno de Benigno quería explicarnos; su situación económica y sus proyectos. Pues todos sabíamos que era un soñador y cuando juntaba unas pesetas, se las gastaba en una empresa filantrópica. Debido a ello, le aconsejé que -de nuevo- volviera a La Bolsa, donde le habíamos enseñado a ganar dinero; pues para sus ideas, necesitaba una gran fuente de ingresos. Se sonrió y respondió que ya había logrado una mina económica, consistente en descubrir pintores españoles (desconocidos); para luego vender sus obras, que encontraba en los peores lugares y situaciones. Así lo había hecho con El Greco, del que casi nada se sabía, hasta que Bartolomé Cossío comenzó a estudiarlo. Una investigación que en esos días se estaba culminando, como la primera biografía y monografía sobre este artista; donde se incluirían cientos de cuadros desconocidos. Muchos de ellos, ya comprados por él, para crear la referida Casa de El Greco; aunque otros, habían sido vendidos a los mejores coleccionistas.

              En ese instante, la emperatriz de replicó; advirtiendo que tuviera cuidado, porque los enemigos siempre buscan un camino para desacreditarnos (por muy falso que sea). De tal manera, le explicó, que aunque descubriese toda la obra de un pintor y lograse reconstruir su biografía (incluso su casa). Llegará quien diga que te has lucrado con ello, o que solo lo hacías por dinero, por deseo de prestigio y de fama; logrando sembrar dudas sobre ti. Por lo que Da. Eugenia, le recomendaba seguir mi consejo; con las siguientes palabras: -“Haz caso a Nicolás Santafé; no comercies con lo que estudias; mejor gana el dinero en Bolsa”-. Quedó pensativo Benigno, debiendo reconocer que ya hablaban mal algunos, de sus intenciones y de sus empresas culturales; todo fruto de la envidia. Eran los mismos que preferían dejar un cuadro (o una talla) abandonados, hasta que se pudrieran; antes que alguien lo comprase, lo restaurara y lo disfrutase. Ratificó Da. Eugenia sus palabras, aseverando que no solo eso; aquellos que viven movidos por la envidia, serán los mismos que prefieren destruir una obra de arte, antes de que tenga propietario (siquiera las dejan en los templos o en los palacios, una vez expropiados). Refiriéndose a los que en nombre del bien, o de la libertad; queman catedrales e iglesias, derriban palacios, hacen añicos los muebles sacros y tiran a las llamas las pinturas y los libros (como hizo Savonarola y La Revolución Francesa). Comentando la emperatriz, que fue lo que sucedió en París; donde desacralizaron Notre Dame, realizando una parodia y nombrando a la catedral “el templo de la razón”. Saqueando sus tesoros, decapitando las estatuas, expoliando sus obras de arte y robando hasta las esculturas de su fachada. Tras ello, celebraron la “fiesta de la razón” donde una chica semi desnuda y sobre el altar, simbolizaba “la razón” que debían adorar desde ese momento. Convirtiendo finalmente la iglesia, en un almacén de alimentos; donde se guardaban cientos de toneles de vino. Aunque no fue mejor el trato que el edificio recibió durante La Restauración y al llegar Luis XVII; pues en esa época había un absoluto desprecio hacia la arquitectura medieval y se propuso demolerla. Pero, por fortuna, Notre Dame, se mantuvo en pie hasta 1840; momento en que la pudo rehacer Viollet-le-duc; arquitecto elegido por Próspero Mérimée (entonces, comisario de monumentos). Finalizando Da. Eugenia esta exposición con una frase y entre suspiros; diciendo: -“Nunca sabremos cuantas obras de arte, se salvaron gracias a nuestros grandes amigos y asesores: Mérimée y Eugène Viollet...”-.

               Benigno reaccionó como si hubiera oído unas palabras mágicas; con gesto de admiración, al escuchar el nombre del gran maestro de la restauración monumental: “Eugène Viollet-le-duc”. Cuya obra de recuperación de patrimonio fue colosal; trabajando en la rehabilitación de Notre Dame desde 1844 hasta 1864. Cuando Eugenia de Montijo y Napoleón III, pudieron dar por terminada la recuperación de esta joya arquitectónica, que había sido destruida gradualmente durante medio siglo. Tras lo que Vega-Inclán añadió, que es imposible evitar las habladurías, pues hay quienes llegan a criticar a Viollet-le-duc; opinando que sus rehabilitaciones son fantasías arquitectónicas. Ante lo que Da. Eugenia, respondió -con gesto de enfado- que la envidia no tiene fronteras, ni medida. Ya que todos los que desprecian la obra de ese arquitecto, lo hacen debido a su mediocridad y al desconocimiento de cuanto aportó al patrimonio. Un conjunto monumental francés, que en 1830 estaba destruido por completo; tras La Revolución, las guerras y las crisis de poder. Por lo que en ese año se creó la figura del Inspector General de Monumentos, cargó que ocupó su gran amigo Mérimée (desde 1834) sustituyendo a Ludovic Vitet, con solo treinta años. Siendo él quien contrató a un joven Viollet-Le-Duc, que comenzó infinidad restauraciones; todo lo que habla de la categoría y el valor intelectual de los dos. Terminando por aseverar, que gracias a Mérimée y a Eúgene Viollet; Francia todavía conserva edificios góticos y románicos.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
portada del libro de J.M. de Campos Setién, LA AVENTURA DEL MARQUÉS DE LA VEGA INCLÁN; donde podemos leer un interesante resumen biográfico sobre el mecenas. Al lado, fotografía incluida en la obra de Campos Setién; donde vemos la Casa de Cervantes, antes de que se restaurase. Al parecer, desde finales del siglo XVIII, en el edificio se estableció un Ateneo; motivo por el cual ya habían colocado un medallón sobre la fachada, indicando que allí vivió Cervantes (entre 1605 y 1606). Abajo, estado actual del inmueble, con la Academia de Bellas Artes de Valladolid en el portal contiguo. Como venimos relatando, desde 1905 Benigno tenía como proyecto comprar este edificio que se sitúa en el número 12; lo que consigue unos cinco años más tarde, con la ayuda de Alfonso XIII. Poco después, el mecenas norteamericano Archer Huntington, adquirió y donó el inmueble contiguo (número 14). Finalmente, Benigno se hizo con el portal 10, donde se abrió la biblioteca cervantina, al donar su colección de libros; inaugurando las instituciones en 1912. En los tres edificios, actualmente se siguen situando: La Casa de Cervantes y la Academia de Bellas Artes de Valladolid (de la Purísima Concepción); que fueron conservados gracias a este gran filántropo, con la ayuda recibida de sus dos amigos: Alfonso XIII y Huntington.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Imágenes de la Casa de El Greco, en tiempos de su inauguración, en 1910 (agradecemos al Ministerio de Cultura nos permita divulgarlas). Al lado, el patio interior antes de ser restaurado por completo. Abajo, fachada y jardín del edificio ya rehabilitado. Este inmueble fue comprado por Vega-Inclán, en 1905; con el fin de donarlo y crear allí la Casa de El Greco. En su adquisición participó finalmente Alfonso XIII; aunque Benigno regaló la colección de cuadros que tenía del pintor, atesorados desde finales del siglo XIX. Domenico Theotokopuli, era hasta entonces un artista casi desconocido; por lo que su estudio y descubrimiento se realizó gracias a la gran colaboración con Bartolomé Cossío. Que escribió y publicó en esos años, una primera biografía y monografía sobre El Greco. Asimismo, con la ayuda de este investigador, lograron dar a conocer infinidad de obras; hasta entonces ocultas y desconocidas, muchas de ellas perdidas en sótanos y sacristías. Algunas se vendieron a coleccionistas extranjeros; motivo por el cual fue criticado Vega-Inclán, sin valorar su labor en la recuperación y estudio de esos lienzos. Cuadros y tablas, que -de otro modo- se hubieran perdido (en una gran mayoría); ya que no eran valorados y estaban en pésimas condiciones. Ante los continuos juicios desfavorables que se hacen a este mecenas y filántropo; hemos de añadir, que en esta época no existía legislación que limitase la exportación de obra pictórica, a menos que generase alarma social. Debido a ello, su actividad como intermediario en actividades comerciales; supuso un medio para lograr que esas pinturas pasasen a las mejores colecciones y museos internacionales. Mientras, en nuestro país estaban deteriorándose; en manos privadas que no las valoraban, o en iglesias y conventos, que las guardaban en muy malas condiciones. Finalmente, tan solo añadir; que cuando Vega-Inclán ocupó cargos en la administración, se encargó de generar leyes que impidieran el expolio del patrimonio. Debiendo pensarse que, por entonces, los lienzos y tablas se consideraban bienes exportables; pues en ese tiempo la preocupación era el derribo y traslado a otros países, de obras arquitectónicas. Ya que se estaban sacando de España, iglesias enteras, claustros, artesonados completos y conjuntos artísticos inimaginables. Entre los que podemos mencionar “El Coto de San Bernardo” (de Sacramenia), la iglesia de San Martín (de Fuentidueña), junto a infinidad de techos mudéjares de templos y palacios castellanos. Para conocer la actividad y la personalidad de Benigno de la Vega-Inclán, recomendamos leer los trabajos de la gran investigadora Ma. LUISA MENÉNDEZ ROBLES; pulsando el siguiente enlace: https://dialnet.unirioja.es/servlet/autor?codigo=147798




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Imágenes de la Casa de El Greco (a cuya institución agradecemos nos permita divulgarlas). Al lado y abajo, el patio, en 1910 y en 2020. Este edificio fue comprado, restaurado y donado por Vega-Inclán. En el proyecto participó Alfonso XIII, que en esos años tomó a Benigno como asesor cultural y artístico. En la inauguración de La Casa del Greco, estuvo presente José Canalejas, recién elegido Presidente del Consejo; quien nombró a Vega-Inclán Comisario Regio para el Turismo (en 1911). Tras haberse especializado el mecenas y filántropo; en promoción cultural, durante un largo viaje recorriendo nuestro Continente (desde 1900 hasta 1905). Viviendo en diferentes capitales y países de Europa; para estudiar los sistemas de promoción de turismo (especialmente en Francia, Inglaterra y Alemania). Su mentalidad “regeneracionista”, dentro de los valores del “krausismo”; le hizo congeniar con José Canalejas; quien le tomó como asesor para la recuperación del patrimonio y la promoción cultural de España. Aunque -tristemente- ese presidente del Consejo, fue asesinado en 1912; una muerte que cercenó numerosos proyectos que el marqués de Vega-Inclán y el estadista, tenían en mente.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Imágenes actuales de la Casa de El Greco (a cuya institución agradecemos nos permita divulgarlas). Al lado, los jardines de tipo romántico, con piezas procedentes de otros edificios. Abajo, la fachada, fotografiada en 2020. Sabemos que tras crear el proyecto y donar el inmueble y terrenos; su amigo, Bartolomé Cossío, le comunicó que esa no era el edificio donde había vivido El Greco. Lo que supuso un momento de gran tristeza para Vega-Inclán; llegando a sentirse despreciado por su colaborador. Escribiendo una carta a Cossío en la que le expresaba el modo en que había comprado la casa, con los pocos fondos que le sobraban y para que no la derribasen. Explicando que tras restaurarla, tenía como proyecto un museo de tipo creativo; para el que iba a donar sus cuadros. Por lo que la afirmación de ese colaborador, aseverando que aquella no era la casa de El Greco, le parecía una traición; debiendo pensar en los esfuerzos que había realizado, con el fin de lograr abrir el centro. Pese a ello, Cossío se mantuvo en la idea de que aquella era la casa de Samuel HaLevi (banquero de Pedro I); lo que no impidió que Vega-Inclán siguiera con el proyecto. Pues su intención era crear un museo que diera a conocer al pintor y atrajera el turismo; sin necesitar tanta “precisión” histórica. Argumentando, que -quizás- nunca se encontraría la verdadera casa donde pintó y se instaló Domenico Theotocopuli. Siendo así, como el centro se abrió en 1910 y finalmente logró ser uno de los museos más visitados de España; promocionando el turismo de Toledo y la figura del artista (divulgando mundialmente a los pintores españoles de su época, apenas conocidos por entonces).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Imágenes actuales de la Casa de El Greco; a cuya institución agradecemos nos permita divulgarlas. Al lado, las míticas cuevas del edificio de HaLevi, donde la leyenda dice que se practicaba magia, astrología y alquimia. Abajo, recreación de la cocina de El Greco, imitando un hogar del Siglo XVII. La mentalidad de Vega-Inclán era interesar a todos por la cultura, lo que implica hacer soñar a unos y otros. Con ese fin, recreó escenas y creó ambientes imaginarios; exponiendo las obras en un marco que actualmente no está muy aceptado por el mundo académico. Aunque no sabemos qué pensarán sobre todo ello, el siglo próximo; pues las mentes y las formas del academicismo, cambian tanto como sus preceptores.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Casa de El Greco; exteriores. Fotografías tomadas en 2022 (a cuya institución agradecemos nos permita divulgarlas). Ante estas imágenes, podemos observar la gran donación y rehabilitación que hizo el marqués de la Vega Inclán a España. Pese a ello, hay quienes siguen criticándole, considerando que había obtenido fondos y patrocinio, valiéndose de la venta de cuadros del pintor. Obras, que -de seguro- se hubieran deteriorado si no las hubiesen restaurado. Además, hemos de considerar, el gran número de ellas que se habrían quemado y destruido, desde 1931 a 1939 (pues la Guerra Civil en Toledo fue muy severa).



