martes, 22 de julio de 2014

ISABEL CLARA EUGENIA Y LAS ÁGUEDAS, EN LA MOTA DE MARQUÉS.

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SOBRE ESTAS LINEAS: Vista general de Mota del Marqués, llamada antaño Mota de Toro; sita en las estribaciones de los montes Torozos. Sobre la colina, los restos del castillo teutón. Abajo y a la derecha, la impresionante iglesia de San Martín, con las proporciones de una catedral; fue obra de Gil de Hontañón y donde se desarrolla parte de la leyenda que a continuación transcribo.
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ABAJO: Retrato de la hija de Felipe II -Isabel Clara Eugenia- con unos diez años, hacia 1576. Por del pintor de corte Sánchez Coello, actualmente es propiedad del Museo del Prado (al que agradecemos nos permita divulgar la imagen). Esta princesa protagoniza la historia que ahora comenzamos.
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La nueva leyenda que recojo, me fue oida a los mayores del lugar, quienes me la narraron; personas de edad, nacidas o que vivieron en la zona de los Torozos. Unos montes que rodean la población de Mota del Marqués y que a mi juicio fueron así llamados por ser las colinas "toresanas" -pertenecientes a la zona de Toro-. No tanto por constituir un salpicadero de elevaciones que se perciben como "a trozos", etimología con la que algunos explican el nombre de estas cuestas que circundan Mota, San Cebrián, Tiedra, Urueña, Torrelobatón o Adalia. Junto a un largo etcétera de preciosas poblaciones, entre las que se encuentra el famoso cazadero de Felipe II, llamado La Santa Espina (monasterio de origen cisterciense de gran belleza, fundado por Da. Sancha; la hermana de Alfonso VII de Castilla).
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Continuando con los hechos que vamos a recoger, diremos que nuestra historia tiene como protagonista una de las hijas de aquel rey Felipe II; su niña favorita, quien le acompañó en los años de vejez y única a la que el anciano monarca dejaba revisar sus escritorios y corregir entre las papeleras de palacio (pues la princesita, desde muy corta edad, hablaba perfectamente en italiano y francés). Llamada con el curioso nombre de Isabel Clara Eugenia, fue hermana de Catalina Micaela, nacidas ambas de un tardío matrimonio entre el soberano español y una de las hijas del rey de Francia: Isabel de Valois. Mujer tan bella como joven en el momento que Felipe II quiso desposarla, tanto que había venido para celebrar nupcias con su hijo -Don Carlos-. Un príncipe que -al parecer- a raiz de este hecho y viendo que su padre le había robado la novia, dejó de comer (reivindicando así el casamiento llegado para él, desde tierras galas). Promoviendo por tal motivo aquel sucesor de la corona todas las fechorías posibles, hasta llegar a darse muerte por frio y hambre, cuando fue apresado en una torre bajo la acusación de herir a varios hidalgos de la Corte; y hasta de intentar dar muerte a su progenitor -el soberano-.
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Al poco murió también la joven esposa del rey Felipe y tan solo sus dos niñas (Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela) dieron algo de felicidad a aquel hombre, cuyo destino le convirtió en un ser amargo y triste. Debido a vivencias como las de Antonio Pérez, junto a sucesivas derrotas militares,; lo que motivaron anduviese por palacio tan solo como entre los campos; sientiéndose traicionado hasta por el mismo Dios (tras ver hundida su gran Armada -que llamaron "La Invencible"-). Fue así como estas dos hermanas venidas al mundo del vientre aquella joven francesa ya fallecida, hicieron en algo mejor la vida del rey de las Españas; tanto que el monarca quiso que la mayor reinase en el país de su madre. Llegando a pedir la sucesión del trono galo en favor de Isabel Clara Eugenia -en 1589, tras la muerte de su abuelo-. Pese a que la hija favorita de Felipe II nunca pudo llegar a gobernar, al regirse aquella nación bajo la ley llamada Sálica (que impedía heredar el reino a mujeres).
