ÍNDICE GENERAL: Pulsando el siguiente enlace, se llega a un índice general de leyendas: https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2023/01/indice-de-leyendas-de-la-mota-del.html
Los artículos se desarrollan en un texto escrito en negro y se acompañan de imágenes con un amplio comentario explicativo (recogido en rojo y cuya finalidad es razonar ideas). Si desea leerlo entre líneas, bastará seguir las letras negrillas y las rojas destacadas.
En memoria de mi abuelo materno, Angel Santafé; que fue asesinado hace noventa años, un 21 de agosto de 1936 (en Canet de Berenguer, Valencia).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, de nuevo, detalle de la última fotografía de la emperatriz Eugenia de Montijo. La imagen fue tomada en la zona de Villa Miranda (Carabanchel) que regaló a Nicolás Santafé. Se fecha en mayo de 1920, cuando ella vino a Madrid a operarse de cataratas; cirugía que realizó el doctor Barraquer, con éxito. Destacamos en en la imagen, a los que acompañaron a la emperatriz hasta Valladolid y Mota del Marqués, en la Semana Santa de 1905 (según relata el texto). Un viaje que se realizó mientras preparaban la boda de Alfonso XIII con Ma. Victoria Eugenia -ahijada de Eugenia de Montijo- (celebrada al año siguiente). En la fotografía vemos a: Benigno Vega-Inclán; Nicolás Santafé, el duque de Peñaranda y el de Tamames (sobrinos nietos de la emperatriz). Al lado, Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses; entrando a caballo en las Tullerías (hacia 1858). Abajo, imagen tomada de la prensa, datada hacia 1905; donde podemos ver (de derecha a izquierda): En primer término a José Joaquín Herrero, íntimo amigo de José Canalejas y uno de los mecenas más importantes del arte en su época, impulsor de numerosas leyes en defensa del Patrimonio. A su lado (en el centro) Eduardo Dato, que había sido ministro de Gobernación y de Justicia en los años regeneracionistas de Francisco Silvela. A la izquierda (al fondo de la imagen), Nicolás Santafé Arellano; que fue subgobernador del Banco Hipotecario y síndico de la Bolsa de Madrid -de quien recogemos el relato-.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, mi abuelo, Angel Santafé; en casa de su padre (Nicolás Santafé). Imagen tomada hacia 1913, con unos dieciocho años. Fue asesinado un 21 de agosto de 1936 (en Canet, Valencia); bajo la acusación de ser católico y haber dirigido los Altos Hornos de Sagunto -como ingeniero-. Pese a que jamás perteneció a una facción o partido político y su familia siempre había apoyado ideas liberales o sociales, promovidas por José Canalejas. Luchando en las mejoras del “cuarto estamento” y colaborando para crear el Banco Hipotecario; con el fin de que los trabajadores pudieran comprar una casa propia y crear pequeñas empresas. Abajo, Angel Santafé con uno de los familiares de Napoleón III; fotografía coetánea a la anterior. Fue tomada la biblioteca de la casa de Nicolás Santafé (sita en Pérez Galdós 3) y no hemos podido localizar el nombre del personaje sentado, que acompaña a mi abuelo; sabiendo que se trataba de un pariente de los Bonaparte.
Introducción:
Este capítulo, es la continuación de otros tres anteriores, que recomendamos leer, para una plena comprensión del relato. Al comienzo del primero, se explica su origen, trama y desarrollo. Para acceder a ese prefacio, en el referido artículo; pulsar el siguiente enlace ( https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/08/eugenia-de-montijo-en-motacapitulo-i.html ). Cuanto se recoge en ellos, procedería de un cuaderno, con apuntes tomados por Nicolás Santafé Arellano; durante una excursión realizada en Semana Santa de 1905. Viajando a Valladolid, junto a la que fue emperatriz de los franceses; acompañada por el marqués de la Vega-Inclán y dos de sus sobrinos (Peñaranda y Tamames). Al grupo, se unirían varias personas más, cuando llegan a Mota: Los marqueses de Viesca de la Sierra (como anfitriones); Vicente Lampérez (experto en arquitectura); la marquesa de Valderas y sus padres (el conde de Plasencia y la duquesa de Castro Enríquez). Las anotaciones, se redactaron en esos siete días de recorrido; mientras visitaron la capital pinciana, Mota del Marqués y otras poblaciones cercanas. Aunque, su autor las guardó hasta el verano de 1920; por orden de Eugenia de Montijo, que pidió no se dieran a conocer mientras viviera. De ese modo, fueron conservadas y tras la muerte de la emperatriz, Nicolás Santafé comenzó a ordenarlas, para redactar una biografía. Deseando preparar un libro sobre la gran estadista, casada con Napoleón III; que gobernó la mejor Francia del siglo XIX. Publicación que finalmente decidió no editar, debido a la privacidad de los hechos que se refieren y por haber sido persona muy cercana a ella (junto a algunos de sus parientes más próximos). Actuando como financiero y administrador de las familias Montijo, Baviera, Tamames o Alba (entre otras); trabajando -asimismo- como cofundador y gobernador del Banco Hipotecario. Lo que impediría relatar secretos y opiniones que Da. Eugenia le había transmitido.
Como hemos señalado, el capítulo primero se intitula EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA “Un mundo sin santos, camino del abismo” y recoge el primer día de la excursión (ver enlace antes citado: https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/08/eugenia-de-montijo-en-motacapitulo-i.html ). La segunda parte es: “EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA (Una Sociedad que abandona su patrimonio, camina hacia el abismo)” y podemos consultarla pulsando el siguiente enlace ( https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/09/eugenia-de-montijo-en-mota-capitulo-ii.html ). Comprende la estancia en la bella Pucela y el traslado hasta Mota del Marqués, pasando por Simancas y Tordesillas (tratando sobre la arquitectura antigua y la rehabilitación de monumentos). El capítulo tercero, EUGENIA DE MONTIJO EN MOTA ( Una civilización que olvida su Historia; regresará al inicio de los tiempos), lo encontraremos en el siguiente link ( https://leyendas-de-la-mota-del-marques.blogspot.com/2026/10/eugenia-de-montijo-en-mota-capitulo-3.html ). Narra la excursión desde Mota a San Cebrián de Mazote y a La Santa Espina; recogiendo lo que la emperatriz narra sobre la familia Bonaparte: Napoleón, sus hermanos, cuñados y padres. Josefina y sus hijos (Eugenio y Hortensia); mencionando la historia de algunos nietos, entre los que se encuentra Carlos Luis (que fue marido de Eugenia de Montijo y reinó como Luis Napoleón III).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: comienza este cuarto artículo, narrando la llegada de los invitados a Mota; durante una cena preparada por la marquesa de Viesca (anfitriona y propietaria del antiguo palacio de los Ulloa). Arriba, anochecer en el palacio de Mota; adquirido por los Viesca de la Sierra, a finales del siglo XIX. El texto narra el modo en que que los anfitriones recibieron a la emperatriz Eugenia y al resto de invitados. Junto a ella, viajaban sus dos sobrinos nietos preferidos (el duque de Peñaranda y el futuro duque de Tamames); acompañados por Benigno Vega-Inclán, Vicente Lampérez y Nicolás Santafé. Además, se añadió al grupo, la marquesa de Valderas y sus padres (condes de Plasencia y duques de Castro Enríquez). Al lado y abajo, cielos durante las noches de primavera, en Mota del marqués. El relato describe con estas frases, el modo en que acabó la cena del Sábado Santo de 1905: “Dándose así por terminada la velada y quedando tan solo algunos invitados en la zona noble del palacio. Salimos Benigno y yo, a disfrutar de la noche en el patio; respirando ese aire seco de Castilla, bajo el reflejo de su Luna, con el cielo cerrado en azabache, pleno de estrellas.”
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: noches de cielo raso en primavera; Mota del marqués.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos alas laterales, del palacio de los Ulloa, en Mota. Al lado, parte Oeste del edificio. Abajo, balaustrada y terraza del lado Este, donde el texto menciona que se hallaban las habitaciones de Vega-Inclán, de Vicente Lampérez y de Nicolás Santafé.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, detalle de la puerta principal de entrada al palacio de Mota; donde se observa cómo se han quitado los blasones que lucían sobre el dintel, dejando tan solo la corona. Al tratarse de una tiara ducal, es muy posible que el escudo suprimido fuera el de la casa de Alba. Lo que puede hacernos pensar que se arranca cuando se vende el palacio, después de 1883. Al morir James Fitz-James Stuart; marido de Paca, la hermana de Eugenia de Montijo. En referencia a la supresión de blasones en fachada, es común cuando un linaje se desprende de un edificio; del mismo modo que se cambia el nombre de una casa (o de un local) al ser adquirido por un tercero. Abajo, plaza junto al palacio de los Ulloa, en Mota; actualmente llamada “corro de palacio”. Era aquí donde paraban las carrozas, que luego entrarían por el portón del fondo. En su mitad, el parque, tiene una fuente que debió ser abrevadero para las caballerizas. A unos cien metros de este punto, se halla la Ermita del Humilladero; cuyo nombre nos recuerda el lugar de parada para cocheros y arrieros, que circulaban por el Camino Real de Santiago (llamado del Suroeste). Vía santiagueña que transcurría desde Alicante a la tumba del Apóstol; y que hoy coincide con la A-6, en su kilómetro 200.
6)- Día sexto:
M) DOMINGO DE RESURECCIÓN 23 DE ABRIL (en Mota del marqués):
La tarde anterior habíamos llegado muy cansados, después de visitar San Cebrián y La Espina. Principalmente aquellos que decidimos terminar la excursión realizando el último tramo a pie; para disfrutar del atardecer. Debido a que esa Semana Santa, tan inusualmente tardía; nos había regalado unos maravillosos cielos castellanos (con alboradas y Puestas de Sol, inigualables). Aunque, al regresar al palacio, encontramos un tanto confundida a nuestra anfitriona; porque nos había preparado una suculenta cena y se percató de que la mayoría veníamos agotados. Expresando todos, la imposibilidad de ingerir muchos alimentos, tras la visita y almuerzo en La Espina. Debido a lo que la marquesa de Viesca, sin conocer nuestro estado de cansancio; había preparado una cena conforme al protocolo de la emperatriz, tal como se servía en su palacio de Inglaterra. Donde todos los invitados debían bajar a las ocho de la tarde, vestidos de noche y degustar una suculenta comida; tras lo que se pasaba a una velada, que duraba hasta las once de la noche -exactamente-. Tenía gran ilusión nuestra anfitriona, por celebrar una reunión como las del palacio de Farnborough; pero su marido le comunicó que era imposible. Pues La Señora venía muy fatigada, al igual que el resto de invitados; sin poder exigirles que se vistieran de noche y menos, que volvieran a una mesa cargada de platos fuertes. Además, creía que Da. Eugenia no tenía sus trajes y joyas de noche (en azabache y seda negra, con gran escote); así como los demás, vestían de forma adecuada para una cacería, pero no de una “fiesta seria”.
Algo entristecida quedó la anfitriona; por lo que Da. Eugenia manifestó que, pese a no poder celebrar una noche como las de Farnborough, cenaríamos juntos en el comedor. Dejando para el siguiente día, lo que no pudiéramos tomar esa noche; deseando retrasar unas horas la salida hacia Valladolid (en la siguiente jornada). Para celebrar un almuerzo temprano, antes partir y poder degustar lo sobrante. Un piscolabis, que en Inglaterra era conocido como Brunch; forma de aperitivo que se había puesto de moda desde 1895. Normalizado desde que el escritor Guy Beringer publicó una serie de artículos, intitulados: “súplica del brunch”. Debido a que los ingleses no comían al medio día; alimentándose de bocadillos a esa hora. Emparedados a los que desde el siglo XVIII llamaban “sandwichs”; debido a que el conde de Sandwich los puso de moda. Ya que aquel noble era un ludópata, incapaz de detener el juego (siquiera para alimentarse); y se alimentaba de ellos, mientras tenía las cartas en la mano. Añadiendo Da. Eugenia -con gran ironía- que entre esas maravillosas delicias británicas gastronómicas, destacaban los bocados de pollo con pepino y mermelada. Divirtió mucho a la marquesa de Viesca cuanto oía, sobre el emparedado de confitura, con ave; tanto como la idea de realizar un “Brunch” al día siguiente. Comentando que esa noche dejaría en la cocina los mariscos y platos de cazuela; sacando a la mesa, tan solo unas sopas de ajo con costras y unas tortillas españolas. Por lo que, pareciendo aquel menú adecuado para todos; quedamos en el comedor, media hora más tarde. Agradeciendo los invitados, posponer las viandas preparadas; pidiendo mil perdones por ese feo, a quienes tanto habían trabajado para componer una velada perfecta. De ese modo, tras asearnos en nuestras habitaciones y cambiarnos alguna prenda de ropa; bajamos, para cenar y charlar en grupo.
Nada más sentarnos a la mesa, se originó una discusión sobre el origen de las sopas de ajo con costra y la expresión: “ser más raro que una sopa de ajo”. Llegando a la conclusión de que era una receta típicamente vallisoletana, llamada originalmente “avahada”. Mientras el dicho, se trataba de una ironía; indicando la vulgaridad de aquel que deseaba ser diferente y no lo lograba. Tras ello, comenzaron a preguntarse quién y cuándo se inventó la tortilla de patatas; si fue Martínez Montiño o unos monjes jerezanos, del siglo XVI. Por lo que sin llegar a determinar cómo nació aquel plato tan español; la conversación volvió a centrarse en la emperatriz. Quien preguntó a la marquesa de Viesca; por qué conocía el protocolo seguido en las cenas de su finca, en Farnborough. Confesando nuestra anfitriona, haber hablado durante todo el día, con las personas de servicio que venían con La Señora. Quienes le narraron mil detalles; contando decenas de historias sobre ese palacio de Inglaterra y del otro que tenía en Cannes, narrando anécdotas también de Villa Miranda (la quinta de Carabanchel). Lo que dejó a la emperatriz pensativa; debiendo reconocer que sí había traído sus trajes de noche. Pero no podía vestirlos, ni asistir a una cena de largo; porque la excursión había sido agotadora. Tras ello, añadió que de las cinco personas que la acompañaban, tres eran asistentes mandados por su sobrino Jacobo y en su mayoría, del palacio de Liria. Pues ella viajaba normalmente con algunas amigas; entre las que siempre estaba su sobrina, Antonia Bejarano (de Attainville); junto a doncellas y una peluquera. Así pues, como la gentil Sra. de Attainville quiso quedarse esa Semana Santa, en Madrid -descansando-; el duque de Alba dispuso una batería de ayudantes, entre los que solo había una empleada suya. Quien poco antes de la cena, le ayudó a vestirse; comentando que ya sabía cocinar los churros. Por lo que, entendía, era la misma persona que había relatado la vida y costumbres de la emperatriz, en Inglaterra. Todo lo que la marquesa ratificó, expresando sus disculpas por si había sido indiscreta; ya que a cambio del cotilleo, le enseñó a hacer la masa y a freír los churros. Algo que La Señora disculpó; agradeciendo sobremanera los conocimientos culinarios compartidos. Apostillando que no confiaba mucho en las artes de su vestidora británica; muy docta en contar vidas ajenas, pero poco hábil entre fogones. Prefiriendo desayunar los que tomó en días anteriores; magníficamente preparados por una vecina del pueblo.
Al ser nuestra anfitriona, la única que no pudo visitar San Cebrián, ni la Santa Espina (junto al grupo); dejamos que fuera ella, la que principalmente departiese con Da. Eugenia. Por lo que la marquesa de Viesca, preguntaba -con gran interés- sobre cuanto nos había narrado la emperatriz, durante la excursión. Explicándole La Señora, que habló de los Bonaparte, de Josefina, de sus hijos y nietos; relatando numerosos hechos destacados del emperador. Todo lo que tan solo habían oído quienes iban en el coche con ella; por cuanto -con enorme amabilidad- fue resumiendo y repitiendo lo narrado en el viaje (para compartirlo con cuantos no habían oído aquellas conversaciones). Finalmente, alguien propuso que Da. Eugenia hablase de su marido, el emperador; a quien apenas había mencionado todavía. Señalando, que todos los invitados deseaban conocer esa figura, de un modo directo y veraz; descrito por la persona más cercana a Napoleón III. Momento en que la emperatrize aseveró que aquello necesitaba bastante tiempo; por lo que dejaría el tema para desarrollarlo durante el “brunch”, al día siguiente. Algo que alegró a los comensales; comprendiendo que ya no había mucho tiempo y la dificultad que para ella supondría, hablar continuamente sobre el pasado. De ese modo y observando el estado en que se encontraba la velada; vinieron los postres, consistentes en hojaldres enviados por las monjas del convento de Santa Clara de Tordesillas. Quienes cocinaban sus pasteles, con los huevos regalados por las novias casaderas, en vísperas de su boda; para que no les lloviera. Siendo costumbre, mandar varias docenas a las clarisas de Tordesillas; rogando que el cielo se aclarase y que las nupcias se celebrasen en un día despejado.
Venían aquellos finos dulces, servidos junto infusiones; invitando la anfitriona a Da. Eugenia, que los degustara con un té. Añadiendo que también le habían descrito y narrado, el modo en que tomaban el té en Farnborough. A las cinco de la tarde; mientras la emperatriz tejía, bordaba o tricotaba; fabricando prendas, que luego regalaba a sus huéspedes. Asintió La Señora al oír esas palabras; aseverando que así era, tal como lo había expresado la marquesa de Viesca. Explicando la emperatriz, que en Inglaterra, se tomaba el té a las cinco; como costumbre relativamente nueva. Moda implantada por la duquesa de Bedford, debido a lo antes explicado; pues los británicos eran un poco tacaños y solo comían dos veces al día: La primera, en el desayuno (antes de las ocho de la mañana); y la siguiente, durante la cena (hacia las ocho de la noche). Por cuanto, a las cinco de la tarde, estaban con el estómago en los pies; habiendo instituido la Bedford tomar un té con pastas a esa hora, para combatir el gusanillo. Costumbre a la que el escritor Guy Beringer, añadió la “súplica por el Brunch”; un almuerzo a medio día, inexistente en las Islas Británicas. Pero que siempre habían tomado en España; por mucha hambruna que hubiera. Terminando por expresar; que entre todos los tés; su preferido era el de Gibraltar. Donde servían té de las cinco, a cualquier hora; una perfección británica, convertida al horario andaluz. Nos hicieron reír -de nuevo- las palabras de Da. Eugenia; quien pronto pidió permiso para retirarse de la mesa, sin pasar a los salones (disculpándose, por estar muy cansada). Dándose así por terminada la velada y quedando tan solo algunos invitados en la zona noble del palacio. Salimos Benigno y yo, a disfrutar de la noche en el patio; respirando ese aire seco de Castilla, bajo el reflejo de su Luna, con el cielo cerrado en azabache, pleno de estrellas.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Tres imágenes del palacio inglés de Farnborough; edificio y finca que compró Eugenia de Montijo, para residir en este país, después de ser destronada. El relato muestra que la marquesa de Viesca deseaba realizar una cena conforme al protocolo seguido en aquella villa británica; con las siguientes frases: “la conversación volvió a centrarse en la emperatriz. Quien preguntó a la marquesa de Viesca; por qué conocía el protocolo seguido en las cenas de su finca, en Farnborough (…) también le habían contado el modo en que tomaban el té en Farnborough. A las cinco de la tarde; mientras la emperatriz tejía, bordaba o tricotaba; fabricando prendas, que luego regalaba a sus huéspedes. Asintió La Señora al oír esas palabras; aseverando que así era, tal como lo había descrito.” Arriba, al lado y abajo, tres fotos de Farnborough Hill; antiguo palacio que adquirió Eugenia de Montijo al exiliarse en Inglaterra. Años más tarde, levantó a su lado, una gran capilla dedicada a San Miguel; construyendo en ella la tumba de su marido (Napoleón III; que no fue enterrado en Los Inválidos, como hubiera correspondido). Seis años después (en 1879), tuvo que inhumar allí a su hijo; Napoleón IV (Eugenio Luis) muerto en la guerra zulú de Sudáfrica. Tras fallecer la emperatriz, también depositaron sus restos en el mismo mausoleo. El palacio y sus tierras, fueron vendidos a la Congregación de hermanas católicas, que atendían la capilla de San Miguel. Quienes allí fundaron un magnífico centro de estudios, que actualmente sigue impartiendo enseñanza. A todos los interesados, les recomendamos consultar la siguiente página: https://www.farnborough-hill.org/about-us/our-history
Aquel Domingo de Resurección volvió a amanecer con el cielo abierto. Por lo que ante las primeras luces, me arreglé con prisas; para disfrutar de la aurora. Salí a la terraza del palacio, donde estaban Benigno Vega-Inclán y Vicente Lampérez; observando atentamente el nacimiento del día. Decidimos pasear por el pueblo; para ver los primeros reflejos, entre aquellos monumentos y casas. Al bajar, nos encontramos con la marquesa; que junto a algunas personas de cocina, preparaban el desayuno. Preguntó dónde nos dirigíamos y al saber que recorreríamos las calles de Mota, disfrutando de la alborada; pidió que trajésemos los churros (encargados a una vecina, que vivía en la calle Ancha). Salimos con ese cometido; pudiendo observar de nuevo el juego de luces que en esas tierras, regala cada mañana el cielo de Castilla. Subimos primero hacia la torre y más tarde nos dirigimos a la iglesia de San Martín, llegando luego a las ermitas (del Humilladero y de Castellanos). Tras ese recorrido, se había abierto prácticamente el día, por lo que fuimos hacia La Ancha, a recoger los churros. Nos recibió una agradable mujer, en la dirección indicada; que guardaba varios juncos engarzados con ellos, recién fritos. Colgaban como zarcillos, pendiendo de ramas; y los envolvió en hojas de estraza, mientras nosotros mirábamos con atención por la ventana. Desde su cocina, se vislumbraba el color que tomaba la atmósfera y la torre del campanario; durante los minutos en que rompía el día. Se sonrió al observar nuestro gesto de asombro; ante la infinidad de tonos y sombras que evolucionaban sobre las paredes y tejados de ese patio. Mientras cerraba el paquete, para conservar bien el calor; advirtió que a los de Mota les parecían normales esas luces de la aurora, pero a los forasteros siempre les extrañaban. Agradecimos su atención, comentando el maravilloso juego de reflejos disfrutado en la cocina; habiendo tenido la suerte de llegar allí, en esos minutos en que abre la mañana. Volvió a sonreír; nos entregó los juncos bien envueltos y le preguntamos si se debía algo. Respondió que estaban encargados y pagados por la señora marquesa de Viesca; por lo que salimos prestos hacia el palacio, para que no se enfriasen.