              Observando que Da. Eugenia estaba un poco molesta, al recordar las críticas que circulaban sobre la figura de su admirado arquitecto y restaurador, Viollet-le-duc. Pasó Vega-Inclán a hablar de sus proyectos, recordando que uno de ellos sería comprar el edificio donde vivió Cervantes, para abrir allí una casa museo sobre el escritor -tal como nos había mostrado el día anterior-. Aunque, tenía como idea más inminente, crear la Casa de El Greco; inmueble que ya había adquirido y pensaba donar, junto a su colección de cuadros de ese pintor (entre los que destacaba, un apostolado maravilloso). Pues su orientación y deseo era potenciar el turismo cultural o de interior, inexistente todavía en España. Explicando que en Francia, era común viajar de una población a otra; visitando sus iglesias, sus monumentos, sus yacimientos y sus paisajes; degustando las diferentes gastronomías de cada lugar. Lo que constituye una enorme fuente de riqueza y atrae a miles de extranjeros; además de ser un modo magnífico para aprender y culturizarse. Pero, sobre todo, ese turismo de interior fomenta la conservación y restauración del patrimonio; desde las catedrales a las casas de pueblo que van adquiriendo paulatinamente los visitantes (quienes las compran, recuperan y habilitan, para descansar en ellas).

               Añadiendo Benigno, que en Francia ese turismo y la recuperación de edificios, procedía de una tradición creada por personajes como Mérimée; viajero incansable, que recorrió el país entero, para investigar e inspeccionar sus monumentos. Al igual que hizo Viollet-le-duc; cuyos estudios realmente se basaron en las visitas que fue realizando desde su juventud, a todos los lugares del país. Generando un movimiento de regeneración del medio rural y de los cascos antiguos; potenciado por los libros de viajes. Cuya cumbre, podemos encontrar en obras como la de Stendhal; que ayudará al auge pleno de ese movimiento. Tanto, que la palabra “tourista” (procedente de “tour”) la inventó ese escritor; apareciendo por primera vez en la obra que la emperatriz antes había citado: Memorias de un turista. Escrito en 1834 y donde el autor narra su estancia en los lugares más bellos de Francia. Así pues, Benigno, narró detalladamente que su idea era generar un turismo cultural en España, igual al que desde mediados del siglo XIX se había promovido en el país vecino. Al oír esas palabras, la emperatriz, respondió que ese era un asunto de primer interés para nuestro país; por lo que al ir a palacio, no solo iba a procurar que Alfonso XIII se casase con su ahijada (Ma. Victoria Eugenia). También iría a hablar seriamente con el rey, para que contactase con Benigno y lo tomase como asesor artístico. Considerando que la Casa Real debería estar presente en esos proyectos de los que hablaba; colaborando en el Museo de Cervantes y el de El Greco. Además, añadió, que era necesario celebrar en España una Exposición Universal; dando a conocer su arte y generando esa red de turismo cultural. Por lo que comentaría todo ello al joven rey (que apenas tenía dieciocho años); pero sobre todo a su madre (Da. Cristina) y al séquito que le rodeaba, para que tuvieran muy en cuenta la figura e ideas de Vega-Inclán.

            Debido a ello, siguió hablando Benigno, explicando otras empresas que tenía en mente; mientras viajábamos desde Simancas a Tordesillas (en una preciosa mañana soleada, con el azul de Castilla sobre nuestras capotas semiabiertas). Exponiendo que se debería constituir una Comisaría Nacional de Turismo; para ampliar la Comisión de Turismo, creada ese año de 1905 por el Ministerio de Fomento (del presidente Montero Ríos). Considerando este mecenas, que la clave para salvar España, residía en su patrimonio y su cultura; no solo histórico o clásico, también popular. Al ser la nación de Europa que conservaba uno de los folclores de mayor calidad artística; junto a infinidad de tradiciones de origen ancestral, con rasgos de un cristianismo milenario y basado en el arte de las gentes cotidianas. Siendo de destacar, sus danzas y músicas del pueblo; desde las famosas del Sur (que ahora llaman Flamenco) a las del Norte. Ya que -a su juicio- todas las regiones peninsulares; conservaban en sus folclores, aspectos que se podrían remontar a tiempos prerromanos. Asimismo, las procesiones, romerías y otras festividades religiosas españolas; tenían un arraigo y una expresión, que no se conocía en otras partes del mundo. A todo lo que había de sumarse, el patrimonio histórico arquitectónico; que superaba al de Italia y debería ser considerado el más valioso de Europa (según Vega-Inclán). Lo que unido a la arquitectura popular -de pueblos blancos, de pizarra y todo tipo de piedra-; podría convertir a España en el centro del turismo mundial. Una larga y clara exposición del mecenas, tras la que me atreví a añadir que debería hablar sobre todo ello, con José Canalejas. Pues lo que explicaba, era la clave cultural del “regeneracionismo”; ideología que profesaba aquel que sería algún día presidente del Consejo. Proponiendo a Benigno, que mantuviera una cita con mi gran amigo, Manuel Cobo Canalejas; mano derecha y hombre de confianza de su primo José, al que debería exponer sus magníficos proyectos.

              Escuchando mi consejo, parece que creció el interés de Vega-Inclán; pasando a relatar todas esas ideas que tenía, para salvar España. Un país que necesitaba reflotarse; al estar muy reciente todavía la crisis de 1998 y la pérdida de los últimos restos del Imperio. Siendo para él imprescindible, cambiar la imagen de nuestra nación en Estados Unidos; para lo que Benigno estaba intentando crear numerosas instituciones en Norteamérica. Tras encontrar -por fortuna- a uno de los mayores mecenas y filántropos de aquel país; llamado Archer Huntington (con el que mantenía una enorme amistad). Quien, en esos días, contaba tan solo treinta y cinco años y ya había atesorado una colección de obras de arte hispano, inigualable; logrando abrir el Museo Español (de América). Teniendo en mente crear la Hispanic Society de Nueva York; en la que se exhibiría lo mejor de nuestro legado cultural. Donde él pesaba que Sorolla podía pintar una serie de cuadros; mostrando la España iluminada y luminosa. Recogiendo en ellos: Los trajes regionales, los monumentos, la arquitectura popular y las luces mas valiosas de la cultura peninsular. Siendo absolutamente necesario, cambiar la imagen de nuestro país en América; ya que desde el 98, España había entrado en un torbellino de pesimismo y oscuridades (llegando a ser considerada la “oveja negra” de Europa). Todo lo que podría revertirse, con una promoción del turismo cultural; para que los extranjeros conocieran las costumbres, tradiciones, patrimonio artístico, el folclore y la gastronomía del país. Aunque, para ello, se necesitaría de una red de hospedaje; extendiendo y estableciendo hoteles y restaurantes, por toda nuestra geografía (imprescindibles para atender a los visitantes).

               Atentamente escuchaba la emperatriz estas palabras; tras las que nuevamente aseveró que pondría en conocimiento de Da. Cristina y de su hijo (Alfonso XIII), cuanto nos había explicado Benigno. Pues, aunque el rey era todavía muy joven, se necesitaba que tomase asesores culturales y artísticos como Vega-Inclán. Agradeciendo la propuesta, que antes había comentado Da. Eugenia; el erudito siguió hablando sobre regenerar la nación y convertirla en una potencia cultural; aseverando que en esos días se vivía un nuevo Siglo de Oro (quizás motivado por la conciencia de crisis nacida del 98). Habiendo surgido una generación de pintores, arquitectos, escritores y poetas; comparables a los del barroco. Ante lo que yo -con cierta ironía- añadí que más bien sería un “Siglo de Plata”. Palabras que dolieron -un poco- al mecenas; respondiendo con prontitud, que pintores como Sorolla, eran comparables a Velázquez. A lo que Peñaranda y Tamames, apostillaron que Benigno quería y admiraba demasiado a Sorolla. Tras lo que hubo algunas sonrisas malintencionadas, que disgustaron un tanto a nuestro “cicerone”. Quien, deseando cambiar el tono de conversación, observó que estábamos llegando a Tordesillas; donde nos servirían un pícnic frente al convento de las clarisas, en una terraza sobre el Duero. Llevando la comida que se trasportaba en el otro coche; consistente en un piscolabis de Semana Santa. Lo que muy bien recuerdo, pues ningún alimento contenía carne; tal como solicitó la emperatriz. Ya que el día anterior, había tomado los asados con cierto reparo, advirtiendo que no eran muy adecuados para esas fechas. Pese a ello y a la dieta de Cuaresma; compuesta por tortillas, escabeches de pescado y quesos. También me viene a la memoria lo bien regado y enmarcado que estaba su menú; acompañado de grandes vinos de la zona y de panes lechuguinos (muy tordesillanos).