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SOBRE ESTAS LINEAS: Isabel Clara Eugenia, por Pantoja de la Cruz hacia 1599; gobernadora de Flandes, representada probablemente en traje de novia (obra en propiedad del Museo del Prado, al que agradecemos nos permita divulgar la imagen). Quizás este retrato sea el último en España de la hija de Felipe II -quien enseña en su mano una miniatura con la cara del rey-; habida cuenta la costumbre protocolaria de pintar las damas y princesas de la Corte con vestimenta nupcial (por entonces oscura) antes de marchar a casarse al extranjero.
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ABAJO: Portada del libro sobre Magdalena de Ulloa, hermana del primer marqués de la Mota y "madre adoptiva" de Jeromín. El famoso Juan de Austria, que fue antecesor de Isabel Clara Eugenia en el cargo familiar, como Gobernador de los Paises Bajos.
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Diez años más tarde, la niña a la que más quiso el soberano español, fue bien compensada; entregándole su padre los Países Bajos como dote para sus bodas. Caso así Isabel Clara Eugenia con el Archiduque Alberto de Austria -en 1599- y pasaron a reinar ambos esos dominios de los Habsburgo en Centro Europa. Tomando posesión desde entonces y hasta su fallecimiento como regente de los territorios de Flandes, cargo en el que sucedía a su tio Jeromín (D. Juan de Austria). El vencedor de Lepanto, quien se había criado entre Villagarcía y Mota del Marqués; y que como sabemos, murió de general mandado los Tercios flamencos. Un territorio que se precipitaba convulso desde  el primer intento que los españoles hicieron por ocuparlo; no habiendo cesado las guerras contra algunas ciudades holandesas durante decenios.
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La situación de rebelión continuada y los levantamientos de insurrectos en los Paises Bajos, llevaron a las tropas del Archiduque a sitiar uno de los bastiones más importantes: La urbe de Ostende. Ciudad portuaria que oponía especial resistencia; por lo que pretendieron rendirla durante las Navidades de 1601, rodeándola con lo mejor de los Tercios de Flandes. Fue al ver que los sitiados no presentaban visos de entregar la plaza, cuando la reina gobernadora (Isabel Clara Eugenia) hizo promesa ante El Altísimo de no cambiarse de ropas interiores, hasta que la ciudad de Ostende cayera. Desconociéndose si aquello lo hizo por iniciativa propia, o por una extraña leyenda que narraban sobre su homónima tatarabuela -Isabel la Católica, de la cual se dice realizó algo igual durante la toma de Granada-; lo que más debió pensar Isabel Clara Eugenia era que aquel cerco duraría semanas -o a lo sumo, meses-. Pero tristemente, el sitio se prolongó por tres años.
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Decimos "tristemente" porque la resistencia de los flamencos fue numantina y las batallas allí libradas, tan cruentas como terribles. Tanto más se complicaban las luchas y los intentos por tomar la ciudad, habida cuenta el emplazamiento de la urbe, junto a una bocana de canales. Rios artificiales que aquellos holandeses sabían manejar con el fin de atrapar entre las aguas y las corrientes, a quienes pretendían entrar en Ostende. Tal fue la situación y la importancia de aquel cerco -sin lograr los hispanos romperlo-, que el joven rey Felipe III hubo de hacer llamar un año más tarde a los mejores generales italianos para que les asesorasen. Llegándose a Valladolid de entre ellos, los hermanos Spínola, donde el soberano les hizo entrega de seis galeras con el fin de que pudieran vencer a los de aquel bastión que no presentaba rendición, ni menos tregua. Pese a ello, tardaron otros dos años más en hacerse con la plaza; periodo en el cual murieron unas cien mil personas. Siendo tal la crudeza de aquel asedio y sus batallas, que aún en nuestros días aparecen restos de los cadáveres entre los canales y los cimientos de la ciudad portuaria holandesa -después de cuatro siglos-.