Comenzaba a clarear y el Sol con su cielo castellano, parecía una moneda de oro, tirada al mar del verano. Llegamos al comedor, cuando habían comenzado el desayuno y estaban en la mesa la mayoría de invitados. Las primeras conversaciones del día, siempre versaban sobre los mismos temas: El amanecer, los sueños, los pesares de la noche y las últimas noticias de los periódicos (prensa atrasada, que llevaba hasta los pueblos, el correo y las postas). Pronto, la emperatriz degustó sus churros, con ansia de niña; mojándolos en chocolate y riendo, porque en Londres era imposible tomarlos de ese modo. Después, comentó que durante la mañana deseaba hablar sobre su marido y narrar cómo era el emperador. Porque, al encontrarse un poco cansada, no deseaba salir a pasear; prefiriendo permanecer en el palacio charlando, hasta el “brunch”. Así, después del desayuno, descansaría en los salones; donde iba a contar algunas anécdotas e historias sobre Carlos Luis -más conocido como Napoleón III-. Consecuentemente, al levantarse de la mesa, me pidió que media hora más tarde estuviera allí, con mi cuaderno de notas; para seguir apuntando cuanto refería. Así lo hice y cuando bajé del dormitorio con el almanaque, habían dispuesto un círculo de sillas, entorno a un cómodo sofá. Pronto llegó Da. Eugenia con su bastón en mano, ayudada por una de sus asistentes. La sentaron sobre el chéster, colocando una mesita a su lado, con un vaso y una jarra de agua. Deseando hablar, en cuanto se sentaron el resto de invitados entorno a ella; y comenzando por el modo en que vino al mundo su esposo.
Unos días atrás, nos había explicado que Carlos Luis, fue el menor de los tres hijos de Hortensia (la niña de Josefina) y de Luis Bonaparte (hermano de Napoleón). A quienes el emperador había nombrado reyes de Holanda. Viendo la luz ese tercer vástago, el año 1808; cuando las tropas de su tío entraban en la Península Ibérica. Tras la enorme crisis que se produjo en España, al derrocar Fernando VII a su padre (Carlos IV) y apresar a su valido (Godoy). Un Golpe de Estado, que precisamente perpetró un tío de la emperatriz; Eugenio, conde de Montijo. Quien dio nombre a su sobrina, al apadrinarla en el bautizo; por ser el hermano mayor de su progenitor. Llegando Eugenio (conde de Montijo) a Aranjuez, en marzo de 1808; haciéndose pasar por un aldeano apodado “tío Pedro”. Logrando de ese modo rodear el palacio de Godoy y capturarle. Tras ello, se produjo la renuncia al trono de Carlos IV y la proclamación de Fernando VII. Pero, muy pronto, el rey depuesto y el recién coronado, fueron apresados por los ejércitos franceses, que les trasladaron a Bayona. Donde cedieron el trono español a Napoleón Bonaparte. En esas fechas nació el tercer hijo de su hermano Luis Bonaparte y de Hortensia; al que llamaron Carlos Luis Napoleón. Viniendo al mundo el que luego sería Napoleón III; un 20 de abril de 1808. Por lo que, tres días antes, se habría conmemorado el noventa y siete cumpleaños de su fallecido marido.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: comienza esta parte del relato diciendo: “Aquel Domingo de Resurección volvió a amanecer con el cielo abierto (…) Salí a la terraza del palacio, donde estaban Benigno Vega-Inclán y Vicente Lampérez; observando atentamente el nacimiento del día. Decidimos pasear por el pueblo”. Arriba, amanecer en el castillo de Mota del marqués. Al lado, torre del campanario en la iglesia de San Miguel, con las primeras luces. Observemos las aguas que manan en su zona baja, un hecho que se destacaba en el capítulo anterior. Al narrar que Vicente Lampérez analizó el estado del edificio, considerando que los asientos de sus paredes y de la torre, procedían del alto nivel freático en sus cimientos. Lo que puede estar todavía afectando al campanario, que actualmente presenta graves daños (como podemos ver en imágenes). Abajo, amanecer en Mota. En primer término (a nuestra izquierda) la ermita de El Humilladero. Al fondo (en el centro), torre e iglesia de San Martín, muy cercana al palacio.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, alborada en el palacio de los Ulloa. Abajo, iglesia de San Martín, con las primeras luces del día.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, la ermita de El Humilladero durante el amanecer. Se encuentra a pocos metros del palacio, en el antiguo camino Real de Santiago (Ruta Jacobea del Suroeste; hoy paralela a la A-6). Abajo, vista de la torre del campanario, desde el lugar que el texto describe; en la calle Ancha, hoy llamada Germán Gamazo. Nos dice el relato: “ fuimos hacia La Ancha, a recoger los churros. Nos recibió una agradable mujer, en la dirección indicada; que guardaba varios juncos engarzados, con ellos recién fritos. Colgaban como zarcillos, pendiendo de ramas, y los envolvió en hojas de estraza; mientras nosotros mirábamos con atención por la ventana. Desde su cocina, se vislumbraba el color que tomaba la atmósfera y la torre del campanario; durante los minutos en que rompía el día”.
También nos había explicado la emperatriz (un día antes) que los padres de su marido celebraron un matrimonio de conveniencia, planificado por Josefina y el emperador. Debido a que ellos dos no lograban tener descendencia; por lo que decidieron casar a su hija Hortensia, con Luis; para que los nacidos de esa boda, fueran los herederos de la saga Bonaparte. Debido a ello, muy poco unía a los progenitores de Napoleón III; que convivieron como pudieron, tras un enlace concertado y donde apenas existió relación afectiva. Asimismo, el carácter de Hortensia (alegre, social y efusivo); chocaba con el temperamento de Luis, un individuo triste, complejo y melancólico (posiblemente, por padecer sífilis y gonorrea). Las enfermedades venéreas que sufría este hermano de Bonaparte, no solo le provocaban dolores musculares crónicos; también le producían efectos psíquicos (principalmente, falta de seguridad y tristeza). Por lo que él siempre dudó sobre la paternidad de sus hijos; sin motivo alguno aparente (al menos, durante los primeros años de matrimonio). Ello, unido a la falta de cariño hacia su mujer, a la que vigilaba de manera obsesiva; fue generando situaciones insoportables para ella. Convirtiendo la relación en una continua disputa, plena de problemas y contrariedades. Lo que se acrecentaba con las dudas de Luis, acerca del origen de esos chicos, a los que daba apellido; manifestando públicamente las posibles infidelidades de su esposa (sin argumentos ciertos).
Fue precisamente, el menor de los tres hijos del matrimonio, quien finalmente reinaría como Napoleón III; un niño sobre el que más incertidumbre tenía Luis Bonaparte. Comentando abiertamente y desde que nació; que no lo consideraba hijo suyo (pese a que lo había reconocido). Ya que había venido al mundo, tras un breve encuentro entre él y su esposa; sucedido en un balneario francés. Lugar donde Hortensia descansaba e intentaba reponerse, al haber perdido el primer niño del matrimonio (fallecido a muy corta edad). Naciendo Carlos Luis, después de que los progenitores coincidieran en aquellas termas; debido a lo que el padre nada hizo por conocerlo. De ese modo, fue bautizado sin la asistencia del progenitor y le dieron un nombre muy similar al de su desaparecido hermano (que recientemente había muerto; llamado Napoleón Carlos). Así vino al mundo su marido, en París; y vivió sus primeros años en Francia, al cuidado de sus abuelos (Josefina y el emperador Bonaparte). Pues su padre tardó varios años en conocerle, sin desear viajar desde Holanda, ni mostrar interés alguno por el niño; argumentando que debía cumplir con sus obligaciones como monarca. De ese modo, Hortensia residió junto a sus vástagos, en la Corte de París, con su progenitora; donde les cuidaron con gran cariño. Aunque, al divorciarse el emperador y Josefina (en 1810); la hija fue obligada a marchar a Holanda. Para cumplir allí con sus funciones de reina y llevar a su hijo mayor, junto a Luis (pues el otro niño era el heredero al trono de los Países Bajos). De forma muy distinta, el pequeño Carlos Luis, tuvo la fortuna de vivir en Malmaison; con su abuela Josefina, que le adoraba. Aunque, cuando el general se casó con María Luisa de Austria (en 1810); observando la nueva esposa el cariño que su marido tenía al pequeño, decidió enviarlo también a Holanda. Momento en que aquel que luego sería Napoleón III; conoció a su padre, el rey de Flandes.
Tras exponer la emperatriz estos tristes hechos, que siempre recordaba su marido, aseverando que desde niño sintió aquel rechazo de su progenitor. Quien no solo le aborrecía; también le humillaba. Demostrando abiertamente -frente a él- un enorme cariño por su hermano mayor; al que el padre educaba directamente y enseñaba, como sucesor de la corona holandesa. Explicó que esos problemas familiares, durante la primera infancia de aquel que luego sería Napoleón III; no solo se cernían a la mala relación matrimonial de sus padres y a las diferencias de trato entre hermanos. También se producían con la familia de París (sus abuelos); pues Luis Bonaparte, desde que fue elevado al trono por su hermano; se enfrentó a los poderes del emperador, actuando como monarca independiente y sin atender a los intereses de Francia. Una situación que terminó generando una tremenda confrontación entre los dos Bonaparte, siendo obligado el hermano menor abdicar del trono. Momento en que Luis proclamó rey a su hijo (con apenas ocho años); motivando que Napoleón se llevase a los dos niños a Francia, para que no fueran educados contra él -temiendo que un día se sublevasen-. Siendo así, como Hortensia regresó a Malmaison; y el depuesto Luis se separó de su esposa, mientras Carlos Luis, siguió siendo educado por su abuela Josefina.
Continuó Da. Eugenia narrando, que Napoleón Bonaparte cayó en 1814; siendo enviado a Elba -como todos sabemos-. En esos días, el zar y el nuevo rey de Francia (Luis XVIII) se preocuparon por Hortensia y por Josefina, permitiendo que vivieran en París, asignando una pensión y tierras a la hija (debido a que estaba divorciada y su marido no le ayudaba a mantener la prole común). Pero -como también nos había dicho- cuando Napoleón regresó a su país, durante los famosos “cien días de 1815”; Josefina había muerto y Hortensia apoyó a su padre adoptivo. Por lo que, tras Waterloo y cuando el emperador es definitivamente exiliado a Santa Elena; ella también fue desterrada, sufriendo la pérdida de todas las prebendas antes otorgadas. Marchando Hortensia a Suiza; donde compró el castillo de Arenenberg, junto al lago Constanza (para vivir con sus dos hijos). Debido a esa situación familiar, al cambio de hogares y a los sucesos políticos; los niños carecían de una formación continua y sólida -especialmente Carlos Luis-. Siendo enviados a un internado, al Sur de Alemania; donde el menor estudiaba poco y mal. Por lo que el padre, cuando fue a visitarles dos años más tarde, observó su bajo nivel académico; amenazando con solicitar la custodia, si no los educaban mejor. Tras ello, contrataron un buen preceptor, que los preparó; logrando que recuperasen el tiempo perdido. Aunque más tarde, fueron enviados a Italia; donde pasarían largas temporadas junto a su progenitor, que les educó en las artes y las letras (ya que Luis Bonaparte continuaba intentando hacerse famoso como escritor). Finalmente, el más pequeño (Carlos Luis) terminó bien sus estudios; ingresando como voluntario en el ejército de Suiza, donde obtuvo el grado de capitán.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, el padre y el tío de Eugenia de Montijo. A la izquierda, Cipriano Portocarrero de Guzmán y Palafox; conde de Teba (progenitor de la emperatriz). A la derecha, su hermano mayor, Eugenio, Conde de Montijo; pintado por Goya (obra en propiedad de la colección Frick de Nueva York, a la que agradecemos nos permita divulgarla; fuente Wikipedia). Como ya dijimos, ambos odiaban a Godoy; porque este valido los apartó de la Corte, después de morir su padre. En esos días, la madre de ambos (ya viuda) organizaba salones en su casa y se codeaba con los ilustrados más significativos. Lo que le supuso la reprobación de Godoy, quien la sometió al Tribunal de La Inquisición, por sus estudios de religiones. Desterrándola al ser juzgada como hereje, por haber traducido textos jansenistas. Ello llevó a que Eugenio organizase el Motín de Aranjuez, logrando derrocar al favorito de Carlos IV. Mientras Cipriano cultivó un gran odio hacia los Borbón; convirtiéndose en un afrancesado, luchando a favor de Napoleón. Al lado, grabado iluminado donde se representa El Motín de Aranjuez, obra de los editores alemanes Behrmann y Collmann (1813) -propiedad del Museo de la Historia de Madrid, al que agradecemos nos permita divulgarlo-. Se titula “Día 19 de Marzo de 1808 en Aranjuez. Caída y Prisión del Príncipe de la Paz”. El que más instigó a la revolución que derrocó a Godoy, fue Eugenio Palafox (conde de Montijo); entrando en aquel lugar Real, haciéndose pasar por un aldeano, de nombre “tío Pedro”. Abajo, óleo de Luis Ducis, que representa a Napoleón Bonaparte, con sus sobrinos (propiedad del Museo Castillo de Versalles, al que agradecemos nos permita divulgarlo). Tal como dice el texto, este general era muy familiar; cuidando con gran cariño a los hijos de sus hermanos. El cuadro está pintado en 1810, poco antes de que se divorciase de Josefina; y en la escena aparecen dos chicos, que debemos identificar con los de Hortensia y Luis; junto a Leticia y Luis Murat. Las otras dos niñas, serían las hijas de su hermano José. Mientras el pequeño, que sujeta en sus rodillas, se correspondería con el futuro Luis Napoleón III.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes del palacete cercano al lago Costanza, donde se exilió Hortensia; después de la caída y destierro a Santa Elena, de su padre adoptivo. Al lado, foto antigua del edificio, conocido como castillo de Arenenberg. Abajo, óleo que representa el campo y palacio de los Arenenbergs, pintado por Eugenio Brunner-Lacoste hacia 1870 (propiedad del Museo Napoleónico de Arenenberg, en Suiza; al que agradecemos nos permita divulgarlo). En esta finca vivió de niño Napoleón III, junto a su madre; estudiando muy poco y disfrutando del lago y de su campo. El padre (Luis Bonaparte) que residía en Italia, les visitaba en algunas ocasiones; por lo que observó que los pequeños carecían de preparación académica. Amenazando a Hortensia con quitarle la custodia, si no los educaba debidamente. Tras ello, fueron llevados a un internado en Baviera, donde se pusieron al día como estudiantes. Posteriormente, el que fuera Napoleón III, tuvo un importante preceptor; ingresando en la academia militar, para formar parte del ejército suizo, obteniendo pronto el grado de capitán.
Años más tarde, mientras Carlos Luis visitaba a su padre en Italia; decide participar en política, haciéndose francmasón, ingresando en los Carbonarios (junto a su hermano). Ambos, participaron en un complot, siendo descubiertos y debiendo huir de ese país; lográndolo con la ayuda de su madre. En esos días de 1831, su hermano mayor (al que llamaban Napoleón Luis) caerá enfermo de sarampión y morirá. Pocos meses después, fallece también el hijo del emperador Bonaparte y de María Luisa de Austria; conocido como Napoleón II (rey de Roma). Por lo que el vástago menor de Hortensia y Luis, es considerado el legítimo heredero de la saga imperial. Debido a ello, desde ese momento, Carlos Luis deseó entrar en política y tomar contacto con facciones bonapartistas francesas. Por lo que, logrando una identidad falsa y gracias a su madre, se traslada con ella secretamente a París (donde tenía prohibida la entrada). Allí dialogan con el rey Luis Felipe, que les permite residir tan solo una temporada, debiendo trasladarse luego a Londres; y más tarde, regresar a Suiza. De ese modo, siguieron residiendo en el lago Costanza; donde él tuvo tiempo para estudiar, escribir y promocionarse como político. Comenzando a ser conocida su figura por toda Europa. Fue entonces, cuando quien luego será Napoleón III; intenta un Golpe de Estado contra Luis Felipe (en 1836). Pronunciamiento fracasado, que llevó a cabo en Estrasburgo y por el que fue detenido (junto a sus colaboradores). Pero mientras estaba en la cárcel, la familia Bonaparte escribe al monarca francés, pidiendo el perdón (incluida su madre); reprochando la intentona de derrocamiento y solicitando su liberación. Decidiendo la Corona exiliarle, siendo deportado a Estados unidos el 21 de noviembre de 1836; momento en que la emperatriz Eugenia narraba que le vio por primera vez (tal como nos iba a contar).
Paró La Señora el relato, para beber agua, y continuó describiendo el modo en que supo que existía aquel hombre, que años más tarde sería su marido. Debido a que el comisario de policía que le detuvo, antes de enviarle hacia América; era el padre de sus amigos: Cecilia y Eduardo Delessert (con quienes jugaba a diario). Pues la madre de aquellos niños fue Valentina Laborde; íntima de la condesa de Teba (progenitora de la futura emperatriz). Por cuanto ella recordaba todo lo sucedido en ese momento, aunque tenía por entonces tan solo diez años; al suceder algo inolvidable, uno de los días en que fue a compartir la tarde con aquellos amigos. Era el 12 de noviembre de 1836 y en casa de los Delessert, le mostraron un prisionero que su padre mantenía detenido en las dependencias (muy cerca del patio donde jugaban). Ella recordaba que aquel hombre esperaba un coche, para su deportación; contándole los hijos del comisario jefe, que le iban a mandar a América, porque había intentado derrocar al rey Luis Felipe. Unos hechos que La Señora jamás pudo borrar de su memoria y que narró en su día a Napoléon III; cuando le conoció, quince años más tarde (siendo ya él, Jefe del Estado francés). Provocando gran interés aquella historia, al entonces Presidente de la II República; al ser una extraña casualidad, a la que se unió la fecha de nacimiento de Da. Eugenia. Venida al mundo el 5 de mayo de 1826; exactamente, cinco años después de la muerte de Napoleón Bonaparte. Ello, unido al hecho de que La Señora hubiera crecido y vivido en la quinta de Carabanchel; que antes fue la casa natal y familiar de Teresa Cabarrús (quien salvó a su abuela Josefina de la guillotina). Despertó enorme interés en el estadista; confiriendo un carácter cuasi mágico, a la que finalmente sería su mujer. Pues este príncipe Bonaparte, era tremendamente supersticioso; ya que había salvado su vida y logrado escapar de prisión, tras numerosos golpes de Estado y de suerte.