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
cuadro de Joaquín Sorolla, intitulado “tipos de lagartera”, propiedad del Museo Sorolla de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra imagen). Pintado hacia 1912, pertenece a la época en que el artista realizó una serie costumbrista, para la Hispanic Society. Este lienzo fue creado en unos días que el pintor, recordaba con enorme cariño; mientras vivía en la casa de Platón Páramo, el boticario de Oropesa. Un tiempo, en que paseaba a diario junto a ese farmacéutico, gran aficionado al arte y coleccionista; recorriendo los pueblecitos lagarteranos. Al lado, Archer Huntington, pintado por López Mezquita, hacia 1930. Fue el creador de la Hispanic Society, promoviendo una resurección artística de España, en Estados Unidos. Un verdadero benefactor para nuestro país, trabajó junto a Vega-Inclán llevando a cabo numerosos proyectos (museos en los que se exhibieron los mejores artistas de nuestra nación). Ante las críticas a este mecenas, sobre la exportación de importantes obras de arte españolas; hemos de aseverar, que Huntington, nada tiene que ver con figuras como William Randolf Hearst. Al que sí debemos considerar un expoliador del patrimonio español; promoviendo sacar de España monumentos completos, o la compra de infinidad de artesonados y de claustros (que fueron desmontados, para adherirlos a edificios de Norteamérica). Abajo, mesa del obrador de Sorolla, tal como la conserva su museo (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). Sobre esta, vemos la recreación de “botes” para pintar; y a su lado, un precioso bronce del escultor ruso Paolo Troubetzko. Gran amigo de Sorolla; como también lo fue Benigno de la Vega-Inclán, que se dirigía a él llamándole “hermano”.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, foto dedicada a Sorolla, por la reina Ma.Victoria Eugenia (que se exhibe en su museo de Madrid, al que agradecemos nos permita divulgarla). En el relato, se narra que la emperatriz Eugenia vino a España, en abril de 1905; para preparar la boda entre Alfonso XIII y Ena, que era la nieta preferida de la reina Victoria de Inglaterra (y su ahijada). Debido a que en enero de 1905; se decidió que esta princesa, sería la mejor opción para el monarca español. Todo lo que se fue completando; hasta que en verano de 1905, el novio fue a Biarritz, a pasar unos días con la que en mayo de 1906 sería su mujer. Abajo, fotografía tomada en Zarauz el año 1914. En ella podemos ver a Nicolás Santafé (con algunos familiares) junto a su amigo Manuel Cobo Canalejas (acompañado de sus dos hijos). A nuestra izquierda -con un bastón- Nicolás Santafé; a su lado: Teresa, María y Angel Santafé (mi abuelo). En el centro, Manuel Cobo Canalejas; junto a él: Eloy y Concepción (la que sería, años después, mi abuela; al casarse en 1918 con Angel Santafé). En el relato se narra que Nicolás recomienda a Vega-Inclán ponerse en contacto con José Canalejas, a través de su amigo Manuel Cobo; para explicarle sus proyectos turísticos y culturales.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
cartel publicitario de principios del siglo XX, con el Parador de Oropesa. Abajo, un dibujito mío de este Parador. La Red de Paradores fue uno de los proyectos más importantes que desarrolló Vega-Inclán; creándola en 1928 desde su Comisaría Regia para el Turismo. El primero de los que se abrieron, fue el de Gredos; debido a la gran afición de Alfonso XIII, por cazar en estos montes. Siendo el segundo, este de Oropesa. Los Paradores se instituyeron -inicialmente- con el fin de promocionar la Exposición Universal de Sevilla, del año 1929; abriendo el de Oropesa y el de Mérida, para que los viajeros pudieran ir desde Madrid a la capital andaluza (pernoctando en ellos).







JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
 Alado, fachada del palacio de Matallana (construido por los marqueses de La Puebla del Maestre en el siglo XVIII). Fue sede de la Comisaría Regia de Turismo; donde Benigno trabajó y expuso una parte de sus colecciones. En 1921 se adquiere el edificio y se crea el futuro Museo Romántico; institución a la que Vega-Inclán regaló todos sus bienes muebles. Como decimos, en el afán por desprestigiar la figura de este mecenas y filántropo; se está narrando, que en la última restauración de este museo, se han hallado en sus techos cuadros escondidos. Oleos enrollados, que -según dicen- pertenecían al Museo de la Trinidad, de Madrid y se encontraban junto a un escrito que fechaba en 1931 la ocultación. Desconozco si esta noticia es verdadera o se trata de un bulo; siendo cierto que se está usando para hacer ver que desde esta institución, se robaban y se vendían cuadros (implicando a Vega-Inclán en ello). A tal extraño hecho, tan solo deseo añadir que si la ocultación es de 1931, quizás corresponde a un intento de que los cuadros no fueran quemados; ya que desde el 14 de abril de este año, comenzó en Madrid la quema de conventos e iglesias. Lo que hace pensar que quienes allí escondieron los lienzos, quizás huyeron de España o murieron, antes de ir a recuperarlos. Por lo demás, desde 1936 a 1939, el director de este museo fue Rafael Alberti; lo que demuestra que esa ocultación -de ser cierta- debió ser ajena a toda orden o conocimiento de los que dirigían la entidad. 
Abajo, estatua de Benigno Vega-Inclán (obra de Benlluire) en la entrada del Museo del Romanticismo (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía).



H) De Tordesillas a Mota del Marqués:

             Tras almorzar en Tordesillas, visitamos un edificio donde dijeron que se recordaba la firma del Tratado y después, el convento de las Clarisas. Más tarde, regresamos a los coches de caballos; pues nos faltaban aproximadamente otras tres leguas de camino (lo que hoy dicen unos veinte kilómetros; que en calesa se recorren en dos horas). Mientras subía a su carruaje la emperatriz, mostró una enorme alegría por haber vuelto a esta villa. Población que conoció de niña, viniendo con sus padres; al ser famosa por tres grandes acontecimientos históricos: La firma del tratado, que dividió el mundo en dos franjas; asignando a Portugal el lado Este y a España el Oeste (otorgándonos la mayor parte de América). Haber albergado a la reina Juana, cuyo silencio y contención logró que Castilla no tuviera una guerra civil (negándose a ser coronada por los que se sublevaron a su hijo, Carlos I). Además de ser uno de los lugares preferidos por el rey Don Pedro I; quien heredó el palacio que su padre (Alfonso XI) elevó allí, al ganar la batalla de Salado. Ampliando D. Pedro ese edificio de estilo mudéjar, donde mantuvo una parte de su idilio con María de Padilla; creando una maravillosa sala de baños. Regalando finalmente el conjunto monumental a las dos hijas que tuvo con esa amante; quienes lo convirtieron en convento. Diciendo la leyenda, que una de ellas -la primogénita, llamada Beatriz- fue allí coronada reina; tras ser asesinado su padre a manos de sus hermanastros (los Trastámara). Todo lo que conocía muy bien Da. Eugenia; porque el primer estudio biográfico importante, sobre el Rey Don Pedro (publicado fuera de España) fue escrito por Mérimée. Un extenso libro, que el literato francés desarrolló gracias a la documentación facilitada por sus progenitores; especialmente, con los datos que aportó su madre (Da. Manuela, muy aficionada a esta figura histórica). Concluyendo La Señora; su comentario sobre Tordesillas, expresando una gran tristeza al destacar el mal estado en el que se encontraban sus numerosos palacios e iglesias. Recalcando que sus casas más antiguas, se habían deteriorado de un modo inimaginable; al menos, desde su última visita (realizada unos setenta años atrás).

               Tras ello, volvió a solicitar mis anotaciones, porque iba a hablarnos un poco más de su vida; desde el momento en que lo habíamos dejado (y antes de llegar a Simancas). Cuando describía el triste viaje de regreso a España, en mayo del año 1839 y tras morir su padre. Necesitando pasar por Burgos para visitar la tumba y luego dirigirse a Madrid; viviendo allí el luto. Todo lo que implicó a las tres, hacerse cargo de cuantos bienes había dejado su progenitor; durante unos años que recordaba con gran desasosiego. Durante los que permanecieron la madre y sus hijas, bastante aisladas; en la quinta de Carabanchel y hasta que pudieron dar por terminado el duelo. Pese a ello, su progenitora no deseaba perder el contacto con los amigos, ni menos dejar a sus hijas fuera de la escena social. Por cuanto siguió manteniendo sus relaciones; especialmente en Francia, a través de innumerables cartas, que a diario redactaba. Preocupándose en esos años por ayudar a Ramón Narváez; que se vio obligado a exiliarse en París, durante la regencia y hasta la mayoría de edad de Isabel II. Un militar con el que había congeniado su difunto marido; al compartir ideología e intenciones. Pues, quien luego sería el famoso General Narváez; se opuso tanto a los carlistas, como a Fernando VII. Apoyando a los liberales y sin aceptar cargos del rey Fernando; aunque tras la muerte del monarca, luchó a brazo partido contra los de Don Carlos. Sufriendo un primer exilio en Francia, durante los años en que apoyó a Riego (de 1820 a 1823); entrando por entonces en contacto con personas de ideas afines, como lo fue el padre de Da. Eugenia. Debiendo asilarse por segunda vez, durante los tres últimos años de regencia de Espartero (desde 1840 a 1843). Momento en que Da. Manuela, ya viuda del conde de Montijo; ayudó al insigne militar, para que se estableciera y relacionase bien en la capital francesa.

              Un trienio después regresó Narváez a España, en los meses que terminaba el luto por D. Cipriano. Cuando su hermana Paca había cumplido los diecisiete años y ella uno menos; siendo la primogénita, condesa de Montijo y la segunda, condesa de Teba. En esos días, desembarcó en Valencia el que llegaba del exilio, y derrotando a Espartero, fue proclamado presidente del gobierno (mientras se dictaba la mayoría de edad de Isabel II). Por lo que muy pronto, Narváez, pasó a ser nombrado duque de Valencia y a convertirse en uno de los hombres más poderosos de España; lo que sería un trampolín social para Da. Manuela KirkPatrik y sus dos hijas. No solo debido a la ayuda que le facilitó durante su estancia obligada en París. También porque el hermano del insigne triunfador, tenía una finca en Carabanchel; muy cercana la de Miranda y llamada Quinta de las Delicias Cubanas. Congeniando las Montijo con la familia Narváez, que en esos días dominaba la escena social de España. Asimismo -tras el luto- su progenitora se estableció con las dos hijas en un palacio de Madrid; sito entre la plaza de Santa Ana y la del Angel. Donde hoy se halla el hotel Reina Victoria, que se eleva en los terrenos del antiguo palacio de Ariza, comprado por los condes de Teba y Montijo (que a finales del siglo XIX fue vendido al ejército). Por su parte, la finca de Carabanchel, se usaba para celebraciones y reuniones de gran lujo; haciéndose famosa Villa Miranda, por las novedosas fiestas de disfraces que daba la condesa de Teba. De tal manera, en la residencia de Madrid, organizaban reuniones culturales y políticas; mientras en la de Carabanchel, celebraban las fiestas más divertidas de la Corte de Isabel II (famosa por ser tan aburrida como inculta). Donde Paca y Eugenia; que hablaban tres idiomas, habían viajado por toda Europa y habían leído a clásicos y modernos, brillaban de un modo inimaginable. Logrando que toda la Sociedad se interesase por las dos bellísimas niñas Montijo; a las que sus detractores llamaban “las condesitas” -de forma un tanto despectiva-. Por lo que, gracias a la enorme cultura y elegancia de ambas; pronto acudió el marqués de Alcañices, para promocionarlas socialmente. Así, comenzó a pasearlas por El Prado y en los toros, ese chico tan apuesto, llamado José Osorio; que años más tarde sería duque de Sexto y alcalde de Madrid. Del que pronto se enamoró Da. Eugenia, todo lo que le comunicó a Paca; que le advirtió, no debía acercarse a él, ya que la utilizaba para llamar la atención de la otra. Es decir, estaba intentando conquistar a la mayor, usando a la hermana pequeña como reclamo. Sufriendo Da. Eugenia un primer desengaño amoroso, tras el que hizo una barbaridad; ingiriendo una caja de fósforos descabezados, intentando quitarse así la vida. Aunque no logró matarse; sino contraer una tremenda tripotera, sobre la que tuvo que dar cuenta al médico (quien la regañó por ese acto autolítico; mientras curaba su estómago).