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SOBRE ESTAS LINEAS: Isabel Clara Eugenia, por Pourbus el Joven; luciendo un vestido en color "isabel". Tal como narramos a continuación, este tono ocre fue llamado "isabelo" al permanecer en el recuerdo que la gobernadora de Flandes no se cambió de ropa interior en tres años (mientras duró el sitio de Ostende y como promesa al santo).
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ABAJO: El general Ambrosio Spínola que conquistó la plaza de Ostende en 1605. Años más tarde sería inmortalizado por Velázquez en la Rendición de Breda (cuadro comúnmente denominado Las Lanzas).
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Así fue como el famoso general Spínola -protagonista en la obra velázqueña de la toma de Breda-, rindió Ostende en 1604. Momento en el cual Isabel Clara Eugenia parece que pudo cambiarse las enaguas y el refajo interior. Ropas que fueron pedidas por su hermano -el rey Don Felipe III- para que se trajeran hasta Valladolid. Ello, con el fin exponerlas en la Iglesia de San Martín -sita en esta capital y Corte-, cuyo patrón hubo sido un santo igualmente canonizado gracias la generosidad tenida con su sayo. Ordenándose de ese modo que vinieran los camisones de Isabel Clara Eugenia, como prueba del cumplimiento de la promesa y del terrible esfuerzo que su hermana había realizado apoyando la causa de Ostende. Mostrando de con las sayas el mal que padeció la gobernadora de Flandes, durante aquellos tres años de asedio.
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Fue el emisario de tan ilustre envío un caballero holandés, que junto a un grupo de soldados españoles, regresaban a nuestras tierras para ser licenciados tras sus victorias en Holanda. Encargándose a un capitán de los Tercios de Flandes -de origen valón- la custodia de las enaguas de la regente, y que así llegasen debidamente hasta Valladolid. Eligiendo para ello los mandos del Tercio, al capital Armand Van der Meer -a quien en broma llamaban "Armando va de Merd"-. Que por su nombre y apellidos, pareció al mismo Spínola el más indicado para llevar en buena custodia tan preciados ropajes (que pocos atrevían a tocar...). Muy a su disgusto vino este capitán de los Tercios hasta nuestras tierras, cargando con tan "preciada mercancía", rodeado de soldados y de otros militares que en su regreso a España, no dejaban de bromear acerca del tesoro que portaba en sus alforjas. Recordando la Historia que durante el trayecto exclamaba Van der Meer -esto es una "porqueriza"-; por lo que empezaron a llamarle "el capitán porqueriza" (conociéndole finalmente todos por este nombre).
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SOBRE Y BAJO ESTAS LINEAS: Interior y entrada de la iglesia de San Martín de la capital vallisolatana (en las proximidades de la catedral vieja). En este templo dice la leyenda que expusieron los ropajes que Isabel Clara Eugenia llevó durante tres años, al haber prometido al santo no cambiarlos hasta que Ostende fuera vencido. Al conseguir romperse el cerco en 1604, mandó su hermano (Felipe III) traer aquellas camisas desde los Paises Bajos; con el fin de rendir homenaje al sayo harapiento, que tan humildemente había tenido que vestir la gobernadora de Flandes durante un trienio -agradecemos a las autoridades eclesiásticas de la parroquia de San Martín, en Valladolid; nos permitan divulgar la imagen de su interior-.
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En su última jornada de viaje -desde Laredo a Valladolid, pasando por Medina y evitando los Torozos-, entraban los regresados de las picas de Flandes en Mota del Marqués, a fines del mes de enero de 1605.  Lugar del cual eran oriundos dos de aquellos que combatieron en Ostende (uno llamado Figueroa y otro, Meléndez). Por lo que toda la población homenajeó aún con mayor cariño a los recién venidos de una guerra tan lejana, como dura. Tras aquella celebración en la que mostraron una Parada con desfile decorado por tambores y pífanos; la soldaresca y los mandos narraron que portaban las ropas de Isabel Clara Eugenia, para ser expuestas en la iglesia de San Martín -de la Corte vallisoletana-, como muestra de santificación de aquella regente de Flandes.