Quedamos asombrados ante la historia que narraba la emperatriz; pues, aunque el mundo pueda ser pequeño, no parece que llegue a serlo tanto, como para que ambos cónyuges se conocieran en 1836. Cuando él iba a ser deportado a Estados Unidos; detenido por el padre de los niños con los que ella jugaba a diario. Durante un tiempo en que Da. Eugenia tenía solo diez años y mientras la familia Montijo, se afincaba en París. Tras la muerte de su tío Eugenio y cuando pudo trasladarse a Francia su progenitor -el conde de Teba y Montijo-. Pese a ello, al redactar estas memorias; repasé las fechas que La Señora nos dio, sobre su infancia y los viajes. Debiendo significar que este encuentro, fechado en 1836; sucedería en los días en que los Montijo volvieron de Bristol (en verano de ese año). No en 1838, tal como nos había dicho antes; cuando contó que tras el atentado que sufrió el rey Luis Felipe (en 1835); sus padres decidieron llevarlas a vivir a Bristol, temiendo que Francia entrase de nuevo en una etapa revolucionaria. Residiendo en Inglaterra todos, durante dos años; por cuanto, en noviembre de 1836 no podrían estar en París. A menos que hubieran vuelto durante el siguiente curso a la capital francesa. Todo lo que pudo tratarse de un pequeño error, ya que la emperatriz hablaba de memoria; y cualquier persona confunde fechas al relatar el pasado (sobre todo, cuando son de infancia). Por cuanto, deberíamos pensar, que la familia Montijo abandonó Francia tras los dos atentados que sufrió el rey, en 1936 (no después del que perpetraron en 1835). Sucediendo el primero, en el mes de junio y el segundo en diciembre, Por lo que el viaje a Bristol, deberíamos fecharlo en el curso de 1836; residiendo en Inglaterra, hasta el verano de 1838.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, como capitán del ejército de Suiza, con unos veinticinco años. Al lado, el primer golpe de Estado de Luis Napoleón, realizado en 1836; consistió en un breve pronunciamiento contra Luis Felipe, llevado a cabo en Estrasburgo. Fue detenido y su familia intercedió a su favor; pidiendo perdón al rey para que le aplicasen una pena leve (como el destierro). Al tener tan solo veintiocho años y ante las rogativas llegadas al monarca, desde los Napoleón (tildando de loco al chico que se había sublevado); finalmente es condenado al exilio en Estados Unidos. Durante su detención en París, mientras lo embarcaban para América; aseveraba la emperatriz Eugenia que lo había visto por vez primera. Ella, por entonces tenía solo diez años y jugaba a diario con los hijos del comisario general de la capital francesa; quienes vivían junto a las dependencias policiales. Por lo que esos amigos le enseñaron el insigne preso, sobrino de Napoleón Bonaparte; antes de ser deportado al otro lado del Atlántico. Abajo, grabado donde se recoge uno de los tres Golpes de Estado que perpetró Napoleón III. Dos iban dirigidos contra Luis Felipe; y el último, a derribar su propio sistema de gobierno. El primero fue llevado a cabo en 1836 y en Estrasburgo. El segundo, lo planeó en Inglaterra y se trató de un intento de desembarco (realizado en 1840); por el que fue condenado a Cadena Perpetua. El último, es un extraño pronunciamiento contra sí mismo; llevado a cabo con éxito, cuando era Presidente de la II República, logrando así convertirse en emperador (a finales de 1852).
Siguió narrando Da. Eugenia, como el detenido Luis Napoleón, tuvo que navegar meses en el barco que le llevaba al exilio; llegando en marzo de 1837 a Estados Unidos. Donde pronto recibió la noticia de que su madre estaba muy grave. Regresando a Suiza, en cuanto le fue posible; pese a su confinamiento obligatorio en tierras americanas. Considerando algunos, que logró llegar a tiempo para verla viva; aunque él afirmaba que arribó junto a su progenitora, cuando ya había fallecido. Tras la muerte de Hortensia, heredó una gran fortuna; pero llegó a Francia la noticia de que estaba en Europa. Por lo que el rey Luis Felipe pidió su extradición, para encarcelarlo. No logrando que el gobierno suizo entregase al príncipe; se produjo un grave incidente diplomático, que nuevamente dio fama al heredero de la casa Bonaparte. Quien, finalmente deberá abandonar el país helvético; para marchar secretamente a Inglaterra. Residiendo allí desde 1838, tramando nuevos complots contra el monarca francés. Liderando en Reino Unido un grupo de partidarios, e invirtiendo parte de su herencia en comprar armas. De ese modo, organiza una pequeña Compañía que le apoyaba, dirigiéndose con ellos en barco a Francia; pretendiendo un nuevo Golpe de Estado. Alcanzando las costas galas, junto a esos fieles acólitos; a mediados de 1840. Aunque, debido a que no sumaban más de setenta y apenas tenían armamento adecuado; fueron rápidamente interceptados y detenidos. Siendo condenado Luis Napoléon a Cadena Perpetua; ingresando en el castillo de Ham, de donde logrará escapar seis años más tarde. Durante su encarcelamiento, se dedicó a estudiar, a escribir y leer; publicando numerosas obras sobre política, que le catapultaron a la fama. En la prisión fue bien atendido, disponiendo de una celda amplia, donde no le faltaban comodidades. Allí le cuidó una criada muy bella, a la que dejó embarazada en dos ocasiones. Naciendo de esta relación dos niños, que fueron llamados Eugenio y Alejandro Bure; venidos al mundo en 1843 y 1845 (respectivamente). Por lo que el preso, se esmeró en educar, enseñar a escribir y culturizar, a la madre de sus hijos (Eleonora Vergeot). Quien, finalmente es retirada a París, para evitar el escándalo; al no ser tolerable que un preso tuviera asistencia femenina y procrease en la cárcel.
Tras ello y al relevar aquella sirvienta de la prisión de Ham; parece que numerosas mujeres seguían frecuentando su celda. Visitantes y admiradoras, entre las que se encontraba Eleonora Gordon. A quien conoció Da. Eugenia, en 1845; mientras descansaban ambas en un balneario de los Pirineos. Donde la futura emperatriz, todavía muy joven; se reponía de sus desengaños amorosos. Años más tarde y cuando ya era novia de Napoleón III; supo que esta famosa artista llamada Gordon, le proporcionó gran ayuda a él, en su primera intentona de Golpe de Estado. Organizando con ella, el pronunciamiento de Estrasburgo; donde la bella Missis Gordon tuvo un papel muy relevante. Al ser amante desde 1835 del general Vaudrey y del sobrino de Napoleón; con los que instigó esa intentona de derrocar a Luis Felipe. Tras haberse casado en 1831, con el caballero inglés Sin Gordon Archer; del que tomó el nombre (siendo conocida antes, como la soprano Éléonore-Marie Brault). Deseando destacar la emperatriz, que aunque esa “novia” fue una gran ayuda para llevar a cabo la sublevación de Estrasburgo; él no estaba enamorado. Pues tras el fracaso y el exilio de Luis Napoleón; se supo que en esos años quedó prendado de otra mujer, con la que deseaba casarse. Refiriéndose a una prima, llamada Matilde Bonaparte, hija de Jerónim; el hermano menor del emperador, al que le dieron el trono de Westfalia. Tras crear el general ese reino, en 1808 y donde Jerónimo gobernaría hasta 1813 (siendo derrocado después de las derrotas de los franceses en Rusia). Por cuanto, aquella prima que en 1836 tenía tan solo dieciséis años; fue la primera mujer con la que el futuro Napoleón III deseó unirse en matrimonio. Aunque su padre y exrey de Westfalia; se negó a la boda, después del fallido pronunciamiento de 1836. Tras expresar públicamente, que su sobrino era una vergüenza para la familia. Habiendo escrito Jerónimo, al propio Luis Felipe; rogando disculpas y manifestando que aquel golpista, no era digno del apellido, ni del nombre que llevaba.
Según narraba Da. Eugenia, parece ser que el veto para casarse con Matilde, fue una de las consecuencias que más dolió a Luis Napoleón; en su desafortunada rebelión. Sin haberle importado demasiado la detención y expulsión a Estados Unidos. Estando largo tiempo afligido, al conocer la decisión del tío Jerónimo; que le prohibió mantener relación alguna con su hija. Mencionando la emperatriz, que el paralelo destino en la vida de su marido y en la suya; de nuevo apareció en las casualidades. Pues el hermano pequeño de esta Matilde, coloquialmente conocido como “Plon-Plon”; fue uno de los pretendientes que tuvo la emperatriz, durante su juventud. Al que conoció, cuando le enviaron a Madrid, en calidad de parlamentario; mientras relevaban como embajador de Francia, a Fernando Lesseps (un primo de Da, Manuela -la madre de la emperatriz-). Quien les presentó a ese príncipe Napoleón, en la delegación española -hacia 1847-; días en que Plon-Plon frecuentó las fiestas del palacio de Ariza y las de Carabanchel. Donde parece que propuso matrimonio a Da. Eugenia; aunque a ella muy poco le gustó aquel hijo menor de Jerónimo Bonaparte. Un joven gordito, desaliñado y de mal carácter; llamado coloquialmente “Plon-Plon”. Mote que le puso su madre, como diminutivo de Napoleón; pero con el que todos le nombraron cuando mostró muy poco valor en batalla. Pues su temor a las balas; hizo que le llamasen “plomb-plomb”, recordando su miedo al plomo. Todo ello, se unía a un aspecto “flácido” y poco elegante; lo que junto a sus ideas radicales sobre el clero, la Sociedad, la economía y la religión. Le convertían en un ser viscoso e inatractivo para la joven Da. Eugenia. Pese a lo que aquel hijo del exrey de Westfalia, no dudó en intentar el noviazgo varias veces; primero en España y más tarde, cuando Da. Eugenia se trasladó a Francia. Recibiendo continuas negativas, lo que le convirtió en un gran enemigo de La Señora. Sobre todo, después de que ella se casara con Luis Napoleón III; del que aquel Plon-Plon era consejero (como miembro de la familia). Por cuanto, uno de los mayores detractores de la emperatriz fue el referido pretendiente despechado; famoso anticlerical, de amargo carácter y muy unido a personas del socialismo más radical. Manteniendo relación escrita con Marx y Engels, quienes llamaban a la dinastía Bonaparte: Los Plomplonitas.
Pero, no terminaron aquí las casualidades y las vidas paralelas, entre Luis Napoleón y la que luego sería emperatriz. Pues -como dijimos- ella coincidió con la famosa Sra. Gordon hacia 1845, en un balneario de los Pirineos. Donde la llevó su madre, al observar que sufría de melancolía extrema y con tan solo dieciocho años; por los desencantos amorosos sufridos en España (principalmente con el marqués de Alcañices). Recordando Da. Eugenia, que aquella artista le propuso conocer al príncipe Bonaparte, encerrado en la prisión de Ham. Aseverando que le visitaba, tan solo para llevar libros y charlar de política con él. Sin saber la futura emperatriz, que Missis Gordon era una amante de Luis Napoleón, desde sus años mozos. Actuando ya en el Golpe de Estrasburgo, como agente y espía de la facción bonapartista; trabajo que seguía realizando y le proporcionó una merecida mala fama. Teniendo el infortunio, Da. Eugenia, de haber hablado sobre esta mujer con Luis Napoleón; durante su primer encuentro. Advirtiendo al conocerle, que era amiga de la Sra. Gordon; sin ser verdad y tan solo para presumir. Lo que provocó que el príncipe confundiera a la joven condesa de Teba, con una mujer de “vida alegre”. Por lo que, muy pronto, quiso volver a verla, citándola junto a su madre. Quienes recibieron la invitación, con gran alegría; esperando ir a las Tullerías. Pero fueron conducidas hasta un parque, donde -en una pequeña casita- estaba el entonces Presidente de la República, junto a uno de sus más importantes ministros (Félix Baciocchi, pariente de los Bonaparte). Ya que ambos, habían pensado que podrían disponer de los “servicios” de aquellas damas; debido a la primera referencia dada por la hija, al comentar su amistad con la Sra. Gordon. Pero, pronto se dieron cuenta de su equívoco; provocando aquel error, el desmayo de Da. Eugenia y una gran diversión en Luis Napoleón. Quien, a partir de entonces, comenzó a tratar con la joven condesa de Teba; sabiendo que era una ingenua aristócrata española. Que desconocía todos los pormenores de la Corte y del largo historial de amantes, que él había tenido.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes de la familia de Jerónimo Bonaparte; hermano menor de Napoléon, al que el emperador convirtió en rey de Westfalia (desde 1808 a 1813). Arriba, el tercer hijo de Jerónimo, llamado Jose Carlos Napoleón, príncipe de Bonaparte. Fue conocido como “Plon-Plon” y famoso por su difícil carácter, a la vez que por su radicalismo. Entabló amistad con personajes como Marx y Engels, mientras aborrecía las ideas conservadoras y a la Iglesia Católica. Sus malas formas, le hicieron ser postergado en el mundo de la diplomacia y en la Alta Sociedad; sin ganarse siquiera el respeto de su propia familia. Se enamoró de Eugenia de Montijo; a la que cortejó de joven, recibiendo la negativa de la española. Tras lo que se convirtió en uno de sus grandes enemigos, promoviendo el odio hacia la emperatriz cuando esta se casó con Napoleón III (primo de Plon-Plon). Ya mayor, contrajo matrimonio de conveniencia con la hermana del rey italiano Víctor Manuel de Saboya. Enlace del que nació Víctor, que finalmente quedaría como heredero de la saga Bonaparte (al morir su primo, Eugenio Luis -Napoleón IV-). Pues tras el fallecimiento del unigénito nacido de Eugenia y Napoleón III; el testamento ordenaba que Víctor Bonaparte y Saboya tomase su puesto en la familia -si él no dejaba descendientes-. De ese modo, pasó el testigo al hijo de Plon-Plon; quedando el padre en un segundo plano; entrando el progenitor en pugna con su primogénito. Iniciando un triste espectáculo social, de los muchos que perpetró este individuo, que tanto daño se propuso hacer a Eugenia de Montijo (tal solo, por despecho). Al lado, Jerónimo Bonaparte, hermano menor del emperador Napoleón I; para quien crearon el reino y trono de Westfalia, que ocupó durante unos cinco años. Era el único de los Bonaparte -de primera generación- que se mantuvo en vida, durante el gobierno y reinado de Napoleón III (desde 1848 a 1970). Por lo que participaba en todos los eventos de la Corte parisina; donde tristemente, tenía un relevante protagonismo. Decimos “tristemente”, porque no era persona inteligente, ni menos culta o simpática; tal como ocurría con su hijo Plon-Plon.
Abajo, Matilde Bonaparte, hija de Jerónimo -ex rey de Westfalia-; de la que se enamoró su primo Luis Napoleón, en 1836; cuando ella tan solo tenía dieciséis años. Fue en esos días cuando el joven militar dio su primer Golpe de Estado; terminando en la cárcel y luego condenado a destierro. Tras el fallido pronunciamiento, el padre de la pretendida, escribió al rey Luis Felipe; aseverando que su sobrino era un loco y jamás le dejaría acercarse a su hija. Lo que provocó una enorme tristeza en el sublevado (muy enamorado de ella); que debía vivir de por vida, exiliado en Norte América. Aunque, Luis Napoleón regresó a Suiza al año siguiente; cuando Hortensia -su madre- estaba agonizando. Marchando más tarde a Inglaterra, donde prepararía un nuevo Golpe de Estado, perpetrado en 1840; que le valió la Cadena Perpetua. Pudiendo escapar de prisión en 1846, huyendo de nuevo a Reino Unido, donde colaboró para derrocar a Luis Felipe de Orleans. Logrando los detractores del rey, que se proclamase finalmente la II República, en 1848; de la que Luis Napoleón fue Presidente. Pasando a ser emperador de los franceses, en 1852; casándose unos meses más tarde con “la española” (como la llamaban). Tras el matrimonio entre Eugenia de Montijo y Napoleón III; ella tomó una actitud de gran inteligencia. Nombrando a Matilde Bonaparte, una de sus damas principales; manteniendo amistad y confianza con esta prima de su marido. Lo que le permitió el control y buen gobierno de la familia; donde la hija de Jerónimo y su marido, cumplían una importante función de coordinación y mando.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: En la Quinta Miranda, que la emperatriz heredó de sus padres; había numerosas fuentes. Entre ellas, destacaba una pequeña, situada en un lugar alejado de la casa; tal como la dispuso Mérimée, a mediados del siglo XIX. Ya que los exteriores de esa villa, habían sido decorados por el creador de Carmen; que colocó un pequeño surtidor de agua, en un jardincito recóndito y bastante retirado. En ese lugar, se conservaba la historia de que se había declarado Napoleón III a Eugenia de Montijo. Un hecho, que resulta históricamente imposible; ya que el emperador comenzó a interesarse por la condesa española, después de 1849 y en París. Prometiéndose en matrimonio con ella, en la capital francesa y pocos meses antes de la boda; que se celebró en enero de 1853. Por cuanto, resulta anacrónico el recuerdo de que en esa pequeña fuente de la villa de Carabanchel, se declaró Napoleón a la emperatriz Eugenia. Una historia, que finalmente se interpretó correctamente. Deduciendo que fue Plon-plon, el que la cortejó allí; en una zona apartada del jardín de Villa Miranda. Cuando este primo de Napoleón III fue enviado a España, a la delegación francesa; mientras Fernando Lesseps vivía en Madrid -o es relevado de su cargo-. Viniendo Plon-Plon a nuestra capital, cuando ese tío de Eugenia de Montijo, fue nombrado embajador; o bien tras ser cesado Lesseps como representante (en 1848). Por lo que sabemos, que el referido primo de Napoleón III, frecuentó las fiestas de las Montijo; en el palacio de Ariza (su casa de Madrid por entonces) y en la Quinta de Miranda. Siendo un hecho comentado, que se enamoró de Eugenia; a la que cortejó de manera insistente. Lo que obligó a la joven, rechazarlo de un modo muy tajante. Situación que debió producirse en los jardines de esa villa de Carabanchel (donde era fácil quedarse a solas); en el rincón apartado en el que estaba ese pequeño surtidor de agua, conocido como: La fuente romántica, o de Napoleón. Al lado, aquella fuentecita, se hallaba en la zona de la quinta, que la emperatriz donó a Nicolás Santafé, a comienzos del siglo XX. Casa y jardines, que posteriormente heredó el único hijo que permaneció vivo tras la Guerra Civil (Martín Santafé); tras fallecer Nicolás, en 1928. Finalmente, la fuente fue regalada a Ma. Teresa Santafé (una de las sobrinas de Martín); cuando en los años setenta se vendieron los terrenos y la villa. En la imagen, mi madre (Ma. Teresa) junto a la fuente, el día de su Puesta de Largo; con unos dieciocho años (hacia 1942). En la foto, podemos apreciar el lamentable estado en que habían quedado los jardines de Mérimée, tras la Guerra Civil. Cuando las tropas republicanas ocuparon Villa Miranda, para utilizarla como cuartel; quemando gran parte de su interior y destruyendo los exteriores. Abajo, estado original de la fuente romántica (o de Napoléon) en Quinta Miranda; imagen tomada hacia 1930, donde podemos ver algunos nietos de Nicolás Santafé (los niños: Gonzalo, Angel Ma., Teresa y Charo, de Villa Santafé). En ella, se observa el estado que todavía conservaban los jardines (antes de la guerra); decorados por Mérimée a modo romántico. Dando un aspecto de casa romana al lugar; usando capiteles procedentes de palacios de los Montijo. Debido a que este literato y experto en monumentos, era arqueólogo y excavó la domus que había en los terrenos de esta quinta de Carabanchel.
Llegado este momento, dijo la emperatriz que necesitaba realizar un inciso; pues iba a tratar de un tema delicado. Debiendo relatar numerosos hechos de su vida y de su marido; que muchas veces se habían explicado mal (o escondido). Expresando, que cuando se casó -en enero de 1853- conocía perfectamente que su futuro esposo guardaba un largo pasado sentimental; al ser casi veinte años mayor que ella. Sabiendo que él había tenido antes del matrimonio infinidad de amantes, incluso hijos. Dos chicos, con los que Da. Eugenia mantuvo una relación familiar perfecta; tratándolos con cariño y promoviendo que quisieran a su hermano menor, Eugenio Luis (nacido de ella y el emperador). Pese a todo, antes y después de la boda, Napoleón III no había dejado de tener relaciones con otras mujeres; lo que siempre supo y tuvo que aceptar. Debiendo cargar con la responsabilidad de haberse unido a un hombre, con ese defecto; que le disculpaba, al ser enormemente cariñoso, bueno y generoso. Gozando su marido de virtudes maravillosas; entre las que contaba guardar un enorme respeto intelectual y personal por ella; oyendo y hasta obedeciendo, las opiniones de su mujer. Además de pedirle perdón continuamente, por sus “devaneos”; actuando con gran amor hacia todos los familiares y amigos. Pese a lo que, el emperador, no podía dejar de mantener aquellas aventuras, que a veces la avergonzaban; al no ocultarlas. Llegando presumir de sus conquistas, cuando se fue haciendo mayor y necesitaba reafirmar su virilidad (pues tenía una grave enfermedad renal, que le impedía llevar una vida normal, en numerosas ocasiones). De ese modo -narraba la infeliz emperatriz- que su fallecido esposo, mantuvo numerosas relaciones; pero muchas fueron solo una demostración social de su genesia. Siendo verdaderamente importantes y fruto del amor, aquellas que se produjeron antes de casarse. Entre las que destacaban tres (al menos); dos de las que ya nos había hablado. La primera, el intermitente idilio que mantuvo con esa mujer llamada Gordon, que le ayudó a preparar su pronunciamiento de 1836. Aunque en por entonces, Luis Napoleón estaba realmente enamorado de su prima Matilde.