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
convento de Santa Clara, de Tordesillas; entrada a su claustro. Se trata del antiguo palacio de Alfonso XI, levantado tras la victoria en la Batalla de Salado; debido a ello, lo construyó en estilo mudéjar. Fue heredado por su hijo, Pedro I, quien se refugió en este edificio en varias ocasiones; viviendo allí parte de su idilio con María de Padilla. Amante con la que tuvo descendencia; regalando a dos de sus hijas el conjunto monumental, que ellas destinaron a convento. Al lado, puerta de la iglesia del convento de Santa Clara; donde realizaron “pic-nic” con la emperatriz, mientras viajaban desde Valladolid a Mota -conforme menciona el texto-. Abajo, Libro de Próspero Mérimée, editado por primera vez en París, el año de 1848; cuando regresaron a la capital francesa, la emperatriz y su madre. Se trata de un profundo estudio sobre Pedro I; cuyos datos obtuvo el escritor a través de Da. Manuela KirkPatrik (en gran parte). Quien le facilitó las crónicas del Canciller Ayala y las relaciones sobre esta figura histórica; que ella pudo ir hallando en España. Al margen, hemos de destacar, que en las inmediaciones de Tordesillas, sucedieron algunos de los episodios más importantes, de la vida del rey Don Pedro. En los años en que fue retenido en Toro y luchó contra sus hermanastros en Tejadillo (frente a Morales de Toro); huyendo luego de su reclusión, para refugiarse en Tordesillas.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado y abajo,
dos imágenes de la antigua entrada a la Quinta de las Delicias Cubanas, que levantó el hermano de Ramón Narváez, en Carabanchel (Madrid). Su propietario fue Francisco Narváez; famoso militar, que ganó su rango y prestigio en Cuba; siendo nombrado conde de Yumuri. Ambos generales, habían nacido en Loja (Granada) por lo que se comprende que congeniaran con la viuda del conde de Montijo; nacida en Málaga, pero afincada durante su juventud en Granada. Muy aficionada a los bailes y a la música del Sur (que divertían a los Narváez); de quien se decía era una de las mejores intérpretes del fandango cantado y en danza.






JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
los pocos restos existentes de la Quinta de Miranda, antigua hacienda propiedad de la emperatriz, en Carabanchel. Al lado, cartel que indica el Parque de Eugenia de Montijo; situado en la fachada de los bloques construidos sobre el terreno de la villa, derribada en 1969. Abajo, La fuente de Eugenia de Montijo (también llamada de las brujas), marca el lugar donde antaño hubo un estanque, en el jardín de la finca. Poco más que cuanto observamos, queda de lo que era una gran quinta; con su casona, que desde el siglo XVIII fue remodelándose, llegando a convertirse en un palacio. Aunque, en 1969, permitieron derribarla por completo y construir gran parte de sus terrenos.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
los jardines del Parque Eugenia de Montijo, levantados sobre la zona de Villa Miranda que fue regalada por la emperatriz a Nicolás Santafé; mantenida por la familia Santafé, hasta que se vieron obligados a venderla. Abajo, Angel Santafé (mi abuelo), junto a su hermano Martín; hacia 1915, en la parte de jardines de Quinta Miranda que Eugenia de Montijo había regalado a su padre.









JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dos imágenes del interior de Villa Miranda, cuando la habitaba la Emperatriz Eugenia (del archivo del Museo de Historia de Madrid; publicadas en la página Karabanchel.com -a los que agradecemos nos permitan divulgarlas-). En estos salones se dieron las famosas fiestas de disfraces, que la madre de Da. Eugenia puso de moda a mediados del siglo XIX. Importados desde Francia, se convirtieron en unas novedosas celebraciones, donde asistía lo más granado de la Sociedad española. Logrando divertir la condesa viuda de Montijo a sus invitados; con esas reuniones, en las que se vestían los más extraños trajes y se bailaba la música popular del Sur (luego conocida como Flamenco, aunque en esos días eran llamadas “danzas boleras”).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: al lado,
grabado del interior del palacio de Ariza, en Madrid; que se elevaba entre la plaza del Angel y la de Santa Ana; adquirido por los condes de Montijo. En este edificio se estableció la condesa de Teba, con sus hijas; abriendo sus puertas en 1842; tras el luto por la muerte del marido. El inmueble fue construido en 1811 por el arquitecto Silvestre Pérez y reformado por los Montijo; que a mediados del siglo XIX crean salones como el que vemos (de tipo arabesco, gracias a la intervención de Rafael Contreras). En 1880 es vendido por Eugenia de Montijo y sus sobrinos (herederos de la duquesa de Alba); comprándolo el Ministerio de la Guerra, que lo convierte en Centro del Ejército y a Armada. Tras haber sido inaugurado para ese fin en 1886, estuvo abierto como club militar de la capital hasta 1919; en que se volvió a sacar al mercado y fue derribado. Sus paredes albergaron las reuniones más divertidas e interesantes de la primera Corte de Isabel II; hasta que las Montijo se fueron a París, en 1848. En su solar hoy podemos ver el Hotel Reina Victoria. En Imagen, dibujo de Juan Comba y Bernardo Rico, con el Centro del Ejército y la Armada; publicado en La Ilustración Española y Americana XXX, año 1886 (fuente Wikipedia). Abajo, óleo de S. Martínez Cubells, con la Puerta del Sol el año 1900(expuesto en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Muy cerca de la Puerta del Sol se hallaba el palacio de Ariza, donde la condesa de Teba se hizo famosa por sus reuniones y fiestas desde 1842; cuando abrió su casa, tras cumplirse el luto por su marido.



             Poco más tarde, comenzó a cortejarlas el joven duque de Alba; del que también se enamoró perdidamente Da. Eugenia. Pero, como el pretendiente no sabía realmente con cual de las dos casarse. Su madre (Da. Manuela) aconsejó al futuro novio, que tomase por esposa a la mayor, pues la otra era muy pequeña y un poco rebelde. De ese modo, se celebró la boda entre Paca y James de Alba en 1844; lo que de nuevo partió el corazón de la joven emperatriz. Que tuvo un segundo intento de suicidio; ingiriendo esta vez una enorme cantidad de fósforos que casi le producen la muerte. Tras lo que fue custodiada por su progenitora durante meses, en la quinta de Miranda; donde Da. Eugenia decide llevar una vida rebelde. Dedicando sus días a montar a caballo, aprender a rejonear y practicar esgrima; llegando a hacerse ebanista y torear con Paquío. Del mismo modo, durante este tiempo, leyó cuantos libros pudo y se formó en ideas liberales; estudiando las teorías de Charles Fourier (un pensador social, muy cercano al posterior krausismo español). En lo que respecta a la vida social; en esos días, se celebró la boda de Isabel II y de su hermana Luisa Fernanda; que se casaron simultáneamente, en octubre de 1846. Matrimonios dobles, en los que las Montijo actuaron como damas; acompañando Paca (ya duquesa de Alba) a la reina; y al cortejo de Luisa Fernanda, Da. Eugenia. Pese a que no le faltaban pretendientes; tras los desengaños amorosos y al sentirse aislada de la Sociedad, se planteó la emperatriz profesar como monja en un convento. Idea que finalmente no logra culminar; porque en la institución donde quería ingresar, le comunican que es demasiado guapa para servir a Dios de ese modo (debiendo ser madre y buena esposa). Consejos, que ella siempre pensó, partieron desde la directiva y el buen pago de su madre -que, de seguro, dio una gran propina a las monjitas, para que la hicieran desistir-.

             Llegó así un momento en que su vida en Madrid era bastante monótona y aburrida; máxime cuando se empezó a considerar el “patito feo” de la casa. Observando que su hermana Paca había nacido muy distinta: guapa, alegre, dulce y buena (a más de vivir un matrimonio feliz). Mientras ella se sentía malvada, rebelde y no muy agraciada; además de sufrir complejo por su pelo rojizo. Deseando muchos días que no amaneciese, al verse un lastre para su madre. En esa tesitura, mientras una tarde descansaba, tumbada en una hamaca del jardín de Villa Miranda; vio como una mujer totalmente embozada la apuntaba con una pistola. Asustada ante la escena, sin atreverse a gritar; la persona que la amenazaba le advirtió que no dispararía, si la escondía; porque la estaban siguiendo. Temerosa, la llevó hasta su habitación, donde la ocultó bajo la cama; observando entonces que era una mujer de rasgos gitanos y con la espalda llena de cortes (por latigazos y golpes). Quien al recibir cobijo, dejó de apuntar con su pistola, pidiendo algo de comer y beber; pues llevaba todo el día sin probar bocado, ni siquiera un trago de agua. Fue entonces Da Eugenia a la cocina y trajo un botijo con una bolsa de guisantes; que pudo tomar, sin que nadie se percatase. Al rato, oyó ruido en la entrada de la quinta, bajando pronto al saber que se personaba un sargento, junto a soldados; buscando a una mujer que había escapado de la ley. Habló con ellos, aseverando que no entró nadie en la casa; pese a lo que los militares quisieron recorrer las habitaciones, para comprobar que no estaba allí (pues la habían visto llegar hasta el jardín). Fue así como les enseñó y abrió las estancias, evitando que llegasen a su cuarto; momento en que dijo que ya habían visto toda la villa y les invitaba a unos vinos. Pasando el resto de la tarde junto al sargento, al que ofreció varias copas de oloroso y algunos dulces. Después de todo ello, al irse los militares de la finca; subió al cuarto, para ver que era de aquella mujer. Encontrando una cruz hecha con guisantes, sobre la cama y la ventana abierta (por donde había escapado). Narrando La Señora que aquella fue una experiencia que le hizo reflexionar sobre el valor de la vida y regresar al mundo; pensando que podía ser útil a muchas personas.

            Siendo en ese tiempo, cuando su madre la vio extraña; y pensando que estaba enferma, decidió enviarla a un balneario del Pirineo francés. Centro de reposo, para tomar las aguas, denominado Eaux-Bones; donde conoció a una mujer llamada Gordon, que dijo ser muy amiga de los Bonaparte. Despertando su interés aquella dama, debido a que iba a visitar a Luis Napoleón; que en esos años estaba en la cárcel (refiriéndose, al que luego será el marido de Da. Eugenia). Asistiendo la Sra. Gordon al prisionero, cuando el alcaide daba su autorización; afirmando que le llevaba comida y libros. Días, en que la futura emperatriz, comprende que se está fraguando una revolución en Francia; que hará caer al entonces rey (Luis Felipe). Movimiento instigado precisamente por Luis Napoleón; que permaneció encarcelado hasta 1846. Logrando en esa fecha escapar de prisión y huir a Reino Unido; donde su nueva amante inglesa le ayudó económicamente. Dedicando ambos sus días, a derribar al monarca de los franceses; logrando finalmente instaurar una Segunda República dos años más tarde. Creyó en 1848 la emperatriz, que aquella benefactora era la Sra. Gordon (del balneario); aunque después supo que la había confundido con otra mujer, llamada Ann Harryett (conocida como actriz, con el sobrenombre de Harriet Howard). Artista millonaria, que dedicó su gran fortuna a financiar los proyectos políticos de Luis Napoleón, llegando a adoptar los dos hijos que él había tenido en prisión. Concebidos mientras vivió encarcelado en el castillo de Ham; donde estuvo atendido por una sirvienta, a la que dejó dos veces embarazada. Mujer, que apartaron del padre de los niños y fue enviada a París; tras lo que él reconoció a los vástagos, mientras cumplía cadena perpetua (por un segundo intento de Golpe de Estado). Aunque -como hemos dicho- el sobrino de Napoleón, logró salir de esa cárcel en 1846; disfrazado de albañil y con un tablón al hombro (que ocultaba su cara). Tras lo que tramó la tercera revolución en contra el gobierno de la monarquía, logrando instituir un régimen nuevo. Todo lo que se completó a comienzos de 1848; llegando a hacerse Presidente de esa Segunda República.