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Al conocer tan curiosa noticia, los lugareños pidieron que las dejaran en Mota al menos hasta el día de las Águedas, con el fin de poder también enseñarlas en la parroquia dedicada al mismo santo (recién levantada en el pueblo). Todo lo que al parecer les fue concedido, siendo así como en la iglesia de San Martín de Mota de Marqués, colgaron primero los famosos sayos de la gobernadora. Unos tejidos que se expusieron junto a la bandera que su tio D.Juan de Austria llevó el la nave capitana de Lepanto; estandarte que para ese fin se hizo traer desde Villagarcía de Campos, donde todavía podremos ver ese pendón (aunque tristemente, ya hecho girones).
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Durante los preparativos y al abrir el cofre que contenía las enaguas y la camisa usada durante tres años, vieron que su color original (blanco y de lino) se había convertido en un tono tan leonado como el adobe y tan llamativo como el peor de los alberos sevillanos. Siendo de nuevo el desdichado capitan "porqueriza" el encargado de sacar de allí los camisones, para enmarcarlos y exponerlos, junto a la bandera de Juan de Austria. Diciendo aquel aguerrido soldado -que había combatido en Ostende- preferir mil veces volver a entrar en cualquier batalla, que enfrentarse a esas prendas; cuyos colores y olores hacían huir al mismo diablo. Tanto fue así que muchos de los presentes opinaron si no se habrían rendido en la ciudad holandesa, al llevar los Tercios las enaguas como pendón ante las tropas; preferiendo los flamencos escapar del cerco, antes que acercarse a aquellos horribles trapos.
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SOBRE Y BAJO ESTAS LINEAS: Interior de imponente iglesia de San Martín en Mota del Marqués; tristemente hoy en desuso, con proporciones y belleza semejante a la de las mejores catedrales europeas (agradecemos a la asociación AREPA, Mota XXI y en especial a Da.Gloria Hndez. Martín, nos permitieran tomar estas imágenes durante su restauración).
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SOBRE Y BAJO ESTAS LINEAS: Exterior y detalle de la entrada de la misma iglesia sanmartiniana de Mota, en la que podemos observar detalles semejantes a la fachada de la Universidad de Alcalá de Henares. Entre ellos, dos Titanes que a modo de lambrequines, sujetan los escudos heráldicos. Esta majestuosa iglesia encargada por los marqueses de la Mota, debió ser la siguiente obra que realiza Rodrigo Gil de Hontañón, tras finalizar la construcción de la famosa Universidad de la antigua Complutium -con ayuda de Alonso de Pando y Pedro de la Cotera-.
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Entre risas y llantos, festejaron ese 5 de febrero de 1605 las Águedas, en Mota del Marqués; y fue tan famoso el hecho de poder hacerlo bajo las enaguas de Isabel Clara Eugenia -reina y gobernanta, mandamás como la que más-; que desde entonces se hizo muy famosa y celebrada esa fiesta en el lugar. Fecha en que las mujeres dicen que por un día, nos gobiernan; aunque todos sabemos que en verdad son los hombres los que tienen mando una jornada al año, siendo aquel el 29 de febrero (siempre y cuando la anualidad caiga en bisiesto; por no decir que la gran mayoría de los maridos, en su casa solo ordenan cada 30 de este més en el que cae Santa Águeda). Pues conocido es que tan solo el tonto o el bobo quiere mandar sobre las que nacen tan listas como bellas. Ya que carecen del rabo; el que todo macho arrastra, como si los hombres fueran copia el mismísimo Satanás -dy e seguro en castigo a la suciedad de nuestros pensamientos...-.