Pudiendo considerarse tan solo un verdadero romance, el que floreció años más tarde; en 1840, cuando fue encarcelado en el castillo de Ham. Entablando allí una relación con su sirvienta de la prisión; una bellísima mujer, llamada Eléonore Vergeot con la que tuvo dos hijos. Siendo enviada a París, al final de sus embarazos, para ocultar los hechos; dando a luz en esa ciudad a los niños. Intentando así evitar el escándalo de un encarcelado, que tenía descendencia en prisión. Debiendo dejar ella después, a los recién nacidos, en la capital francesa; al cuidado de una persona encargada para su crianza. Dos hijos, que nunca fueron reconocidos por el padre verdadero; quien les asignó una pensión vitalicia y siempre cuidó de ellos, para que nada les faltase. El mayor, nació en 1843 y con el paso de los años, le dieron por nombre Eugenio Bure. Cuando la madre se casó con Pierre Burre; hombre de confianza y hermano de leche, de Luis Napoleón. Actuando Bure como administrador del futuro emperador, mientras estaba en la cárcel; ya que entre ambos existía una gran amistad. Convirtiéndose finalmente Pierre, en amante de la bella sirvienta; cuando escapa el príncipe Bonaparte de la prisión de Ham (en 1846). Casándose más tarde con ella, en París; adoptando a los dos niños concebidos en el castillo, por su hermano de leche y mientras la madre le servía. Teniendo Pierre un hijo más con la bellísima Eleonora, que fue incorporado a la “gran familia”; siendo tratado como un igual por todos los descendientes de Napoleón III (incluido Eugenio Luis, que siempre contó con esos tres hermanos postizos).
Destacó La Señora; que para colmo, su marido tuvo dos vástagos con el mismo nombre: Eugenio Bure -nacido mientras estaba en prisión- y Eugenio Luis, que vino al mundo como heredero del Segundo Imperio. El primero y fruto de su relación con Eleonora; fue nombrado finalmente conde de Orx, por su padre biológico. Quien se encargó en proporcionarle una esmerada educación, logrando que ingresase en el cuerpo diplomático. Pero como “de casta le viene al galgo” -según decía la emperatriz-; cuando fue destinado a la legación de San Petersburgo, raptó a una actriz de la que se enamoró. Provocando un enorme escándalo, porque aquella joven era la amante del embajador francés en Rusia. Debido a ese extraño idilio, fue relegado en su mandato y enviado a puestos de menor importancia; hasta lograr que su caso fuera olvidado (con el paso del tiempo). Debido a su extraña vida, discutía de continuo con su progenitor; al que siempre pedía más dinero, pese a la gran pensión vitalicia que le había asignado. Por lo que en 1870, se enroló en la guerra franco prusiana; intentando que Napoleón III le aumentase esa asignación (pero sin lograrlo, tras la derrota francesa). Por su parte, el segundo hijo nacido de esa relación mantenida en la prisión de Ham; fue llamado Alejandro y llevó el mismo apellido, al ser también adoptado por Bure (cuando su madre se casó con el hermano de leche de Luis Napoleón). Este otro, tuvo una vida más arriesgada; al viajar hasta México para intervenir en la conquista francesa de la nación hispana. Cuando Napoleón III y Da. Eugenia, decidieron apoyar la coronación de Maximiliano de Austria, en el antiguo país azteca. Enviando tropas, entre las que se encontraba alistado el hijo ilegítimo de Luis Napoleón; logrando finalmente entronizar al aliado de Francia (Maximiliano, hermano de Francisco José). Aunque, tras la caída y fusilamiento del joven emperador de México, Alejandro Bure vivió años arruinado y ocultando su identidad, en la tierra de Benito Juárez (que ejecutó sin piedad al austriaco y sus partidarios). Regresando a su país natal, tras lograr que su suegra mexicana no acabase con él; donde ocupó diversos cargos, siendo nombrado conde de Labenne, por su padre biológico (en 1870).
Siguió narrando Da. Eugenia, los amoríos importantes de juventud que mantuvo su marido. Contando como, tras escapar del castillo de Ham, huyó a Inglaterra; donde estableció contacto con otra mujer, que se enamoró de él. En este caso, era una famosa y rica actriz, conocida como Harriet Howard (de joven llamada Elizabeth Ann Haryett). Una persona de enorme valor e inteligencia; hija de un camarero de Brighton (que vivía en el número 22 de Hanover Crescent) y decidió fugarse de su casa con solo quince años, para vivir un romance con su novio. Por lo que, al escapar junto a ese afamado caballista; se cambió el nombre, para no ser encontrada por su padre. Pasando a llamarse Harriet Howard; intentando triunfar como actriz con este apelativo. Dos años más tarde, se unió sentimentalmente a otro jinete; en este caso, un rico militar con el que tuvo un hijo. Recibiendo la Howard y el recién nacido, una gran fortuna como legado y pensión, de aquel padre que no podía contraer matrimonio con ella. Siendo en esos días, cuando una amiga de Lord Byron le presentó a Luis Napoleón; que acababa de escapar de prisión (en Francia). Momento en que la actriz se enamoró de él, pasando pronto a vivir juntos y a patrocinar ella las aventuras políticas del Bonaparte. En ese tiempo, el príncipe francés había acogido en su casa de Londres a los niños concebidos en la cárcel de Ham (Eugenio y Alejandro). Que fueron criados junto al hijo de la Howard, quien actuó como una segunda madre con ellos. Dos años estuvo la actriz pagando las intrigas y los movimientos sociales, que apoyaban la candidatura de Luis Napoleón; hasta que en 1848, este fue elegido Presidente de la II República francesa. Momento en que se trasladaron todos a París, para vivir unidos y felices; junto a aquel que había logrado proclamarse Jefe del Estado galo.
Pese a ello, la familia Bonaparte odiaba a la inglesa; obligando que se mantuviera su existencia en secreto y relegándola, como una amante, sin cumplimentar funciones Sociales. Actuando por entonces como primera dama, la famosa prima Matilde (hija de Jerónimo, el exrey de Westfalia); con la que Luis Napoleón había mantenido un noviazgo, aunque ella estaba casada desde hacía tiempo. Todo lo que llevó al deseo de la Howard por crear una nueva situación política, que la liberase de su segundo plano. Convenciendo al Presidente de la República que debía fundar un imperio (como su tío Bonaparte); patrocinando y promocionando ella el último Pronunciamiento de su amante. De ese modo y con el apoyo de los suyos; Luis Napoleón decide proclamar el Segundo Imperio, cuando iba a terminar su mandato como Jefe de Estado. Tras convocar un referendum que fue ganado por una abrumadora mayoría de votos (más del 96%); subiendo al trono como Napoleón III a finales de 1852. Aunque tras esa coronación, hubieron de buscar una esposa al emperador, para que le diera un heredero. Lo que obligó a mantener fuera de la Corte a la Howard; que fue nombrada condesa de Beauregard, recibiendo el castillo de ese señorío y condado (pese a lo que no cesó su relación con el emperador y amante). Aunque ella, decidió casarse con un caballista inglés, al conocer que Da. Eugenia prohibía a su marido verla. Acabando su idilio con Napoleón III, tras esa boda de la Howard (quizás por despecho); situación por la que los hijos comenzaron a aborrecerla. Tanto su vástago biológico, como aquellos que ella había criado; nacidos de la relación entre su marido y la sirvienta de la cárcel. Pasando a acercarse todos los jóvenes al emperador, a su madre biológica y a Da. Eugenia. Con la que conservaron una buena relación; manifestando La Señora que siempre les guardó un enorme cariño. Pretendiendo que estuvieran unidos a su hermanastro, Eugenio Luis; su primogénito y heredero de la saga Bonaparte. Promoviendo, que finalmente los tres fueran nombrados condes, cuando cayó el Segundo Imperio (en 1870). Por todo ello, terminó diciendo; que se había casado con un hombre al que amaba, pero al que debía respetar su vida anterior. Conteniendo aquel pasado de Luis Napoleón; hechos y personas tan importantes, como su amante Eléonore Vergeot (de la que nacieron Eugenio y Alejandro). O la Howard, que promovió el ascenso de Napoleón III a la cima y cuidó maravillosamente de sus dos hijos naturales (durante la infancia).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes relacionadas con los primeros Golpes de Estado, perpetrados por Luis Napoleón. Arriba, grabado intitulado “Luis Napoleón, realizando un experimento físico en la prisión de Ham”; del dibujante Félix Philippoteaux, publicada en “Histoire politique, anecdotique et populaire de Napoléon III, empereur des Français, et de la dinastie napoléonienne” (Volumen 2) PARÍS 1853. Representa al futuro emperador, encarcelado en el castillo de Ham, donde permaneció preso desde 1840 a 1846; estudiando política y ciencias. Al lado, firma de Eleonora Gordon; amante y agente de Luis Napoleón, al que ayudó a preparar su pronunciamiento de 1836 (fracasado en Estrasburgo). Más tarde, la Sra. Gordon, continuará manteniendo relación con el sobrino de Bonaparte; tras su destierro a Estados Unidos y su posterior huida a Inglaterra. Donde preparó un segundo intento para derrocar a Luis Felipe, con la ayuda de los “napoleonistas”; entre los que actuaba como enlace, esta Sra. Gordon. Después del nuevo fracaso y encarcelamiento del sublevado; volvió a visitarle la Gordon en el castillo de Ham; cuando Luis Napoleón fue apartado de su amante y sirvienta (con la que tuvo dos hijos). De ese modo, Eleonora Gordon, mantenía una relación sentimental; además de actuar como agente para la coordinación de sus partidarios. Quien -casualmente- conoció en un balneario a una joven Eugenia de Montijo; a la que propuso ir hasta el castillo, donde permanecía preso el príncipe. Al conocer que la familia de la española, seguía la facción de los Napoleón y pretendía que volvieran al poder. Abajo, otro grabado que representa el Golpe de Estado de 1840, llevado a cabo por Luis Napoleón. Obra de Ludwig Burger, publicada en la “Historia Universal del Pueblo” de O. Covin; en 1884.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, fotografía de la bellísima Harriet Howard; amante de Luis Napoleón, desde 1846; cuando él escapa del castillo de Ham y puede refugiarse en Inglaterra. Donde entabla una relación sentimental con ella, viviendo unidos y junto a los hijos de ambos. Cuidando la Howard de los niños que el sublevado había concebido en prisión (con su sirvienta y enamorada); quienes pasaron a ser hermanos del que ella aportaba a la pareja -nacido de un noviazgo anterior-. Por su parte, la actriz inglesa, gastó gran parte de su fortuna para financiar los proyectos políticos del sobrino de Bonaparte; logrando que este llegase a Presidente de la II República. Tras lo que todos marcharon a vivir en París; donde la Howard fue mal recibida, especialmente por la dinastía de los Napoleón. Aunque continuará la relación entre ambos; apoyando la amante al Jefe del Estado, para que se pronunciara contra el sistema de la II República y proclamase el Segundo Imperio. Momento en que la Corte decide que el nuevo emperador ha de dejarla y buscar una mujer, que le proporcione un heredero. Abajo, dibujo de la preciosa Eleonora Vergeot, desarrollado por mí. De su relación en la cárcel de Ham con Luis Napoleón, nacieron Eugenio y Alejandro Bure. Más tarde, cuando el preso logró fugarse a Inglaterra; la Vergeot se hizo amante de Pierre Bure -hermano de leche de Luis Napoleón- con el que se casó y tuvo otro niño.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: los dos hermanos Bure Al lado, Alejandro, el menor de los hijos del futuro emperador y de Eleonora Vergeot. Abajo, Eugenio Bure; el mayor de los niños concebidos en la prisión de Ham (nacido en 1843). Como hemos dicho; ambos fueron adoptados por Pierre Bure, administrador y hombre de mayor confianza, de Luis Napoleón. Que se casó con la madre de estos, al ser expulsada Eleonora de Ham, unión de la que nace otro hijo. Aunque, al escapar el Bonaparte de la cárcel, tras su huida a Inglaterra. Pidió al amigo Bure que le enviase los dos chicos a Londres, para criarlos en la Alta Sociedad británica. Siendo así como se criaron junto a la Howard y el hijo de ella; conformando más tarde, una “gran familia”. A la que se sumó el vástago que tuvo Bure con su esposa (Eleonora Vergeot) y el posterior hijo de Napoleón III, nacido de Eugenia de Montijo.
N) Brunch en el palacio de los Ulloa:
Mientras hablaba la emperatriz; entraron los asistentes que viajaban con ella, dando aviso de que los encargados de cocina, habían preparado el brunch. Un almuerzo inglés, que se serviría a las once, en el patio del palacio y bajo la columnata. Paró su narración La Señora, comentando que se retiraba unos minutos a su habitación, para asearse y vestirse de medio día; con el fin de presidir el refrigerio. Salimos a las arcadas exteriores y allí habían dispuesto todo, bajo los porches del edificio; en unas preciosas mesas decoradas con flores del pasillo de columnas. El día volvía a ser soleado y la imagen de aquellas viandas, entre vegetales, en un claustro renacentista; recordaba a los mejores bodegones barrocos. Al poco tiempo, llegó Da. Eugenia, con otro vestido negro; en este caso de crinolina trasera, que entusiasmó a las mujeres. Lucía un collar de perlas grises y un traje con falda muy plisada, de gran volumen posterior; con polisón y silueta bien estructurada. Vimos como bajaba las magníficas escaleras del palacio, así ataviada; y pese a su edad, parecía una diosa. Se acercó hasta nosotros, andando como las aves en primavera; y tras mostrarse en todo su esplendor, pasó a ocupar el lugar presidencial. Después, alabó el buen gusto de nuestros anfitriones; destacando la belleza de las mesas, plenas de flores y el gran colorido de los platos, presentando un riquísimo menú. Comentó que el lugar era idílico; pudiendo decirse que se trataba del primer brunch inglés, servido en un patio renacentista castellano.
Se inició el almuerzo y al poco tiempo ella me hizo una señal, que pronto entendí; refiriendo que debía tener a mano mi cuaderno de notas. Lo que suponía que muy pronto comenzaría a hablar sobre temas, que deseaba, fueran recordados. De ese modo, recogí mi almanaque -rogando disculpas por levantarme de la mesa-; regresando al patio con pluma y papel, para tomar apuntes. Siendo así, como La Señora volvió a dirigirse a los presentes; comentando que en ese bello entorno, nos quería hablar de algo muy personal, pero también muy bonito y alegre. Iniciando de nuevo su disertación, recordando lo elegante y atractivo que era su esposo; el emperador de los franceses. Manifestando que tenía los ojos grises azulados, un pelo rubio color oro y un bigote canoso, castaño y dorado (al igual que las cejas). Su mentón se veía muy pronunciado; y la pequeña boca -perfectamente recta- se completaba con unos labios gruesos. Era alto de talla y con hombros muy anchos. Su tez, pese a ser muy blanca; se percibía cristalina, sin arrugas, ni manchas. Las manos, las conservaba preciosas hasta sus últimos días; y aunque toscas por el uso de las riendas y la espada, su exterior era tan fino como las de una mujer. Por lo demás, Luis Napoleón, fue un hombre de enorme elegancia; al que le gustaba lucir uniformes y trajes de gala; sin presentarse jamás de forma desaliñada frente a nadie (siquiera en familia). Todo ello, le convertía en un galán de enorme atractivo; lo que hizo inevitable que tuviera infinidad de enamoradas y amantes.
Después de estas palabras, continuó narrando la emperatriz; que aquel aspecto de dios del Olimpo francés, le convirtió en el mayor conquistador de féminas de su época. Lo que a su esposo no le incomodaba, pues si había algo que le gustaba, era la belleza femenina; y si estaba interesado en un hecho, ese fue levantar pasiones entre las mujeres. Debido a lo que Próspero Mérimée escribió sobre ese Bonaparte (en sus años mozos): “Tiene el defecto de ser más aficionado a las enaguas, de lo que corresponde a un joven de su edad”. Pese a lo que él aseveraba que las féminas le atacaban y a veces no podía defenderse, cayendo cautivo de sus cazadoras. Aunque, a la única que no logró seducir, ni conseguir del todo; fue a Da. Eugenia. Lo que le hizo quedar prendado de esa joven, que le exigió casarse si deseaba tenerla. Tras estas palabras, la emperatriz sonrió; mostrando en su gesto, un gran orgullo por su pasado y por el modo en que conquistó a su marido. Luego apostilló, que su gran inexperiencia, pese a haberse casado con veintiséis años; hizo que su esposo buscase en otras, lo que ella nunca supo darle. Un hecho que le perdonaba, pues sabía que la había querido y respetado; porque para él, las amantes era como coleccionar amigos. Algo así como cambiar de menú, para los que disfrutan con la gastronomía; que necesitan comer bien en casa y probar buenos manjares fuera del hogar.
Tras estas palabras cargadas de ironía; comenzó a relatar que entre sus amadas, estaban las antes referidas: Matilde Bonaparte, Eleonora Gordon, Eléonore Vergeot y Harriet Howard; quienes fueron las mas importantes. Pero a ellas había que sumar otras decenas de conquistas, debiendo destacarse varias cantantes, como Alice Ozy; famosa cortesana parisina (amiga también de Victor Hugo) con la que mantuvo una relación en 1850. Teniendo esas soprano, un especial atractivo para el emperador; tal como sucedió con una de sus primeras enamoradas; la Sra. Gordon (ya citada). A la que siguió un gran número de artistas, como Carolina Hamalkers; otra que -de seguro- interpretaba la ópera de alcoba, con gran maestría. Manteniendo también una “gran amistad” con una actriz de teatro francesa llamada Marguerite Bellanger. Aunque distintas “creadoras” eran las que frecuentaban grupos de pintores relevantes; como sucedió con Valtesse de La Bigne. Modelo de los mas relevantes impresionistas, que terminó casándose con un banquero turco. Pero también era Luis Napoleón aficionado a las aristócratas; como sucedió con la condesa de la Bedoyere o con la de Mercy-Argenteau. Además de frecuentar a María Kalergis, noble polaca, pianista y mecenas de las artes. Tras lo que siguió narrando la emperatriz; que a las antes citadas, habría de sumarse un innumerable elenco de cortesanas, que pululaban en las Tullerías o por los salones de París. Como: la señora Feydeau, Madame Drouyn de Thuys, Madame Greville, la señora Chanteaud, Minna Lindsay, Madame de Brimont, Rachel Felix, Madame de Malaret, Pascalie Corbière, María Anna Schiess, Mathilde-Pauline-Gabrielle Elluin, Virginia Oldoini y algunas etcéteras más. Siendo falso que entre las amigas del emperador estuvieran: Su prima Matilde (con la que solo tuvo pretendido un noviazgo, de joven) ni la princesa Walewska; mujer de su familiar polaco -el vástago ilegítimo de Napoleón Bonaparte-. Además de que tampoco fue su amante, la hija de Haussman; tal como algunos afirmaban.