             Con la caída del rey Luis Felipe de Francia, la madre de la emperatriz comenzó a ser apartada de la Corte de Madrid; debido a sus amistades y a su unión con los Bonaparte (que todos conocían). Por lo que, tras el derrocamiento de la monarquía en el país vecino; las Montijo pasan a estar “mal vistas” en los círculos españoles, tachadas de “napoleonistas”. Deseando entonces volver a París Da. Manuela KirkPatrik; debido a la situación que vivían (unida a infinidad de complots, pronunciamientos y extraños cambios, que se producían en los gobiernos de Isabel II). Marchando Da. Eugenia y su madre, a la capital gala, ese año de 1848; después de comprobar que no se adaptaban a la vida en Madrid. Donde la Sociedad cada día se hacía más compleja, destacando todos las infidelidades de la reina Isabel y la vida “secreta” de su marido (al que apodaban Francisco “natillas”). De ese modo, llegan ambas a París y pronto se enamoró de Da. Eugenia uno de los Bonaparte, llamado Plon-Plon; considerado el más problemático de la familia, pese a ser uno de sus líderes. Cuyo verdadero nombre era Napoleón José Carlos Pablo Bonaparte y su apodo, procedía de un cariñoso mote puesto por su madre. Pero, al huir de las batallas; Plon-Plon fue transformado en “Peur Plomb”; que en francés significa “temer al plomo” (destacando su miedo a las balas). Por lo que nadie le tomaba en serio; además, sus ideas políticas, le convertían en una persona ajena al mundo. Tanto, que al morir su antecesor, saltaron la línea dinástica y nombraron príncipe Napoleón, a su hijo. Lo que hizo que ambos vivieran en una continua pugna pública, siendo una vergüenza las riñas que mantenía con su primogénito. Pero además, Plon-Plon, era absolutamente anticlerical y en la Italia del siglo XIX propugnaba la erradicación de la Iglesia junto al catolicismo; llevándole a granjearse los peores enemigos. Narrando la emperatriz, que le llegó a aborrecer; pues a su nefasto comportamiento, se unía un extraño aspecto, siempre con los pantalones sujetados de las axilas. Granjeando esta situación una enemistad entre ambos; por lo que aquel Plon-Plon, años más tarde, fue uno de los peores enemigos que tuvo. Cuando se casó con su primo Luis Napoleón; actuando ese que se consideraba cabeza de dinastía; como un verdadero ariete, contra la figura de la emperatriz.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes relacionadas con los toros en Carabanchel; la gran afición de los Montijo. Arriba, la plaza de toros de Vista Alegre, fotografía anónima, tomada desde posición cenital y hacia 1925. Este coso, fue construido entorno a 1908 en Carabanchel Alto, en estilo neomudéjar; aunque durante la Guerra Civil sufrió enormes daños. En 1948 es comprada por Luis Miguel Dominguín, que la restauró; aunque nunca recuperó sus gradas altas; por lo que fue llamada La Chata. El proyecto que tenía este torero, era rehabilitar su graderío superior, con un diseño de Pablo Picasso, en el que unas bandas y esculturas jugasen con las sombras; reflejando sobre el ruedo la figura de un toro (a las cinco de la tarde, durante los meses de verano). El arquitecto elegido para tal fin era mi padre (Mario Gómez-Morán Cima), aunque nunca llegó a culminarse el proyecto, por falta de fondos y de interés. Tristemente, la plaza de Vista Alegre, fue derribada hace unos veinte años; para instalar allí una “cubierta”; con la apariencia de un vertedero de platillos volantes. Al lado, Subida de Madrid a Carabanchel, por el Puente de Segovia (Madrid). Óleo de Giuseppe Canella (el viejo) pintado hacia 1825 y propiedad del Museo de la Historia de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlo). Como podemos observar, en los años en que nació la emperatriz, el acceso hacia Carabanchel estaba comunicado por caminos de tierra. Pese a que el nombre del lugar procediera de las caravanas que allí paraban, de ello su denominación de “caravan-chel” como población donde acudían los arrieros y los transportistas, que se dirigían a la capital. Abajo, precioso óleo de gran tamaño, intitulado “Toros en Carabanchel”; obra de Ramón Bayeu, pintado en 1777. Es propiedad del Museo de El Prado y se expone en el Museo de la Historia de Madrid (al que agradecemos nos permita divulgarlo). El lienzo costumbrista, muestra el modo en que se llevaban a cabo las corridas, durante las celebraciones de este pueblo; que en el siglo XVIII debió ser ya famoso por sus festejos taurinos.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
imágenes del libro “Toros y toreros” que Pablo Picasso publicó en 1961; inspirado por su amigo Luis Miguel Dominguín. Recoge obras que pintó sobre tauromaquia, desde los años cuarenta; cuando el diestro compró la plaza de toros de Vista Alegre. Al lado, portada del libro. Abajo, primera página de un ejemplar, con la dedicatoria de Dominguín, a Mario Gómez-Morán. Con quien tenía previsto realizar el proyecto de Vista Alegre; donde se elevase una grada con la escultura de Picasso, que reflejaría en el ruedo la sombra de un toro (cada tarde de verano).







JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
cartel de la inauguración de la Plaza de Toros en la Ciudad Lineal; también abierta en 1908 (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Abajo, corrida de toros en Madrid, 1750. Se trata de la antigua plaza, que se levantaba en la calle Alcalá; junto a la actual iglesia de San Manuel y San Benito (frente a la entrada a El Retiro). Grabado de época hecho a buril (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo).








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
maja con mantilla; escultura de Aniceto Marinas, fechada en 1881 (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Abajo, majo con redecillas; escultura de Aniceto Marinas, fechada en 1881 (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Estos eran los tipos y trajes que gustaban a la emperatriz y a su madre; que lograron divulgar la moda y el estilo español, en la Francia de mediados del siglo XIX.







JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
traje de majo, en hilo y seda; hacia 1830 (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Abajo, vista de una corrida de toros, obra de Antonio Carnicero, fechada en 1891 -aguafuerte, sobre papel- (tal como se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Recogemos esta serie de estampas y vestidos, como muestra del mundo que gustaba a Eugenia de Montijo y a su familia. Lo que finalmente se reflejó en la historia que narraron a Mérimée; quien la redactó como novela, intitulándola “Carmen”; desarrollando la trama que le transmitieron sus grandes amigos de España.






JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
Luis Napoleón III, emperador de los franceses; fotografiado en 1852 por Gustave le Grey (archivo propiedad del MET de Nueva York, fuente Wikipedia). En este año fue cuando se proclamó emperador y luego contrajo matrimonio con Eugenia de Montijo. Abajo, retrato de Plon-Plon Bonaparte; uno de los pretendientes que rechazó la emperatriz, antes de comenzar el noviazgo con su primo Luis. Como podemos ver en los rasgos de ambos, nada tienen en común los dos personajes; pese a que pertenecen a una misma familia. El óleo donde se aprecian los “pantalones sobaqueros” es obra de Hippolyte Flandrin y propiedad del Museo de Orsay (al que agradecemos nos permita divulgarla).




                A comienzos del año 1849, fueron invitadas Da. Eugenia y su madre; a una fiesta que se celebraba en el Palacio del Elíseo de París. La recepción estaba encabezada por el Presidente de la República, llamado todavía Luis Napoleón (antes de que instituyese el Segundo Imperio). Así fue como conoció al que luego sería su marido; en una primera cita, donde tuvo la mala suerte de comentarle que había estado recientemente con la Señora Gordon. Quien, en el Balneario de Eaux-Bones, le había dicho que iba a visitarle a la cárcel; para llevarle libros y comida. Tras esas palabras, parece que el Presidente quedó paralizado y ella fue apartada por una persona, que la llevó hasta un lugar retirado. Donde le explicó que aquella dama, era una meretriz; cuyas visitas en prisión, se hacían para cumplimentar las necesidades sexuales del encarcelado (cuando le habían apartado de la madre de sus hijos). Todo lo que dejó horrorizada a la española; que se arrepintió de lo inadecuado de su comentario, pensando que jamás volverían a invitarla al Elíseo. Pero, muy por el contrario, pronto fue avisada para tener otra reunión con Luis Napoleón; solicitando que asistiera junto a su madre. Siendo llevadas hasta un lugar privado, lejos del palacio; donde apareció el Presidente de la República y uno de sus ministros. Allí cenaron y hablaron con ambas; por lo que no sabiendo muy bien a qué se dedicaban, intentaron cortejarlas, debido a lo que Da. Eugenia se desmayó (de vergüenza). Tras ello, descubrieron que eran dos nobles españolas, cuya familia había luchado con Bonaparte y nada sabían sobre la profesión de la Sra. Gordon. Por cuanto, aquel comentario se había debido a la inocencia de la hija; que para hacerse valer, presumió de su amistad con aquella que hacía “tantos favores” a Luis Napoleón (mientras estuvo recluido y solo). Un hecho que mucho divirtió, a quien desde entonces comenzó a interesarse por Da. Eugenia; pidiendo que le contase más historias. Considerando que su personalidad era muy alegre y siendo así como poco a poco, fueron entablando amistad.

           Finalmente, cuando el Presidente de la República dio otro Golpe de Estado y comenzó a instaurar el Segundo Imperio (en diciembre de 1851). Le aconsejaron que debía casarse, para tener un heredero y subir al trono como Napoleón III. Momento en que volvió a contactar con Da. Eugenia, esta vez con intenciones más serias. Comenzando a citarla repetidamente desde febrero de 1852; encuentros en los que sucedieron demasiadas casualidades; por lo que él llegó a considerar que el destino de ambos estaba unido por el Más Allá. El primer hecho sobrenatural, ocurrió mientras paseaban por un parque; cuando el pretendiente sacó su reloj, pensando que se había parado, preguntándole la hora. Ella, tomo el suyo de un bolsito y respondió que eran las cuatro y media. En ese momento, él dijo que su cronógrafo marcaba también las cuatro y media, aunque creía que no le había dado cuerda. Oyéndose al instante seis campanadas, procedentes del ayuntamiento; quedando ambos extrañados, porque eran las seis de la tarde, pero sus relojes -efectivamente- estaban parados y marcaban la misma hora. Otro día, ella encontró un trébol de cuatro hojas, que introdujo entre las páginas de un libro, para llevárselo al novio; que esa tarde apareció con una sorpresa. De ese modo, mientras le daba el ejemplar, donde había escondido el símbolo de la suerte; abrió el regalo que el emperador traía y se trataba de una joya con forma de trébol de cuatro hojas. De nuevo, había ocurrido algo similar a lo que pasó con el reloj. Esa sucesión de milagros extraños, se completó cuando Luis Napoleón observó que desde la presencia de Da.Eugenia en palacio, las plantas de su tío Bonaparte, estaban reviviendo. Pues, se hallaban moribundas desde hacía años y nadie lograba que recuperasen su vitalidad; hasta que allí llegó esa joven española, ante la que renacieron los jardines. Finalmente, en una fiesta, Da. Eugenia estaba jugando al Black-Yack, bajo la mirada de su pretendiente; quien le advirtió que dejase de apostar. Ante lo que ella dijo que no, pues la siguiente, sería un As de corazones. Salió esa carta y el emperador decidió proponerle matrimonio la misma noche, aseverando que aquella mujer, no solo había conquistado su corazón; sino, que -además- tenía poderes mágicos. Momento en que la emperatriz comenzó a reír, mientras nos lo narraba. Advirtiendo que si aquel día el croupier hubiera sacado un cuatro de trébol; quizás no le habría hablado de boda (al menos, tan pronto). Pese a que diariamente, le cuestionaba qué se necesitaba para dormir con ella. A lo que siempre respondía: -“pasar por la vicaría”-. No desistía en proponerle que durmiera en sus estancias y durante un desfile militar, se le acercó él a caballo, para preguntarle -en voz muy alta- que debía hacer para conseguirla. Señalando la novia una iglesia, situada frente a ellos; aseverando que bastaba con ir juntos a su altar.