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Tras relatar esta leyenda, os diremos que en recuerdo de todo lo antes narrado; fueron aquellas famosas ropas usadas por tres años las que dieron nombre al color que hoy llamamos "beige", antaño denominado "isabelo". Un tono manchado y blanquecino del que hoy dicen "cafe con leche", pero cuyo nombre es en castellano "isabelino". Cuya etimología se halla precisamente en las enaguas de la reina de Flandes, que debieron verse en esta línea tan "leonada" y teñidas ocre, después de un trienio sin cambiarlas. Por todo cuanto es común en Mota del Marqués, que muchas de las Águedas lleven durante la celebración, mantones de aquel "isabel"; voz con la que por la zona llaman aún a las reses, a las que otros dicen "enjabonadas" -indicando su pelaje terroso-. Siendo sinónimo lo isabelino, de lo amarronado y grise. Y todo en memoria de los hechos referidos, tal cómo se expusieron por ver en las iglesias de San Martín, las camisas, o las sayas, de Isabel Clara Eugenia.
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SOBRE ESTAS LINEAS: Las Águedas en Mota del Marqués, donde vemos lucir a algunas de sus "gadeas" el mantón "isabelo". En el centro aparece la famosa vecina "Tuosa" y junto a ella, otra motana con chal en tonos "isabelinos" -a nuestra derecha observamos la que porta el estandarte de Santa Águeda, patrona de las que mandan-. Foto tomada desde el NORTE DE CASTILLA y también publicada (a través de FACEBOOK) en la página de AREPA S. XXI; a los que agradecemos nos permitan divulgarla -facilitamos sus links para quienes deseen consultarlas pulsando-:
http://www.elnortedecastilla.es/multimedia/fotos/ultimos/92566-aguedas-wamba-mota-marques-0.html
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https://es-la.facebook.com/permalink.php?story_fbid=373880022719392&id=204920536288197&stream_ref=10
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ABAJO: Pendón de la nave capitana de Lepanto, regalado por Jeromín a su "madre adoptiva" (Magdalena de Ulloa), tal como se conserva en la Colegiata de Villagarcía de Campos -a quienes agradecemos nos permitan divulgar la imagen-. Se dice que esta banderola, se expuso en la iglesia de San Martín de Mota, junto a los ropajes de Isabel Clara Eugenia, en un día de las Águedas, del año 1605.
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Como curioso colofón, añadiremos que el famoso capitán de origen holandés (Van der Meer) no regresó a su tierra; habiéndose casado en la zona vallisoletana de los Torozos. Donde su prole fue conocida como los "Porquerizas", apellido que aún existe entre la población oriunda de Mota del Marqués. Tanto que si paseamos por las calles de aquel pueblo aún podremos ver una casona en cuyo escudo de fachada menciona este apellido, junto al de los dos soldados de origen motano que con él regresaron desde Flandes, en 1605: Jose Meléndez y Alonso de Figueróa. Hallándose entre los referidos blasones de aquella casona (en imagen abajo) las armas de los Porquerizas, unidas a las de los Meléndez y de los Figueroa. Todo lo que obliga a pensar que los descendientes del famoso capitán Armand Van der Meer, emparentaron con la prole nacida de sus dos compañeros, en los Tercios de Flandes.
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ARRIBA: Casona de los Meléndez Figueróa y Porquerizas (a la salida en el camino hacia Santiago de Compostela).
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ABAJO: Blasón existente en la referida casa, sobre el arco de entrada. Observemos el escudo de las tres familias unido por otro emblema con la Cruz de Malta, Orden a la que debieron pertenecer aquellos caballeros.
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BAJO ESTAS LINEAS: Imagen aumentada del exergo del anterior escudo, con la leyenda textual: "ARMAS DE LOS MELÉNDEZ FIGUEROA Y PORQUERIZAS".
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