Los que compartíamos el brunch, quedamos atónitos ante esa retahíla de mujeres; sin poder expresar palabra alguna. Por lo que, la anfitriona, no sabiendo cómo añadir algo agradable; y después de escuchar el modo en que una esposa enumeraba esa larga lista de concubinas soportadas. Comentó que la emperatriz tenía una memoria prodigiosa, pareciendo imposible que alguien de su edad, recordase tantos nombres a la vez. Dejando a todos asustados con esa afirmación; no sabiendo si La Señora podría sentirse herida o humillada, ante frases tan poco afortunadas. Pero nada importó a Da. Eugenia lo que dijera la marquesa de Viesca; por lo que continuó hablando sobre las amantes de su marido (simulando no haber oído esas palabras de la anfitriona). Aseverando que entre todas aquellas “gallinas”, deberá destacarse por siempre, la figura de Virginia Oldoini (condesa de Castiglione). Mandada como espía a París, por Cavour (familiar de ella y primer ministro de Víctor Manuel); para actuar en favor de la unidad de Italia. Quien, conociendo la afición del emperador por las mujeres bellas; le preparó un buen “cebo”. Enviando a su prima la Castiglione, a París; con el cometido de convencer a Napoleón III, para ayudar a los italianos y atacar Austria (forzando que abandonasen las zonas ocupadas en Francia y en tierras de los Saboya). De ese modo, pronto entró Virginia de Castiglione en las Tullerías; tras su llegada a la capital gala, en las Navidades de 1855 a 1856. Debido a que la emperatriz Eugenia estaba por entonces embarazada y su marido necesitaba buscar nuevas “amistades”. Siendo así, como Luis Napoleón quedó prendado de aquella belleza italiana; que en pocas semanas hizo su cometido, logrando tener su confianza y llegando a relacionarse diariamente con él (con fines de espionaje). De tal manera, la Castiglione, fue pronto considerada una figura importante en la Corte; hecho que humilló a Da. Eugenia, máxime cuando en primavera del año 1856 dio a luz al heredero del trono (Eugenio Luis). Pese a todo, su marido no escondía la relación con aquella nueva favorita; llegando a darle un trato de absoluta “amistad”. Pero, tras narrar aquella triste situación, La Señora aseveró que: -“Dios castigó a su esposo”-. Pues en una de sus visitas al piso donde retozaban juntos, el emperador fue asaltado por un terrorista carbonario, que pretendía asesinarlo. Aunque -afortunadamente- los guardias de seguridad pudieron detenerle y evitar el atentado. Los hechos que se investigaron luego, desvelaron la correspondencia entre esa amante espía y su primo (el Conde de Cavour). Cartas, donde se contenían todos los secretos que Napoleón III comentaba a su concubina. Siendo muy extraño el modo en que la Castiglione desapareció de París, a los pocos días del atentado; para no regresar jamás. Nunca se pudo demostrar que ella estuviera implicada en el intento de dar muerte al Jefe de Estado francés; pero todos lo sospecharon. Algo que mucho agradó a Da. Eugenia; quien desde entonces le decía a su esposo: -“Vas a morir por una cornada de cerda; pues las marranas tienen más pitones y más peligro, que los toros-”-
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes del patio del palacio de los Ulloa, en Mota del marqués (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto). El relato narra que en este entorno, los invitados de los marqueses de Viesca, degustaron un brunch; mientras la emperatriz narraba su vida matrimonial. Arriba, columnata del atrio, obra de los hermanos Gil de Hontañón. Al lado, el mismo patio de columnas, imagen tomada desde donde se observa la torre del campanario. Abajo, los porches de exterior; donde el texto describe que dispusieron las mesas para el brunch.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, el patio y sus columnas; desde la segunda planta, donde también se observa el campanario. Abajo, de nuevo, los fustes renacentistas del edificio (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, escaleras de bajada al atrio. Nos dice el texto: “Al poco tiempo, llegó Da. Eugenia con otro vestido negro; en este caso de crinolina trasera, que entusiasmó a las mujeres. Lucía un collar de perlas grises y un traje con falda muy plisada, de gran volumen posterior; con polisón y silueta bien estructurada. Vimos como bajaba las magníficas escaleras del palacio así ataviada; y pese a su edad, parecía una diosa. Se acercó hasta nosotros, andando como las aves en primavera; y tras mostrarse en todo su esplendor, pasó a ocupar el lugar presidencial.” Abajo, otra fotografía del precioso patio, tomada desde el piso segundo del palacio (actualmente en propiedad de las Hermanas de la Compañía de El Salvador; a las que agradecemos nos permitan divulgar nuestra foto) .
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes de Virginia Oldoini (condesa de Castiglione); que fue una de las precursoras de la fotografía. Al lado, vestida de miriñaque, a modo de María Antonieta. Abajo, con el famoso traje de “dama de corazones”, que vistió en una de sus apariciones en Las Tullerías. Fiesta durante la que se le acercó Eugenia de Montijo, para decirle que llevaba muy mal uno de sus corazones; aludiendo la maldad de vestir así, siendo amante de su marido. La fotografía fue tomada por Pierre-Louis Pierson; es propiedad del Museo Metropolitano de N.Y. (fuente Wikimedia; a los que agradecemos nos permitan divulgarla).
Llegamos a los postres del brunch y ya eran más de las doce y media; pero La Señora deseaba continuar relatando la vida de su esposo, por lo que no pude parar un solo momento de tomar notas. Decidió entonces, tratar la vida política y social de su marido; comenzando desde la revolución que se produjo en 1848 (en Francia) forzando la abdicación del rey Luis Felipe. Momento en que Luis Napoleón volvió a París, pensando que podría optar a la corona; aunque a su llegada se había declarado la II República, viéndose obligado regresar a Inglaterra. Pese a ello, los cambios del nuevo sistema galo, no dejaban de provocar revueltas y problemas; generándose una enorme división social. Por lo que el candidato a emperador, se atrevió a ir de nuevo a su patria, ofreciendo paz y estabilidad. Aunque tan solo consiguió un puesto como diputado de la República; en el Parlamento que redactó la Constitución. Tras ello, se convocaron elecciones; a las que se presentó de manera sorpresiva, sin que ningún partido -ni opositor- lo pudiera prever. Financiando su campaña electoral, la Howard (su amante); lo que le permitió ser un candidato firme e independiente. Resultando elegido Presidente, sin el apoyo de otras facciones y sin que lo hubieran previsto el resto de fuerzas políticas. Logrando hacerse con la simpatía del pueblo; incluso de las gentes más pobres, que conocían su ideología social y sus proyectos sobre la creación de industria y riqueza. Preconizando una filosofía basada en la caridad y en el bien común; también quiso apoyar a los católicos (que tanto habían sido perseguidos en tiempos anteriores). Por lo que cuando subió a la Presidencia; mandó a las tropas francesas desplegadas en Italia, luchar a favor de los Estados Vaticanos y en contra de Garibaldi.
Así fue como inició sus primeros gabinetes, en los cuales introdujo gran parte de sus amigos y familiares. Entre ellos a Morny, un hermano ilegítimo al que conoció en esos días; al saber que su madre (Hortensia) había tenido un hijo extra matrimonial. Por su parte, su inicial apoyo al Papa y su enfrentamiento con Garibaldi, le valió la antipatía de el Partido Republicano, que intentó derrocarle al año siguiente (sin lograrlo). Lo que le obligó a perseguirlos, con el fin de mantener el orden en el país. Debido al caos provocado por las intentonas de pronunciamiento; comenzó a viajar por Francia, para explicar a todos lo que sucedía. Logrando hacerse con el cariño del pueblo; a cuyos representantes hablaba de continuo. Dando innumerables discursos, donde las gentes le escuchaban con gran interés; al comunicar que los políticos tan solo deseaban proteger y legislar en favor de sus privilegios. Olvidándose de quienes les habían votado, en cuanto llegaban al Parlamento. De ese modo y siendo muy criticado por la oposición, llegó al final de su mandato de cuatro años (en 1852). Momento en que consideró que el país entraría de nuevo en el caos, si se retiraba; debido al modo en que se orientaban quienes deseaban sustituirle. Siendo así, como decide seguir en la Presidencia, presentándose de nuevo a las elecciones; rogando una prórroga de mandato (debido a que la Constitución solo permitía un nombramiento y de cuatro años). Pero la Asamblea no le reconoce este Derecho; por cuanto decide proclamar el Segundo Imperio, con el apoyo de sus mas cercanos. Para tal fin, convocó un referendum; donde preguntó en las urnas si el pueblo francés le aceptaba como su emperador. Ganando el plebiscito con una abrumadora mayoría y declarando el Segundo Imperio, en diciembre de 1852. Siendo entonces cuando decide casarse con Da. Eugenia, para tener un heredero.
Llegado a este punto, La Señora manifestó que cuando ella aceptó el matrimonio, sabía perfectamente en qué condiciones se unía a Napoleón III. Pues su esposo tenía casi veinte años más que ella y era emperador de Francia; todo lo que suponía el deber de cumplir con las funciones que le asignasen (además de aceptar numerosas situaciones, que en un matrimonio común no se dan). Antes del enlace, llevaban once meses de relación seria y le había prometido casarse cuando dejase la presidencia. Pero la subida al trono, supuso un hecho crucial; que confirmó la necesidad de celebrar la boda (para engendrar prole cuanto antes). Aunque la llegada del heredero, se pospuso cuatro años; pues ella tenía la costumbre de montar a caballo y hacer una vida muy activa, lo que no propiciaba el embarazo. Una afición a la equitación, que le produjo hasta un aborto, en el vigésimo mes de matrimonio. Por lo que le prohibieron practicar ese deporte, durante largo tiempo; al menos hasta que el niño nacido en 1856, fue observado sano y con buen crecimiento. Debiendo llevar una vida con reposo y fuera de las cuadras, varios años. Momento en que se observaron su imposibilidad para volver a quedarse encinta (debido a las dificultades acontecidas en el primer parto); decidiendo autorizarle a regresar con sus caballos, al ver que Eugenio Luis era un heredero saludable y apto.
En este instante, Da. Eugenia paró el relato; para comentar un hecho que en numerosas ocasiones había narrado. Refiriendo el modo en que la reina Victoria le había aconsejado, para lograr quedarse embarazada. Lo que sucedió durante su primera visita a Londres, como emperatriz (en 1855); donde conoció al príncipe Alberto y a Victoria de Inglaterra, que la recibieron con gran cariño. Entablando una sincera amistad con ellos, ya que los monarcas británicos atribuyeron en gran parte a La Señora; el hecho de que Napoleón III decidiera firmar una estrecha alianza con Reino Unido. Por cuanto, en su visita a Buckingham, con el fin de sellar el tratado; la reina Victoria le transmitió varios secretos, del modo más rápido para concebir un niño. Entre los que se hallaba: El uso de cojines, subir las piernas después del coito e incluso hacer “el pino”; y no levantarse de la cama durante largas horas. De ese modo, al regresar a París, puso en práctica las lecciones recibidas en la vecina Albión; naciendo nueve meses más tarde su hijo Eugenio Luis. La extraña historia, que narraba Da. Eugenia; provocó la sorpresa de los comensales. Quienes, mientras degustaban el postre, se preguntaban sobre las conversaciones que mantenían las soberanas. Hablando del mejor modo para gestar herederos y lo que debía de hacerse, tras una relación amorosa. Mientras el pueblo, solía desear evitarlos; es decir, tenía un problema inverso. Cuanto La Señora había comentado, provocó unos minutos de risas y cotilleos; entre quienes la escuchábamos. Por lo que ella quiso parar el cotorreo y con un tono más alto de voz, continuó narrando la vida de su marido (deseando referir los hechos históricos que vivieron juntos). Aseverando que: -“Napoleón III se sentía un voluntario de la Providencia, elegido por el destino para dirigir Francia y llevarla a buen fin. Tal como hizo. Pues sus veintidós años de gobierno, fueron la mejor etapa de ese país, en el siglo XIX. Lo que ya nadie discute”-. Añadiendo Da. Eugenia, que el lema de su esposo era: -“Hacer Francia grande otra vez. Para lo que se necesitaban ferrocarriles, bancos, industrias, canales, puertos, barcos, casas para todos, ciudades bellas, aguas limpias, ríos aprovechados y cloacas eficientes”-.
Después de estas frases, que La Señora profirió con voz rotunda; mirando con firmeza a cuantos la rodeaban. Inició una exposición de sucesos vividos y de proyectos llevados a cabo por Napoleón III; hablando del modo en que se creó una enorme riqueza, durante su mandato. Pues cuando entró a gobernar, Francia tenía un tercio de los ferrocarriles existentes en Inglaterra; pese a que la extensión territorial de Reino Unido, es la mitad que la del país galo. Mientras al final de su mandato, habían aumentado por tres el número de vías, estaciones y trenes franceses; duplicando a los coetáneos británicos. Así mismo, fue Luis Napoleón, quien inició realmente la Banca y la Bolsa; creando cientos de entidades, que permitieron los miles de proyectos económicos que tanto enriquecieron el país. Tras esas palabras, me miró la emperatriz; refiriendo que gracias a ello me había ido a Francia (cuando era muy joven) para formarme y trabajar en un banco privado -algo prácticamente inexistente por entonces en España-. Después, Da. Eugenia pasó a referir las industrias creadas en tiempos de su esposo, que convirtieron a Francia en una de las grandes potencias del mundo. Exportando sus artículos, por toda la faz de la Tierra; destacando las campañas y el comercio que abrió con Indochina y hasta en el País del Sol Naciente. Llegando a crear nuevas industrias, en las que ella misma colaboró; como la moda del vestido y la seda. Esta última, gracias a sus contactos con Japón, desde donde enviaron hojas con huevos de gusano; que Pasteur logró sanar y cultivar en sus laboratorios, recuperando los telares de Lyon. Siendo Francia, en esos días; el mayor productor de seda y promotor de moda, de todo Occidente.
Por su parte, las Exposiciones Universales y la nueva arquitectura que nació durante el Segundo Imperio, fue un hito histórico; convirtiendo aquel país, en la cumbre cultural de Europa. A ello, había que sumarle la creación de alcantarillado y la conducción de aguas limpias, en las grandes ciudades. Destacando las obras de modernización de París, que hasta entonces era una urbe cargada de cieno y suciedad (junto al cauce podrido del Sena). Generando el Segundo Imperio, lo que se llamó el París de Haussman; que dotó a la capital de un gran alcantarillado, haciendo llegar a todas las calles aguas limpias (mantenidas en aljibes y bien canalizadas). Creando nuevos barrios y miles de casas humildes, para los trabajadores. Todo lo que se completó con las innumerables obras de ingeniería construidas durante el Segundo Imperio (puertos, puentes, conducciones, caminos y largo etc). Entre las que destacó el Canal de Suez; promovido por el emperador y creado por Fernando Lesseps. Un tío segundo de Da. Eugenia y primo de su madre. Terminando por comentar que ese diplomático, fue un íntimo amigo de los Montijo; en cuya casa de París se conocieron los padres de la emperatriz (en el año 1817).
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, magnífico óleo, a tamaño natural que representa a “Eugenia, emperatriz de los franceses”. Pintado en 1856 por dos artistas; Carlos-Eduardo Boutibonne (que hizo el retrato); y Frederick Herring el Viejo (al que debemos el caballo). El cuadro fue adquirido por la reina Victoria de Inglaterra, que lo conservó en sus estancias privadas; hasta que hace unos años se expuso en la Colección Real (a la que agradecemos nos permita divulgar la imagen). Tal como decimos, Victoria y Alberto de Inglaterra, recibieron siempre con enorme cariño a Eugenia de Montijo. Siendo afables y muy cercanos, desde la primera vez que la conocieron, con motivo del viaje realizado en 1855, para concertar una alianza entre Francia y Reino Unido. Dos años antes de este encuentro, se había casado con Napoleón III; tiempo en que tuvo un embarazo, pero perdió el niño al caerse de un caballo. Por lo que al visitar Inglaterra, estaban tratando de concebir un nuevo heredero, sin conseguirlo. Debido a ello, la reina Victoria le dio numerosos consejos para quedarse en Estado. Lo que logró al poco tiempo de regresar de Londres; naciendo en 1856 Eugenio Luis; que unos veinte años más tarde, fue prometido de la princesa Beatriz (la hija menor de Victoria). Al lado, grabado oficial, publicado en la prensa parisina, en enero de 1853; conmemorando la boda entre Eugenia y Luis Napoleón. Abajo, Napoleón III, por Alejandro Cabanel (en 1865); propiedad del Museo Nacional del Palacio de Compiègne (al que agradecemos, nos permita divulgar la imagen -fuente Wikipedia-).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: dos imágenes del libro que recientemente ha salido a la luz: MARIANO FORTUNY Y MADRAZO, de Juan A. Gómez-Morán Argüelles. Eugenia de Montijo patrocinó la moda parisina; creando con ese arte, una gran industria potenciada por toda su Corte. Hace unos días hablaba con mi primo Juan sobre ello; comentando que una de las grandes amigas de Da. Eugenia, era Cecilia Madrazo de Fortuny. A quien solía visitar, cuando viajaba con su barco hasta Venecia (años después de haber sido derrocada). Cecilia, era hija del famoso Federico Madrazo, esposa del pintor Fortuny; madre del conocido modista, Mariano Fortuny Madrazo. De quien Ortega y Gasset dijo, que tan solo él y Eugenia de Montijo; fueron españoles conocidos, que lograron un gran éxito en la Europa del 1800. Al escribir la necrológica sobre la emperatriz, en junio de 1920; en “El Sol”. Aseverando Ortega, que “Como españoles, no podemos olvidar que Eugenia de Montijo y Mariano Fortuny, han sido las dos últimas victorias de España sobre Europa”. Hay quienes opinan que se refería al pintor y padre del modista; que tuvo un gran suceso en París a finales del siglo XIX. Aunque muchos otros, creen que hablaba del hijo, que vivía en Venecia, donde les visitaba asiduamente la emperatriz.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, el barón de Haussman, con el que Napoleón III modificó, modernizó y reconstruyó París. El emperador departía casi todos los días con este alto funcionario, cuyo proyecto era reedificar y transformar la capital francesa. Convirtiéndola en una de las más modernas urbes de su tiempo; debido a que hasta entonces las infraestructuras y el urbanismo de esa ciudad, eran cuasi medievales. Construyó numerosas estaciones y carreteras para facilitar la entrada al centro urbano; generando grandes avenidas, con espacios de intervalo, parques y bulevares. Asimismo, elevó numerosos puentes sobre el Sena; situando iglesias, teatros y edificios oficiales, en cada barrio. Tiró las casas viejas, que se hallaban en estado inhabitable, para abrir zonas con edificaciones modernas (muchas de ellas, dedicadas a personas humildes). Finalmente, una de sus grandes aportaciones, fue la renovación del alcantarillado y la conducción de aguas limpias; perfectamente estudiada y dispuesta, para todo París.
Abajo, Fernando Lesseps i Grévignée; primo de Da. Manuela Kirkpatrik Grévignée (madre de Eugenia de Montijo). En la casa parisina de sus padres, estudiaban francés las jóvenes y alegres Kirkpatrik; hijas de una hermana de su progenitora. Allí se conocieron en 1817, Da. Manuela y D. Cipriano Palafox y Portocarrero (conde de Teba); casándose unos meses más tarde. Quienes en 1826 serían padres de Eugenia de Guzmán Palafox y Kirkpatrik (la emperatriz). Fernando Lesseps, fue un distinguido diplomático, cuyos últimos destinos estuvieron en Madrid y Roma. Durante su estancia en España como embajador, entabló enorme amistad con su sobrina Eugenia; a la que también había tratado en la capital francesa. Pero en 1849 Lesseps fue destituido de todos sus cargos, debido a que cayó en desgracia, tras declararse la II República y él no actuar conforme le dictaban los nuevos mandatarios (en contra del Papa). Con ello, terminó su vida como alto funcionario, debiendo retirarse a una finca, en la que montó una granja. Pese a ello, siempre mantuvo el contacto con su sobrina Eugenia, que en esos días regresó a Francia y comenzó a ser conocida en las Altas Esferas. Tres años más tarde, Eugenia se casó con Napoleón III y Lesseps retomó un proyecto que había soñado cuando vivió en El Cairo (como miembro de la legación francesa). Donde se hizo amigo del Pachá y de su hijo -el príncipe Mohamed Said-; al que planteó en 1853 la posibilidad de abrir un canal desde El Mediterráneo hasta el Mar Rojo. Volviendo a retomar contacto con aquellos mandatarios de Egipto; a los que propuso abrir el Canal de Suez. Presentando a Napoleón III esa gran obra de ingeniería; que se llevó a cabo en unos diez años (desde 1859 a 1869). Proyecto, donde el apoyo de su sobrina Eugenia fue crucial; para la promoción y financiación de esta colosal idea.
Llegábamos así al final del almuerzo; mientras Da. Eugenia no paraba de referir anécdotas, hablando de cuanto había acontecido en la vida de su marido. Deseando recalcar que no dio un Golpe de Estado contra la II República; sino instauró el Segundo Imperio, tras un referendum (en que más del 96% de los franceses votaron a favor de proclamarlo). Es decir, después de haber sido elegido Presidente, en 1848; por una amplísima mayoría y cuando en diciembre de 1852 terminaba su mandato. Solicitando volver a presentarse como candidato; siendo denegada esa opción por la Asamblea. Por lo que intuyendo que Francia podía retornar al caos, que había imperado en anteriores ocasiones; planteó ese plebiscito. En el que casi ocho millones de ciudadanos, se manifestaron a favor del Imperio y solo doscientos cincuenta mil, lo hicieron en contra. Tras ello, gobernó otros dieciocho años; celebrando cada seis, elecciones presidenciales y ocupando él la Jefatura del Estado. De tal manera, dirigió a su país al mayor de los progresos, hasta entonces conocido. Logrando unirse a Reino Unido (una nación que hasta entonces fue enemiga de Francia); firmando con ellos, un acuerdo bélico y comercial en 1855. Para evitar el crecimiento y expansión de naciones contrarias a esa liga anglofrancesa; como Alemania y Rusia. Intentando que esta última no tuviera salida hacia el Mediterráneo; aliándose con los turcos, para cerrar el paso del Bósforo. Llegando así a la guerra de Crimea, que finalmente ganaron los británicos y los galos (un año más tarde); consiguiendo parar la expansión del Zar hacia el Oeste.