           Mientras narraba estas divertidas anécdotas, el cochero advirtió que nos estábamos aproximando a Mota del Marqués, quedando apenas media legua para llegar a destino. Habíamos pasado Vega de Valdetronco, donde Benigno observó el penoso estado de una de sus iglesias. Construcción de la que tan solo se conservaban los arcos del tejado, totalmente derrumbado; por lo que el templo se usaba como cementerio. Comentando el erudito la resistencia que tienen los arcos de piedra, con mayor fuerza que las paredes; algo que ya conocían desde la más remota antigüedad. Por lo que en Roma, todo edificio que debiera sustentar un gran peso, se hacía con forma de cúpula o arqueado. Siendo así como fuimos llegando al final de trayecto, donde se comenzó a divisar esa colina cargada de magia y llamada “mota”. Sobre la que se yerguen unos restos de castillo, cuya imagen parece la esencia pura de la decadencia española; señalando la grandeza de antaño y recordando la miseria de nuestros días. En los que nadie se preocupa -siquiera- por restaurar un monumento, con tantos siglos como historia. Proyectando sus derruidas paredes, una sombra del equilibrio sobre la nada. En cuya cima se plasma, como un vano infinito y entre piedras horadadas; el culmen de una triste torre, que consagra esa mota vigilante. De este modo, íbamos entrando en la población; observando el castillo en ruinas, del que todos culpan a Napoleón Bonaparte por su mal estado. Sin haberse preocupado de echarle un poco de cemento y colocar allí algunos sillares; desde que los franceses se despidieron de nuestras tierras.

             Bajamos presto de los coches de caballos, debido a que la emperatriz manifestaba gesto de gran cansancio. Siendo recibidos frente al palacio, por los marqueses de Viesca de la Sierra; quienes celebraron con gran alegría la llegada de tan ilustre invitada. Pasamos al interior del recinto, llegando al patio; donde con asombro vimos la gran belleza arquitectónica de esa obra encargada por el primer marqués de la Mota, a Rodrigo Gil de Ontañón. Luego, subimos a nuestras habitaciones, para acicalarnos y asearnos, dejando en ellas el equipaje. Después, volvimos a los salones, donde los anfitriones nos comentaron que al día siguiente nos enseñarían el recinto y los monumentos del pueblo. Al considerar que veníamos agotados; por lo que nos tenían preparada una pequeña merienda cena y unos buenos vinos de la zona, junto a la chimenea. Al llegar a los comedores, nos presentaron a otros invitados, que pasarían con nosotros esos días de Semana Santa. Se trataba de la marquesa de Valderas y de sus padres, el conde de Plasencia y la duquesa de Castro-Enríquez; cuyas propiedades se extendían por La Santa Espina. Donde sus abuelos habían restaurado el monasterio y fundado un famoso colegio para huérfanos. Tras saludarnos y comenzar a charlar, llegó el marqués de Viesca, solicitando que la emperatriz se sentase en el centro de la sala; con el fin de narrar todo, acerca de la boda que se venía preparando.

             De ese modo, Da. Eugenia comenzó a explicar que la novia -con toda seguridad- iba a ser su ahijada, Ma.Victoria Eugenia; nieta favorita de la reina Victoria de Inglaterra. Pese a que todavía no se había comunicado oficialmente, se sabía desde el mes de enero. Cuando realizaron una supuesta encuesta, en el periódico ABC; donde se eligió entre ocho candidatas a reina de España. Habiendo sido propuesta Ma. Victoria Eugenia, por los lectores; aunque el citado referendo, fue amañado, por ser esta la que más complacía a Don Alfonso. Pues, sin duda, era la más bella e inteligente de las princesas candidatas. Ante aquellas palabras, preguntó uno de los invitados, si los futuros esposos ya se conocían. A lo que la emperatriz aseveró que sí; pero de forma secreta y en Francia, sin haberse concertado todavía una presentación oficial. Que se llevaría a cabo en el mes de junio; siendo un encuentro de enorme importancia, pues era el primer viaje de un monarca español a Reino Unido, desde tiempos de Felipe II. Por cuanto, la relevancia de la llegada de Alfonso XIII a Londres, era inimaginable; todo lo que le llevó a actuar como intermediaria o embajadora, de la familia real británica (a la que tanto le unía y en cuyas tierras vivía). Dicho esto, explicó que durante el próximo verano de 1905; pasarían los novios sus vacaciones en Biarritz, donde la emperatriz ya no tenía su gran casa y deberían buscar un alojamiento adecuado para Ma.Victoria Eugenia. Creyendo que se alquilaría “villa Mouriscot” para la novia y su familia; mientras Don Alfonso se alojaría en ese antiguo palacio suyo, hoy convertido en hotel y denominado Hôtel du Palais. Siendo así como transcurrió el resto de la velada, durante la que nuestra emperatriz fue explicando todos los pormenores de la boda real que se preparaba para el siguiente año.



SOBRE ESTAS LÍNEAS: DICE EL TEXTO: fuimos llegando al final de trayecto, donde se comenzó a divisar esa colina cargada de magia y llamada “mota”. Sobre la que se yerguen unos restos de castillo, cuya imagen parece la esencia pura de la decadencia española; señalando la grandeza de antaño y recordando la miseria de nuestros días. En los que nadie se preocupa -siquiera- por restaurar un monumento, con tantos siglos, como historia. Proyectando sus derruidas paredes, una sombra del equilibrio sobre la nada. En cuya cima se plasma, como un vano infinito y entre piedras horadadas; el culmen de una triste torre, que consagra esa mota vigilante. De este modo, íbamos entrando en la población; observando el castillo en ruinas, del que todos culpan a Napoleón Bonaparte por su mal estado. Sin haberse preocupado de echarle un poco de cemento y colocar allí algunos sillares; desde que los franceses se despidieron de nuestras tierras”. En imagen, la llegada a Mota del marqués, viniendo desde Tordesillas.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tres fotografías relacionadas con la boda de Alfonso XIII y Da.Victoria Eugenia. Arriba, el antiguo palacio de Eugenia de Montijo, en Biarritz; donde ella veraneó durante quince años, mientras mantuvo el trono de Francia. Tras su derrocamiento, fue vendido y se construyó el Hôtel du Palais; donde se alojó Alfonso XIII durante el mes de agosto de 1905, cuando pedía la mano de la princesa inglesa. Al lado, Villa Mouriscot, dibujado por Ferdinand Corrèges en 1887. En este caserón de Biarritz residió Ma. Victoria Eugenia durante el verano de 1905 (cuando se comprometió con Alfonso XIII). Abajo, portada del libro “Alfonso y Ena (la boda del siglo)” de Ricardo Mateos Sáinz de Medrano.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
columnata interior del patio, en el palacio de los Ulloa, de Mota del Marqués; donde podemos apreciar numerosos medallones. Abajo, vista general del mismo edificio y su patio (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
otras dos imágenes del palacio y patio de los Ulloa, en Mota del Marqués (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).









JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
interior y planta segunda, del palacio y patio de los Ulloa, en Mota del Marqués (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).









JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
escudos familiares, del palacio de los Ulloa, en Mota del Marqués (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).









JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
paso del río Bajoz, por el jardín y tapias del palacio de los Ulloa, en Mota del Marqués (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).









4)- Día cuarto:

G) Viernes Santo en Mota del Marqués (21 de abril de 1905):

             La jornada siguiente fue Viernes Santo y teníamos previsto permanecer en esta población descansando, para cumplimentar los deberes religiosos; pues ya notábamos las leguas recorridas en nuestros riñones. Consecuentemente, no madrugamos demasiado y durante la mañana nos tenían preparado un desayuno ligero, al ser día de ayuno. Pero, como varios de nosotros superábamos los cincuenta y muchos años; gozábamos de cierta dispensa, que nos permitía saltarlo (por motivo de edad). De ese modo y con la gusa mañanera, bajé al comedor a primera hora; donde me encontré a Da. Eugenia. Allí estaba, sola, sentada a la mesa y degustando un chocolate con torrijas. Me miró de reojo, como si la hubiera sorprendido pecando; ante lo que aseveró: -“a falta de churros, buenas son torrijas”-. Para seguir explicando que tenía casi ochenta años y ello le confería dispensa para comer lo que necesitase, durante esa sagrada fecha. Asentí con la cabeza y me dispuse junto a ella, respondiendo que yo también era un dispensado; por lo que igualmente tomaría algunas torrijas, en mi caso con café. Tras lo que me informó -con tono severo- que no había churros. A lo que contesté que el pueblo era pequeño y las fechas muy malas para meterse en cocina; por lo que sin churrería en la calle, bastante era el desayuno que nos habían puesto los anfitriones. En ese momento, hizo acto de presencia la marquesa de Viesca; cruzando la puerta y pidiendo perdón por no haber preparado churros. Informando de que al día siguiente, se encargaría de traerlos (pues había una mujer en el pueblo, que los hacía caseros). Ante lo sucedido, la emperatriz rogó disculpas por su comentario; explicando que normalmente vivía en Inglaterra o en Francia. Y que cuando estaba en su tierra; a diario, tenía el antojo de churros mañaneros. Añadiendo que aunque fuera un antojo, no creía estar embarazada; lo que nos hizo reír a todos.

             Fueron sumándose invitados a la mesa y cuando terminaron de desayunar, los dueños del palacio nos ofrecieron conocer el edificio y los jardines. De ese modo, hicimos la visita; en la que nos mostraron las estancias que no habíamos visto, explicándonos su historia y enseñándonos bien el patio y el paso del río Bajoz junto a los jardines (con un bello puente, en la linde del muro). Narraron que el edificio había sido encargado por Rodrigo de Ulloa (primer marqués de la Mota) a los Gil de Hontañon, entorno a 1575. A quienes también se les ordena que levanten la iglesia de San Martín (muy cercana); aunque será el cantero Alonso de Pando, quien realizaría todas las obras. De tal manera, tras conocer el palacio; nos llevaron a ver el vecino templo de San Martín, cuyo aspecto era el de una catedral. Pronto estuvimos ante su fachada, observando que mucho recordaba a la Universidad de Alcalá; lo que mostraba la mano de los Gil de Ontañón. Pasamos, aprovechando que sus enormes puertas estaban abiertas y en su interior habían dispuesto varios Pasos, para sacarlos procesionalmente durante la Semana Santa -con el de la Soledad y el Santo Entierro, preparados para ese día-. A continuación, nuestros anfitriones, nos llevaron hasta las dos ermitas que se elevan a la entrada del pueblo; junto al camino de Santiago. Mostrándonos primero, una pequeña capilla del siglo XVIII, dedicada a humilladero. Por cuanto fue parada y refugio, de los carros que transitaban las rutas de Toledo a Santiago y de Aragón a Portugal; desde tiempos muy remotos.