Tras esa victoria, que permitía a los otomanos cortar el avance de barcos rusos, más allá de Constantinopla. Napoleón III amplía su tratado comercial con Reino Unido, por el cual exporta vinos, coñac y seda, a todo el Imperio Británico. Siendo así como participa con sus aliados, en las campañas hacia Asia; apoyando el avance en tierras de ultramar y de la Royal Navy. Enviando la armada francesa hasta Indochina y Vietnam; incorporando esos territorios a su imperio. Estableciendo contacto pleno con Japón, donde abre un tratado para la compra de gusanos de seda (en larva); que recuperará esa enorme fuente de riqueza de Francia. Importando desde este lejano país, hojas de papel con millones de huevos; que se desarrollaron gracias al laboratorio y técnicas de Pasteur. Quién logró superar los problemas existentes en el delicado proceso de nacimiento y gestación de capullos; para obtener el hilo de la famosísima seda lyonesa. Pues, hasta que este científico descubrió por qué morían los gusanos en Europa; las cosechas se estaban perdiendo (desde 1847). En ese instante, la emperatriz realizó un inciso; para aseverar que este científico, fue uno de los hombres más inteligentes que conoció (quizás al que más admiró). Investigador, que desde tiempos muy tempranos, estuvo protegido por la familia Bonaparte. Habiendo sido Luis Pasteur, un gran amigo de la princesa Matilde (hija de Jerónimo); quien siempre creyó en ese inigualable genio. Pese a que su enorme capacidad; provocó que la Academia y gran parte de los médicos, rechazasen sus teorías -argumentando que era solo un químico-. Aunque, finalmente, gracias a las técnicas descubiertas por Pasteur, se salvaron millones de vidas (humanas y animales); no solo con la pasteurización, sobre todo con vacunas como la antirrábica.
Siguió narrando la emperatriz, la actividad política que había promovido su esposo; creando un reino francés, en el Norte de África. Concretamente, en la zona argelina, tunecina y marroquí; donde se logró un área de gran influencia francófona. Pero además, durante su reinado; se debió tomar partido, para lograr la independencia y unificación de Italia. Tal como se había comprometido desde su juventud, cuando ingresó como miembro de los carbonarios (debido a que los Bonaparte eran originarios de esta tierra). Un tema que le dio enormes quebraderos de cabeza; llegando a poner sus vidas en peligro, en numerosas ocasiones. Pues la gran mayoría de los atentados que ambos sufrieron, procedieron de esos carbonarios; apoyados por los republicanos franceses. Deseando matar al emperador, cuando este no quiso actuar contra los Estados Vaticanos. Sufriendo innumerables intentos fallidos de asesinato; dos de ellos en el mismo año en que contrajeron matrimonio (1853). Posiblemente por haberse casado con una católica practicante y de origen español, como era ella. Un infierno que no cesó, pues otros dos actos terroristas del mismo tipo, sucedieron en 1855; de nuevo, a manos de anarquistas o italianos revolucionarios. Produciéndose un complot más para matarle, en 1857; que él pretendió esconder. Pues se llevó a cabo, cuando “visitaba” a la condesa de Castiglione; su amante en esos días (espía y prima de Cavour; primer ministro del rey de Italia). Aunque el peor atentado fue llevado a cabo por el famoso Orsini (en 1858); cuyo diseño de bombas tomó el nombre de este anarquista. Logrando salvarse Da. Eugenia y Luis Napoleón, debido a la enorme carga explosiva colocada en el interior de los tres artefactos, lanzados contra la carroza imperial. Provocando deflagraciones de tal magnitud, que la metralla saltó hacia los lados (debido a su potencia). Sin alcanzarles apenas a ellos dos; pero acabando con la vida de numerosos ciudadanos; que rodeaban en ese momento al séquito real (mientras iban camino de la Ópera). Saliendo casi ilesos ambos gobernantes; que después, decidieron dirigirse directamente al palco del teatro, para dar fe de estar vivos. Debiendo destacar, que ella pretendió que el terrorista Orsini, no fuera llevado a la guillotina; intentando conmutar su pena de muerte. Pero el juez determinó que había asesinado a ocho viandantes y causado heridas a decenas de personas; por lo que fue irremisiblemente ejecutado.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes del palacio de Rinkokaku, de Maebashi; Gunma (Japón) prefectura que estableció un acuerdo con Napoleón III para activar la industria de la seda en Francia (en la foto inferior, podemos ver una japonesa vestida de kimono). Con la Revolución Francesa, la fabricación de seda quedó relegada; despareciendo prácticamente. Durante la época de Bonaparte, volvieron a regenerarse parte de los telares y criaderos de gusanos; aunque, sin lograr la capacidad y fama que antaño habían tenido. Más tarde, en los periodos de Restauración, se logró mantener esa industria textil. Pero entorno a 1847, se produjo una plaga en la zona de Provenza, que mataba las larvas; quedando casi extinguidas. Napoleón III contrató a Luis Pasteur, con el fin de que estudiase un remedio a esta enfermedad de los gusanos; logrando superarla el investigador, separando los cigotos que la contenían. Más tarde, el emperador, pedirá ayuda a Japón, para que le envíen miles de huevos; con la intención de impulsar esa industria de nuevo en su país y crear las mejores fábricas de seda mundiales. Para ello, se valió de ingenieros y técnicos japoneses; con los que realizó un tratado comercial, importando huevos de gusano a cambio de exportar al País del Sol Naciente, el sistema de telares occidentales. Durante ese tiempo, la emperatriz Eugenia puso de moda este tejido, en toda Europa; consiguiendo que ciudades como Lyon se convirtieran en grandes centros industriales. Pasando a ser la seda, el segundo producto más importante de Francia; tan solo superado por el vino.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Luis Pasteur; uno de los grandes genios de la ciencia, del siglo XIX. Fue el verdadero creador de las teorías sobre microorganismos, sin poder probarlas científicamente (debido a que por entonces, los microscopios no podían detectarlos). Su intuición -que él atribuía a una conexión con Dios- le llevó a deducir el origen microbiano de las enfermedades. Logrando crear vacunas, como la de la rabia; y procesos como la pasteurización. Salvó millones de vidas, pese a que no fue médico, sino químico. Siendo protegido por la familia Bonaparte (ya que los especialistas en sanidad rechazaban sus teorías); trabajando en numerosos proyectos con Napoleón III y la emperatriz (que taanto admiraba su genio). En una ocasión, le invitaron a residir una temporada en su palacio de vacaciones; estableciéndose una gran amistad entre ellos.
Abajo, mapa de la prefectura de Gunma, en Japón; donde Napoleón III logró que le enviasen los huevos de gusano, a cambio de establecer telares franceses de seda. Esta provincia nippona era famosa por su industria de la seda; debido a lo que firmaron un tratado con Lyon y otras ciudades francesas, dedicadas a la misma explotación. Importando a Europa millones de huevos de gusanos de seda; que se enviaban adheridos en hojas de papel. Pese a ello, gran parte de las larvas, morían al nacer en tierras galas; por lo que tuvieron que estudiar el motivo de una enfermedad que mermaba esa producción desde 1847. Siendo Pasteur quien logró conocer el origen de la plaga (años después), pudiendo diferenciar los cigotos que se malograban y erradicar su plaga. Tras ello, los ministerios de industria y el de agricultura; encargaron numerosos proyectos al joven científico, durante la etapa de Napoleón III.
En imagen hemos marcado cinco puntos:
-Con un círculo y estrella azul, TOMIOKA; lugar donde abrieron los franceses una de las fábricas mayores de seda; instalando telares importados desde Lyon. Actualmente esta factoría es Patrimonio Mundial de la Humanidad.
-Con un círculo y estrella, negra: Takasaki, la ciudad industrial de Gunma.
-Con un círculo y estrella roja: Maebashi, capital de Gunma.
-Con un círculo y estrella morada: Kiryu, urbe famosa por sus telares de seda desde tiempos inmemoriales. Se supone que la mayoría de los huevos de gusano que se exportaban a Francia, procedían de esta ciudad.
-Con una estrella y pentagrama, negra y roja: Tamamura, puerto fluvial donde arribaban los barcos, procedentes de Tokyo; recorriendo unos cien kilómetros por el río Tone-gawa. Debido a lo que Gunma fue un lugar bien comunicado, con la capital nippona; pudiendo establecer contactos comerciales con Francia.
Continuó narrando La Señora, que Napoleón III comprendió -quizás tras el atentado de Orsini- como había contraído un compromiso con Italia, desde muy joven. Para lograr su unificación y expulsar a los austriacos de territorios trasalpinos. Decidiendo participar militarmente, liberando el Piamonte y Nápoles del imperio Austro-Húngaro; pero también recuperando algunas zonas, para Francia. De ese modo, tras la victoria y al comenzar la unificación italiana (en 1860); les serán cedidos puertos como Niza, junto a numerosos ducados próximos al Mediterráneo. Pese a su acuerdo con la Casa de Saboya y con quienes unen aquella nueva nación; el emperador se negaba a que Roma fuera tomada por las tropas de Garibaldi. Famoso libertador de Italia, que deseaba acabar con el poder del Pontífice; por lo que fue necesario defender con el ejército francés al Papa. Por lo que declararon como primeras capitales de Italia, a Turín y Florencia (respectivamente). Pese a lo que el duro revolucionario Garibaldi, siguió intentando someter al Vaticano; avanzando con sus hombres hacia tierras romanas. Logrando los de Napoleón III apresarle para impedir que se hiciera con Roma; una acción que nuevamente le llevó a grandes problemas y enemistades (tanto en París, como en el extranjero). Ya que los republicanos de Italia y de su país, deseaban que los Estados Vaticanos desaparecieran; para acabar con el poder del catolicismo. Situación que generó grandes tensiones en Francia, en el círculo de los piamonteses y en el resto de los unificadores de la nueva nación. Que sentían una enorme admiración por Garibaldi; siguiendo su anticlericalismo y el deseo por acabar con el poder del obispo romano. A lo que Luis Napoleón se negó; conociendo que una parte de la población francesa era muy religiosa y apoyaba al papado.
Tras este resumen de hechos, quiso narrar la emperatriz una circunstancia histórica de la que se culpaba. Considerándose responsable de la peor expedición y campaña realizada por su marido. Una terrible idea que le fue propuesta por los mexicanos, tras la muerte de su hermana (en 1860). Después de que pidiera a un antiguo amigo de la familia, que trasladase el cuerpo de Paca -desde París a Madrid-. Encargando a un diplomático llamado Hidalgo, la custodia del cadáver de la fallecida duquesa de Alba; para llevarla hasta una iglesia de Carabanchel. Población donde residía su madre (Da. Manuela); que era una antigua amiga de aquel embajador mexicano, que acompañó los restos de su hija -desde la capital gala-. De ese modo, estableció Da. Eugenia una gran amistad con José Hidalgo; que por entonces representaba a la legación de México en Francia y al que le debía ese enorme favor. Proponiéndole el diplomático, intervenir en el país azteca; para convertirlo en un satélite del imperio francés. Todo lo que en 1863 parecía ciertamente viable; pues Estados Unidos estaba sumergido en una terrible guerra civil (la de Secesión) y era posible hacerse con México. Idea que ella y Morny transmitieron a Luis Napoleón. Recordando que en algunos escritos de juventud, el emperador explicaba en modo en que Europa debería establecer una nación hispano americana; que frenase el expansionismo estadounidense. Por cuanto, debido a que Benito Juárez estaba actuando contra Inglaterra; podrían aliarse las potencias occidentales y buscar un candidato a rey de México. Siendo elegido para este fin, el hermano del emperador Francisco José de Austria; lo que llevaría a un consenso entre ese país, Francia y Reino Unido.
De ese modo, mandó Napoleón III tropas, que lucharon contra los de Juárez; venciéndolos y haciendo huir a sus dirigentes al extranjero. Proclamando a Maximiliano de Austria emperador de México; en una aventura que jamás debió llevarse a cabo. Pues la campaña trasatlántica, obligaba a mantener un gran número de tropas galas en tierras caribeñas; llegando a enviar casi treinta mil hombres, para controlar ese nuevo estado satélite. Pero, al finalizar la Guerra de Secesión en Estados Unidos; comenzaron numerosos problemas irresolubles. Uno de ellos, debido a que Maximiliano era un hombre “blando” y refinado; inadecuado para adaptarse a la dureza del cargo. Llegando a proclamar el nuevo emperador mexicano, leyes que favorecían a sus rivales; siendo incapaz de afrontar una política radical, como se realizaba comúnmente en el país azteca. Provocando que los banqueros europeos dejaran de creer en el proyecto y proporcionar créditos; perdiendo el interés por las prometidas minas de plata mexicana. Siendo vencido muy pronto Maximiliano, al que fusilaron (junto a sus más cercanos); cuando regresó Juárez, con sus tropas y la ayuda norteamericana -solo tres años después de su proclamación-.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Tres imágenes relacionadas con la Exposición Universal de 1867. Decía la emperatriz que tras ese gran evento mundial, comenzaron todas las desgracias para ellos y para el Segundo Imperio. Quizás, por un efecto llamada y de envidia; al contemplar el resto de naciones el gran progreso que vivía Francia. Arriba, litografía donde podemos ver la disposición del gran coliseo que albergaba la Exposición. Al lado, dibujo ilustrativo y mapa, para guiar a los visitantes en el evento. Abajo, Pabellón de España en la Expo de París, de 1867 (fuente Wikipedia).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Maximiliano de Austria; hermano del emperador Francisco José y admirador de Napoleón III. Fue elegido para encabezar el proyecto de un nuevo imperio en México, satélite de Francia. Durante su mandato (de 1864 a 1867) promulgó leyes justas e inteligentes; muchas de ellas, contrarias a quienes le apoyaban y a favor de sus rivales. Una actitud justa, que le valió el rechazo de los conservadores que le entronizaron; lo que unido al odio que le guardaban sus enemigos, hizo que fuera fácilmente derrocado (en una nación donde acabar con los mandatarios, era tan común como cambiarse de chaqueta). Pidió ayuda a Napoleón III, en un momento en que Francia no tenía posibilidad de desplegar más hombres; debido a que se encontraba con contingentes en Indochina, Vietnam y en Italia; además de temerse una invasión prusiana. Fue vencido por las tropas de Benito Juárez, a las que apoyó Estados Unidos; tras terminar en ese país la Guerra de Secesión (en 1866). Abajo, óleo con el fusilamiento de Maximiliano de Austria, pintado por Eduardo Manet y propiedad del Städtische Kunsthalle de Mannheim, Alemania (al que agradecemos nos permita divulgarlo; fuente de la imagen Wikipedia). Manet realizó una serie de cuadros que recogieron el triste acontecimiento sucedido en junio de 1867; reflejando la ejecución ordenada por Benito Juárez (deseando el mexicano mostrar así su fortaleza y asustar a Europa).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, Benito Juárez, mandatario mexicano de origen zapoteca; que se alió con los Estados Unidos y otros países fronterizos, para recuperar el poder en su nación. Debido a que tres años antes, fue expulsado por Maximiliano, cuando fue proclamado emperador de México, con ayuda de Francia. Pero Juárez, logró pronto el apoyo de numerosas facciones y Estados, para regresar al poder. Famoso como impío y radical, tras derrocar y fusilar al austriaco; devolvió su país a leyes laicas y a un gobierno pragmático (donde lo útil prevalecía sobre la moral). Abajo, Orsini junto a su ingenio; consistente en una bola de acero, que contenía explosivos, accionados por un mecanismo similar a válvulas de trompeta. Tal fue la repercusión de este intento de magnicidio, que dio nombre a ese tipo de bombas; usadas en numerosas ocasiones por los anarquistas (como hizo Mateo Morral, en la boda de Alfonso XIII). En 1858, Orsini, atentó contra Luis Napoleón y Eugenia de Montijo, lanzando tres artefactos bajo el carro imperial; aunque les puso tanta carga en el interior, que la metralla explotó hacia los lados (sin alcanzar apenas a los mandatarios). Pese a ello, no hay que descartar que el carruaje real, estuviera blindado con láminas de hierro que salvasen la vida de los emperadores. Eugenia de Montijo, intentó que el terrorista no fuera guillotinado; pero el terrorista había provocado ocho muertos y decenas de heridos, por lo que no le conmutaron la pena.
Decía la emperatriz, que desde ese momento, todo se torció. Después de quince años, en que la mayoría de las cosas salieron bien; pero, de pronto, comenzaron a complicarse las cosas, de un modo irremediable e irreversible. Viniendo infinidad de males, precisamente tras el fusilamiento de Maximiliano, cuya noticia les llegó el mismo día en que recibían a numerosas personalidades, en la Exposición Mundial de París (junio de 1867). Fue durante la entrega de premios, cuando se enteraron de lo acontecido; fecha y momento que no podría olvidar jamás, pues tuvo que beberse las lágrimas y sonreír a todos, sin comentar lo que había sucedido en México. Pese a que, entre los presentes; estaban algunos familiares del príncipe austriaco, que habían ejecutado al otro lado del mundo. De cuya muerte tan culpable se sentía Da. Eugenia; al haber sido la “ideóloga” de ese proyecto. Aunque, las desgracias no terminaron allí; ya que muy pronto se produjo otra situación inesperada; esta vez, en España. Cuando fue expulsada la reina Isabel, tras la muerte de Narváez y el regreso a la Península, de los generales desterrados. Por lo que, al fallecer aquel militar que con uñas y dientes defendió a la reina; se unieron todos los enemigos que la soberana había recolectado durante años, poniéndose de acuerdo y decidiendo al unísono mandarla al exilio.
Paró Da. Eugenia el relato, aseverando que debía comentar algunas cosas ajenas al caso, pero importantes. Destacando, que de joven, había conocido a D. Ramón Narváez; amigo de la familia Montijo, al que ayudaron mientras tuvo que huir a París (en tiempos de Espartero). Sabiendo, que cuando ese general tomaba manía a alguien, lo machacaba; habiendo tenido que salir de Madrid su madre y ella en 1848, porque decidió que eran cercanas al republicanismo francés. Siendo Don Ramón tan tosco, que mientras se iba al otro mundo (en la primavera de 1868); y el confesor le preguntaba si antes de fallecer, perdonaría a sus enemigos. Ya moribundo, respondió que nada debía perdonar; porque los había matado a todos. Pero aquello no era cierto; pues al fenecer, aparecieron decenas de opositores deseando acabar con su política. Muchos de ellos, habían permanecido en la penumbra; aunque la mayoría se vieron obligados a exiliarse, lejos de la capital. Quedando desde ese momento, la reina Isabel sin apoyos; hasta el punto de que Prim y Topete, deciden que no regrese a Madrid, en verano del 68. Después de triunfar en sus pronunciamientos, mientras la Familia Real pasaba sus vacaciones en San Sebastián (junto a los más cercanos). Siendo expulsada definitivamente la soberana, en septiembre de ese año; debiendo exiliarse en Francia, donde fue recibida por Da. Eugenia. Que recogió a los monarcas y a su séquito, primeramente en Pau; llevándolos más tarde a París, donde buscaron alojamiento y quienes pudieran ayudarles. Al llegar la Familia Real, con un grupo de grandes nobles y clérigos que les acompañaban; necesitando por entonces proporcionarles traductores y personas de confianza, para ayudarles a establecerse en el país que les acogía.
En ese momento, añadió la emperatriz, que fue cuando me conoció; tras solicitar a la banca, empleados que hablasen español perfectamente y pudieran asistir a los exiliados (para realizar operaciones de divisas o cuentas). Señalándome en ese instante a mí; para continuar explicando Da. Eugenia, cómo todavía recordaba que alguien le habló de una persona cercana a los Cabarrús; muy joven y que trabajaba en un Banco de París. Haciéndome llamar sus asistentes, para que ayudase a los compatriotas asilados, en todo tipo de asuntos monetarios (principalmente en los referentes a cambio y contabilidad). Tras lo que me preguntó La Señora si yo también me acordaba. Respondiéndole, que perfectamente; pues por entonces tenía tan solo diecinueve años y fui contactado por un alto directivo de Banca, comunicándome que trabajaría para la Corte en el exilio. Debiendo ser discreto y muy honrado, ya que no solo actuaría como intérprete; al necesitar ese grupo de españoles, asesoramiento, ayuda financiera y de todo tipo (habiendo salido de nuestro país “con lo puesto”). Cortó mis palabras la emperatriz, diciendo: -“Exactamente; así fue como conocí a Nicolás, que luego se ganó la confianza de todos, gracias a su buen hacer y a su simpatía. Pues, cuando le invitaban a algún evento, daba conciertos de flauta; divirtiendo a todos con su música y sus consejos bancarios. Aunque más tarde (ya en España) se incorporó al grupo de chicos de Lopategui; llegando a trabajar para los más ricos del lugar...”-.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: el relato narra la llegada de Isabel II a Francia, tras ser expulsada, al proclamarse “La Gloriosa” de 1868. Siendo acogida por el emperador y Eugenia de Montijo; quienes le dieron asilo y medios para subsistir. Con ese fin, les facilitaron redes bancarias; para que ella y los nobles que la acompañaban, pudieran obtener dinero y transferirlo. Buscaron por entonces, a personas que trabajasen en el gremio y que hablasen perfectamente español; para actuar como intérpretes y asesores monetarios. Entre ellos, uno de los elegidos fue Nicolás Santafé; que vivía en París, contratado en el Credit Lyonnais desde años atrás. Recordando la emperatriz, que en ese momento y días; tuvo noticia de la existencia de un grupo de españoles, unidos a los bancos, en su país. Empleados, a los que años más tarde recurrió, cuando tuvo que salir de Francia; tras su derrocamiento (en 1870). Finalmente, Nicolás Santafé regresó a España, poco después de La Restauración (en 1875); colaborando desde entonces con otros financieros y administradores. Principalmente con Aurelio Lopategui y con el Banco Hipotecario (del que fue subgobernador). Diciendo Nicolás Santafé, que le gustaba recordar el primer viaje que hizo de adolescente; marchando en diligencia desde su lugar de origen (Caparroso, Navarra) hasta Burdeos. Por lo que ya de mayor, durante los veranos y mientras pasaba temporadas en Zarauz; solía ir a Francia, recorriendo el mismo camino y reviviendo su juventud. En imágenes: Arriba, las familias de Nicolás Santafé Arellano y la de Manuel Cobo Canalejas, en Pasajes (junto a la frontera de Irún). Imagen tomada hacia 1914, poco después del asesinato de José Canalejas y antes de la Gran Guerra. De derecha a izquierda: Eloy Cobo; Jaime Santafé; Concepción Cobo (que más tarde se casó con Angel Santafé y fue mi abuela); Ma. Teresa Santafé, Carolina (esposa de Nicolás Santafé), Manuel Cobo Canalejas y Martín Santafé. Al lado, foto de Pasajes en esos años. Abajo, la familia Santafé y la Cobo, en Pasajes; durante el mismo viaje. De izquierda a derecha: Eloy Cobo, Jaime Santafé, Carolina (esposa de Nicolás Santafé), Ma. Teresa Santafé, Manuel Cobo Canalejas, Concepción Cobo y Angel Santafé (estos dos últimos, se casaron en 1919 y fueron mis abuelos maternos).
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, firma de Eugenia de Montijo en 1913, cuando tenía casi noventa años (tomada de una carta a su biógrafo Daudet). Abajo, fotografía de Isabel II, todavía era Princesa de Asturias (imagen, propiedad de la familia Santafé). Tal como relata el texto, la protección que Eugenia de Montijo dio a la soberana española, cuando fue expulsada de nuestro país, le granjeó enormes enemistades. Debido a que esta reina y quienes la mantenían en el poder, eran muy odiados; ya que habían obligado a un sistema de continuos pronunciamientos, para subir al poder. Ejerciendo aquellos que triunfaban en esas revueltas, unos gobiernos represivos. Además, ella misma cometió errores imperdonables; como el sucedido tras el levantamiento de 1866; cuando tras acabar los sublevados, numerosos apresados fueron condenados a muerte. O´Donell decidió fusilar a sesenta y seis mandos, que participaron en ese intento de Golpe; pero la reina mandó que fueran pasados por las armas todos (que eran, más de mil). Negándose O´Donell a ejecutar soldados, fue destituido por la reina. Hechos como este y numerosos actos de verdadera tiranía, llevados a cabo por Isabel II; le valieron el odio de los españoles. Por lo que al ser recibida con gran cariño por Eugenia de Montijo; gran parte de Europa juzgó que ambas mandatarias eran de la misma especie. Todo se complicó, cuando tras la Constitución de 1869, se buscó un nuevo monarca para España; deseando Otto von Bismarck que Hohenzollern ocupase ese trono. A lo que se negó Napoleón III; argumentando que si otro alemán de la misma familia, reinaba en el país del Sur; Francia quedaría rodeada por prusianos. Un hecho que le valió la antipatía de Bismarck; con quien hasta entonces había tenido buena relación, pero que desde ese momento se planteó ocupar o declarar la guerra a Francia. Contienda que perdió estrepitosamente Napoleón III, siendo destronado en 1870.
Sonrieron los asistentes al oír mi historia y cuanto refería Da. Eugenia; obligándome a añadir que en este viaje a Valladolid, no había traído mi flauta, prefiriendo hacer de escribano. Sintiendo mucho, no poder interpretar alguna pieza para los amigos; ya que me había comprado una preciosa flauta alemana, de plata. A lo que ella refirió que un buen banquero, debía tocar con una de oro; para atraer a los ratones financieros. Provocando alguna risa el extraño comentario de ella; que terminó por preguntarme si mi afición era la flauta o la Bolsa. Debiendo reconocerle que mi verdadera profesión era la música y mi gran afición, el dinero... . Concluyendo la emperatriz, que la sangre judía nunca deja de manar hacia los mismos ríos; sin saber qué es más interesante: La plata que suena, o la plata en moneda. Tras aquello, volvió a recordar los días en que recibieron a la reina Isabel II; debiendo tratarla en su exilio, con todos los honores de una soberana. Lo que le valió el odio de muchos españoles; en especial, los que por aquel tiempo ostentaban el mando del país (que proclamaron “La Gloriosa”; expulsándola de la nación). Sin tener plena conciencia de lo que en aquel momento se les venía encima, al deber reconocerla como reina en el exilio. No pudiendo negarse a ello, pues de joven habían sido amigas y Da. Eugenia fue nombrada dama de Corte, de Da. Isabel y de su hermana. Aunque, en verdad, aquella visita les trajo la desgracia. Cuando a los pocos meses de llegar a Francia la mandataria, se proclamó una nueva Constitución en España, buscando un rey que la sustituyera. Deseando Otto von Bismarck, entronizar a Leopoldo Hohenzollern-Sigmaringen; familiar católico del Kaiser Guillermo I. Rechazando Francia esta candidatura, alegando que en ese caso, se vería rodeada por dos naciones gobernadas por los Hohenzollern (Prusia y España). Obligando Napoleón III, que se retirase la opción y proponiendo a Amadeo de Saboya; como nuevo rey de España (un miembro cercano a su familia; hijo de Víctor Manuel, aliado del emperador).
Siguió narrando La Señora, que todo ello sucedió en 1869; cuando celebraron elecciones presidenciales en Francia y por primera vez no habían ganado plenamente las facciones favorables al emperador. Momento en que los prusianos aprovecharon para instigar contra París, provocando una crisis diplomática, con la intención de llegar a una guerra. Un malestar que consiguió finalmente desencadenar Bismarck; tras la negativa de que Hohenzollern pudiese optar a la corona española. Deseando ese general, entrar en conflicto con Francia; conociendo que sus ejércitos eran muy superiores a los galos. Momento en que los asesores de Luis Napoleón, no le informaron bien sobre las posibilidades de vencer a los teutones; probablemente para que fuera derrotado y destituido. De tal manera, los enemigos internos del emperador, le animaron a enfrentarse a los germanos; solo para verle derrocado. Sin medir las tremendas consecuencias que podía tener una guerra franco prusiana. Por su parte, Napoleón III, al sentirse viejo y con muy mala salud; decidió ir a la guerra. Dirigiéndose al frente; teniendo la intención de morir en batalla, para así legitimar a su hijo. Dejando en París y como regente; a Da. Eugenia, que actuaba llevando las riendas del país por tercera vez. Aunque todos sabían que esta ocasión podía ser la definitiva; pues la derrota se veía venir y la amenaza de una invasión prusiana era inminente. Debiendo quizás morir el emperador en el frente, para motivar un sentimiento patriota y lograr que el Segundo Imperio permaneciera vivo.
De tal manera, en septiembre de 1870, marchó a la guerra Napoleón III, junto a su hijo Eugenio Luis (que tan solo contaba catorce años); manteniéndolo en retaguardia y marchando él a primera fila. Recibiendo varias derrotas en un corto espacio de tiempo; hasta que en Sedán es vencido el ejército francés, cayendo preso el emperador. Momento en que Da. Eugenia debe abandonar la regencia y logra milagrosamente huir de París; tras verse rodeada por la muchedumbre, en las Tullerías. Advirtiéndole los más cercanos, que debía escapar del palacio; porque venían para apresarla, incluso a lincharla. Pudiendo salir de París, gracias a su dentista (de nacionalidad norteamericana) que la ayudó a ir hacia Inglaterra. Tras ello, y pocos días más tarde; entraron los prusianos victoriosos en la capital francesa, donde proclamaron el II Imperio (en el mismo palacio de Versalles). Siendo así como terminó el Segundo Imperio francés y nació el germano; mientras Eugenia de Montijo esperaba en Gran Betaña, que le enviasen a su hijo y liberasen a su marido. Lo que sucedió pocos meses después; logrando vivir tranquila junto a ellos y en el exilio, mientras la vida les mantuvo unidos. Pues el emperador falleció tres años más tarde y Eugenio Luis, murió en batalla, en 1879. Debiendo destacar que esos días en los que estuvieron destronados, también lo hicieron enamorados. Habiendo sido un tiempo feliz; en los que su marido, a diario, le pedía perdón por sus grandes errores; incluso, por las amantes que mantuvo durante el matrimonio. Rogándole todas las mañanas disculpas, sobre todo por no haber caído en la guerra. Pasando ambos, horas abrazados o cogidos de la mano; mientras su hijo Eugenio, les leía una novela y hablaba con ellos. Pudiendo ver por entonces, aquel chico; que los padres se querían. Algo que quizás, nunca hubiera conocido de otro modo y de haber seguido en el trono de Francia. Lo que a ella le enseñó entender la vida; pudiendo afrontar las desgracias que mas tarde sobrevinieron. Cuando falleció el emperador y su hijo cayó en combate, con tan solo veintitrés años.
En lo que se refería a la derrota contra los prusianos, que luego se llamaron alemanes. La Señora quiso destacar lo mal que se portó Bismarck y las intrigas tan poco honorables que generó aquel alemán. Con el que tanta amistad guardaron en su día y al que llegaron a invitar los veranos en Biarritz. Donde Mérimée se reía del poco éxito que el germano tenía con las mujeres y de su aspecto parecido a una calabaza, cuando se quitaba el casco. Pese a lo que, ese militar, al que consideraban honesto; intrigó, publicando un telegrama falso y difamatorio con el fin de provocar la guerra. Culpando a la emperatriz, de desear entrar en conflicto con Prusia; al querer devolverle el trono de España a su amiga Isabel II. Todo lo que era falso y rastrero; aunque llevó al enfrentamiento que él deseaba. Sabiendo que una guerra entre Francia y su país, les proporcionaría una gran victoria y a la unificación de Alemania. Creando así el Segundo Imperio teutón; donde Guillermo I sería nombrado Kaiser del Reich. Pese a todo, al caer en desgracia Otto von Bismatck (años más tarde); decidió narrar la verdad. Reconociendo que el inicio del conflicto bélico se debió a él, sin haber participado la emperatriz en nada. Tras generar un falso incidente diplomático, para llegar al enfrentamiento franco prusiano. Culpando por entonces, a Da. Eugenia de la conflagración; con el fin de que los franceses la odiasen y cayera el Segundo Imperio. Dominando así fácilmente ese país, tras vencerlo.
Deseaba añadir Da. Eugenia, para terminar esta parte de su historia. Que pese a todo lo que Luis Napoleón hizo por su nación; los franceses habían realizado una labor de zapa, para mancillar su memoria. Pues fue quien industrializó el país, sacó del medievo a París, creo la red de ferrocarriles y favoreció la construcción de puentes, carreteras, canales y puertos. Y habiendo sido el mejor gobernante que dirigió esa nación durante el siglo XIX; no permitieron que se enterrase en Francia, ni celebraron funerales de Estado a su muerte. Impidiendo que se hicieran ceremonias similares en Inglaterra, bajo amenaza de crear un incidente diplomático. Mientras rindieron honras de Jefe de Estado a Victor Hugo; un escritor, que nunca ocupó altos cargos. Por cuanto ella (ya viuda) construyó una abadía en Inglaterra, junto a su finca de Farnborough; para acoger los restos de su marido y donde posteriormente enterró a su hijo. Por lo que, la emperatriz volvió a decirnos: -“Un país que olvida a sus grandes personajes históricos; está condenado al olvido”-.
Para terminar, quiso señalar -nuevamente- que su marido se había rendido en Sedan a las tropas prusianas, tan solo para evitar que allí murieran miles de soldados franceses. Pues él sabía que estaba muy enfermo y le quedaba poco tiempo de vida; deseando morir en el frente, para legitimar a su hijo y al Imperio. Aunque, en el fragor del combate, tuvo que reflexionar; concluyendo que si aceptaban la derrota, se salvarían muchísimas vidas. Pero a comienzos de 1871, tras salir los prusianos de Francia y crear el II Reich (en Versalles); se proclamó la Comuna de París. Un movimiento anarquista, que propugnaba la inexistencia de gobiernos; que dominó la urbe y sus alrededores, durante sesenta días. Revolución que terminó, cuando el ejército francés entró en París; para doblegar esa Comuna (dos meses más tarde). Provocando la toma de la ciudad, decenas de miles de muertos (entre los que se incluían niños y mujeres). Asesinados, a los que había que sumar, los que la propia Comuna mató; llevando al paredón a quienes no aceptaban la revuelta. Por cuanto las vidas francesas que se salvaron al rendirse su marido en Sedan; fueron muchísimas menos de las que se cercenaron en los meses siguientes. De ese modo y tras aquellas palabras de La Señora; se dio por finalizado el brunch; cuando nos acercábamos a la una de la tarde. Determinando que saldríamos a las dos y media, hacia Valladolid. Quedando más de una hora, dando tiempo para ir a las habitaciones, tomar el equipaje y echar una pequeña cabezada. Hasta que los cocheros avisaran, partiendo cuando tuvieran preparadas las carrozas.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba, Napoleón III en su lecho de muerte (1873). Como el relato narra, no permitieron repatriar sus restos a Francia (lo que hubiera sido normal en un Jefe de Estado); ni menos, enterrarlo junto a su tío, Bonaparte. Tampoco pudieron celebrarse funerales de Estado, en Inglaterra; bajo la advertencia de que el gobierno francés tomaría medidas diplomáticas si lo hacían. Al lado, la familia de Napoleón III hacia 1860; cuando él tenía unos 52 años y Eugenia de Montijo 34. Abajo, la villa de Farnborough, antes de ser comprada por la emperatriz; donde se estableció y más tarde creó la abadía de San Miguel, para enterrar a su marido y a su hijo. Allí también recibió sepultura Da. Eugenia, en 1920, sin recibir tampoco funerales de estado. Bajo la amenaza francesa de tomar medidas diplomáticas, en caso de que España o Reino Unido le rindieran honores de ese tipo. Pese a que ella, durante la I Guerra Mundial; puso a disposición del ejército, las villas que tenía en Francia y en Inglaterra. Convirtiéndolas en hospital, donde atender a heridos; y colaboró con los militares franceses, para derrotar a los enemigos.
ADENDA:
Pilar Eyre: De la información a la Infamia y del relato histórico a la “novela histérica”.
En nuestro capítulo anterior, dedicábamos unas breves palabras a un libro de Pilar Eyre, intitulado PASIÓN IMPERIAL. Donde -debemos considerar- que la periodista ha inventado un nuevo género literario, denominado: “novela histérica” (como fórmula de novela histórica). Pudiendo sufrir un ataque de nervios; cualquier persona normal que lea ese texto, donde se pretende relatar la biografía secreta de Eugenia de Montijo. No solo, por las incongruencias históricas y anacronismos, que presenta; sobre todo, por las injurias que vierte hacia esa familia. Aseverando que el padre de la emperatriz (conde de Teba) era un cornudo feliz; quien de forma complacida, aceptaba que su mujer se acostase con todos. Mientras la madre (Da. Manuela Kirkpatrik) fue una mujer con furor uterino, cuyo arte consistía en realizar decenas de felaciones, a varios hombres, en connivencia -cada noche de fiesta-. Afirmando, que el progenitor biológico de las niñas Montijo (Paca y Eugenia) era realmente George Clarendon; quien intentó abusar de su “hija”, cuando la niña apenas tenía diez años. Conteniendo este libro, un sin fin de barbaridades; a las que se unen múltiples anacronismos y absurdos históricos. Por cuanto vamos a recoger algunos de los datos y frases que escribe la autora; con el fin de observar lo que es una “novela histérica”.
Algunos de estos hechos ya los habíamos comentado en nuestro capítulo anterior; aunque, debido a su importancia, los recogeremos de nuevo. Comienza el libro de Pilar Eyre, con una escena donde Eugenia de Montijo monta a caballo; escribiendo literalmente: “mientras mi corcel galopaba hacia el horizonte, la yegua y yo mojadas de excitación, nomadismo y aventura. Cada vez estábamos más lejos, más rápido, y las voces de mis damas, la princesa Waleski, la marquesa de Isasi, que se acababa de casar con mi amigo de juventud Joseíto Xifré, Paulina Metternich, su débiles y asustados «Majestad, Majestad», dejaron de oirse, dejé de oír la voz del emperador, bronca a causa del tabaco, «Ugenia, Ugenia», y más cerca las voces educadas de sus gentilhombres, Morny, Persigny, Baciocchi, que también me llamaban, «Majestad, Majestad». Hasta la imbécil de la condesa de Castiglione, disfrazada de montero con ca saca, bandolera y tricornio, fingía preocupación: «Majestad Majestad».” (SIC pag 12).
De este modo, la supuesta novela histórica, que pretende basarse en la vida secreta y sentimental de la emperatriz; se inicia con una escena imposible; donde analizaremos los personajes que se describen:
1) “La princesa Waleski”, a la que debería llamar condesa Walewski, era María Ana de Ricci; casada en 1846 con Alexander Walewski, hijo natural de Napoleón Bonaparte y primo de Napoleón III. Fue una condesa y duquesa de origen italiano, figura clave en la corte de Napoleón III como primera dama de honor de la emperatriz Eugenia.
2) “La marquesa de Isasi, que se acababa de casar con mi amigo de juventud Joseíto Xifré”. En primer lugar, el José Xifré, coetáneo a la emperatriz no se casó con la marquesa de Isasi, sino con una francesa apellidada Hamel. Pero, además, Joseito Xifré, no estaba en esos años en Francia. Pues la escena se sitúa entre enero de 1856 y abril de 1857 (si nos fijamos en algunos personajes que aparecen en ella, como la condesa de Castiglione). Momento en que Xifré y Downing se casó y retornó a España; construyendo un palacio en Madrid, donde fijó desde entonces su residencia. Además, en 1857, ni siquiera existía el marquesado de Isasi; cuya primera titular desde 1859 fue Joaquina de Silva-Bazán, casada con Juan Francisco Chacón (en 1857). Suegros de Xifré Hamel, esposo de María Joaquina Chacón y Silva-Bazán (segunda marquesa de Isasi desde 1913). Es decir, el José Xifré que pudo tener alguna relación con Eugenia de Montijo (antes de casarse ambos); fue Xifré y Downign, no Xifré Hamel (nacido en 1856, precisamente cuando hemos de situar la escena descrita por Pilar Eyre). Por lo que la esposa de Xifré, nunca podría montar a caballo; al estar embarazada o haber nacido su hijo unos meses atrás. Además, no hay constancia de que estas personas pertenecieran al séquito de Napoleón III, ni al de la emperatriz.
3) La princesa Paulina Metternich; realmente fue una gran amiga de Eugenia de Montijo. Pero su relación comienza en 1859; cuando el marido de la austriaca (Ricardo Metternich) es nombrado embajador en París -desde 1959 a 1870-. Por lo que nunca puede coincidir con otros personajes de la escena (como la condesa de Castiglione). Aunque sí era muy aficionada a la equitación y montó junto a Eugenia de Montijo, desde que su marido fue destinado a Francia.
4) Morny, Persigny, Baciocchi; fueron grandes colaboradores de Napoleón III, que ocuparon carteras ministeriales o altos cargos (dos de ellos, familiares). Aunque Persigny, desde 1855 a 1860 fue nombrado embajador en Reino Unido y apenas estuvo en París.