              En segundo término y más lejos a la población, se hallaba la iglesia que guarda la patrona del pueblo y dedicada a La Virgen de Castellanos. Una vez allí, Benigno de la Vega-Inclán, pasó a narrar que en este santuario debíamos situar la fundación de Mota del Marqués; teniendo su origen en la batalla de Simancas. Lugar que habíamos visitado el día anterior; donde los del rey Ramiro II habían vencido a Abderramán III, el año de 939. Recordando la tradición, que tras esa victoria de los cristianos, el conde Fernán González había traído su estandarte; para depositarlo en un pequeño cenobio, situado en un cruce de caminos. Ermita -quizás de origen visigodo- que debemos identificar con esta iglesia, luego dedicada a la Virgen de Castellanos. Ya que la efigie de la Madre de Cristo (que salvó a los de Castilla) estaba representada en ese pendón de Fernán González; de allí su advocación y culto en este lugar. Naciendo -posiblemente- así, la población de Mota; pudiendo considerarse que la Batalla de Simancas y el avance definitivo de la frontera hasta el Duero, propició el establecimiento de quienes reconquistaron la zona. Que irían asentándose en ese cruce de caminos y junto al cenobio que guardaba la bandera de Castellanos, tras la victoria contra los andalusíes. Absortos quedamos ante esta explicación, por lo que pedimos a Benigno que nos ampliase más datos sobre la Historia de Mota del marqués; a lo que el erudito y mecenas, respondió que eso lo dejaría para Vicente Lampérez. Famoso arquitecto, que llegaba esa tarde al palacio de los Viesca, para llevarnos al día siguiente hasta San Cebrían y a La Santa Espina. Pudiendo aquel conocido restaurador de monumentos, relatar todo mucho mejor que él; pues era uno de los mayores expertos en Historia y arquitectura de esta zona.

          Seguimos paseando por el pueblo de la Mota, visitando algunas de las muchas casonas blasonadas que se elevan en sus vías; aunque la emperatriz nos advirtió de que tenía veinte años y debido a ello, necesitaba descansar. Sentándose sobre un poyo de fachada, en una calle a la que llaman “La Ancha” (por su gran tamaño y donde pueden cruzarse dos carrozas, sin necesitar apartarse). Allí, Da Eugenia, volvió a afirmar que tenía cuatro veinte años; es decir, en francés “quatre vingts” y en español ochenta -haciéndonos reír a cuantos escuchamos su explicación-. Poco después, nuestro anfitrión advirtió que era mediodía y habíamos de acercarnos a la iglesia de San Martín; pues en Viernes Santo no repicaban las campanas. Así llegamos al templo, donde oímos la Misa de Presantificados, en la que no se consagraba pan ni vino. Debido a que el día anterior se rememoraba la Última Cena, guardándose una hostia de ese Jueves Santo, para usarse en la jornada siguiente en la que no había Consagración. A continuación, procedieron a la Adoración de la Cruz, donde todos los fieles se descalzaban, para besarla de rodillas y sin zapatos. Tras ello, realizaron las Grandes Oraciones, en las que se pedía por el cristianismo y a favor de cuantos creían en nuestra fe. Terminados estos actos litúrgicos, regresamos al palacio; donde nos tenían preparado un refrigerio de Cuaresma, para cuantos no pudieran mantener el ayuno pleno.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
la Iglesia de San Martín, en Mota del Marqués; obra de los Gil de Ontañón. Fachada principal, donde podemos observar los paralelismos con la Universidad de Alcalá de Henares. Al lado, interior del templo, que bien parece una catedral (como expresa el texto). Agradecemos a D. Manuel y D. Enrique (sacerdotes de esta parroquia) nos permitan divulgar nuestra imagen. Abajo, exterior de la iglesia de San Martín. Las fotos están tomadas durante la boda de una famosa vecina de Mota, llamada Leticia.






JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
entrada a la ermita de la Virgen de Castellanos; que se considera el posible origen de Mota del Marqués (fundada tras la batalla de Simancas). Abajo, ermita del humilladero, junto al Camino de Santiago.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tallas procesionales de Mota del Marqués; agradecemos a D. Manuel y D. Enrique (sacerdotes de esta parroquia) nos permitan divulgar nuestra imagen. Al lado, Cristo del Santo Entierro, en su urna. Abajo, Virgen de las Angustias, obra del escultor Adrián Álvarez (siglos XVI-XVII); que fue expuesta en Las Edades del Hombre.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tallas procesionales de Mota del Marqués. Al lado, Cristo atado a la columna. Abajo, Cristo del Socorro, obra del escultor Esteban de Rueda (Siglo XVII).









              Cuando regresamos al palacio, nos encontramos con Vicente Lampérez (recién llegado y con el equipaje en mano); al que Benigno abrazó efusivamente y pasó a presentarnos a todos. El insigne experto en arte, al saludar a la emperatriz, le comentó que era un seguidor y admirador de Alejandro Sureda; el arquitecto que ella había elegido para restaurar su castillo de Belmonte (en Cuenca). En ese momento cambió el semblante de Da. Eugenia, recordando con tristeza que la mayoría de sus amigos, ya habían muerto. Uno de ellos, fue Alejandro Sureda; de origen medio francés y que estudió en París, junto a Labrouste. Aunque tras la desaparición de este maestro; el taller y sus discípulos, pasaron a formar parte del grupo de Viollet-le-duc. El gran arquitecto del Segundo Imperio, con el que ella y su marido, habían restaurado infinidad de monumentos; terminando la rehabilitación de Notre Dame de París. Tras explicar esos hechos y con los ojos vidriosos; La Señora tomó del brazo a Vicente Lampérez, para llevarlo hasta el comedor, con la intención de seguir hablando con él, sobre el tema. Llegaron a un gran salón, donde los Viesca habían dispuesto una preciosa mesa, con un puchero de Cuaresma; por si algún invitado lo necesitaba (pese a ser fecha de ayuno). Allí se sentó La Señora junto a él, comentando que nos iba a narrar una de las historias más divertidas que recordaba; vivida junto a Sureda, cuando intentaban restaurar el castillo de Belmonte. Mientras, el resto de invitados nos acomodamos alrededor de ellos; para escuchar el interesante relato, que comenzaba poniendo fecha y lugar a los hechos.

              Decía que sucedió en 1859, seis años después de su boda, cuando ya era emperatriz y madre del heredero al trono de Francia. Por entonces, todavía Próspero Mérimée era Inspector General de Monumentos; cargo que ocupó desde 1834 (siendo nombrado con apenas treinta años). Iba a retirarse el siguiente curso; considerando que ya estaba viejo y deseaba dedicarse a escribir y a viajar. Por lo que, Da. Eugenia, le pidió que la acompañase hasta Belmonte (Cuenca), para estudiar la restauración de su castillo; encargada a Alejandro Sureda (el mas cercano seguidor de Viollet-le-duc; al menos, en España). Pero el traslado hasta este pueblo manchego y la vida dentro del castillo (donde no había ni chimeneas) resultó una prueba de fuego para el escritor. Tal como lo relata en su libro “Viajes a España”; donde comienza por mencionar que fueron a Belmonte a finales de octubre, detallando su terrible llegada hasta una estación de tren cercana (en la línea Madrid-Alicante; recién inaugurada). Describiendo todo aquello como un trayecto en galeras; pues el traqueteo del ferrocarril era tal, que nadie podía mantenerse en pie y las gentes viajaban tumbadas. En ese trance, los clientes de vagones especiales, iban sobre colchones; pero el resto tirados en el suelo, girando como croquetas.

             Finalmente, tras soportar la mitad de un día, allí tumbado; se llegaba a un pueblo de La Mancha llamado Alcázar de San Juan. Donde les recogieron en carro de mulas, para conducirles por caminos de cabras. Siete horas más se tardaba en alcanzar Belmonte y cuando llegaron al destino, tenían los huesos más machacados que las aceitunas de una almazara. De ese modo, entraron al pueblo ya sin luz y deseando asearse, para ir a dormir; pero los vecinos les esperaban con gran alegría, organizando una fiesta de bienvenida. Todo estaba iluminado con antorchas y las gentes les vitoreaban, deseando saludarles, mientras les aclamaban. La noche era tan fría como oscura y de pronto, comenzaron los fuegos artificiales; que encendían el raso abierto y gélido. Tras ello, las mozas realizaron los bailes regionales; interpretando numerosas seguidillas manchegas; mientras el escritor solo observaba que tales mujeres, debían ser difíciles de “montar” (literalmente expresado en sus cartas). Después, cuando creyeron que terminaba la recepción, aparecieron las monjas, regalando dulces; y finalmente, las autoridades, pronunciando discursos. Para terminar pidiendo que los componentes del séquito, les dirigieran unas palabras. Por lo que dos horas después, pudieron ir al castillo, a descansar. Donde observaron que no había un lugar de aseo en condiciones, faltaba el agua caliente y siquiera existían chimeneas. Tan solo disponían de un gran brasero, con el que tenían que calentarse todos; colocando allí las teteras, para obtener agua templada y poder lavarse un poco. Lograron dormir como pudieron y Próspero Mérimée comenta que pasó un frío de perros; tras asearse con un líquido pestilente. Por lo que al día siguiente amaneció con una medio pulmonía (sufriendo grandes espasmos); pese a lo cual, todos consiguieron levantar planos del castillo y dibujar los posibles proyectos. Sigue describiendo el horror que vivió y los fríos siberianos soportados en ese entorno; comentando el literato que la fortaleza era bastante siniestra y no había ni un árbol (en kilómetros y alrededor). Incluyendo -en tono irónico- que recordaban los viejos del lugar; cómo antaño plantaron dos encinas junto a la muralla, y que por ello, el escudo de Belmonte representaba un castillo y dos carrascas. Terminando Mérimée su relato, con las siguientes palabras: “regresamos, después de cinco días y estábamos todos derrengados”.



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
portada del libro dedicado a la vida y obra de Vicente Lampérez, escrito por Payo y Matesanz. Como se refiere en el texto, este famoso arquitecto fue al Castillo de Belmonte unos años más tarde; realizando un profundo estudio de la fortaleza (obra que publicó en 1917). Al lado, fotografía del castillo de Belmonte, durante el rodaje de la película El Cid; producida por Samuel Bronston. Abajo, grabado de Francisco Javier Parcerisa, con el castillo de Belmonte. La litografía fue editada en 1853; unos años antes de que Mérimée y la emperatriz visitasen la fortaleza.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dos imágenes del cuadro titulado “baile junto al puente” obra de Ramón Bayeu, pintada en 1784 (propiedad del Museo de El Prado; que se expone en el Museo de la Historia de Madrid; al que agradecemos nos permita divulgarlo). Con esta escena, ilustramos los comentarios de Mérimée, sobre las celebraciones y fiestas españolas de la época.