5) La condesa de Castiglione, sería el personaje por el que podemos fechar la escena descrita por la autora. Sabemos que entró en contacto con Napoleón III, en enero de 1856 y fue su amante desde esos días, hasta abril de 1857; cuando huye de Francia, tras verse implicada en un atentado contra el emperador.
6) La propia Eugenia de Montijo, que tuvo su primer hijo en marzo de 1956; después de lo que se prohibió volver a montar a caballo. Ya que había tenido dos abortos, uno debido a una caída ecuestre. Por lo que resulta imposible que la condesa de Castiglione compartiera una escena de cacería o equitación, con la emperatriz.
Desde estas primeras páginas, toda la novela es un absurdo histórico; mezclando datos reales con verdaderas barbaridades. En un texto, que se supone escrito por Eugenia de Montijo, durante su viaje en barco hasta Egipto; en 1869, cuando asiste a la inauguración del Canal de Suez. De tal modo, se comienza aseverando que el padre biológico de las dos hermanas (Paca y Eugenia) era George Clarenton (amante oficial de la madre). Mientras el marido (conde de Teba), era un conocido cornudo, al que llamaban cabrón por las calles de Granada; sin que él se inmutase (páginas 23 y ss). Narrando como entraban hombres todas las noches, en la casa familiar de los Montijo, en esa ciudad; a gozar de los favores de la madre (Manuela Kirkpatrik). Dejando ver que ese era el medio de vida, o de escalar socialmente; ya que eran pobres de solemnidad (otra falsedad). Aunque sí es cierto, que el dinero estaba en manos del tío mayor de la familia; Eugenio, que heredó el mayorazgo y por entonces era conde de Montijo. Al que -según Pilar Eyre- todos deseaban la muerte y rezaban por que se produjera muy pronto. Suponiendo que estaba liado con una cigarrera, a quien la cuñada echa de su casa por querer colocarle un hijo ajeno (pags 27 y ss). Tras ello, se narra que Da. Manuela (la madre) logra camelar a Fernando VII con un baile y lo que parece una felación. Pues la progenitora de estas dos niñas (Paca y Eugenia) era especialista en realizar sexo oral con decenas de hombres, a la vez y en una misma noche; logrando así conquistarlos (pag 33 y ss). Obteniendo así el permiso del rey, para trasladarse a Madrid; donde viven con bastante pobreza en la calle del Sordo (pag 36/40). Llegando en esos días -por primera vez- Mérimeé a Madrid; del que según el libro de Eyre, Eugenia dudaba si también era un amante de su madre (pag 45 y ss).
Más tarde se relata de un modo antihigiénico, como ambas hermanas comienzan la pubertad; los consejos que les da su criada y un sinfín de añadidos referentes a algo tan íntimo, como natural. Mientras, todas rezaban para que se muriera el tío Eugenio; que era el poseedor del mayorazgo y el que tenía el dinero (resultando una verdadera infamia, el relato de niñas pidiendo a Dios ese fallecimiento). Feneciendo su tío mientras ellas vivían en la calle del Sordo (pag 53 y ss); un hecho incierto, pues Eugenio -conde de Montijo- muere en 1834, cuando sus sobrinas ya están en París. Narra asimismo, el modo en que odiaba la progenitora, a la reina madre (María Cristina) insultándola (pag 57). Un hecho totalmente falso, pues Manuela Kirkpatrik fue su dama de honor; logrando que nombrasen a Paca y a Eugenia, damas de Isabel II y de la infanta Luisa Fernanda. Aunque uno de los episodios peores de esta novela, sucede cuando el supuesto padre de las niñas (George Clarenton) intenta abusar de Eugenia. Lo que se fecha, en 1835; cuando ella tendría nueve años (pese a que la autora relata que ya era púber). La escena del intento de violación por parte del supuesto progenitor, es terrible y se describe en las páginas 59 a la 62. Tras ello, la madre, decide marchar a París; al ver como su “amante oficial” abusa de la hija común (pag 63). Todo lo que es falso, hasta en fechas; pues Manuela Kirkpatrik y sus dos niñas, salen hacia París en 1834; debido a la Primera Guerra Carlista y por una epidemia de cólera que se extiende en Madrid.
Relata el libro el viaje que hicieron hasta llegar a Francia, pasando por Barcelona; de un modo absurdo. Pues sabemos que realmente se trasladan con El Sevilla (un torero); aunque el texto de Pilar Eyre supone que van acompañados de los toros de lidia, a los que las niñas daban de comer. Durante ese trayecto, la madre también se acuesta con el diestro, mientras ellas dormían con los morlacos; lo que supone una ficción sobre nuevos cuernos y un total desconocimiento del mundo de los toros (pags 64 y ss). Se dice que van a la plaza de toros a Barcelona (pag 65), lo que no ocurrió; pues la madre huyó por la frontera francesa, ante la epidemia y los confinamientos. En la novela, llegan luego a Touluse; tras un pasaje lleno de groserías, donde pone en boca de la criada las frases más soeces (pag 68). Residiendo en esa ciudad, tras ser recibidas por un marqués, del que también se hace amante la madre; mientras mandan a las niñas a un internado, para poder tener relaciones sexuales libremente (pag 69). Hechos totalmente ajenos a la realidad histórica de ese viaje. Finalmente, el amante se cansa de ellas y deben marcharse a París, donde pasan a vivir en los Campos Elíseos (pag 73). Desde este momento, apenas veremos al padre con ellas en la novela; pese a que el conde de Teba fue a residir junto a sus hijas, después de la muerte de su hermano (desde 1835 a 1839, fecha en que fallece). Sigue el relato de Eyre mencionando como durante esa estancia en la capital francesa (cuando apenas tenían diez años las dos hermanas); aparece Mérimée con Henry Beyle (Stendhal) quien abusa y toquetea a las dos niñas (pag 98). Se supone que entonces, la madre visita Inglaterra, junto a su amante (George Clarenton); quien la deja para casarse (pag 100). Aunque lo que realmente sucedió es que el padre (conde de Teba) vivía en París con ellas desde 1835; pero un año después, preocupado por las revoluciones en París, las lleva a estudiar un año y medio a Brystol, Inglaterra; donde todos se trasladan.
Muere el padre de las Montijo (Cipiano de Guzmán Portocarrero y Palafox); lo que sucede en 1839. Según la novela de Pilar Eyre, la madre vuelve a España muy contenta, junto a sus hijas; algo absolutamente falso (pag 108). Suponiendo que la viuda está feliz y se dedica a bailar; sacándole coplas a su situación (pag 114). Pese a ello, aquella viuda alegre, tiene un gran desengaño; porque su amante inglés, se casa (George Clarenton); quedando la madre desolada (pag 113). Tras ello, Pilar Eyre, supone que la progenitora fue expulsada de España por Ma. Cristina y por la reina -en 1840 y 1844- (pag 114); lo que carece de base histórica. Apareciendo entonces y de nuevo, un personaje que Pilar Eyre pretende unir a Eugenia de Montijo; sin datos que lo corroboren. Este se llama José Xifré, al que la autora denomina Joseíto; a quien confunde con su hijo, pues lo nombra casado con la marquesa de Isasi (título que no existía en los años en que sitúa las escenas) (pag 122 y ss). Habla repetidamente del mencionado Joseíto Xifre, que debemos considerar era realmente Xifré Downing y no Xifré Hamel. Ya que este último nació en 1856 y se casó con la que heredó el marquesado de Isasi en 1813; todo lo que muestra el anacronismo de la novela que analizamos. Menciona al personaje, como un jugador empedernido y millonario ludópata; al que desea vincular la autora con la emperatriz, sin base histórica alguna. Confundiendo siempre a Xifré Downig, con su hijo, José Xifré Hamel.
En la siguiente parte de la novela hace aparecer a Lesseps, como embajador en Madrid (pag 129); lo que nos situaría en 1848, cuando este familiar de Eugenia de Montijo vino a representar a Francia en la legación española. Pese a ello, en estos años, Eugenia de Montijo realmente ya vivía en París; pues será en 1849 cuando conoce a su futuro marido, Napoleón III. Olvida asimismo, la autora del libro; que para esa fecha (1848) su hermana Paca ya se había casado con el duque de Alba y eran padres de un niño. Pese a lo que, posteriormente habla de que Eugenia se enamora del duque de Alba, suponiendo que estaba todavía soltero en 1848 (pag 133). Tras ello, menciona las fiestas de Carabanchel y del palacio de Ariza, donde Eugenia y Paca buscan novios, introduciendo en el grupo al referido Joseíto Xifré, sin que haya referencia histórica de esa amistad (137 y ss). Tras ello, la novela relata como Paca y Eugenia, son nombradas camareras mayores de la reina; gracias a que su madre hace felaciones al marques de la Encina en la Corte (pag 152). Mientras Paca se promete con James Alba; lo que nos lleva de nuevo a 1843 (observando que los hechos anteriores y la aparición de Lesseps, eran anacronismos (pag 152 y ss). Citando otra vez las felaciones de la progenitora de las Motijo, que según Eyre están atestiguadas en un cuadro de El Prado, llamado “el secreto”, pintado por Pacheco el Joven -todo lo que es falso y absurdo- (pag 209 y ss).
En la novela, Eugenia conoce a Napoleón III cuando él ya es emperador (pag 209 y ss). Lo que también es incierto, pues entran en contacto en 1849 (mientras era Presidente de la II República); casándose en 1853, poco tiempo después de que le coronasen. Según la autora, se vieron por primera vez cuando ella tenía veintisiete años (pag 218). Aunque -en verdad- Eugenia de Montijo se casó once meses después de que él la cortejase oficialmente, tras cumplir los veintiséis. Si leemos páginas como la 239 podremos encontrar groserías inigualables, que nos hablan de “coños y de la pirámide de Keops” (SIC -con perdón-). Aunque, más desagradable resulta la lectura y descripción de la noche de bodas; donde nos enfrentamos a olores, sabores, calidad de vello y etc (pag 287 a 289). De nuevo, más adelante, se menciona a Joseíto Xifré, esta vez junto a Morny; comentando que ambos eran ludópatas (pag 305). Después, la autora asevera que a Eugenia no le atraía nada su marido; pero deseaba ser emperatriz, por encima de todo (pag 216). La falsa documentación que maneja, podemos comprobarla hijas más tarde; cuando aparece en escena Paulina Metternich, viviendo en París, antes de que nazca el hijo de Eugenia (pag 326). Pese a que Eugenio Luis vino al mundo en 1856 y los Metternich no fueron nombrados embajadores en Francia, hasta 1859. Por su parte, según el relato de Pilar Eyre; la madre de la emperatriz sigue en Francia y esta vez se hace amante de José Hidalgo (pag 341). Aunque sabemos históricamente, que Manuela Kirkpatrik es enviada a España, al poco tiempo de casarse su hija -hacia 1854 y sin certeza de que regresara a París; el resto de su vida-. Pese a ello, en la novela la veremos despedir a su hija en 1869; cuando Eugenia marcha a la inauguración del Canal de Suez. Más adelante, de nuevo menciona a Joseíto Xifré; del que dice que se casó con la marquesa de Isasi, porque su familia era plebeya hasta las orejas, pese a estar cargado de dinero (pag 342). Haciendo ver la autora, que Xifré pertenecía al círculo de Napoleón III y Eugenia de Montijo; sin existir datos históricos que lo corroboren. Volviendo a confundir al padre (Xifré Dawning), con su hijo (Xifré Hamel); ya que este segundo fue el que se casó con la heredera del título de Isasi (ostentándolo su mujer desde 1913; casi medio siglo después de los hechos que refiere la novela). Lo mismo veremos en la página 252, donde se llega a citar a la esposa de José Xifré Downing; diciendo que es prima de los Alba. Unos hechos y trama, sin base real alguna; pues la marquesa de Isasi, prima del marido de Cayetana Alba; hemos de situarla en tiempos en que se redacta este libro (hace menos de veinte años).
Los anacronismos en la “novela histérica”, siguen; hasta el punto de que en fechas tan tardías como 1868, aparece la condesa de Castiglione (pag 354 y 367). Amante de Napoleón III, que huyó de Francia en primavera de 1857; cuando el emperador sufrió un atentado y se supo que ella era una espía de Italia. Recogerá el libro -más tarde- una lista de amigos de la emperatriz; que supuestamente asistieron a una fiesta celebrada en París, antes de la inauguración del Canal de Suez. Entre los que aparecen diferentes nombres; citando a Pepe Alcañices, como gobernador de Madrid (pag 370). Quien fue marqués de Alcañices, por entonces ya duque de Sexto y alcalde de la capital, no gobernador. Del que sabemos históricamente, que durante su juventud; fue uno de los que paseaban a las adolescentes Montijo. Habiéndose prometido con Eugenia; aunque los padres de él no le dejaron casarse con la “segundona” de la familia, por falta de dote. Las frases que aporta la autora, en este caso, son indescriptibles; profiriendo piropos el marqués de Alcañices, a Eugenia de Montijo, como: -“te duele el chocho, de guapa”- (SIC pag 370). Llega a sus últimos capítulos este relato “histérico” describiendo la referida fiesta de inauguración del Canal de Suez; que termina en orgía, donde todos los hombres disfrutan de unas bailarinas árabes que han llegado para la ocasión (pag 372 y ss). No dejando títere con cabeza, pues aparece el emperador fornicando con las odaliscas, a la vez que todos sus amigos y ministros. Incluyendo al referido Joseíto Xifré; sin conocer la autora, que en 1868, moría en Madrid Xifré Downing; por lo que jamás pudo asistir a fiesta alguna en París.
Finalmente, viaja Eugenia hacia Egipto, para presidir la apertura de Suez y nos hace ver la novela que Fernando Lesseps es su gran amor y su amante (pag 375). Refiriendo Pilar Eyre que eran primos y él tenía un maravilloso cuerpo; describiendo minuciosamente como “hacían el amor” apasionadamente. Aunque la autora olvida que Fernando Lesseps, era tío segundo de la emperatriz y nació en 1805; es decir que durante la inauguración del canal (1869) él tenía sesenta y cuatro años y ella cuarenta y tres. Pese a lo que en el libro, se refiere como tienen relaciones y el diplomático la ama con furor, mostrando sus músculos y su fuerza (pag 386). El relato está tan mal documentado, que llama “Al Aguilucho” al barco imperial donde viaja la emperatriz hasta El Cairo; nave realmente denominada “El Águila”. Describiendo con gran detalle, como al zarpar de las costas francesas; suena La Marsellesa, en honor de los Jefes de Estado. Al igual que tocan ese himno, cuando la embarcación llega a Egipto (pag 391, 392). Desconociendo Eyre que en tiempos de Napoleón III la Marsellesa estaba prohibida y el himno francés era una melodía y poema escrito por la madre del emperador, intitulado “Partant pour la Syrie” (música y letra que podemos oír pulsando el siguiente enlace https://www.youtube.com/watch?v=QBSGSlcuTrY ).
Para añadir más datos falsos; al final, narra que Eugenia lleva a sus sobrinas hasta Suez; siendo autorizadas a ese viaje (por su padre) a cambio del cadáver de la madre. Por lo que su cuñado -el duque de Alba, viudo de su hermana- requiere entonces, que le devuelvan el cuerpo de su mujer (pag 397). Haciendo ver, que la emperatriz se había quedado con los restos de Paca; guardándolo en Carabanchel, sin consentimiento del marido. Aunque, realmente lo llevó hasta allí, porque deseaba crear un mausoleo en este lugar; dedicado a su difunta hermana. Monumento que no pudo llegar a construir en Carabanchel; por lo que tras ser destronada, entregó el féretro, para que fuera enterrado en el panteón de los Alba (de Chiloeches). Termina la novela, comentando que Eugenia y Lessseps eran “amigos”; pero ella recibe un gran desengaño en Egipto, al conocer que su amante iba a casarse. Cuando su tío (primo, según Eyre), le comunica que tras la inauguración del canal, contraerá matrimonio con su joven prometida. Boda que sucedió realmente; aunque es absolutamente falso que hubiera relación alguna entre Lesseps y Eugenia. Por último, deseo destacar, las frases y hechos que describe en la página 156; al relatar como la emperatriz se masturba pensando en su amado “primo” (de un modo tan obsceno, como poco higiénico). Con lo que se concluye que la periodista, tan solo deseaba escribir un libro escandaloso, sin base histórica; para vender un gran número de ejemplares. Incluyendo párrafos que pueden considerarse de literatura porno; todo lo que sería perdonable, si no refirieran verdaderas infamias acerca de los personajes que lo protagonizan.
SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: tres imágenes del interior del antiguo Palacio Xifré, construido en 1856 por José Xifré Downing. Grabados y litografías, del archivo de la Biblioteca Regional de Madrid (a la que agradecemos, nos permita divulgarlas). El edificio mudéjar fue encargado a un arquitecto francés; lo que mucho molestó a los españoles, que lo bautizaron como “la bombonera china”. Se hallaba frente al Museo de El Prado y fue tristemente derribado en 1949, para levantar allí el edificio de Sindicatos (actualmente sede del Ministerio de Trabajo). Tras casarse Xifré en 1856, con Elisa Constanza Bellow Hamel Touri y nacer su único hijo en París; mandaron construir el palacio y regresaron a Madrid -quizás para que el marido dejase de gastar su capital en fiestas y en los casinos de Europa-. Finalmente, Xifré Downing muere doce años más tarde (en 1868) y hereda el edificio su hijo, llamado José Xifré Hamel; quien por entonces apenas tenía doce años. Al quedarse huérfano y proclamarse “La Gloriosa”, es llevado a París; donde estudia junto al futuro Alfonso XII (del que se hace muy amigo). En 1876, Xifré Hamel, contrae matrimonio con la que será segunda marquesa de Isas en 1913 (Ma. Joaquina Chacón y Silva-Bazán). Datos que detalladamente recogemos, para comprender que la novela de Eyre, es totalmente inexacta y anacrónica. Pues se considera que el supuesto pretendiente de la Emperatriz, llamado José Xifré; se casó con la marquesa de Isasi. Un hecho imposible, ya que José Xifré Hamel (esposo de la segunda marquesa de Isasi), nació en 1856 ; cuando Eugenia de Montijo llevaba cuatro años coronada como emperatriz.
JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado, dibujo nuestro de José Xifré Downing; coetáneo de la Emperatriz Eugenia de Montijo. Hijo del multimillonario José Xifré Casas (cuya fortuna tenía orígenes en el tráfico de esclavos), se hizo famoso por el modo en que gastaba dinero en las capitales europeas. Pues al morir su padre (cuando era muy joven), puso en manos de sus apoderados y administradores las empresas; para viajar y visitar los casinos más importantes del mundo. Finalmente, viéndose rechazado por la nobleza y no sabiendo como adscribirse a ciertos grupos; se hizo socialista. Lo que resultaba delirante, pues su padre había sido el hombre más rico de España. En 1856, una francesa llamada Elisa Constanza Hamel se casó con él; alejándolo del juego y de la Alta Sociedad parisina, para llevaerlo a la capital de España (evitando que siguiera derrochando más dinero). Así construyeron el palacio Xifré de Madrid; al que todos llamaban “la bombonera china” (con muy mala intención). Donde residió hasta su fallecimiento, que se produjo en los días de La Gloriosa (año de 1868).
Abajo, su hijo José Xifré Hamel (foto de la página Teosofía, Ministerio de Cultura). La emperatriz le conoció de niño en París; cuando, al quedar huérfano y proclamarse La Gloriosa, su madre le llevó hasta la capital francesa (para protegerle y que se formase bien). Donde recibió la más esmerada educación; llegando a hacerse gran amigo del príncipe Don Alfonso, ya que estudiaban juntos y habían nacido casi el mismo año. Más tarde, el joven Xifré Hamel, regresó a España; cuando la monarquía fue restaurada (1874). Casándose poco después con la que sería segunda marquesa de Isasi; aunque, muy pronto, volvió a tener excentricidades similares a las de su abuelo y su padre. Entrando en Sociedades de espiritismo, fundando extraños grupos y gastando su fortuna en sofías de carácter esotérico. Tanto fue así, que en 1888 dicen que Alfonso XII le indicó que se fuera de España; para no importar a nuestro país, esas congregaciones, ni la nuevas ideas del grupo que lideraba (llamado Teosofía). Por lo que en la fecha, se traslada a Francia, junto a su familia; alquilando el palacete Xifré de Madrid a la legación mexicana. Se sabe que en 1913 estaba prácticamente arruinado; posiblemente, estafado por esos ocultistas a los que patrocinó. Debiendo vender aquella maravillosa casa de tipo oriental. Adquiriendo finalmente el palacio Xifré, el Estado de México. Que lo tenía arrendado desde 1888 y donde Manuel Yturbe residió, hasta su fallecimiento.
































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