            Tras el divertido relato de la excursión a Belmonte; Vicente Lampérez aseguró a la emperatriz que iría a visitar el castillo, para levantar planos y estudiarlo con interés. Ya que después del fatal derrocamiento y el final del Segundo Imperio, no se pudo restaurar; tal como se había previsto. Aunque, sabía que Alejandro Sureda, hizo grandes mejoras en el recinto y logró embellecer todo el edificio. Por cuanto, le enviaría el libro que editase, recogiendo esos datos y dibujos sobre Belmonte. Más tarde, se interesó este arquitecto sobre el gallo y el Santo Tomás que colocó Viollet-le-duc, en la aguja última de Notre Dame (al terminar la restauración). Tras elevar allí una torre, llamada de Da. Eugenia; en cuya cumbre puso un apostolado, que representa a Tomás con el retrato del arquitecto y mirando a la veleta. Le habían dicho que así lo dispuso, como símbolo de incredulidad del constructor; pues si el seguidor de Cristo necesitó verle resucitado para creer. Él había situado allí su efigie, como un nuevo Tomás, observando al gallo (quizás de La Pasión); significando probablemente, las dudas del restaurador. Siguió narrando Lampérez, que también oyó como habían pedido permiso a las autoridades, para introducir una Espina de la Corona de Cristo, en esa veleta; sin lograrlo. Por lo que, muy extrañada Da. Eugenia, de que ese experto español en rehabilitaciones y monumentos, conociera estos hechos; manifestó que se habían intentado mantener en secreto. Sin quererle dar primeramente muchas explicaciones; comentando -tan solo- que debido a todo ello; había planteado la ruta de visitas, durante ese viaje de Semana Santa. Pues al día siguiente, deseaba ir a La Espina; monasterio que conservaba una de esas puntas de la corona de Cristo. Adquirida por el rey Luis el Joven, de Francia, cuando marchó a cruzadas. Donde se hizo con la reliquia, cuyas púas fueron donándose; llegando una de ellas a Valladolid (venerada en el referido monasterio de La Espina). Añadiendo que no les dejaron introducir una de esas astillas sagradas, en la parte más alta de Notre Dame; cuando le oyeron afirmar que el día en que aquel gallo desapareciera, Francia acabaría. Pues la aniquilación de esa veleta, tan solo podía suceder cuando la torre más alta de la catedral cayera, o fuese destruida. Al hallarse en un punto inaccesible, justo en el extremo y la aguja del templo.

          Quedaron todos los asistentes muy interesados en el relato de la emperatriz y siguieron preguntando cómo y por qué se había situado aquel gallito que coronaba Notre Dame; frente a un Santo Tomás con el rostro de Viollet-le-duc. Respondiendo ella, que si tanta intriga despertaba, lo explicaría; pues tampoco tenía mucha importancia. Ya que fue una idea surgida tras recordar los destrozos que sufrió el edificio durante La Revolución, cuando lo convirtieron en el “Templo de la Razón”. Días de El Terror, en que subieron a su altar una actriz semidesnuda, para representar a la diosa del pensamiento y la filosofía. Después de haber profanado todas las obras de arte de Notre Dame; que fueron destruidas, quemadas, rotas a martillazos o hechas añicos. Para convertir finalmente, la catedral de París, en un almacén de alimentos; guardando allí centenares de tinajas y barricas con vino, junto a grano y otros comestibles. En ese estado y tras medio siglo de deterioro y destrozos; tuvieron que rehabilitarla; reconstruyendo sus paredes, sus torres, sus esculturas y sus gárgolas. Todo lo que logró Viollet-le-duc en una ardua labor realizada desde 1844 hasta 1864; muy criticada por algunos, debido a que añadió elementos al templo. Sin pensar los que así opinaban, que todo había sido destruido y solo quedaron los muros.

           De tal manera, cuando el arquitecto terminó la obra y pudieron volver a inaugurarla; los emperadores de Francia, decidieron colocar una Santa Espina en su torre más alta (dentro de la veleta). Guardando en ella también una nota manuscrita de Da. Eugenia; manifestando que el día en que aquella sacra púa no coronase París, Francia se habría perdido (o se encontrará en peligro de desaparecer). Pues las Sociedades que abandonan su patrimonio artístico, caminan hacia el abismo. Aunque al enterarse ciertas autoridades de su intención, deseando colocar en la veleta esa reliquia y la carta escrita a mano; lo prohibieron. Más tarde, comenzaron una campaña de descrédito, diciendo en los mentideros que “la gallina” -nuevamente- había atrapado al águila. Una clueca, que ahora deseaba volar eternamente sobre la capital francesa. Comenzando un asedio contra la emperatriz, a la que Victor Hugo había apodado de esa forma avícola; tras escribir el día de su boda con Luis Napoleón: “El águila se ha casado con una gallina”. Todo lo que sería una simple gracia ácida, si no fuera porque en francés “gallina” también significa fulana; designando a “una cualquiera”. De ese modo y harta ya de insultos e improperios; Da. Eugenia aseveró a Viollet-le-duc que algún día harían con ella algo parecido a lo que sufrió María Antonieta. Pero que, años más tarde; caería esa “gallina” de la torre (que tantas bromas provocaba) pronosticando así la destrucción de Francia. Pues Europa se encaminaba hacia el caos y la guerra total; debido a que nadie creía ya en nada. Motivo por el cual, el arquitecto puso frente a la veleta un santo Tomás, con su rostro; mirando incrédulo el gallo de la torre, que habían logrado coronar.

           Dejó la emperatriz pensativos, a cuantos le escuchábamos; tras lo que uno de sus sobrinos (Peñaranda) quiso quitar hierro a la escena, con un comentario irónico. Aseverando que a Mota del marqués le había sucedido lo mismo que a Notre Dame; aunque en este pueblo lo que estaba desapareciendo era su torre, no sus gallinas. Ante lo que añadió Tamames -el otro sobrino de Da. Eugenia-; que lo del castillo de Mota, era culpa de Napoleón, como repetía todo el vecindario. Por cuanto, ella debería reparar los restos de esa fortaleza en ruinas, para compensar lo que hizo el tío de su marido. Frases que produjeron un cierto cotorreo entre los presentes; pero que al resultar muy impropias, hicieron plantear a los anfitriones que era hora de asistir al “Oficio de Tinieblas” (siendo casi las ocho de la tarde). Acto seguido, salimos del palacio para dirigirnos de nuevo a la iglesia de San Martín; plena de fieles y apenas iluminada. Nos sentamos muy cerca de la entrada, donde el marqués de Viesca había pedido al sacerdote que nos guardase un banco. Ya que durante la liturgia, el templo quedaría a oscuras y de ese modo, habría que salir -prácticamente sin luz-. Debido a ello y temiendo por la estabilidad de las muchas personas mayores que componían nuestro grupo; tomamos asiento junto a la puerta.

              Comenzó el oficio y quedó la iglesia a oscuras, tan solo iluminada por los quince cirios del tenebrario; iniciándose los rezos y cánticos. Apagando una de las velas, cada vez que se cumplimentaban las oraciones y las melodías. En media hora, tan solo quedaba encendido el hachero superior, que pronto fue escondido bajo el altar, al terminar el último responso; dejando en tinieblas el templo. En ese momento, las gentes allí reunidas, comenzaron a golpear los asientos con sus manos, otros batieron las matracas que portaban y algunos comenzaron a aporrear baldas de madera y panderos, que trajeron de sus casas. Los gritos y llantos de los fieles se escuchaban como un lamento desde el infierno; mientras el estruendo crecía, pareciendo un terremoto. Todos teníamos la piel de gallina y la emperatriz se nos abrazó, manifestando sentir horror ante esa situación y escena. Por fortuna, pronto el sacerdote tomó el cirio que había escondido en el altar y lo colocó de nuevo en la parte alta del tenebrario. Tras ello, se hizo la luz porque alguien abrió la puerta de la iglesia, dejando entrar el reflejo de la Luna llena. Los asistentes nos mirábamos y algunos lloraban, sintiendo un miedo atroz; mientras otros, entraban en éxtasis, sin poderse controlar. Así, nos fuimos levantando poco a poco del banco, para tomarnos de las manos y salir de la iglesia; tan solo guiados por la luz de la noche.

           Íbamos con los ojos llorosos, pero pronto, algo nos hizo reír. Sucedió en la puerta del templo, cuando se nos acercó un viejecito; vestido de negro, enjuto y con la chaqueta bien cerrada. Quien, quitándose la boina, se dirigió a la emperatriz, preguntando si realmente era la esposa de Napoleón. Ella respondió que “de Napoleón tercero”; a lo que el anciano contestó: -“Pues dígale a la familia de su marido, que venga a arreglar el castillo; porque hay que ver, como nos lo han dejado sus soldados”-. Da. Eugenia, ni se inmutó ante esa extraña situación; aseverando que aquello era una broma de sus sobrinos. Quedando muy sorprendido el referido abuelo, al ver que sus palabras se consideraban poco serias; terminó añadiendo: -“Mire Ud.; ahora se puede ver como quedó la torre. Porque la han iluminado con antorchas para el Vía Crucis; está hecha una pena y fue derribada de un cañonazo”-. Todos levantamos la mirada hacia esa colina de La Mota; observando el juego de luces que brillaba, como una línea de peregrinos camino del Cielo. Provocando un pasillo de sombras indefinidas e infinitas, sobre la derruida fortaleza; cuya imagen bien pudiera ser el recuerdo de un averno bélico. En ese indescriptible momento, la emperatriz nos dijo, con voz severa: -“Algo de razón puede tener este hombre. Porque, después de la batalla de Salamanca, mi padre y los suyos retrocedieron con las tropas de Napoleón hasta aquí. Fue entonces cuando mi progenitor perdió medio brazo, un trozo de pierna y un ojo”-. Tras escuchar esas palabras y con el corazón estremecido; regresamos todos al palacio de los Ulloa. Sin poder reunirnos después en los salones (como habíamos previsto); ya que la mayoría deseaba subir a su habitación, para reflexionar allí en soledad o intentar dormir.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
fotografía de Notre Dame de París, mientras era restaurada a mediados del siglo XIX. Al lado, el arquitecto Viollet-le-duc, hacia 1850. Fue este genio de la rehabilitación de monumentos, quien decidió colocar un apostolado en la aguja que había elevado en Notre Dame. Situando allí un Santo Tomás, con su efigie; mirando al gallo que coronaba la catedral. Abajo, la rehabilitación de Notre Dame de París.







JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
foto del gallo de la torre de Notre Dame, tal como quedó tras el incendio del templo, en 2019. Situado en la torre mayor, con casi cien metros de altura; se consideraba un pararrayos espiritual. Por lo que cuando se terminó su restauración, solicitaron introducir en su veleta varias ofrendas sacras. Una petición que fue autorizada varios años después; guardando allí en 1935: Parte de la Corona de Espinas, junto a dos reliquias más (una de Santa Genoveva y otra de San Dionisio). Objetos sagrados que quedaron destruidos al quemarse la catedral de París en 2019; aunque el gallo fue increíblemente encontrado, a cientos de metros del templo; al ser expulsado por el calor del fuego (sin llegar a fundirse). Un hecho milagroso, que hizo volar aquella veleta; en el momento que caía la aguja. La fotografía, está tomada de la prensa francesa. Abajo, dibujo de la gran torre, tal como la diseñó Viollet-le-duc. Aguja que se culminaba con un apostolado, cuyo santo Tomás era un retrato del arquitecto, mirando al gallo, en símbolo de incredulidad. Ambas figuras (Santo Tomás y la veleta) fueron rescatadas después del terrible incendio de 2019.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
tenebrario expuesto en el museo catedralicio de Astorga (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra imagen). Este instrumento litúrgico, consistía en un gran candelero, con quince brazos; sobre los que se ponía un igual número de cirios. Servía para realizar el Oficio de Tinieblas; común durante la Semana Santa, en el que se iban apagando velas, hasta dejar en la oscuridad la iglesia. Abajo, cartel conmemorativo de la famosa “fiesta de la razón” que se celebró en Notre Dame; para profanar el templo y adorar allí a la diosa del pensamiento y la filosofía. Tras esta delirante pantomima; la catedral fue convertida en almacén de alimentos, después de haber devastado y destruido sus símbolos religiosos (el grabado en imagen, es propiedad de la Biblioteca de París; fuente, Wikipedia)




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
torre del castillo de Mota del Marqués, en su estado actual. Abajo, vista de la subida al castillo, con la ermita de San Salvador.










JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
de nuevo, la torre de Mota del Marqués. Abajo, paisaje del alto del castillo, con su “mota” y su bella silueta (tal como la describe el relato).